El rostro de Cristo en el cine

Una lectura cinematográfica del Evangelio 
Por Gustavo Bernstein
(Ítaca Ediciones, Buenos Aires, 2019, 146 páginas)


«Preliminar» es un prólogo erudito en el cual el autor hace una síntesis de los diversos rostros que Cristo encarnó en la pantalla. Allí plantea que “Curiosamente –salvo una breve mención de Isaías– no hay en toda la Biblia referencia concreta a la fisonomía de Jesús», y que “Han debido transcurrir varios siglos de disputas para que el rostro de Cristo finalmente cristalizara en un icono unánime”. Además, ofrece un pantallazo interesante sobre las obras pictóricas ligadas a la figura de Jesús.

Luego pasa a la «Introducción», en donde el conocimiento que muestra sobre el nacimiento del llamado séptimo arte es apabullante. En ella indica que la filmografía de Cristo benefició tanto a la industria como a la Iglesia. Aquella pudo aumentar la cantidad de público e incorporar espectadores de mayor poder adquisitivo, porque las clases media y alta consideraban al cine poco edificante dado que abundaba en temas pornográficos y lo cultivaban inmigrantes iletrados. Por su parte, a la Iglesia le sirvió como instrumento de evangelización. Destaca también la importancia de la sensualidad que desplegaron las divas y divos del cine para generar ganancias.

A continuación El rostro de Cristo en el cine dedica capítulos íntegros a los siguientes filmes (son diecisiete: cinco mudos y doce sonoros):

Civilización (Thomas H. Ince, 1916), que cataloga como ingenuo.

Intolerancia (D.W. Griffith, 1916): opina que si bien la imagen que da de Cristo es insatisfactoria, son fundamentales sus contribuciones al enriquecimiento del lenguaje cinematográfico.

Páginas del libro de Satán (Carl Theodor Dreyer, 1920), brinda una imagen discutible de su personalidad, como si siempre viviera en trance.

I.N.R.I. (Robert Wiene, 1923), lo refleja abrumado por la melancolía.

Rey de reyes (Cecil B. De Mille, 1927), es ironizado al comentar entre otros sarcasmos que cuando Cristo produce milagros, se lo muestra como si fuera un prestidigitador.

Gólgota (Julian Duvivier, 1935), es señalado como el primer filme sonoro sobre el Mesías, en el cual se sostiene que no es el pueblo judío quien lo manda crucificar, sino una clase política corrupta que sobornó a agitadores para inclinar la voluntad de la multitud que finalmente lo condenó.

Rey de reyes (Nicholas Ray, 1961), señala que desplazó sus actos milagrosos para dar la imagen de un Redentor que antes que nada enseñaba una doctrina, pero no lo logra debido a la representación insulsa de su figura. Erudito y minucioso el análisis histórico de la época.

El evangelio según San Mateo (Pier Paolo Pasolini, 1964): estima que este filme es el más auténtico y el que manifiesta una brillante unidad y equilibrio en su estética. Y declara que el gran realizador italiano “Comulga con un Cristo radicalizado, decidido a transfigurar el statu quo del mundo”.

La historia más grande jamás contada (George Stevens, 1965), recoge una severa condena por parte del autor ya que “propone un nazareno glacial, un témpano que no conmueve ni se deja conmover”.

Jesucristo Superstar (Norman Jewinson, 1973), en donde observa que Judas tiene mayor presencia protagónica que un descolorido Jesús.

El Mesías (Roberto Rossellini, 1975): a su entender propone a un Cristo débil.

Jesús de Nazaret (Franco Zeffirelli, 1977), pese a las críticas que formula a su esteticismo, reconoce que “…representa el triunfo del cine como dador de una imagen soberana (…) Posee todos los rasgos del mesías iconográfico aguardado por los espectadores del mundo –y por el clero– desde los inicios del cine”.

La última tentación de Cristo (Martin Scorsese, 1988): lo considera el mejor filme sobre el Redentor por su profundidad, y le da pie para desplegar en el libro un cúmulo de citas bibliográficas.

Jesús de Montreal (Denys Arcand, 1989), aunque estima que su historia es poco creíble –se trata de una representación de la Pasión-, pondera su crítica al consumismo y a la relevancia nociva de los medios de comunicación.

El señor de los milagros (Derek Hayes y Stanislav Sokolov, 1999): le cuestiona la elección del stop motion y de la animación para ilustrar raccontos o parábolas con una orientación infantil, como si este género estuviera dedicado exclusivamente a los chicos.

La Pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004): Bernstein se muestra implacable con su efectismo destinado a impactar al espectador mediante una visión truculenta y obscena del castigo y de las heridas recibidas por Jesús.

Hijo de Dios (Christopher Spencer, 2014), emite “una propuesta basada en un popurrí de elementos provistos por sus antecesores” cinematográficos.

En una conclusión final sobre Jesús (Bonus Track: «Crepúsculo en el Gólgota»), no le interesa si su figura proviene de una leyenda o si es el hijo de Dios, sino que se centra en el acto de extrema humanidad y amor que concede en la cruz a su compañero de martirio cuando le promete el preciado paraíso.

Gustavo Berstein nació en Buenos Aires y desarrolla su profesión de arquitecto junto con su actividad literaria, periodística y cinematográfica. Ha escrito varios libros y se ha desempeñado como director y guionista. En la actualidad dicta en la Universidad de Buenos Aires los cursos «Literatura y Cine: cruce de poéticas» e «Hitos de la historia del cine». Es perito de espacios escénicos en el Instituto Nacional de Teatro.

Germán Cáceres