Serotonina

de Michel Houellebecq
(Editorial Anagrama, Buenos Aires, 2019, 288 páginas)


La novela está narrada en la primera persona de Florent-Claude Labrouste, un agrónomo de cuarenta y seis años que sufre una fuerte depresión y está acosado por ideas suicidas. Se encuentra medicado con Captorix, que tiene la contraindicación de liberar serotonina e inhibir en consecuencia su deseo sexual y le provoca impotencia. Su espíritu autodestructivo lo lleva a pensar: “¿Era capaz de ser feliz en general? Creo que es la clase de preguntas que más vale no hacerse?”. También opina que “…el entorno social era una máquina de destrucción del amor.” Su visión de la existencia desemboca en un excesivo escepticismo. Asimismo refiere a la sociedad francesa como conflictiva y alejada del bienestar económico.

Su compañera Zuzu participa de fiestas libertinas, en las cuales se cometen prácticas aberrantes, incluida la zoofilia. Al sentirse abrumado por el abatimiento Florent-Claude la abandona sin darle ninguna explicación. Inicia así un recorrido en su automóvil por Normandía, describiendo minuciosamente varias de sus localidades. El autor está muy informado sobre los problemas agrícola- ganaderos de la zona, que padece una situación desesperante. En uno de los momentos más apasionantes de la novela, relata cómo campesinos armados impiden circular a camiones cisternas que transportan leche importada de Irlanda y de Brasil. El protagonista afirma que: “Aquí hay un poco más de sesenta mil productores de leche; dentro de quince años me temo que quedarán veinte mil.” No deja de señalar, además, el maltrato que se emplea en la cría de animales.

Mientras tanto, va recordando antiguos y vívidos romances (Kate, Claire y Camille), los cuales finalmente resultaron frustrantes.

Houellebecq escribe con sencillez y sin alardes, pero su articulación es de primer nivel. Suele exhibir párrafos muy extensos con períodos impecables y extrema fluidez. (“… y su voz era tan fresca, era como un zambullirse debajo de una cascada al final de una polvorienta tarde de verano, al instante te sentías limpio de toda suciedad, de todo desamparo y de todo mal.” ) La excelente traducción de Jaime Zulaika – que proviene de la primera edición realizada en Barcelona– utiliza muchos términos del habla española.

Hay tramos en los cuales el exceso de detalles sobre la región y las costumbres cotidianas de sus pobladores se tornan tediosos y algo confusos, pero por suerte son escasos.

Michel Houelecq (Saint Pierre, isla de la Reunión, departamento de ultramar de Francia, 1956) es uno de los más celebrados escritores contemporáneos. Obtuvo las siguientes distinciones: Flore con su primera novela Ampliación del campo de batalla (1994); Novembre con Las partículas elementales (1998); el Goncourt con El mapa y el territorio (2010) y el Premio Nacional de las Letras (1998) otorgado por el Ministerio de Cultura de su país. Entre sus obras –escribió también ensayos y libros de poesía– figura la novela Sumisión (2015), que le causó problemas (según su trama partidarios del islamismo llegaban al poder en Francia) porque el mismo día de su lanzamiento se produjo el atentado contra los dibujantes de Charlie Hebdo. Este año fue nombrado Caballero de la Legión de Honor.

Germán Cáceres

Este libro forma parte del catálogo de la Biblioteca. Siendo socio puede retirarlo para su lectura.

Último encuentro del Taller Literario

El Taller Literario coordinado por el escritor Carlos Penelas finalizó su ciclo 2019 en nuestra Biblioteca.


Felices de haber completado un ciclo con muchos alumnos, algunos de ellos llegando a publicar trabajos, los esperamos nuevamente en 2020.






El camino de los otros

Los abuelos que vinieron de lejos
de María Cristina Berçaitz
(Georges Zanun Editores, Buenos Aires, 2019, 280 páginas)


El libro está dedicado por la autora a sus tatarabuelos Martin Berçaitz y Donatille Etchebarne y a sus bisabuelos Jean Berçaitz y Virginia Brígida Ibarborda y Lucos.

Con prosa segura y diáfana, María Cristina Berçaitz le otorga un tono nostálgico a esta historia familiar que parte desde 1847 (en la aldea de Lohitzum, País Vasco, Francia) hasta 1950 (en Buenos Aires).

La narración empieza con su bisabuelo Jean, que a pedido de Martin –el padre– debe partir con solo diecisiete años hacia la Argentina para abrir el camino de la emigración a toda la familia, que intenta huir de la extrema pobreza de la región. Hay calidez y sentimiento en el relato y en las descripciones de las costumbres del lugar. Para Jean ese ámbito, no obstante sus carencias, era una suerte de Arcadia.

Después de permanecer un año trabajando en Uruguay, arriba a Buenos Aires en 1849. Excelente descripción de los edificios, cafés y catedrales de la ciudad de ese entonces (el gobernador era Juan Manuel de Rosas), con valiosas referencias sobre los arquitectos.

Enfoca la relación entre Jean y Virginia con una óptica absolutamente romántica, describiendo con suma delicadeza los encuentros pasionales de ambos. Sobre ellos sobrevuela el trágico amor entre Camila O´Gorman y el sacerdote Ladislao Gutiérrez, que tuvo lugar entre 1847/48.

Los ricos padres de Virginia consideran su vínculo con Jean – un hombre de condición humilde– inmoral y obsceno. Este drama está narrado convincentemente hasta para los lectores actuales, que experimentan esas relaciones de una manera inimaginable para aquellos difíciles y prejuiciosos años. Los amantes logran casarse ayudados por un sacerdote de amplio criterio humanístico.

Así como Buenos Aires se va expandiendo y creciendo, lo mismo ocurre con esa familia porque se radican en la ciudad el padre de Jean (la madre murió en su patria) y sus hermanos y hermanas, y todos van teniendo hijos. Al final del texto, un minucioso árbol genealógico da cuenta de esa evolución.

El camino de los otros también refiere la Guerra del Paraguay, de las frecuentes epidemias de cólera que padeció la ciudad y del terrible azote de la Fiebre Amarilla de 1871.

Estamos ante una novela que no solo hará evocar al lector sus propias vivencias familiares, sino que le aportará datos para profundizar en la historia argentina y, sobre todo, le brindará el placer de la buena literatura.

María Cristina Berçaitz es arquitecta y maestra de Dibujo y de Pintura. En 2005 fundó la Editorial Algazul. Entre sus obras figuran: en novela, El País de los Pechanes y Amanecer en África; en poesía, Infancia y Así como el cuarzo; en cuento, Persiguiendo Estrellas y Cuenta Cuentos; y en teatro, Máscaras.

Germán Cáceres

Finalizó el taller de Ajedrez

Este martes fue la última clase del año de nuestro Taller de Ajedrez, dictado por Jorge da Fonseca, para todas las edades. ¡Los esperamos en 2020!



Infografía: Silvio Rodríguez


Texto: Pablo Eduardo García Peña
DG: Diego Hernández Plazas

Lucho

Publicamos este relato de Pedro Acuña, alumno de nuestro Taller Literario, coordinado por Carlos Penelas.



El primer acto ocurre allá por los 70 en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Lucho trabaja en la “Casa Celofán” y en el cine “Splendor”. En la primera es vendedor: los escaparates muestran una mezcla abigarrada de pelotas de futbol, guitarras criollas y discos de moda, junto a libros de texto y ropa deportiva. Perdido entre multitudes caóticas de cosas está él, siempre con una sonrisa y con algún tema de conversación. Muchas veces la charla es en voz alta, porque los parlantes funcionan a pleno con los temas de moda. En el cine Splendor en cambio es boletero y nos habilita las entradas para ver las dos películas de la función. Simpático, treintañero según mi recuerdo de preadolescente, su figura se repetía por muchos lugares de la ciudad. Siempre con alguna salida ocurrente y un aspecto más juvenil que el de sus todavía juveniles años.

Sus anteojos, su pelo lacio ya entrecano, la forma en que vestía y el levísimo rasgado achinado de sus ojos evocaban a un John Lennon módico y local. Si era o no una persona instruida se me pierde en el olvido. En tiempos pacatos, en una sociedad pacata, era desestructurado y menos almidonado que el común de la gente. No mucho más que eso.

No le conocíamos mayores ambiciones. Era, tan sólo, uno más en un lugar en el que casi todos nos conocíamos. Un día desapareció de la ciudad y su rastro se perdió.

El segundo acto es sólo una imagen. Mediados de los ochenta. Una revista amarillista de Capital donde encuentro un reportaje con fotos a un “Pai Lucho” que me resulta conocido. Si, Lucho reconvertido en pai del rito umbanda. Cuenta allí que cura el cáncer con la mente y que cuando realiza esos tratamientos le mana sangre por los dedos.

El tercer acto ocurre a comienzos de los 90 en la esquina de Paraná y Lavalle, en Capital Federal. Es una tarde/noche de primavera. Miro hacia Corrientes y veo venir caminando hacia mí a una figura con túnica blanca hasta los pies, collares multicolores, sandalias franciscanas y un tremendo afro look canoso. Si, Lucho frente a mí. Lo saludo,

- Hola, Lucho, ¿Cómo estás? - .

Responde con un falso acento indefinible, parecido al que hoy escuchamos a los venezolanos que han venido a nuestro país. Recuerda mi nombre y nos quedamos charlando. Cuenta las peripecias que fue viviendo desde que abandonó la ciudad. Me entero de cómo trocó su condición de pueblerino anónimo en la de santón curandero. Cuenta que suele parar en la hoy cambiada confitería La Paz, donde atiende a algunos de sus “pacientes”.

Hablamos por aproximadamente diez minutos. Quedamos en reencontrarnos. Nunca lo hacemos. Entretanto, vuelve a aparecer por la ciudad, ayuda a organizar homenajes a otros personajes locales muertos y en proceso de olvido. Entroniza la foto de un croto famoso en una pulpería del centro, ante el aplauso de generaciones de pueblerinos con alta graduación etílica. Al final, unos años después, el pai Lucho se muere sin haber envejecido.

Todos conocemos personas que dan vuelcos en sus vidas. Así, escritores que se reinventan como traficantes de armas y policías que se reconvierten en cantantes.

En qué otra mutación estará nuestro vendedor/pai. ¿Estará curando enfermedades del alma en el paraíso, purgatorio o infierno? ¿O tal vez recorriendo los pasillos de algún cine del más allá? Si le tocó el cielo debe estar paseando con una bandeja de chocolates con maní en envases de cartón de color amarillo. Para que las almas buenas se alimenten y disfruten.

Pedro Acuña, 14 de noviembre de 2019.


Sobre el autor
Nací en 1962. Me crié en Mercedes, provincia de Buenos Aires, y a los 17 años vine a vivir a Capital Federal. Soy abogado, docente y trabajo en un Banco. Siempre me ha gustado leer. Colaboré en mi adolescencia en un diario local. Participo en el taller literario que Carlos Penelas dicta en la biblioteca pública Carlos Sánchez Viamonte.

Ofrenda de la luz

de Carlos Penelas
(Editorial Dunken, Buenos Aires, 2019, 56 páginas)


Las primorosas ilustraciones de Eugenia Limeses que exhiben la tapa y la contratapa pueden entenderse como introducción y epílogo líricos.

Entre los temas que están presentes en el brillante poemario (dedicado a Héctor Ciocchini, in memoriam) figuran la nostalgia y la melancolía (“¿Cómo contestar esa pregunta ahora/ que tengo casi su edad y su sonrisa/cuando partió en ese batir de alas, en sombras?”)

Ofrenda de la luz ofrece numerosas y hermosas imágenes, como “Y la mar embellecía arenas. /Infinita, silenciosa.”, y “¿De qué sirve esta imagen, esta muestra/ de un pasado que es olvido o melancolía?”

«La fotografía» puede considerarse como uno de los poemas más logrados de la colección por su profundidad y hermosura. Otro hallazgo dados su originalidad y su tácito humorismo es su homenaje al Club Independiente, que hubiera podido denominarse, por ejemplo, Club Victorioso o algo similar, pero Penelas prefirió titularlo «Epinicio a los diablos rojos», que incluye también una emotiva evocación de la infancia.

El poeta tiene una visión escéptica sobre los valores de nuestro mundo actual, como si añorara un pasado que fue pletórico en belleza: “Nadie habla del alma, del dolor, de la noche. / La soledad o el fuego son cosas del pasado. /La barbarie, entiendo, cumple su lento cometido.”

Los cantos al amor no podían estar ausentes y así el lector puede disfrutar la emotiva sensibilidad de versos como: “En mi lengua el jubiloso olor de tus cabellos, / la entrecortada espuma desvelando los labios.”, o “…Es por eso que oculto/ mi silencio en tus senos, mi vientre en tu vientre, /mi pasión desprendida en la lluvia.”

Un poema en prosa, «Pesadilla» – cuyo contenido refleja perfectamente su título–, por su estructura podría considerarse una refinada microficción.

Dubrovnik, Roma, las Islas griegas y Fabriano son algunos de los lugares que menciona el poeta rememorando sus viajes. Además, cita a muchos poetas, intelectuales y artistas, demostrando una amplia cultura derivada de su profunda pasión por los libros. Su obra evidencia que entre sus poetas preferidos figuran –por citar algunos– Eugenio Montale, Giuseppe Ungaretti, René Char, Ricardo Molinari, Luis Franco y la poesía clásica española del Siglo de Oro.

Carlos Penelas (Avellaneda, Pcia. de Buenos Aires, 1946) es poeta y ensayista y obtuvo numerosos reconocimientos, entre otros el Primer Premio de Ensayo y Primer Premio de Poesía (Escuela Normal de Profesores), el Premio “Arturo Marasso” (Profesorado Mariano Acosta), la Faja de Honor en Poesía (S.A.D.E), Primer Premio de Poesía “Alfonsina Storni” (Gente de Letras), Mención Especial de Poesía (Concurso Latinoamericano “Carlos Sábat Ercasty”, Uruguay) y fue distinguido por su cobertura en radio de la XII y XIV Exposición Feria Internacional “El Libro”. Dio conferencias en el país y en el exterior. Es además director de talleres literarios y colaborador de varios medios locales y extranjeros. De su extensa obra poética se puede mencionar El mirador de Espenuca (1995), Guiomar/Cantiga (1996), Elogio a la rosa de Berceo (2002), Antología personal (2010), Poesía reunida (2012) y Poemas de Trieste (2013).

Germán Cáceres

El libro, donado por su autor, forma parte del catálogo de la Biblioteca. Siendo socio puede retirarlo para su lectura.

Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires

Estamos felices de anunciar que nuestra Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte fue declarada "Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires" por la Legislatura porteña.


Luego de la Audiencia Pública celebrada a mediados de septiembre, la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires aprobó en el recinto el proyecto presentado por los diputados Christian Bauab y Omar Abboud, que declara a nuestra Biblioteca como "Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires".

Estamos muy felices con esta nominación, que se encuentra a la espera de la ratificación del Poder Ejecutivo porteño. Recordemos nuestra Biblioteca ya es "Sitio de Interés Cultural" de la Ciudad desde 2010.

Reloj de arena

Compartimos un cuento de un alumno del Taller Literario de Carlos Penelas.

Foto: André Kertesz

Los ojos se despiertan lentamente y duelen como si recibieran una puñalada. Cuesta despabilarse de otra noche densa. Sin embargo, una vez abiertos, el sol los cubre de brillo. No puedo evitar lagrimear. Tanta vitalidad no logra soportarse. Tiempo más tarde el sol inunda el cuarto con la tibieza de su luz. Me hace bien porque el frío de la noche castiga y el cuerpo se contrae. La piel reseca toma cierta tonalidad. El ocre de la palidez es menos violento. Mi reposo se asemeja a esas curvas peligrosas de la ruta. Estoy tieso, mirando hacia un horizonte que se aleja a paso de plomo. Quizás sea yo quien va abandonando esa línea infinita. Tengo mi brazo bajo la almohada. Y sobre esta, reposando mi cabeza. Cuanto quisiera ser un ave o una mariposa y largarme de una vez. Lejos de acá, de ellos, de todo. Sólo ser un punto en el inmenso albedrío. Cuando el ser humano ansia de la libertad, ella se presenta, está ahí al instante. Nos esforzarnos en ignorarla, derrochamos tiempo en preocuparnos con cosas que parecen importantes. Al final te das cuenta que son pequeñeces. Nada supera los grados de libertad. Y cuando ella te abre la puerta, ya no hay voluntad. No tenemos más tiempo. Siempre fue la eternidad y nosotros la vaciamos en un hoyo profundo. Tiempo, prisas, tic, tac, tic tac. Resuena en mi cabeza el sonido martilleante de un reloj. La alarma grita que es tiempo de algo. Y aunque me resisto a su sonido persistente, logra levantarme para poner en marcha la rutina. Es un motor que nunca se detiene.

¿Duele? Sí, claro. Una vez leí que el dolor es temporal. El dolor como estímulo. Reaccionamos ante él. Te acostumbrás, me recitaba mi antiguo compañero de cuarto. Yo lo hice. Mejor dicho, lo estoy haciendo. Te entregás al dolor. Podés adaptarte a todo mientras exista una rutina. Rutina y dolor, una combinación de puro éxtasis. La mente humana reclama una rutina. La necesita. Si no aceptás la rutina, uno enloquece. Racionalizarlo no soluciona nada. La gente cree que esta enfermedad es una tortura, que es sufrimiento. Y te miran en silencio. Puedo escuchar sus voces internas repitiendo frases lastimosas. Se equivocan. Es tiempo. Ese tiempo en que lleva consumirse el resto de tu carne. Es cuando te das cuenta qué suma y qué resta en la vida. Descubrís que tu vida se está yendo al carajo por un embudo. Sólo quedan las pesadillas y quizás revivas en el recuerdo de los otros. Tarde lo descubrimos.

La habitación está llena de gente. Entran y salen. Les doy la espalda mirando hacia la ventana. Escucho que hablan con el médico. Alguien llora, otros murmuran, alguna que otra risa tímida. Los oigo como un flaco sonido. Un eco se aleja con pausa. ¿Seré yo que me estoy difuminando? Es tan insoportable esta espera. Estancarse es la muerte. Y el tiempo pasa. No importa si queda mucho o poco. Pasa y no espera. No se detiene por más que reces, resistas o llores a los cielos.

Ahora recuerdo aquella vez, que un viejo amigo señaló: Roberto, el tiempo importa; pero no el de la oficina o el de los relojes. El único tic tac al que le tenés que dar importancia es al del corazón. Cuando ese tic tac se haga sordo, se detenga, ahí ya no importa nada. Y nos fuimos a la mierda. Desde que caí preso en esta condición miserable pienso que soy un reloj de arena. Deberíamos ver las cosas como si fuéramos eso, un reloj de arena. Dar una vuelta y otra más. Buscar las opciones hasta cansarnos.

Ahora soy eso. Un simple reloj de arena. Mi tiempo se diluye como la arena. Mi vida es un manojo de granos que se discurren por un minúsculo pasillo. La vida se me diluye de las manos. Siempre la corrí de atrás. Hoy que la alcancé, se me discurre. Me doy cuenta que el final está cerca.

El día por la ventana se ve magistral. El doctor Rocha se acerca a interrumpir mi sintonía con la vista. Antes hace salir a todos de la habitación. La enfermera me ayuda a acomodarme. Todo duele. Es el cuerpo gritando de dolor, no la vida. Ella en cambio se está alejando por el horizonte y se va llevando mi alma. Hace tiempo que aviso que me iba a dejar en el momento indicado. Con que excelencia maneja las ironías. El doctor es un amigo de toda la vida. Por su mirada puedo sentir que viene con el mango caliente. En un silencio absoluto me confiesa que hay que redoblar el tratamiento. Los resultados no son los esperados. Puedo ver como su rostro se viste de tristeza aguda. Me acomodo en la cama y le pido que se acerque. Escúchame Rocha, esto no tiene retorno. No tensemos más un hilo que sabemos que se va a cortar en cualquier momento. Seamos simples. No la vayamos a joder ahora. ¿Sabés que siento que soy? Un reloj de arena. ¿Cómo le cambias la arena a esos relojes? No sé si se puede. Cuando se rompen fue, ahora es lo mismo. Déjate de tanto diagnóstico, dame cancha libre para saltar al vacío. Gracias, doc. Déjame solo. Quería estar en soledad antes que todo se rompa.

Observé por la ventana la extensa arboleda cubriendo el perfil de la ciudad. Imaginaba que todo iba a ocurrir por última vez. Caminar, respirar, sonreír y cerrar los ojos para sentir la paz que tanto había ansiado en mis horas de escritura. Unas palomas se posaron en la ventana de mi habitación cuando vislumbré algo entre la tiniebla en lo alto de la arboleda. Cuando el atardecer estaba ocurriendo sentí los últimos granos de arena terminaban de caer. El tic tac del corazón se iba silenciando. Con la vista clavada en el sol, el reloj de arena se quedaba vacío.

Diego Loprese



Antonio Diego Loprese es Licenciado en Administración. Tiene 46 años y desde hace dos que concurre al taller del Poeta Carlos Penelas. "Cada clase no solo es un encuentro con la literatura sino con el conocimiento y la sabiduría de Penelas. Este cuento es producto de esas reuniones y mi imaginación. Espero que sea de su agrado la lectura del cuento 'Reloj de Arena'".

Los crímenes de Alicia

de Guillermo Martínez
(Ediciones Destino, Buenos Aires, 2019, 336 páginas)


Por este libro Guillermo Martínez obtuvo el Premio Nadal 2019. En 2003 ganó el Premio Planeta por Crímenes imperceptibles, traducido a cuarenta idiomas y cuya adaptación cinematográfica realizó Álex de la Iglesia en 2008 bajo el título de Los crímenes de Oxford. Anteriormente, en 1982, mereció el Premio del Fondo Nacional de las Artes con Infierno Grande (cuentos) y, en 2015, el I Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez con Una felicidad repulsiva. Además de otras novelas y cuentos, escribió dos ensayos. Nació en Bahía Blanca en 1962, se doctoró en Ciencias Matemáticas por la Universidad de Buenos Aires y luego residió dos años en Oxford.

Al comenzar la novela se indica que los principales personajes son el argentino G., un matemático que reside temporalmente en Oxford debido a una beca, y Arthur Seldom, profesor de lógica, responsable de la siguiente frase: “El crimen perfecto no es el que queda sin resolver, sino el que se resuelve con un culpable equivocado”. Son los mismos protagonistas de Crímenes imperceptibles.

En todo momento la novela se nutre de una atmósfera científica y cultural.

La excelente prosa del autor es cristalina, de esmerada articulación y brillante manejo de los períodos. Utiliza imágenes interesantes, nada convencionales: “Un rayo oblicuo daba en las galerías de piedra y el ángulo con que alumbraba la piedra centenaria recordaba a los relojes solares de civilizaciones antiguas, y a la rotación milimétrica de un tiempo sobrehumano”. Es un escritor erudito y sumamente inteligente, poseedor de un vastísimo vocabulario.

G. –que narra la novela en primera persona– propone la aplicación de un teorema de dualidad topológica para resolver la controvertida biografía de Lewis Carroll (seudónimo de Charles Dodgson), el creador de ese prodigio literario llamado Alicia en el país de las Maravillas (1865). La cuestión reside en si fue un pedófilo o un hombre que se relacionaba con los chicos por la exaltación beatífica que se prodigaba a la niñez en esa época. Aunque paradójicamente también se ·"…admitía el enamoramiento de un adulto con una niña, bajo la forma de un matrimonio pactado a futuro, con la perspectiva perturbadora de una muy pronta consumación".

Se dan datos de la amplia trayectoria de Carroll: aficionado a los puzzles, fotógrafo excepcional, y cuya pasión por las matemáticas y la lógica lo llevó a enunciar acertijos con el fin de explorar sus posibilidades recreativas.

No obstante su apego a la modernidad, el texto recurre al enigma, y en lugar de un detective de inteligencia privilegiada como Sherlock Holmes, los dos matemáticos resuelven el caso de varios asesinatos cometidos en torno a la bibliografía sobre Lewis Carroll. Nada que ver con la crítica social propia de la novela negra.

Los crímenes de Alicia presenta una excelente historia con muchos personajes convincentes. Y, sobre todo, Martínez demuestra tener tanto amor por las matemáticas que logra transmitirlo al lector: “Gödel parece dejar un resquicio para cierto misticismo: la posibilidad de una existencia a priori de los patrones y objetos matemáticos, a la manera del platonismo”.

Germán Cáceres

El libro forma parte del catálogo de la BibliotecaSiendo socio puede retirarlo para su lectura.

"Azul" y otros poemas

Poemas de Julián Ferreira, alumno del Taller Literario de Carlos Penelas.

Foto: Emiliano Penelas

El cielo de las cuatro de la tarde

Camino entre dos mantos de tierra fértil y plana.

A un lado del camino

hay una casa abandonada.

Contrasta con el cielo de las cuatro de la tarde.

Azul intenso,

con nubes blancas,

amontonadas y tumultuosas.

Siento una gran curiosidad por esa casa.

No puedo dejar de mirarla.

Parado en medio del prado.

¿Cómo será vivir ahí?

Entre los escombros.

Como será perderme para siempre

en una casita abandonada,

al costado del camino,

con un cuaderno y un lápiz.

Pasar todos los días describiendo ese cielo

y esas nubes,

tan blancas,

como grandes y lejanas ciudades. 


**************


Implacable

Entre mis vértebras.

Entre mis pulmones y mi corazón.

En las venas.

Por mi sangre.

Por mi aire.

En mi espacio.

En mis ideas.

Entre las costuras de mis recuerdos.

En cada mañana,

en las noches,

en mis sueños.

En la música.

En las calles de mi ciudad.

En algún cuadro.

En los libros que leo,

en mis poemas,

en el vino.

Inundándolo todo, todo el tiempo.

Me gustaría dejarte,

pero no me basto a mí mismo,

no entro en mi,

no me alcanza el tiempo.

Y no sé cómo construirte.

Sólo encuentro retazos,

por todas partes, en todos lados.


**************


Inconsciente

Yo, solo,

tirándole piedras a un tanque de guerra

en un plaza sin árboles.


**************


Azul

El río está tranquilo.

Las pocas personas que andan por el pasto,

entre bancos y árboles,

lo hacen en silencio.

Me permiten leer y pensar.

Descansar, por un rato, del caos porteño.

Sé que en algún momento voy a tener que subirme a mi bici,

atravesar la costanera, pasar la manifestación, esquivar el tránsito,

escuchar las noticias incendiarias, ocuparme de mis cosas.

Lo haré.

Llegaré a mi casa, oscura.

Me sentaré frente a la computadora,

trataré de conquistarlo todo

con la ingenua ilusión

de encontrar en ello el amor que reclamo.

Lo haré.

Escribiré mil páginas, viajaré por el mundo,

conoceré a tantas personas como pueda.

Las amaré con la mayor intensidad que haya en mi.

Lo haré.

Aunque pierda la vida intentándolo.

Aunque sea un afán estúpido, sin sentido.

Aunque me aterre el ridículo.

Lo haré y volveré acá,

siempre.

Con mi bici, mi cuaderno, mi mochila.

A éste banco.

A escuchar el oleaje lamiendo las piedras negras.

A mirar este río de aguas ocres, éste cielo azul intenso.

El tiempo dirá quién soy.

En este momento poco me importa.



Julián Ferreira. Poeta y escritor argentino. Miembro del taller de Carlos Penelas. Estudió en la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini. Luego de algunos años, viajando por el exterior, se residenció en la capital argentina, donde estudió en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Estuvo un año en la carrera de Letras y tres años en la de Filosofía. En 2014 empezó a asistir al taller de cuento y novela dictado por Pablo Gaiano. Colaboró en talleres de lectura y realizó estudios con Inés kreplak, en un taller grupal por el tiempo de un año. Finalmente, empezó a estudiar con el reconocido poeta Carlos Pénelas, con quien descubrió la poesía y se volcó completamente en ella. Actualmente sigue estudiando en el taller de este destacado escritor argentino. Ha publicado poemas en revistas y blogs en Argentina y en España. Este año el poema “Hijos de las Maquinas” será publicado en una antología por la editorial Dunken, de Argentina. En su blog https://julianferreirapoesias.blogspot.com/ se pueden ver sus poemas publicados recientemente.

Noche de música en la Biblioteca

Este sábado 9 de noviembre, Juan Pablo Greco volvió a presentarse en nuestra Biblioteca con Sonoro Río de la Plata. Compartimos fotos y videos.