Almudena Grandes sale del escritorio y va al encuentro de otros guardianes de la lectura

La escritora española tiene una legión de seguidores en el país; en la semana de la presentación de su nuevo libro se reunió con libreros y bibliotecarios.



"Bueno, tomemos un té y en tanto me diréis qué esperáis de mí", propuso la españolísima Almudena Grandes apenas llegó, ayer por la mañana, al Centro Cultural y Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte, en Recoleta. Su expresión refleja la calidez y disponibilidad con la que afrontó en los últimos tres días una agenda de difusión de su nuevo libro, Los pacientes del doctor García (Tusquets), que los editores y ella misma catalogan como "experimental".

Por primera vez en los quince viajes con fines promocionales a este país -donde vende casi tanto como en el suyo- hizo una presentación extensa y exclusiva para libreros, visitó una biblioteca popular, filmó la campaña "Socio de la lectura" de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares y, entre las muchas entrevistas que concedió, hizo una en streaming. Según el manual tradicional del marketing editorial, no le falta nada a su periplo: hoy hará en la Biblioteca Nacional la presentación pública de su novela y, mañana, firmará ejemplares en la librería Cúspide de Recoleta. Después, directo a Ezeiza.

Su nuevo libro, la cuarta entrega de la saga histórica Episodios de una guerra interminable, salió a la venta en septiembre y su segunda edición está siendo evaluada por los directivos del Grupo Planeta al que pertenece el sello Tusquets, aun cuando el lanzamiento constó de veinte mil ejemplares (unas siete veces más que la tirada de un título corriente).

"Es mi novela más argentina. Su trama desemboca en Buenos Aires, pero desde el principio Buenos Aires es como una promesa para bien y para mal que está en el horizonte, como un objetivo, de los nazis que consiguieron huir de la justicia aliada gracias a Clara Stauffer y su organización", comentó la escritora durante el diálogo que mantuvo con unos setenta libreros en el mítico Café Los Angelitos, que también es escenario de la trama en la que se describe el funcionamiento de una red que permitió a muchos jerarcas nazis salir de Europa, a través de España, y llegar a la Argentina.

"Estoy muy contenta de haber venido y muy emocionada, porque no es frecuente poder estar en el cogollo del lugar donde uno está", dijo con referencia al bar notable, que conoció a través de una amiga argentina. Contó que el nombre del café le pareció tan cursi que buscó en Internet. Leyó que ese sitio había sido aguantadero de delincuentes y que, cada vez que había un robo o un crimen, el comisario del barrio decía: "Vamos a ver qué están haciendo esos angelitos". Al final, la historia le gustó tanto como el café, que quiso visitar cuando en mayo pasado vino al país para participar de la Feria del Libro. "Cambié el argumento para que una parte de la historia transcurriera allí", confesó.
Bibliotecas como trincheras

Si el encuentro con los libreros la llevó el miércoles a ese escenario, para el que imaginó una historia de amor, la visita de ayer a la biblioteca le trajo reminiscencias de su propia infancia, y respondió a su deseo de apoyar a la sociedad civil.

"Con la emoción de haber encontrado un lugar en esta ciudad que amo tanto y el orgullo de haberme convertido en una socia más de esta biblioteca dejo aquí testimonio de mi amor por los libros y por la lectura. Los lectores de ahora son pequeños héroes que se lo merecen todo. Gracias y besos", escribió en un cuaderno de firmas de la biblioteca Sánchez Viamonte, la elegida por la Conabip para el encuentro con la escritora, en el que también se le pidió la participación en un spot de promoción de la lectura. Sosteniendo una remera con el lema: "Socio/a de la lectura", dijo a cámara que antes de ser escritora fue lectora, y que si le pagaran por leer no lo haría; que las bibliotecas son "una de las mejores cosas que existe en una sociedad tan fea", y que está orgullosa de que dos bibliotecas en España lleven su nombre.

Después, con el sonido de fondo de la lluvia cayendo sobre el techo del patio de la centenaria construcción, dialogó con un pequeño grupo de invitados entre los que además de los anfitriones se encontraban representantes de la Biblioteca Popular Elena Larroque de Roffo, del barrio Villa del Parque.

Recordó entonces que fue en la biblioteca de su colegio, cuando tendría 11 años, que conoció a Julio Verne y que en esa época a su madre los docentes le llamaron la atención porque ella "leía demasiado y por eso no tenía tiempo de estudiar". Su padre, escandalizado porque justamente hubieran sido los profesores quienes dijeran algo así, estuvo muy cerca de cambiarla de escuela. "Mis padres no eran intelectuales, pero eran buenos lectores y me alentaron mucho a la lectura", compartió.

Destacó también el valor de las bibliotecas "con independencia de quien las gestione, porque son un reducto de civilización, son las casas de los libros, pero sobre todo son las casas de los lectores. En este momento en que la lectura está tan amenazada porque tiene que competir con tantas puertas hacia lo maravilloso, a todo color, pues las bibliotecas son fundamentales porque los lectores necesitan trincheras".

De ahí que la propuesta de conversar con bibliotecarios como parte de sus actividades le resulta óptima. "Me parece que está muy bien que la promoción vaya por estos lugares porque es lo más novedoso y lo más adecuado a la realidad nueva que tenemos. Por ejemplo, en Madrid he dejado de hacer una presentación oficial para, en cambio, apoyar a los libreros, y voy por las tardes a una librería o a otra".

Al observar la actualidad, Grandes también percibe un cambio en el oficio de vender libros. Comenta: "Desde que llegó la crisis y cayó el consumo en España, los propios libreros comprendieron que había que hacer las cosas de otra manera. En Europa, y aquí también, las librerías se han convertido en centros culturales. O sea, los libreros han dejado de ser vendedores para ser agitadores de la lectura. Y las bibliotecas también. En todos estos lugares hay clubes de lectura, cuentacuentos para niños y, en España, incluso hay quienes preparan magdalenas en sus casas y las regalan a sus clientes. Hacen actividades que terminan siendo una forma de crear sociedad civil, de conectar a la gente entre sí".

Silvina Premat
La Nación, viernes 3 de noviembre de 2017