Hey, Jack Kerouac

En 1987 10,000 Maniacs lanzaban el álbum In My Tribe, que contenía una canción dedicada al padre de la generación beat. El tema se convirtió en un hit que la banda liderada por Natalie Merchant también grabó en su versión unplugged para MTV.



Hey Jack Kerouac, I think of your mother
and the tears she cried, she cried for none other
than her little boy lost in our little world that hated
and that dared to drag him down. Her little boy courageous
who chose his words from mouths of babes got lost in the wood.
Hip flask slinging madman, steaming cafe flirts,
they all spoke through you.
Hey Jack, now for the tricky part,
when you were the brightest star who were the shadows?
Of the San Francisco beat boys you were the favorite.
Now they sit and rattle their bones and think of their blood stoned days.
You chose your words from mouths of babes got lost in the wood.
The hip flask slinging madman, steaming cafe flirts,
nights in Chinatown howling at night.
Allen baby, why so jaded?
Have the boys all grown up and their beauty faded?
Billy, what a saint they've made you,
just like Mary down in Mexico on All Souls' Day.
You chose your words from mouths of babes got lost in the wood.
Cool junk booting madmen, street minded girls
in Harlem howling at night.
What a tear stained shock of the world,
you've gone away without saying goodbye.

La primera vez que Kerouac se enamoró

Se publicó la versión íntegra de Maggie Cassidy, la historia de amor adolescente del autor de En la carretera.

Fotografía de Jack Kerouac escrita por Allen Ginsberg el otoño de 1953 en Manhattan

La primera vez que la vio, de pie, entre la multitud, al escritor, entonces poco más que un adolescente al que le gustaba copiar la pose de los grandes lobos de mar de las películas de Charles Bickford, le pareció "solitaria, insatisfecha, oscura, desagradablemente extraña". Medio a regañadientes, entre sus amigos les juntaron y les hicieron desfilar hasta la pista de baile. Para cuando llegan, Jacky, Jacky Duluoz, que es, a ratos, Zagg, Zaggy Duluoz, ya está perdidamente enamorado de la chica. La chica es Maggie Cassidy, "dulce, morena, suculenta como un melocotón - difusa para los sentidos como un gran sueño triste". Ella tiene 17 años, él, 16. Ella es algo neurótica, algo mezquina, demasiado celosa; él es, aún, "un bobo", el chico de las redacciones y el equipo de atletismo, el nerd que sólo había bailado antes una vez con una chica. Ella es Mary Carney, él es Jack Kerouac. El año es 1939. Quedan cerca de dos décadas para que se publique En la carretera y Jack ocupe el epicentro del terremoto beat.

Escrita en 1953 pero publicada por primera vez en 1959, Maggie Cassidy es una historia de amor adolescente, la historia que vivieron el futuro escritor y la chica esquiva y dolorosamente posesiva que jamás se creyó que no tenía a nadie con quien competir, que siguió pensando que Pauline, la única chica con la que Jack había bailado antes, era, en realidad, el verdadero amor del por entonces fanfarrón francocanadiense, y que lo seguía pensando incluso años más tarde. Cuando se publicó la novela, Mary la leyó "cientos de veces". La leía, escribió, cuando se deprimía, porque "me permitía recordar la maravillosa historia de amor que compartimos". Aunque ya no tenían contacto, Mary se compraba cada nueva novela de Kerouac, a espaldas de su marido, como si el mero hecho de comprarlas fuese una especie de traición, y en realidad, lo era, porque ella seguía compitiendo con aquella tal Pauline.

"Sé que era cosa de sus editores el que tuviera que cambiar los nombres, pero nunca acabé de entender por qué nos puso los que nos puso. Es decir, Maggie es diminutivo de Margaret, y Margaret era el verdadero nombre de Pauline. ¿Por qué lo hizo? Si estuviera vivo le daría un buen bofetón", confesó Mary, en una carta abierta al escritor. Y si hay conflicto con el nombre, también lo hay con el apellido. Cassidy era el apellido real del Dean Moriarty de En la carretera, el tipo del que, se ha dicho en cientos de ocasiones, Jack se enamoró perdidamente, al que vio como el hermano que nunca tuvo, y como todo lo que él mismo habría querido ser si no se hubiese limitado a observar, porque, después de todo, Jack fue el observador, relató lo que los demás hicieron porque eligió sentarse en el asiento trasero y dejar que fuese otro el que pisase el acelerador.

Mary Carney, el primer amor de Kerouac

Dean Moriarty, Neal Cassady, fue lo más parecido a una musa que tuvo el escritor de Lowell, por lo que la elección del apellido de su primer amor en la ficción tampoco tiene nada de casual, aunque eso a Mary Carney jamás le preocupó lo más mínimo. Su única preocupación fue siempre Pauline. ¿Y qué fue de Pauline? Pauline desapareció, sin más. Después de Mary, llegó el amor adulto y terrible, la Mardou de Los subterráneos, novela que, en ese sentido, que funciona casi como un espejo, sucio y a ratos palpitante pero también siempre a punto de romperse en mil pedazos de lo idílico de ese primer amor, que, como anticipa en la arrebatadoramente poética prosa, que tiene algo de la luminosa sobriedad de los haikus de Basho, no puede ser otra cosa que "amargo". "Maggie y Jack", escribe, "en el triste salón de baile de la vida, ya alicaídos, rabillos de la boca tirando la toalla, hombros aflojándose para colgar, ceños fruncidos, mentes prevenidas - el amor es amargo, la muerte es dulce".

A la historia debe sumársele el esplendor adolescente, el puñado de amigos lanzándose bolas de nieve en el frío invierno de Lowell, borrachos, jugando al béisbol, deambulando por las calles, en los días previos a su entrada en la universidad, asistiendo a su primer baile, contemplando, ante ellos, "su primer y último futuro".

Laura Fernández
Diario El Mundo, España

Contengo multitudes

Bob Dylan, que no concedía entrevistas desde que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 2016, habló con el NY Times sobre su último disco, Rough and Rowdy Ways, publicado en plena pandemia tras ocho años sin editar canciones nuevas. Con fragmentos de esa nota damos comienzo a una sección que intentará vincular la música y la literatura cada jueves, en nuestra página.


-"I Contain Multitudes" tiene una frase poderosa: "Duermo con la vida y la muerte en la misma cama". Supongo que todos nos sentimos de esa manera cuando llegamos a cierta edad. ¿Pensás a menudo en la mortalidad?
-Pienso en la muerte de la raza humana, en el largo y extraño trayecto del simio desnudo. No es por ser ligero en ello, pero la vida de todos es pasajera. Todos los seres humanos, sin importar su fuerza ni su poder, son frágiles cuando se trata de la muerte. Lo pienso en términos generales, no de manera personal.

-"I Contain Multitudes" tiene partes sorprendentemente autobiográficas. Los últimos dos versos expresan un estoicismo agresivo, mientras que el resto de la canción es una confesión cómica. ¿Te divertiste lidiando con tus impulsos contradictorios y los de la naturaleza humana en general?
-No tuve que lidiar mucho con eso. Es el tipo de situación en la que acumulás versos de corriente de conciencia y después lo dejás así para pulirlo todo. En esa canción, los últimos versos se escribieron primero. Así que esa era la dirección de la canción desde el principio. Obviamente, el motor de la canción es la frase que la titula. Es una de esas cosas que escribís por instinto, como en un estado de trance. La mayoría de mis canciones recientes son así. La letra es lo verdadero, lo tangible; no son metáforas. Las canciones parecen conocerse, y saben que puedo cantarlas, vocalmente y rítmicamente. Casi se escriben solas y cuentan conmigo para cantarlas.

-Una vez más, en esta canción nombrás a un montón de gente. ¿Qué te hizo decidir mencionar a Ana Frank junto a Indiana Jones?
-La historia de Ana Frank significa mucho. Es profunda. Y difícil de articular o parafrasear, especialmente en la cultura moderna. Todos tienen un lapso de atención muy corto. Pero estás sacando el nombre de Ana del contexto, es parte de una trilogía. También podrías preguntar, "¿Qué te hizo decidir incluir a Indiana Jones o a los Rolling Stones?". Los nombres en sí mismos no están solitarios. Es la combinación de ellos lo que agrega algo más que sus partes singulares. Ir demasiado al detalle es irrelevante. La canción es como una pintura, no podés verla completa si estás demasiado cerca. Las piezas individuales son solo parte de un todo. "I Contain Multitudes" es más como escribir en trance. Bueno, no es como escribir en trance, es escritura en trance. Es la forma en que realmente me siento acerca de las cosas. Es mi identidad y no voy a cuestionarla, no estoy en condiciones de hacerlo. Cada línea tiene un propósito particular. En algún lugar del universo, esos tres nombres deben haber pagado un precio por lo que representan, y están encadenados juntos. Y apenas puedo explicarlo. Por qué o dónde o cómo, pero esos son los hechos.


-Pero Indiana Jones era un personaje de ficción.
-Sí, pero la banda sonora de John Williams lo trajo a la vida. Sin esa música no habría sido una gran película. Es la música la que hace que Indy cobre vida. Tal vez sea una de las razones por las que está en la canción. No lo sé, todos los nombres llegaron a la vez.

-Hay una referencia a los Rolling Stones en "I Contain Multitudes". Sólo por diversión, ¿qué canción de los Stones te gustaría haber escrito?
-Oh, no sé. Quizás "Angie", "Ventilator Blues" y qué más, déjame ver. Ah, sí, "Wild Horses".

-¿Pensás en esta pandemia en términos bíblicos, como una plaga que arrasó con las tierras?
-Creo que es el precedente de algo que ocurrirá más tarde. Es una invasión, desde luego, y es generalizada, ¿pero bíblica? ¿Quizá te referís a algún tipo de alerta para que la gente se arrepienta de sus pecados? Eso implicaría que el destino del mundo es algún tipo de castigo divino. La arrogancia extrema puede tener consecuencias desastrosas. Quizá estamos en el principio de la destrucción. Hay muchísimas maneras en que podemos procesar el virus. Creo que solo debemos dejar que siga su curso.

Entrevista por Douglas Brinkley



La versión de Emma Swift
Casi en paralelo con la salida de Rough and Rowdy Ways, la australiana Emma Swift editará Blonde on the tracks (sale el 14 de agosto por Tiny Ghost Records), un disco homenaje a Dylan que incluye una preciosa versión de "I Contain Multitudes".

La enajenación lingüística de las lenguas minoritarias

Tras la lectura del notable ensayo "La lengua materna como forma de locura", de Rossana Cassigoli, recién publicado en Alpha, Revista de Artes, Letras y Filosofía de la Universidad de Los Lagos, Chile, vuelvo a reflexionar sobre ciertas particularidades y fenómenos del deterioro de lenguas minoritarias que tienen el carácter de maternas. Este acercamiento, motivado por esa curiosidad intelectual que Sócrates llamó “el júbilo de comprender”, se fortalece, en este caso particular, por mi experiencia indirecta del fenómeno, advertido en los comportamientos lingüísticos, relacionales y afectivos, de mi padre gallego, sus hermanas y hermanos, emigrantes de la vieja Galicia, desterronados de su pequeña patria del noroeste de la Península Ibérica, en la forzosa utopía de encontrar el remoto bienestar, negado en la nación originaria por circunstancias socioeconómicas provenientes de un sistema de producción arcaico, sustentado en interrelaciones de tardía estructura feudal.


La unificación hispana de los numerosos reinos peninsulares, emprendida y concluida bajo la égida de Isabel la Católica, en la segunda mitad del siglo XV, se sustenta en la rigurosa imposición de un solo credo, el católico, y una sola lengua válida para el ejercicio de lo público y lo privado: el Castellano (hoy día, llamado “español”), en evidente desmedro de las otras tres lenguas, dos de carácter “romance”, derivadas del latín: el gallego o galaico-portugués, y el catalán; la tercera y aún más misteriosa, por su incierta raíz, el vascuence.

En lo que respecta al gallego, durante cuatro siglos, a partir de 1463, se siguió hablando, cada vez en formas más dialectales, por la inmensa mayoría de su población campesina y marinera. No así entre los nobles del fenecido Reino de Galicia (Galiza), ni en la reducida capa media de súbditos y más tarde burgueses, que fueron abandonando su lengua mater bajo el prestigio oficial del rotundo y áspero castellano.

Francisco Franco Bahamonde, gallego nacido en El Ferrol, recoge esta triste tradición histórico-lingüística y la reafirma, en su vacuo sueño imperialista, promoviendo una campaña de desuso y desprestigio de las otras lenguas vernáculas, a partir de la educación básica en las escuelas públicas y eclesiales, donde el lema feroz será: “Hable como caballero, hable Castellano”.

El asunto no era tan simple como escoger una entre dos vías conocidas, puesto que los niños gallegos mamaban, desde la cuna, la leche prosódica de la palabras en la lengua que iba a enaltecer la gran poeta Rosalía de Castro, cuatro siglos después del edicto taxativo de Isabel, publicando, en mayo de 1863, su poemario Cantares Gallegos, con el que abre un periodo de resurgimiento (rexurdimento) de la lengua gallega como vehículo de expresión culta, sobre la base de recuperar las cantigas, versos y refranero populares, al modo como lo hiciera nuestra gran Violeta Parra, en Chile (Último Reino), en los años 50 del pasado siglo, renovando la canción popular.

La violenta ruptura con la lengua materna, que va a generar el problema aún latente de la diglosia (coparticipación de dos lenguas en una comunidad de hablantes, en donde una de ellas se debilita respecto de la otra, sufriendo progresivo menoscabo), se extenderá a toda la comunidad gallega. Esto va a resolverse o diluirse parcialmente, para permanecer dislocada latencia, como ocurre en toda enajenación colectiva, marcando, en mayor o menor grado, a millares de emigrantes que desangrarán la vieja Galicia. En Latinoamérica el uso de la lengua materna quedará circunscrito, cuando mucho, al interior de los hogares, como una suerte de “habla secreta”; asimismo, en los numerosos centros asociativos, donde perderá vigencia con las nuevas generaciones “universalistas”. Sin embargo, la presión social, el modus vivendi de las grandes urbes como Buenos Aires, obligará a los transterrados a ir abandonando esa habla, para asumir la lengua “prestigiosa” en todos los ámbitos y circunstancias.

¿Pero qué pasa con estos seres en los cuales debiera cumplirse la sentencia de Goethe: “La Patria (Matria) es la Lengua”? Quedarán atrapados en la enajenación, en esa suerte de trastorno psíquico que Rossana Cassigoli analiza con ojo certero y avizor:

“La aparición del fenómeno de la locura en tal oralidad, en toda su gama de intensidades y formas, podría tener una relación con la ambivalente lengua materna. En su mayoría, aunque no de forma exclusiva, este caso aplicaría para quienes han adquirido una segunda lengua que hablan cotidianamente, habiendo abandonado la materna. Sea ello por una vía electiva o por una imposición o despojo, en la práctica de esa lengua.”

(En el caso del castellano por el gallego, no hay procedimiento electivo, sino forzoso).

“Tres presupuestos buscarían vincular la trama de la lengua materna con el fenómeno del dolor psíquico y la locura; la monomanía, el desequilibrio, la ansiedad anímica.”

Creo que este fenómeno se encarnó y se hizo patente en ciertos comportamientos de mi padre gallego, en una tendencia a la elusión y al ensimismamiento, señales que en un contexto más amplio y simplista se nominaban con la palabra gallega y castellana “morriña”, que designa la saudade o nostalgia, referida al dolor por la pérdida del terruño originario, no del idílico paraíso, si no el pequeño locus aldeano, la casa, el lar; (obsérvese la prosodia evocadora de la eñe). Deterioro subrepticio, pero eficaz, ¿verdad Rossana?

“Menoscabo que, por lo demás, ha ido labrando su causa bajo la forma de visiones, sonoridades y audiciones, que se presentan efímera e impensadamente y solo advienen bajo la forma de una sensación de aproximación, correspondencia o ligadura entre congéneres. O bien, a partir de una reminiscencia y actualización de un desadvertido sentimiento de congoja. Su realidad es fehacientemente corporal, pues su dicción actualiza la emoción difusa, toda vez que no es reconocida, nombrada, ni menos aún, tematizada.”

Esto camina aparejado a una actitud acomplejada, el síndrome del auto odio, que se manifiesta en la proclividad a rendir constante tributo de admiración por la lengua impuesta (¿escogida?), por los valores de la cultura que la implantó, llegando a las sublimaciones exigidas –consciente o inconscientemente- por la superestructura de dominación: patria más amplia, identificación con heroicidades ajenas, tributo a los símbolos asignados: imágenes religiosas, bandera, himno nacional, emblemas monárquicos…

Así, los sencillos aldeanos, vueltos burgueses acomodados o comerciantes prósperos o empresarios o dignatarios en las naciones donde se asentaron, no serán gallegos (ni vascos ni catalanes), sino españoles; no hablarán la hermosa lengua de la incomparable trova galaico-portuguesa, sino el castellano, al que asocian también con la perdida pero no olvidada grandeza imperial del reino “donde no se ponía el sol”, al decir de Carlos V de Alemania o Carlos I de España.

Mis digresiones, apreciada lectora, estimado lector, se desgranan aquí solo en función de entender mejor y hacer mío –en sentido lingüístico- el lúcido ensayo escrito por Rosana Cassigoli. Escuchémosla:

“Cuando Günter Gauss pregunta a Hannah Arendt, en la popular entrevista televisiva de 1964, “qué queda” tras del exterminio y nazificación europea, ella responde: “queda la lengua materna” (Arendt, 1964). Tras ponderar lo que Steiner llamó el “inventario de lo irreparable” (Steiner, 1992, p. 155), a la zaga del genocidio la lengua primigenia brilló, en el vislumbre de Arendt, como una perla rara de redención y emancipación de un devenir traumático. El intuitivo presagio de Arendt, pareció entrever la posibilidad única, del único regreso posible, en la anamnesis de la lengua materna: en su arrullo y estruendo, se esperaría recrear el diferido nexo con el mundo, a continuación de la catástrofe y destrucción histórica. La lengua de la madre puede volverse, entonces, un llamado y una obsesión por encontrar el hilo del hipotético “continuo”, del que Meschonnic llama nuestra atención.”

Este “regreso a la lengua materna” queda referido aquí al ámbito intelectual de la escritura, donde el escriba busca el hilo, el nexo extraviado, para recuperarse de la locura, que es siempre –o así lo entendemos- la pérdida del eslabón, el extravío del camino verdadero. En el caso mayoritario y colectivo de quienes no ejercen el oficio de la escritura, la recuperación o el reencuentro con la lengua materna será mucho más improbable o, de hecho, imposible.

Aquí la fractura, la escisión y el desquiciamiento. Las palabras de la lengua materna son los goznes adecuados para abrir las puertas y ventanas del mundo, sin entorpecer su amplia apertura, sin que chirríen las bisagras de una intimidad violentada por lo externo impuesto.

Sin embargo, en medio de este oficio hecho de lenguaje, procuramos que nuestra experiencia se enriquezca con reflexiones desveladoras, máxime cuando somos herederos de una lengua que impuso su rigor y su espada (en lugar de la pluma) sobre las numerosas lenguas de las comunidades autóctonas. Si nos referimos a la problemática del gallego, tenemos entre nosotros los chilenos el caso, más grave y radical, del Mapudungún, lengua materna de comunidades en las que ni siquiera podemos hablar de diglosia o efecto dialectal, sino de aberrante extirpación cultural. Aquí, el cuestionamiento y su respuesta los entrega Cassigoli, acudiendo a Derrida:

“Algunas veces, un relato particular o localista –difícil de traducir a la zona de una memoria encarnada– puede causar un impacto en la emoción de un sujeto, en apariencia ajeno. No obstante, es más frecuente que, volitivamente, la narración personal se produzca con un lenguaje universalista.

Respecto de la ejemplaridad del testimonio y el “valor enigmático de la atestación” (Derrida, 2009, p. 33), Derrida formula una primera pregunta. Lo hace en un párrafo cuya longitud es imposible de comprimir, por constituir un documento de sinceridad magistral, a la vez que el planteamiento de la cuestión esencial de la lengua como la imposibilidad de “decir”:

“¿Qué pasa cuando alguien llega a describir una ‘situación’ presuntamente singular, la mía, por ejemplo, a describirla dando testimonio de ella en unos términos que la superan, en un lenguaje cuya generalidad asume un valor en cierta forma estructural, universal, trascendental u ontológico?” […] “¿Cuándo cualquier recién llegado sobre entiende: ‘Lo que vale para mí, irreemplazablemente, ¿vale para todos?; ¿Basta con escucharme, soy el rehén universal”? ¿Cómo describir esta vez, entonces, cómo designar esta única vez? ¿Cómo determinar esto, un esto singular cuya unicidad obedece justamente al mero testimonio, al hecho de que ciertos individuos, en ciertas situaciones, atestiguan los rasgos de una estructura que, empero, es universal, la revelan, la indican, la dan a leer ‘más en carne viva’, como suele decirse y porque se dice sobre todo de una herida, más en carne viva y mejor que otros, y a veces únicos en su género? ¿Únicos en un género que –cosa que además lo hace más increíble– se vuelve a su vez ejemplo universal, cruzando y acumulando así las dos lógicas, la de la ejemplaridad y la del huésped como rehén?” 

“Una genealogía judeo‐franco‐maghrebí no lo aclara todo; lejos de ello: ¿Pero, podría yo explicar algo sin ella, alguna vez? […] nada de lo que a veces me llama a través del tiempo silencioso de las comunicaciones interrumpidas, nada tampoco de lo que me aísla en una especie de retiro casi involuntario, un desierto que en ocasiones tengo la ilusión de “cultivar” por mí mismo, de recorrer como un desierto, dándome hermosas y buenas razones –¡un poco de afición, pero también la “ética”, la “política”!–, en tanto que se me reservó en él, desde antes de mí, una plaza de rehén, una declaración de mora (Derrida, 2009, p. 34).”

Aquí me atrevo a insertar un ejemplo, no por cercano y localista menos elocuente. A comienzos de los 40’, el gobierno de Franco llevó adelante un plan de escolarización en Galicia con el propósito de consolidar el uso exclusivo del castellano en la educación, reafirmándolo con una campaña gráfica y publicitaria para hacer entender, a los niños gallegos y a sus padres, que solo la lengua de Castilla era válida en la enseñanza y en la vida pública. Para reforzar este propósito, en las escuelas de Galicia, rurales y urbanas, se designó a maestros provenientes de otras regiones de España, incluyendo la vasta Andalucía.

Alfonso Castelao, dibujante eximio, escritor de fuste, pintor y político destacado de la II República Española, sintetiza, de modo magistral, a través de una caricatura ilustrada, esa aberración lingüística, cultural e histórica que el “caudillo” perpetraba, con la complicidad de la Iglesia.

En la imagen aparece un maestro joven, de aspecto desgarbado, frente a un niño de nueve o diez años, descalzo. El docente pregunta:

-“Pepe, ¿cuantoh añoh tieneh?” (La prosodia de comerse la ese final, reduciéndola a una expiración, es propia de los andaluces, y los chilenos la hemos heredado de manera singular).

El infante parece titubear un momento antes de responder:

-“Na miña casa non temos años, senón dúas ovellas”.

Fractura y distorsión comunicativa. El niño no conoce el castellano, sino de oídas, quizá al cura de la aldea o al notario les ha escuchado hablar en ese idioma ajeno, quizá para mantener la confidencialidad de sus murmuraciones ante los campesinos inadvertidos. Entiende que el maestro andaluz le está preguntando: -¿Cuántos corderos tienes?, porque “año”, en lengua gallega, es cordero, derivado del latín agnus. Entonces, ha respondido el rapaz: -En mi casa no tenemos corderos, sino dos ovejas.

“Me atrevería a sostener que la enfermedad de las emociones, desplazada a la materia corpórea, se reproduce de manera significativa por vía de la lengua y todo el fenómeno de lo lingüístico. Una fenomenología de la oralidad y la ambivalencia lingüística de los hablantes particulares y comunitarios, podría averiguar su conexión directa con la irrupción de emociones o sucesos emocionales. Lo anterior puede darse ya sea bajo una forma imaginativa y ensoñadora, o bajo una forma predadora y autodestructiva, permitiendo dualidades esquemáticas. Apunto a la pregunta de cómo elaborar una emocionalidad fraguada en actos de habla “equívocos”. ¿Cómo transformar ese material emocional ambivalente en acciones, concretamente, en prácticas?”

En suma, somos lenguaje, estamos hechos de palabras, y toda violencia, coacción o menoscabo que se ejerza contra el idioma constituye un crimen cultural de enormes proporciones.

Gracias, Rossana Cassigoli.

Edmundo Moure
Julio 31, 2020

La lengua materna como forma de locura", de Rossana Cassigoli, puede leerse aquí.

Años luz

de James Salter
(Salamandra, Barcelona, 2015, 384 páginas)


La prosa es espléndida, cuidada, de exquisita belleza y muy personal (“…pero lo distrajo la risa de Nedra. Era un desahogo, una prenda de la que se despojaba, como de unas medias ya quitadas, como de un albornoz en la playa.”). Sus descripciones son minuciosas, plenas de detalles y de asociaciones. A veces se vuelve caudalosa. Jaime Zulaika ha realizado una traducción notable del original inglés.

La novela se centra en el matrimonio Berland. Viri es un arquitecto melancólico que sueña con construir un edificio famoso; en cambio su esposa Nedra se muestra ágil, dinámica, temperamental. Tienen dos hijas: Franca y Danny, ambas de carácter inestable.

Les encanta el teatro y se pasean por restaurantes, bares y frecuentan cenas en su propia casa y en las de sus amigos. Disfrutan de los placeres culinarios con comidas finas y vinos de calidad. También beben tragos sofisticados en abundancia. Son altos consumidores, poseedores de una cultura exquisita y muchas inquietudes intelectuales. E, inescrupulosamente, mantienen relaciones extramatrimoniales, hasta con personas que pertenecen a su círculo íntimo: la hipocresía es en ellos una actitud natural. Y esas escenas amatorias y adúlteras están maravillosamente narradas, con imágenes y metáforas creativas que dan cuenta de un placer enorme.

En todos los personajes, sobre todo en el hogar de los Berland, parece reinar la felicidad. Sin embargo, ellos son complicados, están abrumados por pensamientos rebuscados –aunque inteligentes–, como si el tedio y la insatisfacción los agobiara: “Era, en definitiva, un buen padre…es decir, un hombre ineficaz.” Hasta que al promediar la novela Nedra revela que ha perdido su interés por el matrimonio ya que lo considera una cárcel: “Me aburren las parejas felices. No creo en ellas. Son falsas (…) Viri y yo somos amigos, buenos amigos. Creo que lo seremos siempre. Pero lo demás, lo demás ha muerto.”. Y él: “De repente se sentía vulnerable, desvalido. (…) Lo asaltó ese momento de pavor inconfesable en que uno comprende que su vida no es nada.”

Con el correr de los años, el grupo de amigos empieza a temer la vejez y encuentra que “la vida no será lo que soñabas”.

El autor fue impregnando Años luz de un tono amargo y patético, un escepticismo crudo sobre las posibilidades que parece ofrecer nuestra existencia. Y no señala ninguna esperanza de que ese destino se pueda cambiar.

James Salter (Nueva York, 1925-2015) estudió Ingeniería en West Point y en 1945 ingresó en las Fuerzas Armadas, en las cuales permaneció doce años. Llegó a ser piloto de combate y participó como voluntario en la guerra de Corea, en la cual realizó unas cien incursiones aéreas. Esta experiencia bélica la utilizó en The Hunters (1957), su primera novela.

Ejerció el periodismo y fue también un importante guionista de cine. Su verdadero nombre era James Arnold Horowitz, que cambió por el de James Salter en 1962.

En l988 su colección de relatos Anochecer recibió el PEN/Faulkner Award. En 2000 fue nombrado miembro de The American Academy of Arts and Letters. En 2012 obtuvo el PEN/Malamud Award. En 2013 publicó su novela Todo lo que hay, considerada la mejor de su producción, y poco después obtuvo el Premio Windham Campbell. Entre sus obras se encuentran Juego y distracción (1967), En solitario (1979), la colección de relatos La última noche (2005) y su libro de memorias Quemar los días (1997).

Germán Cáceres