James Sallis, una oda al alma negra de EE UU

El escritor repasa la influencia del género negrocriminal en el subconsciente de su país y la relación del jazz con su escritura.


James Sallis (Arkansas, 1944) habla con una calma extraña de la que emana una gran fuerza. Detrás de esa gorra –que se quita para las fotos– de esa cara poblada por una densa barba blanca de dos días, de esa mirada que invita a la charla está uno de los valores de la literatura estadounidense. Sus novelas son tristes pero su conversación es una oda al optimismo incluso en el ocaso de la vida. Profesor casi antes que cualquier cosa, Sallis acudió a finales de marzo al Quais du Polar de Lyon para dar dos clases magistrales. Una, sobre su escritura; la otra, sobre el jazz, su otra gran pasión, acompañado de Michael Connelly.

“Yo estaba haciendo ciencia ficción y poesía. No tenía ni idea de que iba a escribir novela negra. Pero me crucé con estos autores enormes y el impacto fue muy fuerte. No sabía lo que estaba haciendo pero lo disfrutaba más que nada. Escribí un relato corto sobre Lew Griffin, lo aparqué 20 años y cuando volví a ello todo fue ya muy rápido, todavía lo disfruto”, cuenta a El País en un café de la Place de la Bourse, una tarde soleada de viernes, para explicar la génesis de su detective emblemático y, sobre todo, su feliz encuentro con la obra de Dashiell Hammett, Raymond Chandler y Jim Thompson en un apartamento de Londres, en los años sesenta, un hallazgo que cambió para siempre su vida de escritor.

Dueño de una extensa obra, Sallis se hizo sitio en la literatura estadounidense con las seis novelas de Lew Griffin, un detective negro, letraherido y alcohólico, violento, obsesionado con la pérdida, un ser complejo que se mueve por las sombras de Nueva Orleans entre literatura y muerte. “Yo quería que el lector viera cómo se podía identificar con un hombre que ha hecho cosas horribles y que lucha por alejar el mal de su vida. Es un personaje triste. La depresión ha estado siempre presente en mi familia, pero no importa porque la actitud lo hace todo”, reflexiona antes de sumirse en un silencio breve y denso, cargado de significado, el único en más de una hora de conversación.

“La novela negra es parte esencial de la literatura estadounidense del último siglo”, arguye con vehemencia un profesor que no deja a sus alumnos hablar de géneros, “solo de buena literatura”, y que cita con pasión a James Goodies, George Pelecanos o Daniel Woodrell. Con su tono didáctico, el mismo que usa en sus estudios sobre el género o en su biografía de Chester Himes, Sallis nos propone un viaje evolutivo que termina en la actualidad: “Después de la II Guerra Mundial, las revistas y los medios vendían esa América del paraíso, esa América que ha salvado el mundo. Teníamos grandes frigoríficos, tiendas magníficas, las mujeres vestían de manera maravillosa pero las novelas de Thompson o Goodies dicen, no, esto no es así, esta no es la América real. Y esos libros se vendían en gasolineras y estaciones de autobuses y los leía gente trabajadora, que no tenían formación pero que se reconocían, que decían ‘este es el mundo en el que yo vivo’, es duro y cruel. Y esta es la gran atracción del hard boiled, que trata de contar la verdad que se ocultaba, nos ayuda a entender lo que está pasando, los males de la sociedad y esa clave dura hasta ahora”.

“El racismo es el gran pecado de EE UU”, responde un autor que tiene a Himes y Walter Mosley en su altar de divinidades literarias cuando se le pregunta por los conflictos que está llamado a explicar el género hoy. “Se ha roto la barrera de la civilidad. Ahora, después de mucho tiempo, se dicen cosas que antes no se podían decir. Quizás no haya solución”, remata, sin rastro de optimismo.

Sallis no ve la vida y la escritura sin el jazz. Autor de antologías de referencia sobre el uso de la guitarra, su escritura está muy influida por ese factor de improvisación que arranca a partir de ciertos elementos. “Nunca sé lo que va a pasar. Solo cuando la historia está muy avanzada tengo una idea”, cuenta antes de acotar su verdadero campo de interés musical, la tradición del blues temprano, cómo llegan los sonidos de raíces africanas a convertirse en jazz y cómo evolucionan a partir de ahí, “muy pronto, mucho antes de la explosión del be bop”.

Gracias al cine, Drive y su secuela Driven le dieron fama más allá de la literatura. Sallis, que ama la película protagonizada por Ryan Gosling, reconoce que la historia de redención de su personaje lo interpela y que uno nunca es tan feliz como cuando está haciendo aquello para lo que de verdad es bueno. “Gide comparaba la literatura detectivesca con la búsqueda de un sombrero negro en una habitación a oscuras. Exactamente igual que la vida, ¿verdad? Yo, cada día, estoy un poco más cerca”, reflexiona. ¿Cuánto? “Obviamente, no lo suficiente. Por eso sigo buscando. Es la grandeza de la vida. Tienes planes pero no llegas al final, porque de eso se trata. Si escribiera la novela perfecta...”

LA CIUDAD QUE TODO LO RESISTE
Nueva Orleans y el jazz ocupan el espacio que deja en su corazón la literatura, se mezclan con ella. Cuando se le pregunta por su ciudad amada, busca con su mirada a su mujer, su anclaje en el mundo, antes de responder: “Amo esa ciudad que ha sido destruida por todo el mundo a lo largo de la historia, pero que ha resistido. La amo y volvemos de visita todos los años, pero después del Katrina ya no se puede vivir en ella. El abandono del Gobierno fue tremendo. Durante mucho tiempo no pude ni siquiera hablar de ello”.

Diario El País de Madrid

Mac y su contratiempo

de Enrique Vila-Matas
(Seix Barral, Barcelona, 2017, 304 páginas)


Mac es un hombre de más de sesenta años que después de ser echado de un bufete de abogados se inicia como escritor a través de un diario cuyo humor original, irónico y lunático esconde una personal y reflexiva meditación sobre la literatura. Así, confiesa que “No simpatizo, en cambio, con las novelas porque son, como decía Barthes, una forma de muerte: convierten la vida en destino”. Y respecto a un poema de Samuel Beckett que no entendió en su momento, reconoce que ahora lo comprende menos pero le gusta más. También elogia a los personajes insignificantes a quienes considera más importantes que los arquetipos. Y comenta que “siempre nos gusta ser aquello que no somos”.

La repetición es un tema que lo obsesiona porque opina que todo autor se repite aunque cambie de género y de estilo. Y se pregunta: “¿O acaso no está escrito todo?”.

Admira a nuestro Macedonio Fernández y su Museo de la novela de la Eterna, ya que el gran escritor cultiva la inacción e inunda el texto de digresiones, citas, recuerdos, divagaciones y ocurrencias desopilantes, como Mac que se pregunta “¿Por qué será que siempre nos parece que las mujeres que prefieren a otros han elegido a un zopenco?”. Y además es inconclusa, circunstancia que celebra porque opina que no hay obras inacabadas, sino que así fueron concebidas y que luego de la muerte del autor se comenta que no están terminadas y bautiza a esos libros los “póstumos falsificados”. Entre sus humoradas hay infinitas referencia a escritores y sus trabajos, pudiéndose considerar a Mac y su contratiempo como un tratado por la inmensa enumeración de obras y reflexiones sobre el hecho literario. Y en todo momento aparece su amor por las letras y las palabras: “…hay cuentos que se introducen en nuestras vidas y prosiguen su camino confundiéndose con ellas.” Y opina que al escribir se crea un mundo paralelo alejado del real.

Su escritura es calibrada, armoniosa, se diría que perfecta, y se vuelve acrobática en los párrafos largos. Hay símiles maravillosos, nada aparatosos, que poseen así una diáfana belleza.

Asimismo habla de su aburrida vida cotidiana, pues se cifra en recorrer el barrio del Coyete, de Barcelona, en donde se encuentra con un vecino al que odia, el escritor Sánchez, responsable de una antigua colección de diez cuentos –Walter y su contratiempo, cuyo protagonista es un ventrílocuo– y que Mac se propone reescribir, circunstancia que da lugar a un aluvión de referencias literarias. Su esposa Carmen, que tiene un taller de restauración de muebles, lo mantiene, pero él se forja un sinnúmero de conjeturas sobre la posibilidad de que ella tenga un amante en ese mismo vecindario.

Tantas bromas y humoradas no ocultan el hondo escepticismo de Mac –que funciona como un alter ego de Vila-Matas–, pues llega a concluir que “…el mundo es una mierda y, aun sabiéndolo, sigamos siempre como si nada pasara, es decir, sigamos teniendo hijos, seres que vienen sólo a incrementar el número de monstruos que pueblan el planeta Tierra”. Y, por si no fuera suficiente, más adelante agrega: “…aunque sólo a esa hora del día en la que me olvido de que la idiotez no es un defecto de época, sino que viene existiendo siempre, es congénita a la condición humana”.

Finalmente Mac cae en un frenesí delirante y así surge la literatura como un componente de sueños y visiones que nos zambullen en un universo de imágenes, una suerte de panteísmo.

Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es un consagrado escritor con una extensa obra tanto narrativa (una de sus más celebradas es Bartleby y Compañía) como ensayística. Fue traducido a treinta y seis idiomas y ha recibido numerosos e importantes premios. Entre ellos pueden mencionarse el Formentor de las Letras, el Rómulo Gallegos, el Herralde de Novela y el de la Real Academia Española. Es Chevalier de la Legión de Honor francesa.

Germán Cáceres

Las ciudades y los cambios

Compartimos un relato de Italo Calvino perteneciente a Las ciudades invisibles, que forma parte de nuestro catálogo.


A ochenta millas de proa al viento rnaestral el hombre llega a la ciudad de Eufamia. donde los mercaderes de siete naciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. La barca que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama volverá a zarpar con la estiba llena de pistacho y semilla de amapola, y la caravana que acaba de descargar costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus enjalmas para la vuelta con rollos de muselina dorada. Pero lo que impulsa a remontar ríos y atravesar desiertos para venir hasta aquí no es sólo el trueque de mercancías que encuentras siempre iguales en todos los bazares dentro y fuera del imperio del Gran Kan, desparramadas a tus pies en las mismas esteras amarillas, a la sombra de los mismos toldos espantamoscas, ofrecidas con las mismas engañosas rebajas de precio. No sólo a vender y a comprar se viene a Eufamia sino también porque de noche junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno dice -como «lobo», «hermana», «tesoro escondido», «batalla», «sarna», «amantes»- los otros cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de amantes, de batallas. Y tú sabes que en el largo viaje que te espera, cuando para permanecer despierto en el balanceo del camello o del junco se empiezan a evocar todos los recuerdos propios uno por uno, tu lobo se habrá convertido en otro lobo, tu hermana en una hermana diferente, tu batalla en otra batalla, al regresar de Eufamia, la ciudad donde se cambia la memoria en cada solsticio y en cada equinoccio.

Seminario suspendido

Lamentablemente, el seminario de Desarrollo de proyectos documentales para Cine y TV que iba a dictar el Lic. Andrés “Gato” Martínez Cantó en nuestra Biblioteca a partir de septiembre, fue suspendido.

¿Drácula, Dracul, Vlad? ¡Bah…!

Arte y guión: Alberto Breccia
(Hotel de las Ideas, Buenos Aires, 2019, 64 páginas)


Alberto Breccia (Montevideo, 1919-Buenos Aires, 1993) está considerado uno de los más grandes dibujantes de la historia de la historieta mundial, y se radicó con su familia en la Argentina cuando tenía tres años. Su obra es vasta y comenzó a sobresalir a partir de Vito Nervio, que dibujó desde l947 a 1959 con textos de Leonardo Wadel. En los años cincuenta toma contacto con el guionista Héctor Germán Oesterheld y en dupla producen varias obras que están entre la cumbre de este noveno arte. Entre ellas pueden citarse Sherlock Time, Mort Cinder, Vida del Che Guevara (que dibujó junto a su hijo Enrique) y una nueva versión de El Eternauta. Con guión de Norberto Buscaglia adaptó Los mitos del Cthulhu, de H.P. Lovecraft. Acompañado por el guionista Carlos Trillo, realizó Un tal Daneri y Buscavidas. Junto a Juan Sasturain (textos) plasmó la consagrada saga Perramus. Son famosas sus versiones de los cuentos de Edgar Allan Poe.

La historieta que se comenta fue realizada por el artista en 1982 y hasta ahora era inédita en nuestro país. Anteriormente se publicó, entre 1983 y 1984, en la revista española Comix Internacional, y en los años noventa en libro en Francia.

¿Drácula, Dracul, Vlad? ¡Bah! carece de diálogos, está compuesta por viñetas mudas, y aunque hay una concepción plástica en su dibujo y en sus colores, su proyecto es netamente historietístico, con ciertos puntos en común con el arte del cartoon. Laura Caraballo (curadora de la muestra «Breccia 100. El dibujo mutante») manifiesta en el prólogo: “Aquí, las masas de color yuxtapuestas dejan emerger la línea como una suerte de daño colateral, pero no como un fin en sí mismo. No hay trazo, hay mancha. Este carácter expresivo del color y de las formas, porta oportunamente la carga grotesca que atraviesa la obra de Breccia de principio a fin”.

A partir de la tapa, su trabajo está poblado de mujeres y hombres deformes y edificios resquebrajados, como si estuvieran a punto de derrumbarse. Su colorido es restallante y muy elaborado.

La obra consta de cinco capítulos. El primero, «La última noche de carnaval», tiene lugar en Venecia y presenta un mundo de pesadilla, abarrotado de muertos. El negro es fundamental y recorre sus páginas. La concepción de Breccia es netamente experimental. En este episodio Drácula está a punto de morder a una mujer, pero aparece Superman como un salvador y aquel huye dejando a la pareja gozar de un romance. Pero el final es desopilante, porque el superhéroe muere inesperadamente, y el último cuadrito muestra un primer plano de la mujer con colmillos manchados de sangre: Drácula ya la había mordido y convertido en vampira.

«Latrans canis non admordet» es el título en latín del Capítulo 2, que significa “Perro que ladra no muerde”. Su creativa estética trae reminiscencias de un genial corto de animación: El corazón delator (1953), de Ted Parmelee, una producción de la casa UPA. Hay viñetas –como la del plano general en que El Conde viaja en carroza–, que podrían lucirse en cualquier galería de arte. En esta oportunidad sufre de dolor de muelas, y concurre a un dentista. El cuadrito de media página en el cual el profesional lo revisa es de antología por su muestrario de objetos insólitos. En su trazo predomina la línea curva y en su composición una óptica barroca. Luego, en el castillo, recibe a un huésped con quien cena. Y concluye con una viñeta en la cual asoma una burla feroz: Drácula hinca sus colmillos en su visitante mientras este duerme, pero se le cae la prótesis que le había colocado el dentista.

En el Capítulo 3: «Un tierno y desolado corazón», los interiores del castillo demuestran su exuberante figuración. Aquí, nuestro mordedor está perdidamente enamorado de una mujer moribunda, va a verla en su mansión, entra en el dormitorio donde languidece en la cama, y la salva mediante una transfusión de sangre que se exhibe en un magnífico cuadrito de página entera.

En el Capítulo 4, «Fui leyenda», se traslada a Buenos Aires en la época del Proceso. Abundan imágenes propias de los «Caprichos goyescos» al mostrar el horror de matanzas, mutilaciones, torturas y acciones aberrantes. Como señala Caraballo en su prólogo, aparece el único texto de la serie: un cartel fijado en una pared anuncia “Todo va mejor con Coca-Cola” en tanto una fila de personas espera frente a una olla popular. Drácula, espantado, se refugia en una iglesia católica. La concepción artística trae a la memoria la citada Perramus.

El Capítulo 5, «¿Poe?.¡Puaf!» presenta al famoso escritor trabajando en el estudio de su casa de Baltimore, mientras por la ventana entre un cuervo. Drácula está observando su vivienda y lo ve partir hacia una taberna, donde el poeta bebe hasta emborracharse. Al salir el vampiro lo muerde y se fuga, pero la sangre, por supuesto, estaba colmada de alcohol y, completamente ebrio, cae al suelo y se agarra de un poste. Un policía lo detiene para encerrarlo en un calabozo.

Tal vez la mejor definición de esta obra maestra la dio el propio autor. Su hija Patricia Breccia –una notable dibujante de historietas de nivel internacional– señaló a Juan Manuel Strassburger (Radar, 30.6.19) que “Desde el primer momento su objetivo fue hacer a Drácula pero como sátira. Una adaptación fuera de lo convencional. ´Me quiero cagar de risa yo´, me decía. ´Me quiero divertir´”.

Germán Cáceres

Los índalos

Germán Cáceres reseña Los índalos, película que acaba de estrenar Gato Martínez Cantó, quien comenzará el Seminario de desarrollo de proyectos documentales para cine y TV.


Ante todo hay que aclarar que los indalos son figuras rupestres que se encuentran principalmente en Almería (Andalucía). Para varios intelectuales representan la silueta de un hombre ancestral que sostiene un arcoíris. Se le suele asignar un atributo protector contra los malos espíritus.

Aurora Sáchez, la relatora –y en cierta forma protagonista de este documental, ya que se basa en su traumática vida– tiene dos índalos en su vivienda de Nicaragua, que representan a su hermano Roberto y a su hijo Iván, ambos participantes del intento de copamiento del cuartel militar de La Tablada, durante el cual murió el primero y el segundo se convirtió en un desaparecido.

Los buenos augurios de los índalos no son por supuesto estos desenlaces fatales, sino la fe en la vida por parte de Aurora y la convicción de que debe transitársela con dignidad. La asistió en esta empresa su solidaria hija Mayra, hermana de Iván y sobrina de Roberto, que está tratando que estas dos fuertes figuras del pasado no le impidan forjar su futuro.

Pero la militancia y la política signarán el desgarrador periplo vital de Aurora, pues su padre participó junto a los republicanos en la guerra civil española. Finalmente este pudo huir a un campo de refugiados francés y luego trasladarse con su familia a Buenos Aires (Aurora repite una frase de él: “Lo malo no es irte de tu país, sino que te echen”).

El gran mérito de los directores y guionistas Gato Martínez Cantó, Santiago Nacif y Roberto Persano es no participar en las declaraciones y testimonios de Aurora Sánchez y de su hija Mayra, como tampoco en las intervenciones de otros testigos (un fotógrafo, el hijo de Roberto, un ensayista, un amigo nicaragüense de Iván, la novia de éste –también de Nicaragua–). La finalidad de la película es registrar las terribles pérdidas que sufrió la protagonista, que sin embargo no ha quebrado su fe en la vida y tampoco cuestionado las decisiones tomadas por sus seres queridos. Además, esas cicatrices que tanto martirizan su alma no le impiden ser habitada por la presencia invisible de Iván en cuanto pronuncia su nombre.

Aurora Sánchez junto a Mayra regresaron a Nicaragua, donde viven en la actualidad. Son primorosas y conmovedoras las escenas que captan sus playas y sus pueblos. Aurora comienza a ser invadida por los recuerdos y entonces deciden viajar por España y evocar a sus antepasados a través del aroma de plantas y flores, como lo realizó literariamente Marcel Proust. Cuando también visitan Francia (donde se puede apreciar el inefable encanto de París) toman nota del monolito que se erigió cerca de la frontera con España, en honor de los heroicos soldados republicanos, entre ellos el padre de Aurora y abuelo de Mayra. En Buenos Aires hay lugar para el mágico barrio de la Boca, pero también muestra el doloroso entierro de las cenizas de Roberto y el horror de las escenas bélicas en el cuartel. Todos estos logros se debieron al trabajo de cámara de Emiliano Penelas (responsable de la fotografía) junto a los directores Roberto Persano y Gato Martínez Cantó. El resto del equipo técnico colaboró muy profesionalmente para plasmar una película de resonancias humanísticas y, a la vez, conmovedora.

Germán Cáceres


Los índalos
(Argentina, 78 minutos, color, 2019)
Guion y dirección: Gato Martínez Cantó, Santiago Nacif y Roberto Persano
Producción: Paimún Cine - Sigil Comunicación & Sociedad
Dirección de Fotografía: Emiliano Penelas (ADF)
Montaje: Omar Neri y Monica Simoncini.
Sonido: Lucho Corti
Animación: Martín Céspedes
Música original: Nicolás Esperante
Diseño Gráfico: Sebastían Jiménez
Cámara: Emiliano Penelas - Roberto Persano – Gato Martinez Cantó
Asistente de fotografía: Darío Longobucco
Corrección de color: Patricia Batlle

En cartel en el Cine Gaumont, Rivadavia 1635.

Paneles para el estudio

Ya estamos cada vez más cerca de finalizar nuestra futura radio. Este fin de semana se colocaron los paneles acústicos en el estudio.






Día del lector

Con el objetivo de promover el hábito de la lectura, desde 2012 cada 24 de agosto se celebra el "Día del Lector" en nuestro país, en homenaje al natalicio del Jorge Luis Borges, en 1899.



Por supuesto que la obra completa de Borges se encuentra en nuestro catálogo.

El secreto perfume del mundo

de Beatriz Isoldi
(Paradiso, Buenos Aires, 2019, 212 páginas)


Beatriz Isoldi, presidenta de la institución Gente de Letras, es una prolífica narradora y ensayista que ha obtenido importantes reconocimientos: Primer Premio de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires en cuento (2007) y ensayo (2008), el premio Municipal de literatura de la Ciudad Buenos Aires en ensayo (bienio 2006-2007) y el Premio Esteban Echeverría. (2013). Ganó en dos oportunidades la Faja de Honor de la SADE.

En esta novela brilla su bella prosa, colmada de imágenes, metáforas y símiles. Dejarse llevar por la armonía de sus frases constituye una delicia para el lector. En los tramos finales del libro, la escritura se torna caudalosa y adquiere la fuerza de un torbellino arrollador. Además, como otros importantes creadores contemporáneos, no utiliza guiones para los diálogos. Otro aporte es la recorrida que realiza por las calles de Buenos Aires, y así desfilan Ecuador, 25 de Mayo, Parque Chas, Avenida de Mayo, Plaza Flores y, sobre todo, el Pasaje Santos Discépolo: “Me fascinaba esa cortada misteriosa con aires europeos, magnífica y meticulosamente arruinada con leyendas en las paredes …”

Francisco Ledesma, el protagonista, relata la historia en primera persona y manifiesta que es un novelista reconocido pero un auténtico solitario, un “lobo estepario”, como el mismo se autodenomina apelando al célebre libro de Hermann Hesse. Debe señalarse que la autora demuestra poseer una extensa cultura por la cantidad de músicos, artistas y escritores que nombra.

Al comenzar la novela, Ledesma estaba sufriendo un período de escasa creatividad y reflexionaba que “no son los deseos buenos o malos los que construyen la realidad (…) ni siquiera sobre los hechos en el territorio inestable de la ficción”.

No solo Ledesma es escéptico y depresivo, sino también su hijo Abel, un pintor sin éxito. A ambos los abruma una tremenda desolación.

Y entonces comienza a evocar su vida pasada, porque en esencia desconoce lo que le ocurrió. “¿Sucedió realmente como me lo cuento?”, se cuestiona: no sabe quién es, no logra distinguir los hechos reales de sus fabulaciones. Más adelante comenta que “Recordar es una situación conflictiva”. En la atmósfera del texto se advierte que Isoldi admira al Premio Nobel Patrick Modiano.

La introspección que realiza Ledesma es una suerte de racconto para intentar descifrar si antes de enviudar fue feliz en su vida matrimonial, misterio que otorga una suerte de suspenso a la lectura. Y reconoce que resultó ser un atormentado y se identifica con Ricardo Stepens, el protagonista del cuento «Noche terrible», de Roberto Arlt. Asimismo, considera a la rutina como una particularidad de la condición humana, dado que él no quiere salir de su apática vida por miedo a la novedad: ya se acostumbró a la desgracia.

Finalmente, llega a la conclusión de que su amada Mirna, siempre rodeada de secretos, llevó una vida aberrante y desgarradora.

El secreto perfume del mundo es un título hermoso, acorde con la notable calidad de la novela.

Germán Cáceres

¡Hasta siempre, José!

Lamentamos profundamente el fallecimiento de José Martínez Suárez, Socio Honorario de nuestra Biblioteca y amigo del Cineclub La Rosa.


A los 93 años, este sábado falleció José Martínez Suárez. Con una pena inmensa, pero sabiendo que nos seguirán acompañando sus películas, los miembros de la Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte despedimos a un amigo, Socio Honorario de nuestra casa, siempre presente en el Cineclub La Rosa. Hasta siempre, José, buen viaje.

Mitos nacionales. De los próceres a los ciudadanos ilustres

Conmemoraciones como la de San Martín, fallecido el 17 de agosto de 1850 en su casa de Boulogne-sur Mer, nos llevan a preguntarnos si acaso no hay más argentinos de ese temple. ¿Se acabaron los próceres? ¿No los necesitamos? ¿Podemos vivir sin figuras ejemplares, que nos señalen cuáles son los valores importantes? ¿O será acaso que somos incapaces de conceder un reconocimiento más o menos unánime a esas figuras?


Sin duda, hay un poco de cada cosa. La Argentina tiene hoy un panteón de próceres, y también de figuras que, sin llegar a ese alto rango, reconocemos como destacadas. Una lista de sus nombres nos revela una cierta desproporción: el peso enorme de quienes actuaron entre 1810 y 1825, en la etapa inicial de lo que sería la Argentina, y muy especialmente de los guerreros de la independencia.

Desde 1853, y a medida que el Estado se iba consolidando, los historiadores iniciaron el camino de la construcción de la nación argentina y de su pasado. Bartolomé Mitre comenzó en 1857 con Belgrano y la independencia argentina, concluida en 1876, y en 1887 publicó San Martín y la emancipación sudamericana. Con ambos libros explicó los orígenes de la nación, señaló a sus principales próceres fundadores y tendió una línea que, uniendo Mayo con la Constitución de 1853, definía una visión liberal de la nación. Por esos años otros historiadores -Adolfo Saldías y Vicente Fidel López- plantearon matices más o menos importantes, y Ernesto Quesada, con su valoración de la figura de Rosas, señaló una diferencia fundamental.

Por entonces el país ya era muy distinto de aquel sobre cuyo pasado comenzaba a disputarse. La inmigración masiva llegaba como un aluvión y de él emergía una sociedad diferente y extraña, que planteó un fuerte desafío a quienes conducían el Estado. Lo enfrentaron con un programa que era común en los Estados de la época: nacionalizar a las masas y crear en ellas una base común que hiciera posible el contrato político en que se asentaba el Estado.

Se propusieron conformar una idea compartida de la nación. Su propósito se advierte en el nuevo énfasis puesto en las escuelas en la enseñanza de la historia, la lengua y la geografía nacionales, en el renovado interés por la celebración de las fiestas cívicas, en el estímulo de las movilizaciones patrióticas, y en la formación de un panteón que reuniera, material o simbólicamente, a los próceres y reconociera, con un juicio tranquilo e imparcial, su aporte a la formación de la nación.

El entusiasmo generado por la repatriación de los restos de San Martín, en 1880, o por la construcción del mausoleo a Belgrano. iniciada en 1896 con la ayuda de numerosas asociaciones civiles, dan la pauta del clima patriótico de esos años. Desde mediados de los años 80 los historiadores venían trabajando en el rescate de los próceres de la Independencia, ilustres olvidados o desconocidos. En este proceso, que se quería armónico, comenzaron a aparecer las disidencias. Muchos de aquellos guerreros habían participado luego en las enconadas guerras civiles, cuyos recuerdos aún estaban vivos. Para los descendientes de Dorrego, era intolerable la presencia de Lavalle en el panteón. Los hispanistas reclamaron un lugar para Álzaga y Liniers, héroes de las Invasiones Inglesas. Otros pidieron el reconocimiento de Facundo Quiroga o de Juan Manuel de Rosas. Las estatuas, su envergadura y su ubicación fueron también ocasión de encendidos debates.
Un panteón

En 1894 se intentó construir un panteón que, como en París o en Londres, reuniera los restos de los próceres reconocidos. Roca presidió la comisión organizadora que, a poco andar, admitió que no se podía incluir a nadie con actuación posterior a 1825. Se trataba de separar el momento fundador, de la unidad y la concordia, del posterior a 1825, irremediablemente dividido por las querellas políticas o ideológicas. la nacion -el diario de Mitre- advirtió premonitoriamente que de ese modo solo sería un panteón de la Independencia y no un verdadero Panteón Nacional, que incluyera a quienes se destacaran posteriormente.

A fines del siglo XIX, entre los dirigentes, las discusiones sobre el pasado reflejaban las incertidumbres del presente y los desacuerdos sobre el futuro por construir a partir de aquellas raíces. La inmigración masiva renovó las inquietudes cuando nuevas camadas de hijos de inmigrantes comenzaron a competir por posiciones antes reservadas a los criollos. También se la asoció con las protestas, a menudo violentas, organizadas por trabajadores o chacareros. Incluso se temió que la nutrida colectividad italiana -que erigió una estatua para Garibaldi- fuera la base de un proyecto colonial de Italia.

En este nuevo contexto, el nacionalismo de matriz liberal de los fundadores cambió de sentido, y comenzó a gestarse una corriente cultural que se expresó plenamente en elCentenario de Mayo. Frente a tales peligros, la Argentina debía tener una nacionalidad consistente y homogénea, que fortaleciera los rasgos propios y neutralizara los ajenos. El modelo era Alemania, una potencia pujante con una nacionalidad compacta y cohesionada, que era ajena al repertorio liberal.

Paradójicamente, ese ansia de unidad exacerbó primero la querella entre los intelectuales. Los parámetros reconocidos de una nación fuerte eran la raza, la lengua y la cultura. ¿Cuál era la raza argentina? ¿La hispana, como lo proclamaría la estatua del Cid Campeador, la criolla, la aborigen quizá, o la resultante futura del crisol de razas? ¿Que lengua debía hablarse en la Argentina? ¿El español de España, como se empeñaba Enrique Larreta, el gauchesco de nuestro gran poema nacional, Martín Fierro, o el porteño, español degradado por el habla de los inmigrantes? ¿Cuáles eran la música o la pintura nacionales? Todas estas discusiones, intensas y apasionadas, se anudaron en un tópico perdurable: el "ser nacional". Los nuevos nacionalistas no sabían cuál era, pero estaban convencidos de que existía, y que debía ser revelado mediante una acción militante que lo liberara de injertos europeístas o cosmopolitas.

Sobre este imaginario nacionalista, fuente de dudas y de certezas, comenzaron a trabajar tres actores de voz potente y performativa: el Ejército, la Iglesia católica y los movimientos políticos populares. Cada uno dejó su huella en el relato histórico.
Expresión del pueblo

El Ejército identificó la nación con el territorio nacional, convertido en una de sus bases simbólicas. Pero además fue atribuyéndose la custodia de sus valores esenciales, eternamente encargado de vigilar y reprimir a quienes los amenazaran. La Iglesia, que combatía al Estado laico, proclamó que la Argentina era una nación católica, construida por prohombres católicos. Masones, protestantes, liberales, socialistas y otros más, que estaban entre "los hombres de buena voluntad", convocados en 1853, resultaban de dudosa argentinidad. Finalmente, el radicalismo y el peronismo, los dos grandes movimientos democráticos y populares, se concibieron a si mismos como la expresión del pueblo y de la nación -el gran actor de la historia- mientras que sus eventuales adversarios -el "régimen", la "oligarquía"- eran declarados ajenos al pueblo y hasta sus enemigos.

Fueron tres vías distintas que convergieron en una idea común: la Argentina era y debía ser unánime y la parte de los argentinos que escapara a estas definiciones tenía que ser marginada o excluida. El principio confería un enorme poder a quien lograra imponer su idea de la unidad. A la vez, era el generador de inevitables reacciones por parte de los afectados. Imponer su propio panteón era una de las manifestaciones de la hegemonía. Cuestionarlo era la esperable respuesta de quienes habían sido expulsados de la patria homogénea. Coincidir en nombres de personas ejemplares, de ciudadanos destacados, presentes y pasados se volvió cada vez más difícil.

El pasado histórico fue campo de estos combates, y la discusión se ensañó con muchos que se perfilaban para un reconocimiento, si no unánime, al menos amplio. El primero fue Sarmiento, reconocido inspirador de la educación pública, uno de los más celebrados logros de la Argentina. Pero se ganó la inquina de la Iglesia, tenaz y eficaz, y padeció de la pluma, a menudo soez, de escritores nacionalistas para quienes el cosmopolitismo y la europeización son mala palabra. En 1988 la Cámara de Diputados le negó un homenaje. En 2011, en el bicentenario de su nacimiento, la Televisión Pública lo ridiculizó en su canal Paka Paka.

En los años 60 y 70 la denostación de Rivadavia y la exaltación de Rosas enardecían a los jóvenes estudiantes. La figura de Rivadavia -motejado de "mulato"- quizá no ha mejorado mucho, pero la de Rosas no despierta ya pasiones encendidas. Para los historiadores serios, fue un gobernador un poco más autoritario y faccioso que el término medio de su tiempo, un defensor de la soberanía, al menos la de Buenos Aires, y uno de los constructores -a su manera, bastante unitaria-, del Estado nacional.

En la memoria y en la historia las revisiones no se detienen nunca, pues se mira el pasado a la luz de los problemas del presente. La reivindicación de los pueblos originarios -un fenómeno mundial- sacudió la imagen de Roca, que se había ganado el procerato por la unificación territorial de la nación. El artífice de esa gesta -muy cara a los nacionalistas- ha pasado a ser un feroz genocida, y sus estatuas son objeto recurrente de escraches. Con el mismo criterio anacrónico, quizá pronto nos enteraremos del costado patriarcal y discriminador de cada uno de nuestros prohombres, quienes seguramente fueron además grandes contaminadores del ambiente.
Soñar la unanimidad

En una sociedad como la nuestra, que es plural y diversa pero se ha acostumbrado a soñar con la unanimidad, las brisas facciosas se convierten en vendavales que arrasan con todo, y sobre todo con las estatuas. Probablemente allí esté el nudo del problema de la escasez de próceres -cuya presencia se ha acotado al momento fundacional de la patria-, y también de prohombres reconocidamente destacados y ejemplares. No hay grandes referentes que cimenten los principios de una sociedad democrática, y quienes extrañen su ausencia deberán asumir la tarea de construir esas referencias, paciente y trabajosamente. Obtendrán éxitos parciales e incompletos, pero los alentará la posibilidad de acuerdos parciales y transacciones razonables.

Eso es lo que se hace en el ámbito de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, cuya Legislatura confiere con amplitud la distinción de Personalidad destacada y, en casos excepcionales, la de Ciudadano ilustre. Buscan en los diversos ámbitos de nuestra sociedad, plural y creativa -la ciencia, la creación cultural, el deporte y otros- , a quienes supieron aunar una profesión con el servicio a la comunidad y al interés general. Allí coexisten bloques políticos que expresan una gama amplia de visiones políticas e históricas, y los nombres probablemente surjan de negociaciones, acuerdos y repartos. Bienvenidos.
Los estadistas

En cuanto a los estadistas, no es difícil coincidir en algunos nombres: Yrigoyen, Lisandro de la Torre, Juan B. Justo, Arturo Illia quizá; el tiempo ha enfriado las pasiones que los rodearon. Más cerca de nuestro presente tenemos a Juan Domingo Perón y a Raúl Alfonsín. Aunque durante buena parte de su vida pública fue el jefe de una facción, no es difícil rescatar en Perón un valor ampliamente compartido, que sin duda se extiende a Eva Perón: la justicia social. Raúl Alfonsín es ampliamente identificado con los derechos humanos y la democracia, que son hoy valores asumidos por una sociedad que discute sobre sus formas pero no sobre los principios. También se lo asocia con otros valores políticos y éticos -la república y sus instituciones, el pluralismo, la deliberación- que conmueven a una parte algo menor pero que raramente son negados. Es difícil encontrar hoy a alguien más digno de incorporarse al grupo de los hombres eminentes.

Pero en este campo nadie tiene asegurado su pedestal. La mirada presente del pasado es impiadosamente revisionista y poco comprensiva de las circunstancias en que vivieron los hombres. Permanentemente estamos afirmando nuevos derechos y valores y reclamándole al pasado por haberlos ignorado. Nuestra cultura política se ha vuelto muy intolerante y violentamente expresiva. Las estatuas de nuestros ciudadanos ejemplares, que se levantarán con tanto esfuerzo, se asentarán -triste es admitirlo- sobre terrenos poco firmes.

Por: Luis Alberto Romero y Lilia Ana Bertoni
Diario La Nación, sábado 17 de agosto de 2019

La desaparición de Stephanie Mailer

de Joёl Dicker
(Alfaguara, Buenos Aires, 2018, 656 páginas)


Este autor ginebrino que nació en 1985 y escribe en francés novelas situadas en los Estados Unidos, goza del mérito y del privilegio de concebir libros extensos que se convierten en rotundos best-sellers y ganan importantes reconocimientos. Por ejemplo, La verdad sobre el caso Harry Quebert obtuvo el Premio Goncourt des Lycéens, el Gran Premio de novela de la Academia Francesa, el Premio Lire a la mejor novela en lengua francesa y en España fue elegido Mejor Libro del Año por los lectores de El País y recibió el Premio Qué Leer al mejor libro traducido y el Premio San Clemente otorgado por varios institutos de Galicia; además, Jean- Jacques Annaud lo adaptó como serie televisiva. Su primera novela, Los últimos días de nuestros padres, recibió el Premio de los Escritores Ginebrinos. Respecto al texto que nos ocupa, en la contratapa aparece un comentario celebratorio de Valérie Trierweiler en Paris Match: “Seiscientas cincuenta páginas que nos harán adorar el insomnio.”

La escritura de Dicker es fluida y trabajada aunque con escasas imágenes. De tanto en tanto desliza pensamientos sencillos que valen la pena:”- Huy, no hay que fiarse de las apariencias. A veces creemos que conocemos a las personas y descubrimos secretos asombrosos sobre ellas.”/ “-Cuando has matado una vez, puedes matar dos veces. Y cuando has matado dos veces, puedes matar a toda la humanidad. Ya no hay límites.” Excelente la traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amalia García Gallego.

La historia transcurre en 2014 e investiga un caso criminal que estaba cerrado y que ocurrió veinte años antes, o sea en 1994. La narración oscila entre ambos períodos y por momentos se tiene la impresión de que todo sucede al mismo tiempo.

Los tres policías que investigan (Jesse, Derek y Anna) se expresan en primera persona y también lo hacen otros personajes –hay unos treinta–, procedimiento que Dicker combina con descripciones en tercera persona.

Se trata de una novela policial, aunque el autor, en una entrevista que le realizó Ana Prieto en Buenos Aires para Ñ del 1/12/2018, no está seguro que lo sea pese a plantear seis crímenes: “En realidad no se trata de la escritura en sí sino del hecho de crear. Los procesos creativos son muy importantes porque es la única manera de salirnos realmente de nuestras vidas, algo que también logra la lectura.”

El relato resulta ágil y dinámico: prácticamente en todas las páginas ocurren hechos. Es una suerte de cajas chinas al revés dado que cuando se van abriendo se encuentran cajas más grandes.

Joёl Dicker demuestra oficio y una imaginación ilimitada al armar sin contradicciones ni errores una trama extensa y complicadísima. Recurre a golpes de efecto y desliza una intriga en los finales de capítulo. Y posibilita que casi todos los numerosos personajes se conecten entre sí y que las sospechas sobre su culpabilidad se vayan desplazando sucesivamente sobre ellos.

No obstante se le puede achacar que el empleo del cruzamiento de asesinatos (utilizado para eliminar el móvil del crimen y despistar a la policía) tiene su antecedente en la película Extraños en un tren (1951), de Alfred Hitchcock , basada en la novela del mismo título de Patricia Highsmith.

La desaparición de Stephanie Mailer concluye con un audaz final feliz porque uno de los personajes –que había asesinado a la amante que lo chantajeaba– logra ocultar su crimen y llevar una vida plena junto a su familia. El mismo resultado logran los tres protagonistas, que en el curso de la novela fueron revelando sus respectivos conflictos personales.

Germán Cáceres

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