Serotonina

de Michel Houellebecq
(Editorial Anagrama, Buenos Aires, 2019, 288 páginas)


La novela está narrada en la primera persona de Florent-Claude Labrouste, un agrónomo de cuarenta y seis años que sufre una fuerte depresión y está acosado por ideas suicidas. Se encuentra medicado con Captorix, que tiene la contraindicación de liberar serotonina e inhibir en consecuencia su deseo sexual y le provoca impotencia. Su espíritu autodestructivo lo lleva a pensar: “¿Era capaz de ser feliz en general? Creo que es la clase de preguntas que más vale no hacerse?”. También opina que “…el entorno social era una máquina de destrucción del amor.” Su visión de la existencia desemboca en un excesivo escepticismo. Asimismo refiere a la sociedad francesa como conflictiva y alejada del bienestar económico.

Su compañera Zuzu participa de fiestas libertinas, en las cuales se cometen prácticas aberrantes, incluida la zoofilia. Al sentirse abrumado por el abatimiento Florent-Claude la abandona sin darle ninguna explicación. Inicia así un recorrido en su automóvil por Normandía, describiendo minuciosamente varias de sus localidades. El autor está muy informado sobre los problemas agrícola- ganaderos de la zona, que padece una situación desesperante. En uno de los momentos más apasionantes de la novela, relata cómo campesinos armados impiden circular a camiones cisternas que transportan leche importada de Irlanda y de Brasil. El protagonista afirma que: “Aquí hay un poco más de sesenta mil productores de leche; dentro de quince años me temo que quedarán veinte mil.” No deja de señalar, además, el maltrato que se emplea en la cría de animales.

Mientras tanto, va recordando antiguos y vívidos romances (Kate, Claire y Camille), los cuales finalmente resultaron frustrantes.

Houellebecq escribe con sencillez y sin alardes, pero su articulación es de primer nivel. Suele exhibir párrafos muy extensos con períodos impecables y extrema fluidez. (“… y su voz era tan fresca, era como un zambullirse debajo de una cascada al final de una polvorienta tarde de verano, al instante te sentías limpio de toda suciedad, de todo desamparo y de todo mal.” ) La excelente traducción de Jaime Zulaika – que proviene de la primera edición realizada en Barcelona– utiliza muchos términos del habla española.

Hay tramos en los cuales el exceso de detalles sobre la región y las costumbres cotidianas de sus pobladores se tornan tediosos y algo confusos, pero por suerte son escasos.

Michel Houelecq (Saint Pierre, isla de la Reunión, departamento de ultramar de Francia, 1956) es uno de los más celebrados escritores contemporáneos. Obtuvo las siguientes distinciones: Flore con su primera novela Ampliación del campo de batalla (1994); Novembre con Las partículas elementales (1998); el Goncourt con El mapa y el territorio (2010) y el Premio Nacional de las Letras (1998) otorgado por el Ministerio de Cultura de su país. Entre sus obras –escribió también ensayos y libros de poesía– figura la novela Sumisión (2015), que le causó problemas (según su trama partidarios del islamismo llegaban al poder en Francia) porque el mismo día de su lanzamiento se produjo el atentado contra los dibujantes de Charlie Hebdo. Este año fue nombrado Caballero de la Legión de Honor.

Germán Cáceres

Este libro forma parte del catálogo de la Biblioteca. Siendo socio puede retirarlo para su lectura.

Último encuentro del Taller Literario

El Taller Literario coordinado por el escritor Carlos Penelas finalizó su ciclo 2019 en nuestra Biblioteca.


Felices de haber completado un ciclo con muchos alumnos, algunos de ellos llegando a publicar trabajos, los esperamos nuevamente en 2020.






El camino de los otros

Los abuelos que vinieron de lejos
de María Cristina Berçaitz
(Georges Zanun Editores, Buenos Aires, 2019, 280 páginas)


El libro está dedicado por la autora a sus tatarabuelos Martin Berçaitz y Donatille Etchebarne y a sus bisabuelos Jean Berçaitz y Virginia Brígida Ibarborda y Lucos.

Con prosa segura y diáfana, María Cristina Berçaitz le otorga un tono nostálgico a esta historia familiar que parte desde 1847 (en la aldea de Lohitzum, País Vasco, Francia) hasta 1950 (en Buenos Aires).

La narración empieza con su bisabuelo Jean, que a pedido de Martin –el padre– debe partir con solo diecisiete años hacia la Argentina para abrir el camino de la emigración a toda la familia, que intenta huir de la extrema pobreza de la región. Hay calidez y sentimiento en el relato y en las descripciones de las costumbres del lugar. Para Jean ese ámbito, no obstante sus carencias, era una suerte de Arcadia.

Después de permanecer un año trabajando en Uruguay, arriba a Buenos Aires en 1849. Excelente descripción de los edificios, cafés y catedrales de la ciudad de ese entonces (el gobernador era Juan Manuel de Rosas), con valiosas referencias sobre los arquitectos.

Enfoca la relación entre Jean y Virginia con una óptica absolutamente romántica, describiendo con suma delicadeza los encuentros pasionales de ambos. Sobre ellos sobrevuela el trágico amor entre Camila O´Gorman y el sacerdote Ladislao Gutiérrez, que tuvo lugar entre 1847/48.

Los ricos padres de Virginia consideran su vínculo con Jean – un hombre de condición humilde– inmoral y obsceno. Este drama está narrado convincentemente hasta para los lectores actuales, que experimentan esas relaciones de una manera inimaginable para aquellos difíciles y prejuiciosos años. Los amantes logran casarse ayudados por un sacerdote de amplio criterio humanístico.

Así como Buenos Aires se va expandiendo y creciendo, lo mismo ocurre con esa familia porque se radican en la ciudad el padre de Jean (la madre murió en su patria) y sus hermanos y hermanas, y todos van teniendo hijos. Al final del texto, un minucioso árbol genealógico da cuenta de esa evolución.

El camino de los otros también refiere la Guerra del Paraguay, de las frecuentes epidemias de cólera que padeció la ciudad y del terrible azote de la Fiebre Amarilla de 1871.

Estamos ante una novela que no solo hará evocar al lector sus propias vivencias familiares, sino que le aportará datos para profundizar en la historia argentina y, sobre todo, le brindará el placer de la buena literatura.

María Cristina Berçaitz es arquitecta y maestra de Dibujo y de Pintura. En 2005 fundó la Editorial Algazul. Entre sus obras figuran: en novela, El País de los Pechanes y Amanecer en África; en poesía, Infancia y Así como el cuarzo; en cuento, Persiguiendo Estrellas y Cuenta Cuentos; y en teatro, Máscaras.

Germán Cáceres

Finalizó el taller de Ajedrez

Este martes fue la última clase del año de nuestro Taller de Ajedrez, dictado por Jorge da Fonseca, para todas las edades. ¡Los esperamos en 2020!



Infografía: Silvio Rodríguez


Texto: Pablo Eduardo García Peña
DG: Diego Hernández Plazas

Lucho

Publicamos este relato de Pedro Acuña, alumno de nuestro Taller Literario, coordinado por Carlos Penelas.



El primer acto ocurre allá por los 70 en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Lucho trabaja en la “Casa Celofán” y en el cine “Splendor”. En la primera es vendedor: los escaparates muestran una mezcla abigarrada de pelotas de futbol, guitarras criollas y discos de moda, junto a libros de texto y ropa deportiva. Perdido entre multitudes caóticas de cosas está él, siempre con una sonrisa y con algún tema de conversación. Muchas veces la charla es en voz alta, porque los parlantes funcionan a pleno con los temas de moda. En el cine Splendor en cambio es boletero y nos habilita las entradas para ver las dos películas de la función. Simpático, treintañero según mi recuerdo de preadolescente, su figura se repetía por muchos lugares de la ciudad. Siempre con alguna salida ocurrente y un aspecto más juvenil que el de sus todavía juveniles años.

Sus anteojos, su pelo lacio ya entrecano, la forma en que vestía y el levísimo rasgado achinado de sus ojos evocaban a un John Lennon módico y local. Si era o no una persona instruida se me pierde en el olvido. En tiempos pacatos, en una sociedad pacata, era desestructurado y menos almidonado que el común de la gente. No mucho más que eso.

No le conocíamos mayores ambiciones. Era, tan sólo, uno más en un lugar en el que casi todos nos conocíamos. Un día desapareció de la ciudad y su rastro se perdió.

El segundo acto es sólo una imagen. Mediados de los ochenta. Una revista amarillista de Capital donde encuentro un reportaje con fotos a un “Pai Lucho” que me resulta conocido. Si, Lucho reconvertido en pai del rito umbanda. Cuenta allí que cura el cáncer con la mente y que cuando realiza esos tratamientos le mana sangre por los dedos.

El tercer acto ocurre a comienzos de los 90 en la esquina de Paraná y Lavalle, en Capital Federal. Es una tarde/noche de primavera. Miro hacia Corrientes y veo venir caminando hacia mí a una figura con túnica blanca hasta los pies, collares multicolores, sandalias franciscanas y un tremendo afro look canoso. Si, Lucho frente a mí. Lo saludo,

- Hola, Lucho, ¿Cómo estás? - .

Responde con un falso acento indefinible, parecido al que hoy escuchamos a los venezolanos que han venido a nuestro país. Recuerda mi nombre y nos quedamos charlando. Cuenta las peripecias que fue viviendo desde que abandonó la ciudad. Me entero de cómo trocó su condición de pueblerino anónimo en la de santón curandero. Cuenta que suele parar en la hoy cambiada confitería La Paz, donde atiende a algunos de sus “pacientes”.

Hablamos por aproximadamente diez minutos. Quedamos en reencontrarnos. Nunca lo hacemos. Entretanto, vuelve a aparecer por la ciudad, ayuda a organizar homenajes a otros personajes locales muertos y en proceso de olvido. Entroniza la foto de un croto famoso en una pulpería del centro, ante el aplauso de generaciones de pueblerinos con alta graduación etílica. Al final, unos años después, el pai Lucho se muere sin haber envejecido.

Todos conocemos personas que dan vuelcos en sus vidas. Así, escritores que se reinventan como traficantes de armas y policías que se reconvierten en cantantes.

En qué otra mutación estará nuestro vendedor/pai. ¿Estará curando enfermedades del alma en el paraíso, purgatorio o infierno? ¿O tal vez recorriendo los pasillos de algún cine del más allá? Si le tocó el cielo debe estar paseando con una bandeja de chocolates con maní en envases de cartón de color amarillo. Para que las almas buenas se alimenten y disfruten.

Pedro Acuña, 14 de noviembre de 2019.


Sobre el autor
Nací en 1962. Me crié en Mercedes, provincia de Buenos Aires, y a los 17 años vine a vivir a Capital Federal. Soy abogado, docente y trabajo en un Banco. Siempre me ha gustado leer. Colaboré en mi adolescencia en un diario local. Participo en el taller literario que Carlos Penelas dicta en la biblioteca pública Carlos Sánchez Viamonte.

Ofrenda de la luz

de Carlos Penelas
(Editorial Dunken, Buenos Aires, 2019, 56 páginas)


Las primorosas ilustraciones de Eugenia Limeses que exhiben la tapa y la contratapa pueden entenderse como introducción y epílogo líricos.

Entre los temas que están presentes en el brillante poemario (dedicado a Héctor Ciocchini, in memoriam) figuran la nostalgia y la melancolía (“¿Cómo contestar esa pregunta ahora/ que tengo casi su edad y su sonrisa/cuando partió en ese batir de alas, en sombras?”)

Ofrenda de la luz ofrece numerosas y hermosas imágenes, como “Y la mar embellecía arenas. /Infinita, silenciosa.”, y “¿De qué sirve esta imagen, esta muestra/ de un pasado que es olvido o melancolía?”

«La fotografía» puede considerarse como uno de los poemas más logrados de la colección por su profundidad y hermosura. Otro hallazgo dados su originalidad y su tácito humorismo es su homenaje al Club Independiente, que hubiera podido denominarse, por ejemplo, Club Victorioso o algo similar, pero Penelas prefirió titularlo «Epinicio a los diablos rojos», que incluye también una emotiva evocación de la infancia.

El poeta tiene una visión escéptica sobre los valores de nuestro mundo actual, como si añorara un pasado que fue pletórico en belleza: “Nadie habla del alma, del dolor, de la noche. / La soledad o el fuego son cosas del pasado. /La barbarie, entiendo, cumple su lento cometido.”

Los cantos al amor no podían estar ausentes y así el lector puede disfrutar la emotiva sensibilidad de versos como: “En mi lengua el jubiloso olor de tus cabellos, / la entrecortada espuma desvelando los labios.”, o “…Es por eso que oculto/ mi silencio en tus senos, mi vientre en tu vientre, /mi pasión desprendida en la lluvia.”

Un poema en prosa, «Pesadilla» – cuyo contenido refleja perfectamente su título–, por su estructura podría considerarse una refinada microficción.

Dubrovnik, Roma, las Islas griegas y Fabriano son algunos de los lugares que menciona el poeta rememorando sus viajes. Además, cita a muchos poetas, intelectuales y artistas, demostrando una amplia cultura derivada de su profunda pasión por los libros. Su obra evidencia que entre sus poetas preferidos figuran –por citar algunos– Eugenio Montale, Giuseppe Ungaretti, René Char, Ricardo Molinari, Luis Franco y la poesía clásica española del Siglo de Oro.

Carlos Penelas (Avellaneda, Pcia. de Buenos Aires, 1946) es poeta y ensayista y obtuvo numerosos reconocimientos, entre otros el Primer Premio de Ensayo y Primer Premio de Poesía (Escuela Normal de Profesores), el Premio “Arturo Marasso” (Profesorado Mariano Acosta), la Faja de Honor en Poesía (S.A.D.E), Primer Premio de Poesía “Alfonsina Storni” (Gente de Letras), Mención Especial de Poesía (Concurso Latinoamericano “Carlos Sábat Ercasty”, Uruguay) y fue distinguido por su cobertura en radio de la XII y XIV Exposición Feria Internacional “El Libro”. Dio conferencias en el país y en el exterior. Es además director de talleres literarios y colaborador de varios medios locales y extranjeros. De su extensa obra poética se puede mencionar El mirador de Espenuca (1995), Guiomar/Cantiga (1996), Elogio a la rosa de Berceo (2002), Antología personal (2010), Poesía reunida (2012) y Poemas de Trieste (2013).

Germán Cáceres

El libro, donado por su autor, forma parte del catálogo de la Biblioteca. Siendo socio puede retirarlo para su lectura.

Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires

Estamos felices de anunciar que nuestra Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte fue declarada "Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires" por la Legislatura porteña.


Luego de la Audiencia Pública celebrada a mediados de septiembre, la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires aprobó en el recinto el proyecto presentado por los diputados Christian Bauab y Omar Abboud, que declara a nuestra Biblioteca como "Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires".

Estamos muy felices con esta nominación, que se encuentra a la espera de la ratificación del Poder Ejecutivo porteño. Recordemos nuestra Biblioteca ya es "Sitio de Interés Cultural" de la Ciudad desde 2010.

Reloj de arena

Compartimos un cuento de un alumno del Taller Literario de Carlos Penelas.

Foto: André Kertesz

Los ojos se despiertan lentamente y duelen como si recibieran una puñalada. Cuesta despabilarse de otra noche densa. Sin embargo, una vez abiertos, el sol los cubre de brillo. No puedo evitar lagrimear. Tanta vitalidad no logra soportarse. Tiempo más tarde el sol inunda el cuarto con la tibieza de su luz. Me hace bien porque el frío de la noche castiga y el cuerpo se contrae. La piel reseca toma cierta tonalidad. El ocre de la palidez es menos violento. Mi reposo se asemeja a esas curvas peligrosas de la ruta. Estoy tieso, mirando hacia un horizonte que se aleja a paso de plomo. Quizás sea yo quien va abandonando esa línea infinita. Tengo mi brazo bajo la almohada. Y sobre esta, reposando mi cabeza. Cuanto quisiera ser un ave o una mariposa y largarme de una vez. Lejos de acá, de ellos, de todo. Sólo ser un punto en el inmenso albedrío. Cuando el ser humano ansia de la libertad, ella se presenta, está ahí al instante. Nos esforzarnos en ignorarla, derrochamos tiempo en preocuparnos con cosas que parecen importantes. Al final te das cuenta que son pequeñeces. Nada supera los grados de libertad. Y cuando ella te abre la puerta, ya no hay voluntad. No tenemos más tiempo. Siempre fue la eternidad y nosotros la vaciamos en un hoyo profundo. Tiempo, prisas, tic, tac, tic tac. Resuena en mi cabeza el sonido martilleante de un reloj. La alarma grita que es tiempo de algo. Y aunque me resisto a su sonido persistente, logra levantarme para poner en marcha la rutina. Es un motor que nunca se detiene.

¿Duele? Sí, claro. Una vez leí que el dolor es temporal. El dolor como estímulo. Reaccionamos ante él. Te acostumbrás, me recitaba mi antiguo compañero de cuarto. Yo lo hice. Mejor dicho, lo estoy haciendo. Te entregás al dolor. Podés adaptarte a todo mientras exista una rutina. Rutina y dolor, una combinación de puro éxtasis. La mente humana reclama una rutina. La necesita. Si no aceptás la rutina, uno enloquece. Racionalizarlo no soluciona nada. La gente cree que esta enfermedad es una tortura, que es sufrimiento. Y te miran en silencio. Puedo escuchar sus voces internas repitiendo frases lastimosas. Se equivocan. Es tiempo. Ese tiempo en que lleva consumirse el resto de tu carne. Es cuando te das cuenta qué suma y qué resta en la vida. Descubrís que tu vida se está yendo al carajo por un embudo. Sólo quedan las pesadillas y quizás revivas en el recuerdo de los otros. Tarde lo descubrimos.

La habitación está llena de gente. Entran y salen. Les doy la espalda mirando hacia la ventana. Escucho que hablan con el médico. Alguien llora, otros murmuran, alguna que otra risa tímida. Los oigo como un flaco sonido. Un eco se aleja con pausa. ¿Seré yo que me estoy difuminando? Es tan insoportable esta espera. Estancarse es la muerte. Y el tiempo pasa. No importa si queda mucho o poco. Pasa y no espera. No se detiene por más que reces, resistas o llores a los cielos.

Ahora recuerdo aquella vez, que un viejo amigo señaló: Roberto, el tiempo importa; pero no el de la oficina o el de los relojes. El único tic tac al que le tenés que dar importancia es al del corazón. Cuando ese tic tac se haga sordo, se detenga, ahí ya no importa nada. Y nos fuimos a la mierda. Desde que caí preso en esta condición miserable pienso que soy un reloj de arena. Deberíamos ver las cosas como si fuéramos eso, un reloj de arena. Dar una vuelta y otra más. Buscar las opciones hasta cansarnos.

Ahora soy eso. Un simple reloj de arena. Mi tiempo se diluye como la arena. Mi vida es un manojo de granos que se discurren por un minúsculo pasillo. La vida se me diluye de las manos. Siempre la corrí de atrás. Hoy que la alcancé, se me discurre. Me doy cuenta que el final está cerca.

El día por la ventana se ve magistral. El doctor Rocha se acerca a interrumpir mi sintonía con la vista. Antes hace salir a todos de la habitación. La enfermera me ayuda a acomodarme. Todo duele. Es el cuerpo gritando de dolor, no la vida. Ella en cambio se está alejando por el horizonte y se va llevando mi alma. Hace tiempo que aviso que me iba a dejar en el momento indicado. Con que excelencia maneja las ironías. El doctor es un amigo de toda la vida. Por su mirada puedo sentir que viene con el mango caliente. En un silencio absoluto me confiesa que hay que redoblar el tratamiento. Los resultados no son los esperados. Puedo ver como su rostro se viste de tristeza aguda. Me acomodo en la cama y le pido que se acerque. Escúchame Rocha, esto no tiene retorno. No tensemos más un hilo que sabemos que se va a cortar en cualquier momento. Seamos simples. No la vayamos a joder ahora. ¿Sabés que siento que soy? Un reloj de arena. ¿Cómo le cambias la arena a esos relojes? No sé si se puede. Cuando se rompen fue, ahora es lo mismo. Déjate de tanto diagnóstico, dame cancha libre para saltar al vacío. Gracias, doc. Déjame solo. Quería estar en soledad antes que todo se rompa.

Observé por la ventana la extensa arboleda cubriendo el perfil de la ciudad. Imaginaba que todo iba a ocurrir por última vez. Caminar, respirar, sonreír y cerrar los ojos para sentir la paz que tanto había ansiado en mis horas de escritura. Unas palomas se posaron en la ventana de mi habitación cuando vislumbré algo entre la tiniebla en lo alto de la arboleda. Cuando el atardecer estaba ocurriendo sentí los últimos granos de arena terminaban de caer. El tic tac del corazón se iba silenciando. Con la vista clavada en el sol, el reloj de arena se quedaba vacío.

Diego Loprese



Antonio Diego Loprese es Licenciado en Administración. Tiene 46 años y desde hace dos que concurre al taller del Poeta Carlos Penelas. "Cada clase no solo es un encuentro con la literatura sino con el conocimiento y la sabiduría de Penelas. Este cuento es producto de esas reuniones y mi imaginación. Espero que sea de su agrado la lectura del cuento 'Reloj de Arena'".

Los crímenes de Alicia

de Guillermo Martínez
(Ediciones Destino, Buenos Aires, 2019, 336 páginas)


Por este libro Guillermo Martínez obtuvo el Premio Nadal 2019. En 2003 ganó el Premio Planeta por Crímenes imperceptibles, traducido a cuarenta idiomas y cuya adaptación cinematográfica realizó Álex de la Iglesia en 2008 bajo el título de Los crímenes de Oxford. Anteriormente, en 1982, mereció el Premio del Fondo Nacional de las Artes con Infierno Grande (cuentos) y, en 2015, el I Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez con Una felicidad repulsiva. Además de otras novelas y cuentos, escribió dos ensayos. Nació en Bahía Blanca en 1962, se doctoró en Ciencias Matemáticas por la Universidad de Buenos Aires y luego residió dos años en Oxford.

Al comenzar la novela se indica que los principales personajes son el argentino G., un matemático que reside temporalmente en Oxford debido a una beca, y Arthur Seldom, profesor de lógica, responsable de la siguiente frase: “El crimen perfecto no es el que queda sin resolver, sino el que se resuelve con un culpable equivocado”. Son los mismos protagonistas de Crímenes imperceptibles.

En todo momento la novela se nutre de una atmósfera científica y cultural.

La excelente prosa del autor es cristalina, de esmerada articulación y brillante manejo de los períodos. Utiliza imágenes interesantes, nada convencionales: “Un rayo oblicuo daba en las galerías de piedra y el ángulo con que alumbraba la piedra centenaria recordaba a los relojes solares de civilizaciones antiguas, y a la rotación milimétrica de un tiempo sobrehumano”. Es un escritor erudito y sumamente inteligente, poseedor de un vastísimo vocabulario.

G. –que narra la novela en primera persona– propone la aplicación de un teorema de dualidad topológica para resolver la controvertida biografía de Lewis Carroll (seudónimo de Charles Dodgson), el creador de ese prodigio literario llamado Alicia en el país de las Maravillas (1865). La cuestión reside en si fue un pedófilo o un hombre que se relacionaba con los chicos por la exaltación beatífica que se prodigaba a la niñez en esa época. Aunque paradójicamente también se ·"…admitía el enamoramiento de un adulto con una niña, bajo la forma de un matrimonio pactado a futuro, con la perspectiva perturbadora de una muy pronta consumación".

Se dan datos de la amplia trayectoria de Carroll: aficionado a los puzzles, fotógrafo excepcional, y cuya pasión por las matemáticas y la lógica lo llevó a enunciar acertijos con el fin de explorar sus posibilidades recreativas.

No obstante su apego a la modernidad, el texto recurre al enigma, y en lugar de un detective de inteligencia privilegiada como Sherlock Holmes, los dos matemáticos resuelven el caso de varios asesinatos cometidos en torno a la bibliografía sobre Lewis Carroll. Nada que ver con la crítica social propia de la novela negra.

Los crímenes de Alicia presenta una excelente historia con muchos personajes convincentes. Y, sobre todo, Martínez demuestra tener tanto amor por las matemáticas que logra transmitirlo al lector: “Gödel parece dejar un resquicio para cierto misticismo: la posibilidad de una existencia a priori de los patrones y objetos matemáticos, a la manera del platonismo”.

Germán Cáceres

El libro forma parte del catálogo de la BibliotecaSiendo socio puede retirarlo para su lectura.

"Azul" y otros poemas

Poemas de Julián Ferreira, alumno del Taller Literario de Carlos Penelas.

Foto: Emiliano Penelas

El cielo de las cuatro de la tarde

Camino entre dos mantos de tierra fértil y plana.

A un lado del camino

hay una casa abandonada.

Contrasta con el cielo de las cuatro de la tarde.

Azul intenso,

con nubes blancas,

amontonadas y tumultuosas.

Siento una gran curiosidad por esa casa.

No puedo dejar de mirarla.

Parado en medio del prado.

¿Cómo será vivir ahí?

Entre los escombros.

Como será perderme para siempre

en una casita abandonada,

al costado del camino,

con un cuaderno y un lápiz.

Pasar todos los días describiendo ese cielo

y esas nubes,

tan blancas,

como grandes y lejanas ciudades. 


**************


Implacable

Entre mis vértebras.

Entre mis pulmones y mi corazón.

En las venas.

Por mi sangre.

Por mi aire.

En mi espacio.

En mis ideas.

Entre las costuras de mis recuerdos.

En cada mañana,

en las noches,

en mis sueños.

En la música.

En las calles de mi ciudad.

En algún cuadro.

En los libros que leo,

en mis poemas,

en el vino.

Inundándolo todo, todo el tiempo.

Me gustaría dejarte,

pero no me basto a mí mismo,

no entro en mi,

no me alcanza el tiempo.

Y no sé cómo construirte.

Sólo encuentro retazos,

por todas partes, en todos lados.


**************


Inconsciente

Yo, solo,

tirándole piedras a un tanque de guerra

en un plaza sin árboles.


**************


Azul

El río está tranquilo.

Las pocas personas que andan por el pasto,

entre bancos y árboles,

lo hacen en silencio.

Me permiten leer y pensar.

Descansar, por un rato, del caos porteño.

Sé que en algún momento voy a tener que subirme a mi bici,

atravesar la costanera, pasar la manifestación, esquivar el tránsito,

escuchar las noticias incendiarias, ocuparme de mis cosas.

Lo haré.

Llegaré a mi casa, oscura.

Me sentaré frente a la computadora,

trataré de conquistarlo todo

con la ingenua ilusión

de encontrar en ello el amor que reclamo.

Lo haré.

Escribiré mil páginas, viajaré por el mundo,

conoceré a tantas personas como pueda.

Las amaré con la mayor intensidad que haya en mi.

Lo haré.

Aunque pierda la vida intentándolo.

Aunque sea un afán estúpido, sin sentido.

Aunque me aterre el ridículo.

Lo haré y volveré acá,

siempre.

Con mi bici, mi cuaderno, mi mochila.

A éste banco.

A escuchar el oleaje lamiendo las piedras negras.

A mirar este río de aguas ocres, éste cielo azul intenso.

El tiempo dirá quién soy.

En este momento poco me importa.



Julián Ferreira. Poeta y escritor argentino. Miembro del taller de Carlos Penelas. Estudió en la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini. Luego de algunos años, viajando por el exterior, se residenció en la capital argentina, donde estudió en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Estuvo un año en la carrera de Letras y tres años en la de Filosofía. En 2014 empezó a asistir al taller de cuento y novela dictado por Pablo Gaiano. Colaboró en talleres de lectura y realizó estudios con Inés kreplak, en un taller grupal por el tiempo de un año. Finalmente, empezó a estudiar con el reconocido poeta Carlos Pénelas, con quien descubrió la poesía y se volcó completamente en ella. Actualmente sigue estudiando en el taller de este destacado escritor argentino. Ha publicado poemas en revistas y blogs en Argentina y en España. Este año el poema “Hijos de las Maquinas” será publicado en una antología por la editorial Dunken, de Argentina. En su blog https://julianferreirapoesias.blogspot.com/ se pueden ver sus poemas publicados recientemente.

Noche de música en la Biblioteca

Este sábado 9 de noviembre, Juan Pablo Greco volvió a presentarse en nuestra Biblioteca con Sonoro Río de la Plata. Compartimos fotos y videos.


















Mentirosos enamorados

de Richard Yates
(Fiordo, Buenos Aires, 2018, 296 páginas)


Richard Yates (nació en Nueva York en 1926 y falleció en Alabama en 1992) no goza de la fama que se merece, salvo por el dramaturgo y cineasta David Hare, que proclamó: “…es, junto a Scott Fitzgerald y Hemingway, uno de los tres indiscutibles grandes novelistas norteamericanos del siglo XX.” En nuestro país solo se han traducido esta colección de cuentos y la anterior: Once tipos de soledad. Trabajó como redactor publicitario y guionista, fue autor de siete novelas y escribió discursos para Robert Kennedy. Dio clases de escritura en importantes universidades de Estados Unidos.

El libro consta de siete cuentos largos que fueron impecablemente traducidos por el escritor español Andrés Barba.

Con una prosa sencilla y serena, Yates describe en ellos con precisión los interiores de casas y departamentos. En todos los relatos prima una extrema frustración por parte de los personajes, y el autor demuestra poseer una gran comprensión de la psicología humana. Algunos, como «Una chica natural», son conmovedores. Y el primero de la antología, “José, estoy tan cansada», es tan tierno y sensible que invita a continuar leyendo los siguientes.

Los diálogos son un hallazgo superlativo, propios del habla cotidiana. Pero por sus contenidos ofensivos sería un hecho que a los seres humanos les cuesta llevarse bien, solo les queda discutir y agredirse cruelmente: “Parecía que nuestras vidas se habían convertido en un amasijo de nervios destrozados y heridas en carne viva”, dice el protagonista narrador de «Saludos en casa». Todos son individuos dubitativos y cambian continuamente de conducta: no asumen sus decisiones con convicción.

«Mentirosos enamorados», que da título a la antología, señala que la gente miente al conversar, o sea que solo sabría comunicarse mediante la simulación. Tal vez también con esa conducta intente engañarse a sí misma para acceder a una ilusión de felicidad.

El cuento que desliza cierto optimismo, dado que el protagonista, más allá de sus severos conflictos, se encamina a una mínima tranquilidad interior, es «Licencia por motivos familiares». Sucede que no obstante ser torpe para relacionarse, de alguna manera ellos aspira a amar y ser amado. Lo mismo sucede con el citado «Saludos en casa», en donde el narrador se anima a “…hacerme cargo de mi propia vida”.

Prácticamente al comienzo del último relato, «Adiós a Sally», se comenta que el escritor Jack Fields –un posible alter ego de Yates– “…tal vez era incapaz de encontrar en este mundo espacio y luz, tal vez su naturaleza iba a buscar siempre la oscuridad, el encierro, la decadencia.” Un tema importante de este cuento, que también recorre los otros seis, es el del alcoholismo, un refugio para la melancolía, como si el amor fuera una meta imposible.

Germán Cáceres

El libro forma parte del catálogo de la Biblioteca. Siendo sociopuede retirarlo para su lectura.

Juan Pablo Greco en la Biblioteca

El sábado 9 de noviembre a las 22 horas se presentará en nuestra Biblioteca, Austria 2154, el músico uruguayo, que trae nuevamente su propuesta de candombes y milongas, folklore urbano rioplatense. Bono contribución $300.


Acompañarán a Greco en el "Sonoro rioplatense" Luis Ferreira en contrabajo, Miguel Ángel Figueroa en xilofón y percusión, Sergio Falcón en tambor y recitado y Raúl Palladino en voz y tambor. Juan Pablo Greco en guitarra, arreglos y composición.

El encuentro se llevará a cabo el sábado 9 de noviembre a las 22 horas en Austria 2154. Para informes y reservas puede llamar al 4802-8211 o escribir a carlossanchezviamonte@yahoo.com.ar. Bono contribución $300. Habrá buffet.




Juan Pablo Greco (guitarra, composición y arreglos) nació en Montevideo y adoptó la ciudadanía argentina. Ha realizado estudios de guitarra clásica y popular, con los maestros Tzvetan Sabev, Agustín Carlevaro y Alfredo Sadi, entre otros, perfeccionándose con los maestros Rodolfo Alchourrón y con el musicólogo y compositor Coriún Aharonián.Se especializó en el devenir musical del candombe en el Rio de la Plata, afirmando estudios con el músico y musicólogo Luis Ferreiro.

Realizó un libro con la investigación propia del candombe de Buenos Aires y un cuaderno llamado “El Candombe en la Guitarra".

Formó el “Quinteto Inmigrante”, compuso música original para obras de teatro y cine-video independiente, ha sido arreglador y músico de diversos interpretes del género, entre ellos, la fundamental artista Lágrima Rios.

Editó en CD Nacimientos con el “Juan Pablo Greco Quinteto”, y Sonoro, con composiciones propias y de otros autores. Para más información, www.juanpablogreco.com.ar

El arduo anhelo de la paz

Compartimos un nuevo artículo llegado desde Santiago de Chile, por Edmundo Moure. "Escritor, lector y tenedor de libros", como se defina, es además corrector gramatical y de estilo, y amigo de la Biblioteca.


Durante más un año se han sucedido en Chile continuas y crecientes manifestaciones populares contra el gobierno derechista de Sebastián Piñera y contra el sistema neoliberal imperante, encabezadas y sostenidas, de manera directa y corajuda, por los estudiantes secundarios de colegios emblemáticos como el Instituto Nacional y el Internado Barros Arana, y de otros establecimientos de nuestra alicaída educación pública. Los jóvenes han combatido con escaso apoyo de organizaciones sociales. El ejecutivo los desprestigió, signándolos como “terroristas” y “violentistas”, con la ayuda de la prensa venal, representada, sobre todo, por los canales de la televisión abierta.

Piñera y los suyos pensaron que el natural desgaste del movimiento lo llevaría a extinguirse sin mayores complicaciones. No ocurrió así. La pugna social, incubada por los estudiantes, fue acumulándose en la olla a presión ciudadana y el estallido se produjo el 20 de octubre, dos días después que Sebastián Piñera hablara de Chile como “un oasis en la América del Sur”, para culminar, en su primera etapa, con la marcha multitudinaria más grande de la historia, el sábado 26 de octubre de 2019. El gobierno había recurrido al “estado de emergencia” y al subsecuente toque de queda, esperando que la presencia de militares en las calles disuadiera a la población. Contaban para ello con la experiencia de la dictadura militar y la memoria del terrorismo de estado que se aplicó en Chile durante diecisiete años.

Se equivocaron rotundamente. Las nuevas generaciones, ciudadanos, entre los dieciocho y los cuarenta años de edad, no vivieron los horrores bajo el imperio inmisericorde de la bota militar. Por ello, se enfrentaron a las fuerzas represoras con un desplante corajudo impensable en aquella época aciaga de los 70’ y 80’. Tal desparpajo, por supuesto, no les libró de la brutalidad de los uniformados, ya fuesen carabineros o militares, pero amainó su habitual prepotencia, llevándoles al progresivo agotamiento y regreso a los cuarteles.

Otro factor esencial ha sido la presencia de los personeros del Instituto de Derechos Humanos, de los periodistas internacionales de algunos veedores extranjeros, y de las redes sociales mediáticas lo que obligó, sin duda, a moderarse a las fuerzas represoras, pudiendo haber sido más trágico y luctuoso aún el desenlace de su accionar.

Por otra parte, grupos delictivos bien organizados, cuya raíz podemos rastrear en los núcleos poblacionales del narcotráfico, potenciado durante la dictadura de Pinochet, como elemento desintegrador para neutralizar las potenciales sublevaciones populares, han sido la cara siniestra de una justa rebelión civil que ha procurado desarrollarse de manera pacífica. El lumpen, esos marginales sin conciencia de clase, históricamente al servicio de la derecha; los anarquistas, según otros; los violentistas, como los bautizó el periodismo mercenario y farandulero, o los vándalos –en desmedro de un antiguo pueblo germano- irrumpieron en la escena provocando considerables destrucciones en la red de Metro, en espacios públicos, incendiando o saqueando locales de comercio establecido. La perfecta figura del caos, aprovechada por el gobierno para desvirtuar las legítimas protestas ciudadanas y asustar a “fachos pobres”, timoratos y propietarios, lleva a muchos a repudiar las necesarias protestas, sin las cuales los gobernante no ven, no oyen ni sienten.

Un considerable sector, sobre todo de clase media acomodada, ha puesto el grito en el cielo, llamando a condenar la violencia y exigiendo que todas las manifestaciones se lleven a cabo por la vía pacífica. Como propósito ideal esto resulta muy loable, pero los procesos de cambios sociales nunca han funcionado así y es muy improbable que lo hagan en el futuro, si los analizamos a la luz de la Historia contemporánea, partiendo, digamos, de la Revolución Francesa. Para que las clases dominantes cedan parte de sus privilegios, son imprescindibles las convulsiones violentas, el enfrentamiento de los sectores en lucha, hasta que se logre un real equilibrio de fuerzas o un desnivel que obligue a los poderosos a claudicar. Esta dialéctica no varía, puesto que no existe otro procedimiento fiable, menos en una sociedad como la nuestra, donde los dueños de los medios de producción y de la riqueza cuentan con el aparato represivo policial y militar, auténticos gendarmes defensores del valor supremo del sistema: la propiedad.

Si nos remitimos a nuestra breve “historia patria” de dos siglos, podremos corroborar plenamente este aserto. Bastaría un simple factor en nuestro ordenamiento socioeconómico: la jornada laboral. Cada vez que se ha propuesto reducir la carga horaria de los trabajadores, se han producido enfrentamientos trágicos; recordemos la masacre del 21 de diciembre de 1907, en la escuela Santa María de Iquique, donde el ejército chileno, convocado por el gobierno de entonces, dio muerte a más de tres mil mineros y familiares, incluyendo mujeres, ancianos y niños. Entre sus escasas y mínimas peticiones estaban la de reducir la jornada de trabajo de 12 a 10 horas diarias (de lunes a sábado) y de suprimir el pago con fichas, para que los mineros pudieran adquirir sus bienes fuera de las pulperías que mermaban su escuálido presupuesto, aumentando la descomunal plusvalía de las empresas salitreras. Los oficiales que comandaron aquella masacre fueron gratificados y condecorados por las autoridades de la época. Periódicos como El Mercurio y El Ferrocarril, destacaron la matanza como única vía posible para un “necesario restablecimiento del orden público”. Entonces, cuando la violencia de Estado persigue esta supuesta armonía cívica y la “paz social”, se vuelve justificable para los propietarios.

Algo semejante ocurre con nuestros canales de televisión abierta que, con honrosas excepciones (Mónica Rincón), han puesto el acento en los desmanes de los grupos antisociales, sin parar mientes que en varios de estos hechos delictuales han participado miembros del cuerpo de Carabineros, ya sea en la figura de civiles infiltrados, o de manera desembozada, con uniforme, utilizando carros policiales para perpetrar atracos. De esto hay abundantes testimonios gráficos, como asimismo de las agresiones aleves.

Como un hecho de veras curioso y a la vez potente, los millones de manifestantes, en todo Chile, han adoptado una canción del cantautor comunista, Víctor Jara, vilmente asesinado por los militares en 1973, símbolo nacional e internacional de la resistencia contra la dictadura y la ferocidad de sus agentes. El derecho de vivir en paz se corea en cada una de las marchas, de Arica a Punta Arenas, lo que desmiente la interpretación de “apoliticismo” del movimiento de masas pregonado por el gobierno y la centroderecha conservadora. Su contenido no es una exhortación a la paz ñoña y autosatisfecha de los poderosos, protegidos de toda zozobra en sus reductos, aislados de lo que se niegan a ver, sino un texto revolucionario inspirado en la lucha heroica del pueblo vietnamita contra el poderoso opresor estadounidense, en las décadas de los 60’ y 70’:

El derecho de vivir

Poeta Ho Chi Minh

Que golpea de Vietnam

A toda la humanidad

Ningún cañón borrará

El surco de tu arrozal

El derecho de vivir en paz…

Indochina es el lugar

Más allá del ancho mar

Donde revienta la flor

Con genocidio y napalm

La luna es una explosión

Que funde todo el clamor

El derecho de vivir en paz…


Y aunque otra de las características del multitudinario descontento popular sea la ausencia de banderas partidarias, reemplazadas en este caso por la bandera chilena, la mapuche y la magallánica, esta canción ha logrado simbolizar, de manera transversal, el sentido profundo de la lucha contra un opresor interno que, no obstante, obedece a la premisas y mandatos del Fondo Monetario Internacional y de las corporaciones transnacionales, dueñas en gran medida de nuestros recursos naturales y de los bienes comunes enajenados al capitalismo global.

Transcurridas dos semanas de movilizaciones en todo el país, aún el gobierno de la derecha no ha entregado al pueblo demandante ninguna solución concreta, aparte de suspender el alza de treinta pesos en la tarifa del Metro. Se suceden las promesas, los conciliábulos, las presiones de grupos de poder para que Piñera no ceda demasiado y continúe cautelando los privilegios de la clase empresarial. Los representantes de los diversos partidos políticos no salen de su actuar cerrado y burocrático, agudizando el verdadero divorcio con las fuerzas sociales en efervescencia, tan ausentes de liderazgo como los funcionarios de la Moneda, con quienes se reúnen para cocinar la olla podrida.

En estas condiciones, ¿cabe esperar un consenso pacífico, una cesión concertada de prebendas en beneficio de los pobres y marginados de este país?, ¿podemos acaso confiar en las promesas, hoy amables y aun rastreras, de estos mandatarios al filo de la defenestración? Estimo que no. Más aún, en el momento en que la actual presión social se debilite y desdibuje, los dueños del poder volverán a cerrar sus cajas de caudales, apenas entreabiertas hoy, no por convencimiento cívico o moral, sino por miedo a este pueblo vuelto muchedumbre vociferante y exaltada que exige sus derechos, preteridos desde hace tres décadas o más, cuando en Chile renació la esperanza, al término de la feroz dictadura castrense-empresarial que impuso un modelo socioeconómico de funestos resultados, cuyos beneficiarios insisten en que es “el único modelo posible”, esgrimiendo las manidas comparaciones con Cuba y Venezuela.

La paz por la que muchos claman no es equivalente a la quietud de los sepulcros, sino a un estado de auténtica armonía, fruto de lograr niveles de equidad y justicia exigidos por millones de compatriotas, no como dádivas de buena voluntad de lo que sobra en la mesa del amo, sino como actos concretos de reparación generados merced a la lucha rebelde y sostenida del pueblo trabajador. De lo contrario, seguirán resonando los versos inmortales de Víctor Jara como “un arma cargada de futuro”:

Es el canto universal

Cadena que hará triunfar

El derecho de vivir en paz

El derecho de vivir en paz.

Edmundo Moure

Mariana Enríquez, primera mujer argentina en ganar el Premio Herralde: “Es mi novela más personal y eso involucra lo político”

La mayor exponente contemporánea del género del terror en el país cruza los años de plomo con una saga familiar.


En las ficciones de Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) -considerada la mayor exponente contemporánea del género de terror en el país- las visiones más aterradoras son como un espejo turbio que, más temprano que tarde, terminan reflejando la propia imagen. Enriquez acaba de convertirse en la primera mujer argentina en ser reconocida con el prestigioso Premio Herralde de Novela. Gana esa distinción por la novela En nuestra parte de noche. “Se trata de mi novela más personal, y cuando digo eso estoy involucrando también lo político y lo histórico", dirá a Clarín por teléfono horas después de conocer la decisión.

Esta vez, los personajes son un padre y un hijo que atraviesan la Argentina por ruta hacia las Cataratas de Iguazú, bajo el clima opresivo de la dictadura y sorteando controles de soldados armados. Ellos inician una secuencia que abarcará, en total, casi cuatro décadas de historia.

“La novela aspira a instalar una gran pregunta acerca de si es posible desprenderse de ese legado o contexto para reescribir la propia historia, indaga en ese interrogante”, explica Enríquez.

Sus novelas y relatos - publicados en revistas internacionales como Granta, Electric Literature o The New Yorker- refieren, no pocas veces, al presente y pasado argentinos y a su tenebrosa herencia, la del terrorismo de Estado, que la escritora había tematizado en clave de terror en Los peligros de fumar en la cama.

En Nuestra parte de noche la pregunta sobre la herencia histórica sirve de eje a una saga familiar que se despliega a lo largo de más de seiscientas páginas y en la que “el pasado termina operando como una maldición”, según anticipó la propia autora.

Se trata de su obra más ambiciosa y personal, que ella misma define como “una novela gótica desmesurada”. La novela transcurre en tres momentos -los años 80, los 90 y ciertas alusiones a los 60- y en tres ciudades: Buenos Aires, Misiones y Londres.

El Premio Herralde está dotado con mucho prestigio y 18 mil euros. En ediciones pasadas lo alcanzaron tres compatriotas, Alan Pauls (2003), Martín Kohan (2007) y Martín Caparrós (2011).

Ahora los miembros del jurado integrado por Lluís Morral, Gonzalo Pontón Gijón, Marta Sanz, Juan Pablo Villalobos y Silvia Sesé, priorizaron la obra de Enríquez sobre un total de 680 originales y destacaron, en palabras de Pontón, que “desborda las convenciones del género al que adscribe para elevarse a la categoría de novela total, abierta a grandes asuntos: la inmensidad de la relación entre un padre y un hijo, los lazos terribles del amor y de la amistad, la enfermedad como condición de vida, las máscaras del ritual, la verdad atroz de los dioses, la cara oculta de la historia y la política”.

Villalobos juzgó a su vez que es “continuadora de una tradición que podríamos denominar ‘La Gran Novela Latinoamericana’, pertenece a una estirpe de obras tan disímiles, pero igualmente ambiciosas y desmesuradas, como Rayuela, Paradiso, Cien años de soledad o 2666”. Aunque, en rigor, la autora se haya nutrido de una tradición más asociada al género de terror y el fantástico, con autores como Stephen King , Lovecraft o John M. Harrison, algunos de sus referentes literarios.

Su formación también debe mucho a obras como Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato, Cumbres borrascosas, de Emily Brönte y a los poemas de maldito Arthur Rimbaud, uno de sus ídolos tempranos, y al que leía durante su adolescencia platense, en los años 90; días que pasó rodeada tanto de relatos de inspiración gótica como de la música de los Stones, The Cult o Red Hot Chili Peppers.

Nuestra parte de noche, que se publicará en diciembre, está narrada de manera polifónica: son seis las voces que componen una estructura coral para sembrar, finalmente, la pregunta sobre lo heredado: ¿es posible reescribir un pasado -familiar o histórico- que en determinado momento se revela monstruoso?


El cuerpo, la enfermedad, los desaparecidos
La autora -que reconoce que los primeros “textos de terror” que leyó fueron los que documentaban las torturas de los setenta y los ochenta- condensa en la novela que la consagra las que son sus grandes obsesiones: “El tema del cuerpo y la enfermedad es una de ellas y también las desapariciones, porque la entidad fantástica se lleva esos cuerpos. Está también la atmósfera de la psicodelia en los 60 y ciertos elementos que remiten a lo satánico”.

La ficción sumergirá esta vez al lector en rituales con sacrificios humanos y enigmáticas liturgias sexuales, mientras los personajes avanzan hacia adelante y más allá del contexto trágico que los envuelve.

Nuestra parte de noche es una historia de largo aliento que la autora había comenzado a escribir en 2016, después de lanzarse con éxito al mercado internacional con Lo que perdimos en el fuego, que fue traducida a quince idiomas. En aquel libro los personajes eran los habitantes de la noche porteña, que peregrinaban las calles del barrio de Constitución buscando alimentos, tres adolescentes que elegían atravesar intoxicadas los sucesivos apagones dictados por el primer gobierno menemista, una chica sin un brazo que desaparece sin que nadie pueda explicar su paradero y otra que se arranca las uñas con los dientes y termina enloqueciendo, mientras imagina que un hombre la obligaba a hacer cosas que ni siquiera es capaz de enunciar. Esos son algunos de los seres rotos con los que denunciaba, a través del lenguaje de la ficción, las perversiones de un sistema que margina a los seres sufrientes y muchas veces termina invisibilizándolos.

“El terror, en sus cuentos, se desliza como un jadeo de agua negra sobre baldosas al sol. Como algo imposible que, sin embargo, podría suceder”, definió con ojo clínico la cronista Leila Guerriero, otra de las argentinas con mayor proyección internacional y que, junto a Enríquez y Samanta Schweblin, goza del privilegio de haber sido reseñada –en 2018- por The New York Times. Mientras que la ensayista y crítica Beatriz Sarlo supo señalar que se trata de una autora que toma un rasgo que los argentinos reconocemos sobre todo en Cortázar y lo exacerba: lo podrido y maléfico de la vida cotidiana, la rajadura por la que se filtra un fondo de irracionalidad donde chapotean cuerpos entregados a sus excreciones y palpitaciones”.

"Parte de la trama de la nueva novela transcurre en el norte argentino, y hay también pasajes en la Londres psicodélica de los años 60”, describe la propia Enríquez. "Y luego hay disparadores y elementos que tienen que ver con lo satánico. Diversos elementos que son recurrentes en mi obra y acá se amalgaman en una misma y extensa trama, hasta llegar a los años 90, claves en mi vida y en la de mi generación, que es analógica y previa a las redes sociales. Los personajes tienen algo de esa mirada vintage.”

Enríquez básico
Mariana Enríquez es escritora, docente y subeditora del suplemento "Radar" del diario Página/12.

Empezó a escribir su primera novela, Bajar es lo peor (1995), a los 17 años y la publicó a sus 21. Le fue muy bien: a poco de haber salido a la calle, su nombre circulaba en el mundillo de la cultura y entre los lectores porteños como el de la joven revelación literaria.

A ese libro siguieron Cómo desaparecer completamente (2004), las colecciones de cuentos Los peligros de fumar en la cama (2009) y Cuando hablábamos con los muertos (2013), la novela corta Los chicos no vuelven (2010) y los relatos de viajes Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios (2013), al que sumaría al año siguiente la biografía Un retrato de Silvina Ocampo.

Verónica Abdala
Diario Clarín

Los poemas más destacados de Miguel Hernández 109 años después de su nacimiento

El poeta de Orihuela nació un 30 de octubre de 1910 y falleció en una fría cárcel en 1942, condenado por el franquismo.


“No hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura y sus conjuntos y siento más tu muerte que mi vida”, escribía Miguel Hernández en su poema Elegía a Ramón Sijé. El autor, nacido el 30 de octubre de 1910, fue una de las plumas más brillantes de España hasta que el franquismo le condenó a la cárcel y a morir entre barrotes.

El poeta nació en Orihuela en el seno de una humilde familia en la que la falta de recursos y la necesidad de trabajar para conseguirlos se hacía prácticamente incompatible con la educación. . Aún así, Miguel Hernández Gilabert, del que hoy se cumplen 109 años de su nacimiento, desarrolló un exquisito gusto por la poesía clásica española.


«No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida».

'Elegía a Ramón Sijé', del poeta Miguel Hernández. Lee el poema completo en http://libroselectronicos.cervantes.es/?id=00025829



Desde jovencito, Miguel mostró también una sensibilidad especial para componer sus propias obras. Pronto comenzó a formar parte de la tertulia literaria de Orihuela, donde conoce a Ramón Sijé, de quien se haría gran amigo. A partir de 1930, a la edad de 20 años, empieza a publicar pequeñas poesías cortas en revistas como El pueblo de Orihuela o El Día de Alicante.

A partir de ahí, comenzó a ampliar sus horizontes. Para ello viajó a Madrid, donde se zambullirá de pleno en el movimiento cultural de la época. Es en aquellos años cuando escribe Perito en Lunas, donde refleja sus experiencias. Establecido en la capital madrileña, con continuas colaboraciones en distintas revistas, Miguel Hernández encuentra tiempo para escribir varias obras, entre las que destacan El silbo vulnerable, Imagen de tu huella y El rayo que no cesa.

Vida activa
Cuando estalló la Guerra Civil, decidió tomar parte activa en el conflicto, lo que le obligó a abandonar España.

Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, ha destacado este miércoles que el “último libro de Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias, es uno de los grandes monumentos a la dignidad humana”.Cuando estalló la Guerra Civil, el poeta decidió tomar parte activa en el conflicto, lo que le obligó a abandonar el país cuando éste terminó.

Miguel Hernández fue descubierto en la frontera con Portugal, donde le detuvieron y sentenciaron a pena de muerte. Y, aunque su condena fue conmutada por una pena de 30 años de prisión, jamás llegó a cumplirla, ya que la tuberculosis acabó con la vida del poeta el 28 de marzo de 1942 en una fría prisión de Alicante.

En su corta vida, sin embargo, tuvo tiempo de escribir grandes poemas y convertirse incluso en un nuevo estilo que se denominó poesía de guerra. Estos son algunos de sus mejores ejemplos:

CANCIONERO Y ROMANCERO DE AUSENCIAS

Por las calles voy dejando

algo que voy recogiendo:

pedazos de vida mía

venidos desde muy lejos

Voy alado a la agonía

arrastrándome me veo

en el umbral, en el fundo

latente de nacimiento

***********************

LLAMO A LA JUVENTUD

Sangre que no se desborda,

juventud que no se atreve,

ni es sangre, ni es juventud,

ni relucen, ni florecen.


Cuerpos que nacen vencidos,

vencidos y grises mueren:

vienen con la edad de un siglo,

y son viejos cuando vienen.

***********************

SENTADO SOBRE LOS MUERTOS

Sentado sobre los muertos

que se han callado en dos meses,

beso zapatos vacíos

y empuño rabiosamente

la mano del corazón

y el alma que lo mantiene.

Que mi voz suba a los montes

y baje a la tierra y truene,

eso pide mi garganta

desde ahora y desde siempre.

***********************

CANCIÓN ÚLTIMA

Pintada, no vacía:

pintada está mi casa

del color de las grandes

pasiones y desgracias.

Regresará del llanto

adonde fue llevada

con su desierta mesa,

con su ruinosa cama.

Florecerán los besos

sobre las almohadas.

Y en torno de los cuerpos

elevará la sábana

su intensa enredadera

nocturna, perfumada.

El odio se amortigua

detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.

***********************

TRISTES GUERRAS

Tristes guerras

si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.

Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes, tristes.

Tristes hombres

si no mueren de amores.

Tristes, tristes.

***********************

JORNALEROS

Jornaleros que habéis cobrado en plomo

sufrimientos, trabajos y dineros.

cuerpos de sometido y alto lomo:

jornaleros.

Españoles que España habéis ganado

labrándola entre lluvias y entre soles.

Rabadanes del hambre y del arado:


españoles.

Esta España que, nunca satisfecha

de malograr la flor de la cizaña,

de una cosecha pasa a otra cosecha:

esta España.

***********************

ESCRIBÍ EN EL ARENAL

Escribí en el arenal

los tres nombres de la vida:

vida, muerte, amor.

Una ráfaga de mar,

tantas claras veces ida,

vino y los borró.

***********************

EL RAYO QUE NO CESA

¿No cesará este rayo que me habita

el corazón de exasperadas fieras

y de fraguas coléricas y herreras

donde el metal más fresco se marchita?

¿No cesará esta terca estalactita

de cultivar sus duras cabelleras

como espadas y rígidas hogueras

hacia mi corazón que muge y grita?

Diario La Vanguardia, España, 30 de octubre de 2019

La poética en la obra de María Cristina Ramos

de Zulma Prina y Paulina Uviña
(Editorial AALIJ, Buenos Aires, 2019, 150 páginas)


El ilustrativo prólogo de Graciela Pellizzari enuncia que el libro está destinado a tres tipos de lectores: 1) a los docentes, considerando a los niños como “sujetos literarios” a quienes se les posibilita “abrir las puertas para ir a jugar”. Y enuncia académica y exhaustivamente esas puertas literarias; 2) a los investigaros de poesía y narrativa de la Literatura Infantil, enfocada en el ingreso “al mundo ficcional”; 3) a sus autores-creadores, que podrán así encauzar la investigación hacia otro escritor. Esta exposición es una valiosa llave para leer el análisis realizado por Prina y Uviña.

Ambas aclaran que el propósito de su tarea es afirmar que María Cristina Ramos, “una de las autoras fundamentales dentro de la Literatura infantil”, señala “los valores éticos y estéticos a partir de la revaloración de la vida en todos sus niveles y instancias”. El ensayo informa que nació en Mendoza en 1952 –pero está radicada desde 1978 en la provincia de Neuquén–, es escritora, profesora de Literatura, capacitadora docente y obtuvo numerosos premios (entre ellos el Premio Nacional Fantasía Infantil 1997 y el Premio Pregonero de la Fundación El Libro 2002). Es además titular de la Editorial Ruedamares.

Prina y Uviña teorizan sobre la Literatura en sus vertientes narrativas y líricas, reivindicando el valor de la palabra. Y citan los textos didácticos de Ramos que abordan el lenguaje poético.

Al meditar sobre la simbología de la creadora investigada, la definen como vinculada al pensamiento ancestral y a los elementos primordiales: el agua, la tierra, el aire y el fuego.

Notable el capítulo II, en el que plasman un análisis profundo y exhaustivo sobre sus poesías, que se nutren de las culturas originarias latinoamericanas (“La voz mantiene el ritmo y el acento constante como esencia poética, como rumor del agua, como sonido del viento, como espera y silencio al correr de cada palabra”.) Y sostienen que “…le sale a la luz la tristeza ancestral por un mundo perdido…”

Con idéntica idoneidad se acercan a su narrativa y comentan que sus cuentos poseen visos de poesía. Y la presencia del agua es fundamental, tiene poderes y es mágica, como afirmaban los antiguos, cuya sabiduría no se discute. Sus relatos fueron urdidos a partir de leyendas y la comunidad mapuche está presente en muchos de ellos. También abundan las narraciones con animales, los que adoptan comportamientos humanos.

Zulma Esther Prina es Profesora en Letras por la U.B.A. y posee varias maestrías. Es investigadora en Literatura Infantil y Juvenil y en Literatura Hispanoamericana. Colabora en revistas del país y de España. Tiene veinticinco libros publicados de ensayo, novela y poesía.

Paulina Carmen Uviña es Profesora de Letras en la Universidad de la Patagonia San Juan Bosco. Está radicada en Comodoro Rivadavia, donde desarrolla actividades educativas y culturales. Es editora de la revista digital El Mangrullito Patagónico. Ha creado junto a docentes y escritores el CEPROLEC (destinado a la promoción de la lectura- Premio Pregonero a Institución 2012).

Germán Cáceres

Infografía: Salvatore Adamo

En el día de su cumpleaños, recordamos al cantante Salvatore Adamo en una nueva Infografía.


Texto: Pablo Eduardo García Peña
DG: Diego Hernández Plazas

Donación de Carlos Penelas

Agradecemos a Carlos Penelas, responsable del Taller Literario en nuestra Biblioteca, por la donación de su último libro, Ofrenda de la luz, que ya forma parte de nuestro catálogo.


El libro, publicado en octubre por Editorial Dunken, fue donado en el acto en que Penelas recibió el Diploma como Vecino Distinguido de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Patagonia / Tierra adentro

de Alejandro Aguado
(La Duendes editora, Comodoro Rivadavia, 88 páginas)


El libro lleva como subtítulo «Crónicas ilustradas del territorio desconocido», que resume magistralmente su contenido. En la «Introducción» añade: “…habla desde miradas que podrían ser emparentadas con la antropología, la etnología, la historia, la geografía, la arqueología y la geología.”

Es texto es muy emotivo y, entre otros recuerdos, relata los viajes que hacía de niño junto a sus padres por la Patagonia y rescata la historia de poblaciones olvidadas. Su prosa es segura, no intenta lucirse sino informar con precisión y claridad. Exhibe un vocabulario amplio y ajustado sobre las características de la zona. Varias veces realiza una sugerencia diáfana y profunda:”Un paisaje inalterado desde hace miles de años y el rastro de antiguas presencias humanas, nos hicieron concluir que no hace falta una máquina para viajar por el tiempo”. / “Como varios de los cerros del centro sur de Chubut, se originó 340 millones de de años atrás en el continente conocido como Pangea”.

Aguado no solo escribió las crónicas: también el material fotográfico y los dibujos sobre este panorama telúrico son suyos. Las fotos resultan valiosas porque registran paisajes, edificaciones, manifestaciones del arte rupestre y cementerios indígenas que la mayoría de los lectores, incluso los patagónicos, desconocen. Las ilustraciones poseen un registro realista a veces entrelazado con rasgos de humor gráfico; en ellas prevalece el negro con zonas y detalles en blanco que transmiten un contraste no exento de armonía. En «El último viaje a Cañadón Lagarto», una estampa de bellísima factura muestra un sector del pueblo –prácticamente desaparecido– con vecinos, autos de principios del siglo XX, carretas, caballos y una locomotora. Además, en sus comentarios demuestra poseer una enorme sensibilidad hacia los animales.

A lo largo del libro interviene una visión fantástica de la realidad porque refiere, por ejemplo, que se vieron aparatos con luces que podrían ser helicópteros militares u ovnis. Hay varias historias de duendes, espectros, gauchos fantasmas, la célebre Luz Mala y demonios, muy propias de la Patagonia. Así, señala que “Llevaba años conociendo tehuelches y había aprendido a aceptar que existen prácticas y ritos que conectan con lo esencial. Un entendimiento que en la culturas occidental se extravió en alguna etapa…” Y también tiene la certeza de que el pasado nutre la realidad contemporánea.

Un encuentro con el escritor y guionista de historietas Guillermo Saccomanno no podía dejar de derivar en una charla sobre el género, ya que Aguado es un dibujante reconocido y responsable de un blog y una página acerca del arte de los globos y los cuadritos y también es director de la editorial La Duendes-Historieta Patagónica.

El autor puede definirse como un explorador, un viajero incansable, un émulo patagónico de los famosos Stanley y Livingston.

Patagonia/Tierra adentro se completa con una extensa «Bibliografía general».

Alejandro Aguado (Comodoro Rivadavia, 1972) fue nombrado “Vecino destacado” de su ciudad natal y “Socio Honorario Nº 1” de la Sociedad de Historia y Geografía de Aysen, Chile. Expuso en muestras individuales y colectivas en Argentina, Ecuador, Colombia, Brasil, España y Alemania. Obtuvo el 1er. Premio en el rubro historieta en la Primera Bienal de Arte Joven de la Patagonia. Participó en el libro Malvinas. El sur, el mar, el frío, que obtuvo el primer premio en los Premios Nacionales Banda Dibujada 2017. Su obra fue difundida a través de entrevistas y notas en medios regionales, nacionales y extranjeros.

Germán Cáceres

Arde Chile

En menos de una semana se derrumbó el mejor ejemplo de la política ultra neoliberal en América Latina. El “oasis chileno” se quedó sin agua, la “perla” capitalista del Cono Sur se disgregó entre los dedos del presidente magnate, Sebastián Piñera. Frases broncíneas se viralizaron en las redes sociales: “Sabíamos que existían las diferencias, pero nunca pensamos que molestaran tanto”; “estábamos haciendo las cosas bien, pero fuerzas oscuras y externas nos están desestabilizando”; “el comunismo internacional, liderado por Venezuela, complota para que fracasemos”, etcétera.


La ceguera de la clase social y económica que aún gobierna Chile es endémica; emana desde una visión feudal de la Historia que estos grupos no han podido superar en esta isla del fin del mundo, que sigue imperando incluso entre sus profesionales universitarios: médicos, abogados, ingenieros; qué decir entre los empresarios, convencidos de que el manejo de la economía es un simple ejercicio de ingresar y sacar dinero de la faltriquera de un hacendado del siglo XVIII, pagándoles a sus peones con las migajas que caen de su mesa, pidiéndoles que se encomienden a la Virgen María, si tienen hambre...

En menos de cuarenta y ocho horas, la bomba social estalló, extendiéndose, desde Santiago del Nuevo Extremo, hacia el norte y hacia el sur, en este largo pétalo, no solo de “mar y vino y nieve”, como escribe Neruda, sino de lava ardiente, flujo de las erupciones provocadas por reiterados abusos, injusticias, latrocinios y corrupciones. En estas últimas, se han visto involucradas, hasta sus cimientos, las instituciones “respetables” de la sociedad chilena: Iglesia, Fuerzas Armadas, Carabineros…

Ni siquiera los jueces han escapado de esta lacra que permea los organismos del Estado y también la actividad privada. No hay pan que rebanar, como decían nuestras abuelas.

El escándalo de las pensiones miserables, sustentado por el sistema previsional inicuo de las AFP, creado por los “expertos” de la dictadura, entre ellos, el siniestro lacayo de Pinochet, José Piñera, hermano mayor de Sebastián el Breve; la destrucción concertada de la educación pública, en beneficio del lucro privado, a través de la proliferación de universidades espurias y sin acreditación académica rigurosa; el negocio impune de la salud, administrada por inescrupulosos mercaderes, como el actual ministro de la cartera, doctor Sergio Mañalich, dueño de una de las mayores clínicas-hoteles, como se conocen entre nosotros; el sistema de subcontratación de servicios y tareas productivas, que perjudica aún más los bajos salarios y deja a miles de trabajadores sin protección social; la apropiación del agua por particulares y empresas mineras, cuyos manejos venales han ido destruyendo la actividad de los pequeños propietarios agrícolas y crianceros de la zona central de Chile, hoy asolada por la peor sequía de los últimos cincuenta años; la tala de los bosques nativos y su reemplazo por especies de rápida productividad, favoreciendo a las grandes forestales que, en la zona de la Araucanía, usurpan los territorios mapuches y ahogan su cultura; la contaminación de ríos, lagos y mares, mediante un manejo abusivo de los recursos pesqueros…

La lista de iniquidades y trapacerías resulta interminable y no cabe en una simple crónica. Sin embargo, su extensión y hondura en el tiempo han provocado el incendio civil cuyas llamas amenazan, tanto a los poderes fácticos como a los instituidos. Los canales de la televisión abierta y los periódicos de mayor tiraje, todos al servicio incondicional del poder, hacen gala de su hipocresía desinformativa, poniendo el acento en los saqueos, desmanes y quemas de supermercados, farmacias y tiendas; destrozos y sabotajes en la red del Metro, algunos de ellos de sospechosa ocurrencia… Omiten la fuerza y extensión de las protestas sociales en contra del gobierno derechista; asimismo, los asesinatos y vejámenes contra civiles, por parte de la policía y la soldadesca drogada, esgrimiendo la manida coartada de supuestas provocaciones. Es decir, la amenaza de una olla que se golpea versus una AK6 manejada por un energúmeno acorazado.

Cincuenta muertos, cientos de torturados, miles de heridos que no figuran en las “informaciones” de la gran prensa amarilla. Se ha impedido al director del Instituto de Derechos Humanos el ingreso a los centros asistenciales de salud, negándole toda información fehaciente sobre muertos y lesionados. Menos mal que contamos con las redes sociales y medios no vendidos al sistema, para informarnos de la realidad que estamos viviendo, que supera con mucho las febles y erráticas respuestas del poder ejecutivo y sus ridículas medidas de mitigación ante la conmoción nacional. Porque un incendio de esta magnitud no se apaga con gasolina, ni con tanquetas ni con la más despiadada de las represiones, invocando, como hace la derecha extrema, al fantasma de Augusto Pinochet.

Por su parte, el parlamento chileno está dando un triste espectáculo, alejado de la gente, como ha sido su tónica durante veinte años, enfrascados sus miembros a sueldo en descalificaciones e insultos mutuos, ignorando las reales aspiraciones y necesidades del pueblo.

Y aunque “Carlos Marx esté muerto y enterrado”, hoy en día, Sebastián Piñera, exhausto y aterrado ante la amenaza de las “hordas marxistas”, parece repetir lo cantado por Serrat en un tema memorable:

-“Amo, se nos está llenando de pobres el recibidor”.

-“Diles que el señor no está, que anda de viaje y que no sabes cuándo va a regresar…”

Mientras tanto, Chile seguirá ardiendo. ¿Hasta cuándo?

Edmundo Moure
Octubre 23, 2019