Escritores para todos: quiénes quedan libres de derechos en 2017

"¡Qué pena de los libros que nos llenan las manos de rosas y de estrellas y lentamente pasan!", se lamentaba Federico García Lorca en uno de sus poemas que, afortunadamente, aún no pasó. Como tampoco pasaron otras de sus poesías, obras de teatro o narraciones, escritas, algunas de ellas hace casi un siglo y que desde este año están al alcance de quienes quieran publicarlas, distribuirlas y venderlas o regalarlas. Los derechos de autor del gran trovador granadino son ahora de dominio público en virtud de las normas que rigen la propiedad intelectual por las que el simple paso del tiempo priva a los herederos o editores de los autores cobrar por el usufructo de sus producciones.



También, a partir del primer día de este 2017, se liberaron los derechos de otros grandes escritores españoles, como Miguel de Unamuno y Ramón María del Valle Inclán. Fuera de España, hay que contar a la estadounidense Gertrude Stein y al británico Herbert George Wells, cuyo clásico La máquina del tiempo no tendrá ahora restricciones de circulación.

Es el caso también de John Maynard Keynes, que si bien lo suyo fue la economía política y no la literatura, cuenta con una larga y consultada lista de títulos.

Como suele pasar en estos casos -y se vio con creces cuando hace dos años pasó a dominio público Saint Exupéry y las mesas de las librerías se llenaron de distintas ediciones de El Principito- este contexto favorecería la difusión quizá más masiva de libros como La guerra de los mundos o La máquina del tiempo (Wells) o Tres vidas o Las guerras que he visto, de Stein, entre otros títulos, así como las obras completas de Del Valle-Inclán, muy esperada desde hace años por sus lectores.

Según la legislación española, los derechos de los autores se liberan a partir del 1 de enero del año siguiente de cumplirse los 70 o los 80 años desde su muerte. El primer plazo rige para los nacidos después de 1987, año en el que se modificó la ley que establecía la cantidad de 80 años. Es así con García Lorca, Unamuno y Valle-Inclán quienes murieron en distintas circunstancias en 1936 .

Gran parte de los países -la Argentina entre ellos- disponen el plazo de los 70 años. "Es una tendencia que se está generalizando aun cuando es un tema en discusión", dijo a La Nación la Directora Ejecutiva de Cadra, Magdalena Iraizoz. Venezuela y Honduras fijan un período de 75 años desde la muerte del autor; Colombia, 80 y México, 100 años. Iraizoz informó que hay quienes cuestionan estas normas porque se preguntan por qué los descendientes de los escritores que hacen un aporte importante a la cultura no pueden heredar los derechos de autoría sin fecha de expiración, como lo hacen los familiares de quienes construyen una obra artística o arquitectónica.


Conexiones locales
Más allá del debate teórico sobre la legislación, lo real es que desde ahora también en la Argentina se podrán publicar a esos autores sin tener que pedir autorización a herederos o editores siempre y cuando se trate de la obra en su lengua original y tal como fue ya publicada.

Si fue traducida e inscripta en el registro de propiedad intelectual se generan nuevos derechos de lo que se denomina "obra derivada" y su liberación dependerá de los años de fallecimiento del traductor. En este caso se pueden pagar los derechos de traducción o pedir una nueva traducción y crear una nueva obra.

Así lo dispone la ley de propiedad intelectual (N° 11.723) que protege los derechos de autor en favor de sus herederos durante siete décadas desde su muerte.

Las publicaciones, de todas formas, no son totalmente gratuitas. Una ley argentina prevé que se abone al Fondo Nacional de las Artes, dependiente del Ministerio de Cultura de la Nación, el uno por ciento del precio de venta de cada ejemplar de la obra de dominio público reproducida. Con ese dinero, si bien no es mucho, se promueve a jóvenes escritores a través de un premio de cuento, poesía y novela.

Entre los escritores argentinos no figuran este año apellidos de renombre. Los últimos "liberados" fueron Roberto Arlt, en 2013 y Leopoldo Lugones, en 2009. En 2017 se liberan los derechos de autor del rosarino Manuel Carlés, recordado más por su militancia política nacionalista -fundó la Liga Patriótica Argentina- que por sus libros (Organización de la soberanía; República y democracia, entre otros). Carlés es también el autor de la primera ley "de propiedad literaria" (N° 7092), de 1910, inspirada en el modelo europeo.

Para el mercado editorial español el paso al dominio público de los derechos de autor tiene este año implicancias histórico-culturales especiales.

Puentes
Los autores cuyos derechos se liberan ahora son los que murieron en 1936, algunos de ellos bajo el grito de "¡Mueran los intelectuales!", en un contexto de violencia y guerra civil cuyas heridas aún no se han curado del todo. Prueba de ello es el gesto de la Biblioteca Nacional de España: publicó una lista de escritores de renombre y desconocidos que pertenecieron a los bandos enfrentados. La directora de esa Biblioteca, Ana Santos Aramburo, dijo a la prensa: "Ése fue un año dramático en el que se perdió mucho más de lo imaginable. Toca tender puentes, más ahora que los derechos de estos autores quedan a disposición de todos y se multiplican las posibilidades de difusión de sus obras".

Silvina Premat
Diario La Nación

Cuentos para niños morbosos

Basile o los hermanos Grimm convirtieron en cuentos relatos de tradición oral para adultos.

Ilustracion del Pentamerón de Giambattista Basile


Hay adjetivos que van y vienen, que se ponen de moda y que de pronto están en boca de todo el mundo y hay que ir buscando otros de repuesto. Es lo que le ha pasado a “viejuno”, por ejemplo, que ha habido que volver al socorrido “rancio” de toda la vida, porque viejuno se estaba quedando viejuno en tiempo récord. Estos días pasados me vino a la boca un adjetivo que estuvo muy en boga en mi adolescencia. Hablo de “morboso”. Hablar de algo o de alguien que tenía “morbo” era sumarle cien puntos a su supuesto atractivo. No se ha desterrado su uso, lo sé, pero ya no tiene el componente tan gustoso de lo secreto que al menos yo tanto saboreé. Porque hay palabras que al pronunciarlas se convierten en indefinidas promesas de felicidad. Las chicas señalábamos a los que tenían morbo, y secretamente nos gustaba que alguien pudiera pensar que nosotras lo desprendíamos. Advierto que este adjetivo está atravesando un momento crítico porque hay un espíritu censor en torno a todo lo referido al sexo que convierte en inmoral lo que en tiempos se llamó “lo prohibido”, otra palabra que amaba mi calenturienta mente juvenil.



En el ‘Pentamerón’, encontrarán una narración burra de la ‘Bella Durmiente’

Pienso que fui morbosa desde niña y que podría escribir, si es que un día me pongo a trabajar, “Las memorias de una niña morbosa”. Aunque el título incluyera la palabra “niña” habría una faja con una advertencia como la del tabaco: “Prohibido para niños. Leer mata”. A ver si con este reclamo fomentamos la lectura y espantamos a los lectores de piel fina. Queda mucho en mí de aquella niña morbosa. De alguna manera, los cuentos que nos contaban mis tías eran toda una preparación preescolar al morbo. Eran cuentos de hambre y frío, poblados de hijos de puta que se quieren comer a los niños, de madrastras asesinas, padres avaros, enanos que raptan criaturas, hermanastras envidiosas y tipos que al anochecer meten a los niños desobedientes en un saco. Lo increíble es que aunque esos cuentos habían sido inventados para advertir a los inocentes de los peligros que les acechan, a la luz del día los miedos que nos provocaban estas narraciones desaparecían, y volvíamos, morbosos, a pedir más de lo mismo, descubriendo de manera inconsciente que la ficción nos proporcionaba sensaciones negativas y a la vez atractivas.

No es extraño entonces que los Reyes me regalaran, previo pago de su importe, un libro que llevaba esperando hace tiempo: Pentamerón. El cuento de los cuentos, una recopilación de historias populares que el poeta italiano Giambattista Basile recogió en el siglo XVII en el dialecto napolitano. Fue la primera gran antología de narrativa oral y la base en la que se inspiraron los hermanos Grimm. La faja de este libro extraordinario debería advertir: “No apto para los que se asustan con Blancanieves”, porque lo cierto es que las versiones más antiguas de Hansel y Gretel, Cenicienta, Caperucita o la Bella Durmiente son mucho más crudas que las adaptaciones de los hermanos alemanes, que convirtieron en cuentos infantiles lo que eran en muchos casos piezas cómicas para adultos. Si uno es morboso, no lo dude, este es su libro. Podrá asistir a una narración burra, escatológica, descarnada de la Bella Durmiente en la que se cuenta cómo el padre de la Bella, creyéndola muerta, la mete en una urna de cristal. Un caballero encuentra a aquella preciosidad que, a pesar de estar muerta no ha perdido lustre, y yace sobre ella. Sobre ella, he dicho. La consecuencia de ese yacer viene a los nueve meses en forma de dos preciosas criaturas. Los bebés a punto están de morirse de hambre, pero aparece un hada, y despierta a la durmiente, que les da el pecho. La madrastra lo descubre y, temerosa de que la Bella y sus criaturas le arrebaten el cariño de su marido, entrega a las criaturas al matarife y le pide que se los sirva cocinados al padre. El cocinero siente compasión por las criaturas, las oculta, y cocina dos cochinos en su lugar. El padre se relame comiéndose las dos presas. La madrastra se cree por fin librada de aquellos que pueden disputarle dinero y cariño, pero como es lógico obtendrá su castigo: el matarife confesará que tiene a las criaturas y el caballero que yació sobre la Bella (¿violación de una muerta?) aparecerá de nuevo para casarse con esa mujer que tan feliz le hizo mientras la poseía (dormida). Este es sólo un ejemplo, porque Caperucita también se las trae. En el fondo, lo que busca el lobo (un ogro) cuando mata a la abuelita es meterse en la cama con la nieta.

Los hermanos Grimm convirtieron los relatos adultos en cuentos infantiles
No son, lógicamente, cuentos para niños, pero los que fuimos pequeñas criaturas amantes del miedo, encontramos en estos escabrosos relatos con toques de humor algo de aquellas viejas sensaciones turbulentas. A mí me produce un efecto curativo: cuando salgo de la noche eterna de estos personajes, miro el mundo, y en vez de parecerme amenazante, se me antoja lleno de gente estupenda.


Elvira Lindo

Diario El País, España

Biblioteca abierta a los franceses

La antigua sede del archivo bibliográfico, sustituida en 1995 por la François Mitterrand, permite el acceso a sus instalaciones.



El universo de los libros no puede ser infinito. Existe un límite para todas las combinaciones posibles en todos los alfabetos. Por supuesto, pueden imaginarse nuevos alfabetos o repeticiones infinitas de un simple par de signos. Abruma fantasear con este tipo de cálculo. También abruma la realidad. En 2010, Google calculó que existían en el mundo casi 130 millones de libros. En España se editan cada año unos 70.000 títulos. Un buen lector puede leer unos 3.000 tomos a lo largo de su vida y ser cada día, sin embargo, un poco más ignorante en el inabarcable laberinto de las letras.

Las cifras aplastantes de la grafomanía humana no son lo peor que le viene a uno a la mente cuando se coloca al final de la cola. Tiene por delante más de un kilómetro de acera y, a ojo, más de 2.000 personas. La vieja sede de la Biblioteca Nacional de Francia, conocida como Richelieu por una de las calles que la rodean, abrió sus puertas a los franceses el sábado y el domingo. Era una oportunidad única para contemplar salas ya renovadas y otras aún en restauración. Pese al vientecillo gélido y a la lluvia, la ciudadanía guardó horas de cola para descubrir uno de los grandes tesoros de la república.

No se trataba de ver libros, sino arquitectura. El grueso del patrimonio fue trasladado en 1995 a la nueva sede, llamada François Mitterrand pero conocida con la muy descriptiva apelación de Trés Grande Bibliothèque, por tratarse de la mayor del mundo. Cosas de la grandeur. Se trata de un conjunto de edificios en forma de ele, como libros abiertos, a orillas del Sena. Allí están casi todos los 14 millones de tomos, el registro, el material microfilmado y las actividades burocráticas. Pero la antigua biblioteca, cerca de la Bolsa, se quedó con la magia, con los atributos que solemos atribuir al paraíso de los bibliófilos: bóvedas, columnas, maderas nobles, grandes espacios rasgados por rayos de luz. Y con unas cuantas joyas. Citemos, por el momento, sólo un par de ellas: el manuscrito de Los miserables, de Victor Hugo, y el de Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline.

El presidente de la República, François Hollande, inauguró el jueves pasado la renovación de la sala de lectura construida en 1868 por Henri Labrouste. Se trataba del primer tramo de una obra de puesta al día que debería concluir hacia 2020, con un coste total de 250 millones de euros. A Labrouste le gustaban las pompas imperiales (fue el diseñador de la tumba de Napoleón en Les Invalides) y las construcciones metálicas, lo que generó una sala que podría considerarse, de cierta forma, la más hermosa estación ferroviaria del siglo XIX. Sin trenes, pero con mesas y anaqueles. Lo que en su momento debió fascinar por su modernidad embelesa ahora por su ambiente intemporal. Los murales con imágenes de bosques, las cúpulas trenzadas en el techo altísimo, las columnas y los pupitres han renacido perfectos y resplandecientes.

La otra gran sala de lectura es la Oval, iniciada en 1897, acabada en 1932 e inaugurada en 1936. Varios arquitectos trabajaron en ella. El hombre que la concibió, Jean-Louis Pascal, sucesor de Labrouste, logró una luminosidad prodigiosa gracias a un cinturón de claraboyas en torno a una gran claraboya cenital. La Sala Oval está todavía en obras. A causa de las estrecheces presupuestarias, porque Francia ya no es tan rica como cuando Mitterrand ordenó construir la biblioteca más grande del mundo, y en parte también para fomentar la participación privada, en octubre pasado se lanzó una petición de donativos. Cada donante puede grabar su nombre en una lámpara (mil euros), en una mesa (2.000 euros), en una de las ciudades cuyos nombres bordean la cúpula como faros de la cultura humana (son París, Bizancio, Washington, Florencia, Nínive, Atenas, Berlín, Alejandría, Londres, Babilonia, Viena, Tebas, Roma, Cartago, Pekín y Jerusalén, cada una a 5.000 euros), o en una de las columnas (6.000 euros). La suscripción está casi cubierta, pero aún queda alguna cosa para quien esté dispuesto a comprar una plaquita de inmortalidad.

La biblioteca no volverá a abrirse al público, al menos hasta 2020. Centenares de personas, después de congelarse en la cola kilométrica, volvieron a hacer cola el domingo en el interior caldeado para abonarse a la biblioteca y poder visitarla cuando les apeteciera. Los andamios permanecerán una larga temporada, pero también seguirán ahí unos veinte millones de documentos maravillosos. Sin contar el sector cartográfico, uno de los más ricos del planeta, y el sector de artes gráficas, la Richelieu guarda el papiro Prisse, de hace 40 siglos, considerado el libro más antiguo del mundo; la gran moneda de oro de Eucrátides; decenas de biblias incunables, tronos merovingios, joyas y una insuperable colección de manuscritos: desde los Pensamientos de Pascal al Justine del marqués de Sade, desde los libros anotados de Voltaire a La cartuja de Parma de Stendhal; desde partituras de Bach y Beethoven a La educación sentimental de Flaubert.

Algunos datos
El proyecto: El conjunto reunirá en 58.000 metros cuadrados (35.000 corresponden a la biblioteca) más de 20 millones de piezas. Reunirá más de 10.000 libros medievales iluminados y piezas tan exclusivas como el papiro Prisse, fechado el 2.350 a.C. Una de las mayores atracciones serán los 150.000 volúmenes de la Escuela Nacional de Chartes.

Sala 'Labrouste': La estancia consta de 1.150 metros cuadrados, 9 cúpulas, 16 columnas de 10 metros y 400 plazas. Acoge 1.700.000 mil documentos -150.000 en acceso libre-, en 20 kilómetros de estantes.


Enric González
Diario el Mundo, Madrid.

Historias de verano: cuentos y novelas nacidos al calor de una estación que deja huellas

El cambio abrupto de la rutina, los ambientes vacacionales y la poca ropa son propicios a la invención literaria; clásicos y novedades entre el idilio y la pesadilla.


"El verano es esencial en las historias de Tres hermanos -dice Esther Cross sobre su nuevo libro-. El calor, el agobio de la siesta, el alivio del viento, las tormentas de tierra cargan los días que viven esas personas de una manera especial, a veces como un mal presagio. Ese calor impone horarios de trabajo, alarga el día, embota los sentidos, los chicos se aburren y salen a dar vueltas, espían, van al monte." ¿Serían distintas las historias que se cuentan en esa novela y en muchas otras si transcurrieran en invierno? Cross enumera algunas ficciones donde el verano impone su presencia: "En El extranjero, de Albert Camus, toda la novela tiene ese clima encandilado. Es el verano de Argelia. Lo mismo pasa con los libros de Paul Bowles, el escritor que se instaló en Tánger". Los lectores recuerdan la expedición desorbitada de los amantes en El cielo protector.

Hay también narraciones sutiles donde se sienten las tensiones de la vida incluso en lugares de retiro y vacación. Algo similar sucede en la nueva novela de Vlady Kociancich, El secreto de Irina (Tusquets), que transcurre en un resort mexicano. En un escenario de resonancias míticas, Kociancich desarrolla un drama posmoderno de angustia y búsquedas cruzadas. En Bajo este sol tremendo (Anagrama), la novela de Carlos Busqued, una trama perturbadora con ex represores y matones desvencijados se desarrollaba en Chaco. Detrás de las escenas idílicas del verano, se cuecen caldos espesos de violencia latente.

El verano puede ser incluso la época donde se recrea la vida de un escritor, como sucede en la tan original como célebre Verano de J.M. Coetzee, o donde un escritor bloqueado encuentra de improviso una trama atroz, como le pasa al protagonista de Un saco de huesos, la novela de Stephen King. En Verano del odio (Eterna Cadencia), la narradora alemana Chris Kraus narra, mediante el recurso al romance entre dos seres de mundos opuestos, una historia que combina de manera perversa el arte de elite, los estragos del sistema carcelario y el lado oscuro del capitalismo.

Alicia Plante, narradora de novelas policiales donde los policías ocupan un lugar secundario en la resolución de los enigmas, ambientó una trilogía en espacios de recreación: el delta de Tigre, Pinamar, la Reserva Ecológica. En la actualidad escribe una nueva novela, a la que decidió mudar de escenario y estación. "A veces se toman decisiones que afectan todo el relato en función de un detalle secundario -indica-. En el caso de El propio enigma, la novela que estoy terminando, pasó eso. Ocurre en pleno julio, en Italia, con un calor que no aplacan las cumbres nevadas de los Apeninos, visibles a la distancia. Y el detalle secundario era la niña, Anna."

Cumpleaños en la isla, del sello Cienvolando, es la primera novela del narrador (y jardinero) argentino Fernando Garriga. Es una historia de dualidades y desdoblamientos. "Uno de los protagonistas, Jito, a veces puede ver la escena como si fuera la cámara de un dron que flota sobre los protagonistas -cuenta Garriga-. Se ve a sí mismo y a su padre, y toda la isla a la que fueron a festejar, tal como dice el título, un cumpleaños." El mismo delta forma parte de ese desdoblamiento, como suele ocurrir en la narrativa de Haroldo Conti y Enrique Wernicke. En su novela, el presente se retrae hacia un pasado en el que la zona del recuerdo es estival. "La típica situación de placer y relajación en esa misma isla desdoblada en la que el invierno presente se transforma en otra isla llena de sol."

"Supongo que las relaciones entre literatura y verano son muchas y complejas", comenta Leticia Frenkel, autora de la flamante novela Amores mutantes, publicada por Notanpüan. En ella, un grupo de amigos y amigas viven algunos romances cruzados, al modo de una comedia de enredos. "Diría que esos amores suceden en el libro durante todo un año pero, significativamente, se fundan en verano. El cambio abrupto de rutina y la poca ropa han convertido el verano en una suerte de fábrica de generar romances". Hace exactamente cien años, la estadounidense Edith Wharton, amiga y discípula de Henry James, había encarado circunstancias similares en Estío, una de sus mejores novelas juveniles.

"La segunda y tercera parte de la trilogía de Paraná suceden en el verano del litoral argentino -cuenta Pablo Forcinito, autor de Paraná y La orilla de los encantados (Metalúcida)-. Me cuesta imaginarme un litoral fuera de esa estación." En las novelas de Forcinito aparece de refilón un personaje ideado por Pedro Mairal (otro autor argentino que cede al verano) en Una noche con Sabrina Love. "Esa novela de Mairal también transcurre durante el mes de enero", dice Forcinito. En La uruguaya (Emecé), su novela más reciente, Mairal volverá a entrecruzar el tiempo sin tiempo del verano y la posibilidad de una fuga, erótica y económica, de la rutina. ¿No son esos sueños de verano, como sus parientes las ficciones literarias, fantasías que sólo los lectores pueden soñar despiertos?

Daniel Gigena
Diario La Nación, domingo 15 de enero de 2017

Donaciones de Norma Mazzei

Agradecemos las donaciones de Norma Mazzei a nuestro catálogo.


En el caso de Literatura y versión I. El legado del Modernismo, puede leer el comentario que oportunamente escribiera Germán Cáceres.

Más viajeros, pero menos lectores

Patricia Almarcegui, voz destacada de la literatura de viajes en español, ve un declive del género en tiempos de turismo ‘low cost’.

La escritora de viajes y novelista Patricia Almarcegui

Es una de las voces más sensibles y hermosas en nuestro país de un género que atraviesa horas bajas: la literatura de viajes. Tras el boom de hace un par de décadas y, paradójicamente, cuando la gente viaja más que nunca, el género experimenta un declive tanto en el volumen de publicaciones como —salvando destacables excepciones— en la calidad media de lo que se edita. Eso no vale para Patricia Almarcegui (Zaragoza, 1969), cuyos libros, imbuidos de una arrebatadora melancolía, poseen una altísima calidad literaria.
 
Patricia Almarcegui, profesora de literatura comparada, filóloga, escritora, ex bailarina de ballet y viajera, es de alguna manera nuestra Annemarie Schwarzenbach, pues aunque no comparte el sentido doliente y el mal de vivre de la viajera suiza, “el ángel devastado” de Thomas Mann, ni su excesiva exaltación, sí la recuerda en el tono, el lirismo, la mirada —que proyecta en el paisaje su mundo interior— y la devoción por Oriente y la vieja Persia. La Schwarzenbach es una presencia constante, precisamente, en Escuchar Irán (Newcastle Ediciones), uno de los dos libros que Almarcegui ha publicado en 2016, junto con Una viajera por Asia Central (Ediciones de la Universidad de Barcelona), y a ella, a la que considera “la gran escritora viajera”, le consagró uno de los capítulos de su ensayo El sentido del viaje (Junta de Castilla y León, 2013). De Schwarzenbach ha tomado la viajera aragonesa leitmotivs como “partí no ya para aprender lo que es el miedo sino para comprobar lo que encierran los nombres y sentir su magia en carne propia”.

A Almarcegui la hemos seguido, magnetizados por su prosa de hechizante sobriedad, a la hermosísima Yazd, la ciudad de color arena, a la tumba de Hafez, en Shiraz, donde si abres al azar un libro del poeta es fama que los versos que salen predicen el destino, a Isfahan, la urbe de la esencia de rosas, donde la cúpula de la mezquita de Shah Abbas bañaba a la viajera en una luz azul, a Samarcanda, o a aquel lago del Kirguistán del color del vino, Song Kul, que le pareció el fin del mundo y junto al cual, un día, vio un camello bactriano.


Mezquita de Isfahan

“Se viaja más pero se lee menos literatura de viajes”, deplora Almarcegui tomando un té en una mesita en la librería La Central en Barcelona. “El viaje se ha masificado, los jóvenes viajan mucho pero se van sin libros y sin haberse documentado en ellos. Se da también el viaje aventurero, pero eso genera obras de una calidad literaria menor. En cuanto a los destinos, los marcan las agencias low cost. La democratización del viaje ha hecho que se lea menos”. En todo caso, recalca la escritora, “el viaje no ha muerto, todos hacemos a veces turismo, pero la experiencia auténtica del viaje sigue existiendo. El viaje que cambia el tempo de tu vida y tu propia vida, en el que ves mucho, escuchas mucho, reflexionas mucho, en el que te sumerges en lo extraño, en lo que jamás has visto, paladeando nombres exóticos, porque en realidad, viajamos para sorprendernos”.

Escuchar Irán parte de las siete semanas que Almarcegui pasó sola recorriendo en 2005 el país, al que luego volvió en varias ocasiones. El libro transcribe los diarios de viaje pasándolos por el tamiz del tiempo y desde una voz nueva, que translitera lo escrito durante el viaje. En cuanto a Una viajera por Asia central, explica su viaje en solitario en 2007 por Uzbekistán y Kirguistán, aportando siempre “una atmósfera” y forzando el lenguaje para hacerlo expresivo al máximo y poético. “El viaje literario se caracteriza por la voz, la voz es lo que importa. Mirar es algo que puede hacer todo el mundo pero conseguir esa voz que cuente lo que has visto, eso es literatura”. Para Almarcegui, el de viajes es uno de los géneros más difíciles: “La experiencia del viaje no es en realidad nada fácil de contar, no puedes limitarte a ser descriptivo. Por eso, por la peculiaridad de su voz nos conmueven Annemarie Schwarzenbach o Nicolas Bouvier”.

Consejos para el equipaje

  • Viajar solo/a
  • Disponer de tiempo
  • No trazarse un itinerario fijo
  • Entrar y salir del país por sitios diferentes
  • Conocer al menos 30 o 40 palabras del idioma local
  • Hablar lo máximo posible con la gente
  • Escribir notas que te permitan reconstruir el viaje
  • Utilizar todos los sentidos
  • Transitar por carreteras secundarias
  • Cambiar de medios de transporte
  • Volver a los sitios que has amado.
 A la pregunta de por qué viaja ella, Almarcegui responde que le viene de pequeña, cuando le gustaba mirar por la ventanilla del coche. Desde siempre le ha atraído la sensación de extrañamiento que produce el viajar, esa modificación del espacio y el tiempo. Podría pensarse que esa sensación vertiginosa tiene asimismo que ver con la danza, que practica también desde niña y en la que ejerció como profesional del ballet cuando a los 18 años se trasladó a Roma para formar parte durante tres temporadas del Balletto di Roma. Almarcegui, que conserva sus primeras zapatillas (de los cinco años) —como conserva el aspecto fibroso y el porte de bailarina—, tiene por publicar precisamente una novela (El espacio olvidado) que une ambas pasiones, el viaje y el baile y en el que se presenta a sí misma como una mujer que llega a prima ballerina del Mariinski de San Petersburgo y viaja a Samarcanda en el curso de una gira con Giselle. No es la primera vez que la escritora junta viaje y ficción: lo hizo en El pintor y la viajera (Ediciones B, 2011) donde imaginó un encuentro entre Ingres y la viajera del XVIII Lady Montagu tras descubrir que las cartas de esta sobre los baños turcos y los harenes fueron la inspiración para La pequeña bañista del célebre pintor. “Me gusta jugar con la ficción, ya sea inventándome una relación entre ellos o una vida que yo no he tenido”.

Ella que ha viajado tanto, ¿qué une a la gente de todo el mundo? “La puesta de sol, en ningún lugar la gente deja de verla”.

Jacinto Antón
Diario El País, España.

Iréne

de Pierre Lemaitre
(Alfaguara, Buenos Aires, 2015, 400 páginas)



Esta novela puede servir como demostración de que toda obra es una apropiación de una o varis anteriores, como opina cierta teoría literaria (apropiacionismo). El asesino serial de Irène toma como modelos para sus delitos a cuatro célebres libros policiales: La dalia negra, de James Ellroy; American Psycho, de Breat Easton Ellis; Laidlaw, de William McIlvanney y Roseanna, de Sjöwall y Wahlöö. A su vez está escribiendo un thriller sobre sus espeluznantes homicidios –en lo que viene a constituirse un cóctel de metalenguajes –, y afirma: “Me gustan esos bucles perfectos que enlazan con tanta precisión la literatura y la vida.”.

Es el primer trabajo del autor (que en 2006 obtuvo el Premio a la Primera Novela Policial del Festival de Cine de Cognac), y en él aparece el comandante Camille Verhoeven, un policía muy particular, entre otros motivos por medir solo 1,45 metros, y que protagonizó tres novelas posteriores (Alex, 2011; Rosyﮡ John, 2012 y Camille, 2012). Así, el libro es un homenaje al género porque se mencionan muchos escritores y títulos famosos, que pueden también constituirse en estímulos para la lectura.

La narración es perturbadora, como lo fue Vestido de novia (2014), ya que en cierta forma se preanuncia que una fatalidad atroz va a caer sobre el comandante y su esposa Irène, que está embarazada de su primer hijo. Además, abundan los personajes patológicos y el suspenso se torna insoportable, muchas veces mediante elipsis.

La prosa da gusto leerla: es precisa, elegante y de gran soltura, y por ella desfilan excelentes imágenes:”…sintió brotar las lágrimas, un auténtico llanto de felicidad, algo así como si la existencia te explotase en plena cara” / “La atmósfera tenía esa calma que impresiona y obliga a bajar instintivamente la voz”. Los diálogos son excelentes, claros y oportunos. Sus descripciones de las escenas de acción resultan cinematográficas. La traducción del francés de Juan Carlos Durán Romero fue realizada con sumo esmero.

Tal vez influido por los guiones televisivos Lemaitre complica al máximo la intriga y le agrega nuevas derivaciones y personajes. También utiliza el recurso de ocultar la información que posee Camille, y que este saca a relucir cuando desemboca en un callejón sin salida.

Pierre Lemaitre (París, 1951) es también profesor de literatura francesa y norteamericana y guionista de televisión. Recibió numerosos premios, entre ellos el Goncourt 2013 por su novela Nos vemos allá arriba.

Germán Cáceres

Este libro forma parte del catálogo de la Biblioteca. Siendo socio puede retirarlo para su lectura.    

"Modos de ver", por John Berger

Uno de los libros más conocidos del escritor, pintor y crítico de arte John Berger, fallecido a principios de año, surgió de una serie de programas televisivos emitidos por la BBC, que a continuación compartimos.



El programa televisivo 'Ways of seeing', creado en 1972 por John Berger y Mike Dibb, se propuso analizar cómo nuestros modos de ver afectan a la forma de interpretar, toma prestadas muchas ideas de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, el artículo de Walter Benjamin de 1936. La serie recibió diversos premios, revolucionó la teoría del arte y fue adaptada a libro, convirtiéndose desde entonces en un título indispensable de la teoría del arte y de la comunicación visual. Berger analiza cuatro aspectos de la interpretación de la pintura al óleo: su origen relacionado con el sentido de la propiedad, el uso continuado de la mujer como objeto pictórico, la relación entre la herencia visual de la pintura y la publicidad y, finalmente, la transformación del significado de la obra original en el marco de sus múltiples reproducciones.

En el primer episodio, Berger señala lo que involucra a la visión y cómo nuestro modo de ver las cosas está determinado por lo que sabemos. Él va a argumentar que el verdadero significado de muchas imágenes ha sido oscurecida por académicos, cambiado por la reproducción fotográfica y distorsionado por el valor monetario.



En el segundo episodio se ocupa de la representación del desnudo femenino, una parte importante de la tradición del arte europeo. Berger examina estas pinturas y se pregunta si representan a las mujeres tal como son o sólo como a los hombres les gustaría que fueran.



Con la invención de la pintura al óleo alrededor de 1400, los pintores fueron capaces de retratar a personas y objetos con un grado sin precedentes de realismo, y la pintura se convirtió en la forma ideal para celebrar las posesiones privadas. En el tercer episodio, John Berger cuestiona el valor que le damos a esa tradición.



En el cuarto episodio, Berger desarrolla más el vínculo entre la propiedad y el arte a través de una mirada crítica de la sociedad consumista moderna; analiza las imágenes publicitarias y muestra cómo se relacionan con la tradición de la pintura al óleo, en los estados de ánimo, las relaciones y actitudes.



Piglia en nuestro catálogo

Las obras del escritor recientemente fallecido que se encuentran en nuestro catálogo.



En 1965 se mudó a Buenos Aires, donde el prestigioso editor Jorge Álvarez le ofreció trabajo. En 1975 se editó Nombre falso, su segundo libro de cuentos.

Cinco años después, durante la dictadura militar, Piglia alcanzó trascendencia internacional con su primera novela, Respiración artificial, que puede leerse como una indagación sobre los enigmas de épocas convulsas y con la que marcó un hito en la literatura argentina.

Volvió a consagrarse en 2010 con Blanco nocturno, policial -para Piglia uno de los géneros fundamentales de la literatura contemporánea- que parte del crimen de un extraño forastero y donde también aparece Renzi. La obra cosechó entre otros el Premio Rómulo Gallegos, el Premio de la Crítica en España y el Premio Internacional de Novela Dashiell Hammett.

En 2013 publicó El camino de ida, situada en el microclima asfixiante de los campus norteamericanos y amalgamando elementos biográficos con máximas del género policial. Recordemos que durante quince años, Piglia residió en los Estados Unidos dictando clases en la Universidad de Princeton.

Luminoso Boedo

de Mario Bellocchio
(Ediciones Ciccus, Buenos Aires, 2016, 256 páginas)



El libro exhibe como subtítulo “La aventura de Antonio Zamora y su Editorial Claridad”.

Impecable prólogo de Rubén Derlis que prepara al lector para esta inmersión en una aventura cultural y política.

Pronto se destaca la prosa clara y precisa de Mario Bellocchio y su meticulosa documentación, que tiene como soporte una extensa y valiosa bibliografía.

Antonio Zamora (Huércal-Overa, Andalucía, 1896-Buenos Aires, 1976) se radicó en el país en 1912, a los dieciséis años, y en menos de diez fundó la famosa Editorial Claridad. El autor apunta que “Zamora sostenía, en total acuerdo con los proyectos culturales y políticos anarquistas y socialistas, la necesidad de `culturalizar a los sectores populares y obreros con escasas posibilidades de inserción en el campo educativo argentino` y consecuentemente, rechazaba con fastidio las vulgaridades comerciales”. En el reportaje que le realizó Emilio J. Corbière el 24/4/1975, Zamora le habla de su revista Los Pensadores (que luego cambió su nombre por el de Claridad): “De allí surgiría el grupo de intelectuales que formó el Grupo de Boedo”. Bellocchio dedica dos capítulos al enfrentamiento entre estos escritores y los del círculo de Florida.

En julio de 1926, salía Claridad. Revista de Arte, Crítica y Letras, tribuna del pensamiento izquierdista, entre cuyos propósitos se destacaba “…estar más cerca de las luchas sociales que de las manifestaciones puramente literarias”.

Abundan fotografías de autores y políticos de ese período, de escenas de la vida cotidiana en la ciudad de Buenos Aires, de tapas de revistas y diarios. Y, sobre todo, testimonios de personajes históricos que conocieron a Zamora.

En Luminoso Boedo se dedica especial atención al golpe militar de 1930 que derrocó a Yrigoyen, y se señala cómo desde la revista Claridad se fustigó a las dictaduras de Uriburu y de Justo y se condenó terminantemente a la llamada década infame. También se documenta el sostenido apoyo que desde esa publicación se dio a los representantes de la Segunda República Española frente a la insurrección franquista.

Otros aportes invalorables de la editorial son su colección jurídica y la revista Cultura Sexual y Física, lanzada en agosto de 1937 (para Bellocchio “su emprendimiento editorial más osado”).

Se está ante un libro esclarecedor, que ayuda a pensar y a defender los ideales del humanismo y muestra cómo las fuerzas reaccionarias y oscurantistas acechan permanentemente, como si fueran enfermedades crónicas.

Finaliza el libro con emotivas afirmaciones por parte del autor: “Antonio Zamora: un actor imprescindible en la conformación del elenco de la cultura popular. (…) Clara como los amaneceres en su lejana Huércal-Overa, la claridad de Antonio Zamora fue mucha más que el nombre de su editorial”.

Mario Bellocchio en 2001 fundó el periódico Desde Boedo, que lleva quince años de vigencia. Algunos de sus libros son: Días de Balneario, Noches de Varieté (2003), Tomando el Toddy con Tarzán (2004), Historias contadas Desde Boedo (2006) y Un viaje increíble (2013).


Germán Cáceres

Ricardo Piglia: maestro de la ficción, último lector y crítico de la literatura argentina

Puede ser que, como creía Borges, sea más civilizado leer que escribir. Si esto fuera cierto, Ricardo Piglia habrá sido el escritor más civilizado de esta época. Además de sus cuentos, sus novelas y sus ensayos, Piglia nos dejó una certidumbre: que hacer literatura era discutir la literatura y por eso, al mismo tiempo y de modo inseparable, ejercer la crítica. Crítica y ficción, así se llama uno de sus libros cruciales -ése que incluye las insoslayables "Tesis sobre el cuento"- y ese título es una definición posible de toda su poética. No por nada su amigo el músico Gerardo Gandini, con quien hizo la ópera La ciudad ausente, sobre la base de su novela del mismo nombre, insistía en darles a sus alumnos ese libro como único manual de composición. Sin ir más lejos, Respiración artificial, su primera novela, de 1980, es por parte iguales una ficción y una lectura crítica radical de la literatura argentina. Es más, podría decirse que su influjo fue decisivo sobre todo por el modo en que propuso una relectura originalísima de la literatura argentina, un reordenamiento de su canon en el que Borges era "el mejor escritor del siglo XIX", y en el que se le confería una posición central a Roberto Arlt y al polaco Witold Gombrowicz. Fue el mayor lector (¿el último?) porque se dio cuenta, en la senda justamente de Borges, de que la ficción no depende sólo de quien la construye sino de quien la lee.


Ayer a la tarde, Piglia murió de un paro cardíaco en su casa de Palermo, después de atravesar con enorme lucidez y heroísmo la esclerosis lateral amiotrófica que lo castigó desde principios de 2014. Un poco irónicamente, decía que siempre había pedido tiempo para escribir y que ese tiempo se le había concedido bajo la forma de una enfermedad que lo obligaba a una actividad puertas adentro. Piglia aprovechó ese tiempo (¿cómo no pensar en el cuento "El milagro secreto", de Borges?) y la reclusión obligada le sirvió para terminar algunas recopilaciones (Las tres vanguardias. Saer, Puig, Walsh y La forma inicial) pero sobre todo para revisar sus diarios, que terminó de atribuir al nombre de Emilio Renzi, su personaje de siempre.

En este último tiempo le llegaron también los premios, ante todo el Formentor, que habían recibido también dos escritores a los que admiraba sin atenuantes: Borges y Beckett. Fue Carlota Pedersen, nieta de Marta Eguía -su pareja-, la que recibió el reconocimiento junto a su amigo, el editor español Jorge Herralde.

Piglia había nacido en Adrogué el 24 de noviembre de 1940. Estudió historia en La Plata, pero pronto fue solicitado por otras tramas. De la lectura del alto modernismo (Kafka, Joyce) pasó a la literatura norteamericana y al policial duro, que ayudó a difundir en los años 70 con la colección Serie Negra.

Los libros de Piglia fueron saliendo entre grandes lapsos (tendía a espaciar mucho sus publicaciones) y las apariciones, con poco más dos años de diferencia, de las novelas Blanco nocturno (2010) y El camino de Ida (2013) fueron una excepción. Habrá influido en esta singularidad el final de sus compromisos en la Universidad de Princeton, donde dictó clases durante quince años y de la que se jubiló en 2010. Piglia, el hombre reticente, había ocupado de pronto el centro del canon. En la literatura post-borgeana, su nombre está en el canon al lado del de Juan José Saer (su amigo, que le dedicó La pesquisa), César Aira y Fogwill. Cada uno tendrá sus preferencias, pero el lugar es ya indisputable.

Del mismo modo que en sus cuentos, Piglia diluyó los límites entre ficción y crítica, Los diarios de Emilio Renzi, de los que se salieron hasta ahora dos tomos de los tres previstos, diluye los límites entre ficción y vida.

Cuando publicó Nombre falso, en 1975, Piglia incluyó una nota preliminar en la que decía lo siguiente sobre la unidad de los relatos que lo integraban: "Escribí los relatos de este libro (salvo uno) en 1975. En aquel tiempo vivía en un departamento de la calle Sarmiento, frente al viejo mercado de Montevideo, y cuando pienso en estos cuentos me acuerdo de una ventana que daba a un patio. Supongo que el hecho de haberlos escrito mirando cada tanto la luz de esa ventana les da para mí cierta unidad: como si las historias hubieran estado ahí, del otro lado del vidrio". Y en una entrada de su diario de 1969, se lee lo siguiente: "Tampoco me gustan los estilos afectados que circulan en la narrativa de mi generación: todos escriben con la voz de otro (sobre todo la de Borges, Onetti y Cortázar); por mi lado, a pesar de todo, una voz propia que no será necesariamente la mía, es decir, la que uso en la vida. Escribir con la sinceridad de un sujeto al que no conozco y que sólo aparece -o se asoma- cuando escribo". Esto había quedado claro en una anotación de 1965: "La invasión no tiene nada que ver con Borges. Nada tampoco con Cortázar, la otra plaga. Temáticamente la influencia es Arlt, demasiadas delaciones". De ahí al "Homenaje a Roberto Arlt" de Nombre falso no hay más que un paso.

Piglia también escribió con la voz de otro, pero de otro que él mismo se inventó. Sabía trastornar las atribuciones de la misma manera que podía enloquecer la sintaxis.

Una de las teorías más fuertes de Piglia fue la de las "dos historias"; es decir que, como Borges, leemos una cosa y, al final, resulta que la historia que leíamos era diferente, iluminada desde el final. Lo mismo pasa con su vida. Él también hizo de su vida una ficción doble: la que conocíamos y la que él contaba. Es irrelevante separar una de la otra porque, como en los cuentos, son una unidad indivisible.

La lección del maestro
Nadie hablaba mejor que Piglia. Sus clases, cuando se transcribían, daban un texto limpio, sin vacilación ni redundancia. La charla adoptaba para él la forma de un pensamiento que iba desplegándose en voz alta. Esto lo sabe cualquiera que haya escuchado alguna de esas clases, que además se hicieron públicas con las conferencias sobre Borges que se transmitieron por televisión.

Era un aforista agudo ("A Madame Bovary le hubiera gustado leer Madame Bovary"; "Narrar es como jugar al póker: el secreto consiste en parecer mentiroso cuando se dice la verdad") y, en la charla privada, tenía la misma generosidad de las clases: participaba sus iluminaciones como si fueran del interlocutor. Esas iluminaciones tenían un núcleo recurrente: la reflexión. O, para decirlo de otra manera, que a esta altura de la historia no puede haber asombro sin conocimiento.

Pablo Gianera
Diario La Nación, sábado 7 de enero de 2017

Donación de Editorial Dunken

Agradecemos a Editorial Dunken por la donación de la Colección de seudónimos utilizados en Argentina por anarquistas, comunistas, izquierdistas, peronistas, socialistas y trotskistas, de Mario Tesler.


El libro cuenta entre otros los seudónimos utilizados por Carlos Sánchez Viamonte y Alicia Moreau, y por Carlos Penelas, responsable del Taller Literario de la Biblioteca. 


Se trata de unvolumen de mucho interés para quienes investigan a los autores nacionales que han participado de las mencionadas corrientes políticas y sociales.


Pronto será catalogado y puesto a disposición para consulta de nuestros socios.


Muere John Berger, escritor, pintor y crítico de arte británico

El autor, considerado uno de los más influyentes de su generación. G., Siempre bienvenidos o Modos de ver son algunas de sus obras más conocidas.


El escritor, pintor, ensayista y poeta John Berger falleció este lunes a los 90 años en Antony (París), según confirmó la directora literaria de Alfaguara, María Fasce, a El País, tras hablar con una nieta del autor en Francia, quien afirmó: "Il est parti" (Partió).

John Berger era un experto en desapariciones. Toda su obra literaria es el testimonio de alguien que contempla un universo que se desvanece ante sus ojos, ya se trate de la gran pintura europea o de la vida en los pequeños pueblos de la Europa rural. Berger se formó como artista plástico pero se consagró como teórico cuando convirtió en un libro mítico —Modos de ver— una serie emitida en 1972 por la BBC. Lejos de cualquier análisis esotérico, aquel ensayo ilustrado demostró que se podría mantener la fascinación por un cuadro incluso después de rastrear las condiciones materiales en que fue encargado, pintado y expuesto.

El creador británico fue también poeta, guionista de cine, dramaturgo y colaborador de El País. El diario The Guardian lo definía recientemente como "uno de los escritores más influyentes de su generación". Nacido en Londres en 1926, entre sus obras más conocidas están El cuaderno de Bento, Con la esperanza entre los dientes, Siempre bienvenidos, The Seventh Man, Hacia la boda, Puerca tierra y Una vez en Europa. Y Alfaguara editó hace pocos meses Rondó para Beverly, un homenaje que el autor escribió junto con su hijo Yves para su esposa, fallecida en 2013. En julio de 2006, escribió un artículo titulado En defensa del pueblo palestino, junto con Noam Chomsky, Harold Pinter y José Saramago.

Tirando de los hilos que Walter Benjamin dejó lanzados en los años treinta, Berger demostró que el marxismo seguía siendo útil como herramienta de análisis cultural. De paso puso de manifiesto que, en manos de un genio, el arte nacido como propaganda —al servicio de un Papa, un rey o un noble— también puede convertirse en una vía de liberación. De eso, pero aplicado al siglo XX, trataba también su primera novela: Un pintor de nuestro tiempo (1958), que daba voz a un artista húngaro exiliado en Londres.

Guionista de varias películas de Alain Tanner, entre ellas Jonás, que cumplirá los 25 años en el año 2000, Berger se consagró como novelista al mismo tiempo que como divulgador del arte. En el mismo 1972 publicó G., una particular versión de los viajes de Casanova que se alzó con el Booker, cuya dotación el escritor compartió con los Panteras Negras. Aquella novela contenía toda una poética literaria que rompía con la narración lineal decimonónica y llenaba sus historias de voces que se superponían y contradecían. Ese es el muy reconocible tono Berger, que alcanzó su máxima cota en De sus fatigas, una trilogía que está entre lo mejor de la literatura universal de finales del siglo XX. Formada por dos libros de cuentos —Puerca tierra y Una vez en Europa— y una novela —Lila y Flag— que retratan la desaparición de la vida rural y el trasvase de los campesinos a las grandes ciudades. Berger vivía en un pueblo de la Alta Saboya francesa y las vidas de sus vecinos, con sus grandezas y mezquindades, podían tocarse en páginas que recuperan la fuerza de la oralidad tradicional sin maquillar la dureza de una vida ganada con las manos.

En 1995, cuando era reivindicado por los indignados del momento y, a la vez, reclamado como experto en los principales museos del mundo —el Prado entre ellos—, el escritor británico dio otra vuelta de tuerca a su obra literaria narrando una historia de amor en los tiempos del Sida: Hacia la boda. Esta vez los derechos de autor de aquel viaje por el viejo continente camino de unos esponsales estaban destinados a los comités de lucha contra el Sida de cada país en que se publicó. Ya fueran enfermos, campesinos, mendigos o inmigrantes, los desheredados de la tierra estuvieron siempre en el centro de la obra de John Berger, que llegó a escribir una novela —King— desde el punto de vista de un perro callejero. Nunca dejó de dibujar, de viajar en moto ni de escribir poemas. Fue el puente entre la gente de a pie y los grandes maestros de la pintura occidental. También la voz de los seres más frágiles, residuos del mundo moderno a los que su obra otorgó una dignidad de reyes.

Diario El País, Madrid
Lunes 2 de enero de 2017


John Berger en nuestro catálogo
Los siguientes títulos de John Berger están disponibles en el catálogo de la Biblioteca. Siendo socio pueden retirarlos para su lectura:

Actividades 2017

Julio
Sábado 29
Cineclub La Rosa
: Chaplin en fílmico. Función especial de vacaciones de invierno. 
Junio
Miércoles 28
Cineclub La Rosa: Aguirre, la ira de Dios, de Werner Herzog. Proyección en 16mm gracias al Goethe-Institut Buenos Aires. Segunda función del ciclo "Junio: Herzog". Presentó, a sala llena, Geraldine Salles Kobilanski.

Miércoles 14 
Cineclub La Rosa: Fata Morgana, de Werner Herzog. Junto al scopitone C'est fou, con Rita Cadillac. Proyección en 16mm. Primera función del ciclo "Junio: Herzog".

Lunes 12
Teatro: nueva profesora, Lucía Gómez.

Mayo
Miércoles 31 
Cineclub La Rosa: Estrellas, de Konrad Wolf. Proyección en 16mm gracias al Goethe-Institut Buenos Aires.

Viernes 26
EPA Cine: El Cineclub La Rosa, representado por su programador, Emiliano Penelas, en el 2° Festival de Cine Independiente de El Palomar - EPA Cine, con una proyección de cortos en fílmico con música en vivo. Auditorio UNTREF, Caseros.

Miércoles 10
Comenzó el Taller de Ajedrez, por Martín Litvak.

Sábado 6
Simultáneas de ajedrez, coordinadas por el Prof. Martín Litvak.

Martes 2
Encuentro del CEP: "El Sufismo: Espiritualidad Islámica", conferencia por Abdur Rahman Colombo.


Abril
Lunes 24
Comenzó el Taller de Teatro, por Daniel Bañares.

Jueves 20
Comenzó el Taller literario, por Carlos Penelas.


Miércoles 12 
Cineclub La RosaLa vida en obras, de Wolfgang Becker. Proyectada en 16mm gracias al Goethe-Institut Buenos Aires. Segunda función del ciclo "Berlín, ayer y hoy".

Viernes 7
Comenzaron las Clases de canto, por Inés Maurel. 

Miércoles 5
Comenzó el Taller de Portugués, por la Prof. Gabriela Hidalgo.

Comenzó el Taller de Italiano, por la Prof. Stella Maris Scuderi.

Martes 4
Comenzaron las Clases de Tango, por Víctor Chamorro.

Primer encuentro del CEP: “Introducción a las enseñanzas de Gurdjeff. Gurdjieff en Rayuela”, por Diego Zeziola. 

Lunes 3
Comenzó el Taller de Danza Clásica para niñas, por Cristina Bartolomé. 

Comenzó el taller de Biomecánica Corporal y Elongación, por Cristina Bartolomé 
Comenzó el curso Historia de la Ciudad de Buenos Aires, por el Lic. Leonel Contreras.

Taller de teatro: entrevistas de aspirantes.

Sábado 1

Comenzó el Seminario Clínico, dictado por Enrique Acuña: "Las escrituras del goce femenino -Psicoanálisis y Literatura-".

Jorge Rivas presentó su libro El rumbo junto a Laureano Bielsa y Julieta Costa Díaz. Andrea Recúpero fue moderadora.

Marzo
Miércoles 29 - 20 horas
Cineclub La Rosa: comenzó la Temporada XI con la proyección de Gente en domingo, de Robert Siodmak, Edgar G. Ulmer, Curt Siodmak y Fred Zinnemann. Función realizada en 16mm gracias al Goethe-Institut Buenos Aires. Primera función del ciclo "Berlín, ayer y hoy".

Sábado 4
Encuentro en EPA Cine
: Emiliano Penelas, programador del Cineclub La Rosa, participó de la charla sobre "Pantallas Emergentes" organizada por el Festival EPA Cine, en La Paternal.

Febrero
Lunes 6 Reapertura de la Biblioteca, en su horario habitual de 16 a 20 horas, de lunes a viernes.

Enero
La Biblioteca permanecerá cerrada por vacaciones.

 Próximas actividades 
 

Biblioteca cerrada

Comunicamos que durante enero la Biblioteca permanecerá cerrada al público. Los esperamos en nuestro horario habitual de lunes a viernes de 16 a 20 horas a partir del lunes 6 de febrero.