Gutenberg, en Google

El buscador más famoso de Internet recuerda hoy la figura del padre de la imprenta moderna. En el siglo XVI, se estimaba que 200 millones de libros estaban impresos gracias a su invención, que dio origen a una nueva era de comunicación.


Este 14 de abril de 2021 Google dedica su doodle a Johannes Gutenberg, padre de la prensa de imprenta con tipos móviles moderna, en el aniversario de la exposición retrospectiva que hizo en su honor el Museo Gutenberg en 2000.

Gutenberg, cuyo nombre real era Johannes Gensfleisch, nació alrededor de 1400 en Mainz, Alemania. Se cree que estudió en Erfurt, según los registros hallados. Hacia1434 emigró a Estrasburgo, donde se desempeñó como orfebre. A fines de la década de 1430, los historiadores creen que Gutenberg comenzó a desarrollar un dispositivo de impresión de texto más eficiente en un intento por pagar las deudas de un negocio de espejos fallido.

La máquina que inventó reemplazó los bloques de letras y gráficos de madera tallados a mano de las impresoras tradicionales por tipos de metal fácilmente fundidos, que luego se sumergieron en tinta patentada para imprimir páginas enteras a la vez.

Una de las grandes ventajas de este sistema es que permitía reproducir textos a gran escala y con una rapidez nunca antes vista. Esto, sin dudas, implicó una gran revolución del conocimiento.

En 1450 Gutenberg logró la primera impresión exitosa de su invento: un libro en latín sobre cómo pronunciar discursos. De allí en adelante, Gutenberg siguió avanzando y apostó a contratar un equipo de línea de montaje para producir libros más rápido que nunca. Otro de los hitos en su historia se da en 1452, cuando da comienzo a la edición de la Biblia de 42 líneas, también conocida como Biblia de Gutenberg.

En 1455, el inventor, que no había calculado bien el costo y tiempo que le llevaría imprimir las 150 biblias que se había propuesto, carecía de solvencia económica para devolver el préstamo que le había concedido Johann Fust, con quien se había asociado previamente y quien había puesto a su yerno, Peter Schöffer a supervisar el trabajo de Gutenberg.

Como resultado de esta situación económica que atravesaba el inventor, que le impedía devolver el dinero prestado, la sociedad se disolvió y Fust, junto con su yerno, continuaron adelante con la impresión de las biblias que rápidamente fueron vendidas. Fue el comienzo de un próspero negocio para ambos y el inicio de un cambio que marcó un antes y un después en la producción y distribución de textos.

La imprenta de este gran inventor imprimió hasta 3.600 páginas en un día laboral promedio, lo que impulsó la primera producción de libros a gran escala en Europa. Sin embargo y a pesar de este gran aporte, sus últimos años atravesó penurias económicas. Murió, endeudado y sin poder disfrutar de los beneficios económicos de su invento, el 3 de febrero de 1468.

En el siglo XVI, se estimaba que 200 millones de libros estaban impresos gracias a su invención, que dio origen a una nueva era de comunicación de masas y una nueva rama de los medios: la prensa. Hoy en día, el legado de Gutenberg sigue vivo con Project Gutenberg, una biblioteca online con más de 60.000 libros gratuitos.

El doodle se puede ver desde Argentina, Chile, Perú, Estados Unidos, gran parte de Europa y Oceanía.

Fuente: Infobae

Te quiero a las diez de la mañana

Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.

Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.

Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?

Jaime Sabines
(Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 25 de marzo de 1926 - Ciudad de México, 19 de marzo de 1999)

La Radio crece

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Un abanico que apenas se abre / Una luz que no daña ni enceguece

Por Inés Legarreta
(Ediciones Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2020, 92 páginas)


Se trata de dos nouvelles. En la primera, Inés Legarreta se introduce en el Japón y su cultura, en una época que puede ubicarse en el siglo IX, y de la que brinda una imagen hermosa: “Las telas bordadas, los collares de jade y piedras, las perlas. (…) Y el susurro de la seda.”. Tanto la tapa como las dos ilustraciones interiores debidas a Ohara Koson poseen una belleza sugerente.

En Un abanico que apenas se abre, las oraciones que brotan espontáneamente dan cuenta de la sensibilidad y del amor a la palabra que guían a la autora (“El viento hace lo que algunos hombres y mujeres: desordena. Pero hay quienes les gusta esta confusión de gritos, polvo y aire.”). Se puede evocar la escritura automática de los surrealistas. O también como una catarata de poemas en prosa. El texto se compone de una suerte de aforismos alógicos y desborda de imágenes magníficas (“El toque de laúd y la flauta en la espesura de la noche. Como un poema de amor que no tuviera dueño ni destinatario.”),

Legarreta tiene el don de manipular el lenguaje. Además, posee un léxico rico y vasto que le permite gestar pensamientos e imágenes introspectivas de extrema delicadeza.

Al final, con el título de «Nota del traductor», afirma: “Aquí se interrumpe el diario de la cortesana cuyo nombre desconocemos (…) Este manuscrito a todas luces incompleto es, aparentemente, copia de uno o varios manuscritos anteriores…”.

Una luz que no daña ni enceguece ofrece una narración que titula «Él ángel». Su espíritu trae a la memoria el filme Las alas del deseo, de Win Wenders.

La protagonista y el ángel vuelan y la narradora evoca con humor a Luisa Lane y Clark Kent, que en una de las tantas películas de Superman y durante una escena romántica, admiran desde las alturas la ciudad ficticia de Metrópolis.

La prosa es sumamente exquisita y cita poemas de Wislawa Szymborska, Rainer María Rilke y Jorge Luis Borges. Tal vez intenta volver a internarse en lo onírico –como lo hizo en La imprecisa voz que me sueña (2014) – y enfrentarse valientemente con los ángeles y demonios que transitan en su interioridad y en la de todos los seres humanos. O sea: asumir líricamente ese mundo oculto de nuestro inconsciente.

Aunque sigue la línea sensible de la nouvelle anterior, arroja una mirada pesimista: “…los une la derrota, la persistencia de lo terrestre, un andar a tumbos, en la constante incertidumbre de los nacimientos y las muertes”/ “Nada de hacerles rever su vida, de proponerle reflexión sobre lo efímero del paso sobre la tierra, sobre la finitud de los mortales”.

Este es un libro indicado para los amantes de la literatura.

Inés Legarreta nació y vive en Chivilcoy, Pcia. de Buenos Aires, Tiene publicados siete libros de narrativa y cuatro de poesía. Obtuvo numerosos premios, tanto en nuestro país como en el exterior. Recibió Medalla de Oro y Medalla de Plata como Mujer Destacada Bonaerense. Ha sido traducida al inglés, al alemán y al italiano.

Germán Cáceres

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Nueve de julio

9 de Julio es un tango escrito por el tucumano José Luis Padula. Fue estrenado al cumplirse el primer centenario de la independencia patria. Numerosas son sus versiones. En Wikipedia puede leerse una reseña sobre su historia y también sobre las letras que se le añadieron. En mi caso, siempre lo conocí exclusivamente instrumental.

 


En casa de mis padres se escuchaba la de Juan D’Arienzo. Alcancé a ver al Rey del Compás – así lo llamaban - y su orquesta típica a comienzos de los setenta en el auditorio de una lejana radio El Mundo, donde hoy tiene su sede Radio Nacional, Maipú 555, Capital Federal. Encorvado, eléctrico, de buen humor, con dotes de showman, solía pegar - haciendo coincidir la finta con la marca del compás - algún que otro simpático golpecito en el importante abdomen de uno de sus violinistas. 9 de Julio era uno de sus hits.

Mi papá siempre fue tanguero; no sólo me llevó a ver a D’Arienzo sino que lo recuerdo en la cocina o en su cuarto de trabajo siempre con el telón de fondo de tangos o milongas en la radio, victrola o tocadiscos.

Cuando se jubiló, una de las primeras asignaturas pendientes que acometió fue aprender a tocar el bandoneón. Al comienzo, un sufrimiento para mi mamá y para Poch, la querida perrita ratonera. Me salvé de esos escarceos porque ya vivía en Capital. Después, a fuerza de práctica, el sonido mejoró y fue un placer escucharlo.

Su maestro, don Salvador Bavastro, nombre que evoca los mejores recuerdos del bandoneón y del tango en Mercedes. Le daba clases a domicilio. Tengo presentes aquellos bailes en el Parque Municipal Independencia donde desde un escenario reluciente y de un blanco inmaculado que hoy es prácticamente una ruina. Bavastro y su orquesta compartían noches con conjuntos de rock, pop y también con grabaciones.

Mi mamá aprovechaba las clases del maestro para introducir comentarios del tipo: “Salvador, ¿se acuerda de tal tema?”. Inmediatamente comenzaba un pequeño concierto gratuito en la cocina o en el primer patio de la casa de calle 21.

9 de Julio era uno de los tangos preferidos de mi padre; lo practicó con método, con ganas. Pese a que sus interpretaciones terminaron siendo decorosas, no se comparaban a las de Bavastro, que parecía extraer belleza en estado puro del fuelle. Cuando murió en 2009 quedaron mudos sus dos bandoneones. Los guardé con veneración. Por más de diez años durmieron sin uso.

Mi hijo menor tiene diecinueve años. A los trece comenzó a tocar la guitarra. A los quince compró su primera guitarra eléctrica. Se desenvuelve con bastante decoro. Hace pocos días comenzó clases de bandoneón. En esta pandemia sacó de su descanso a los dos fuelles y, como estamos divorciados con la mamá, dejó uno en cada casa para practicar.

Cuál no sería mi sorpresa cuando semanas atrás puse 9 de Julio en You tube; inmediatamente lo reconoció y dijo que esa era la versión de D’Arienzo. Me emocionó. A los pocos días empezó a hilvanar algunos de sus acordes.

Una melodía escrita hace más de un siglo me permite hermanar los tiempos de quienes antecedieron a mi padre y se proyecta hasta el presente. Los que me siguen en la línea de la vida me alegran al permitir evocar y mantener vivos a quienes me antecedieron.

Pedro Acuña

Paradoja de los mares

No tenemos duda alguna acerca que la directriz de las sociedades en las que nos toca vivir es la del capitalismo globalizado, el imperio de las mercancías que somete el resto de las existencias a su devenir.

Entre las situaciones más dramáticas una de ellas es la tragedia de los migrantes que deambulan por los mares buscando refugio, mientas tanto los Estados exhiben su xenofobia.

Por estos días, el encallamiento de un buque portacontenedores en el Canal de Suez en Egipto hay una conmoción mundial paralela a la genera la pandemia de covid 19 que no de arrasar poblaciones en los diversos continentes.

En efecto, por el Canal de Suez, que se comenzó a construir en 1859, que conecta el Mar Rojo con el Mar Mediterráneo circula el 10% del comercio mundial.

Desde hace una semana el paso de grandes cargueros está interrumpido.

Las pérdidas alcanzan los cuatrocientos millones de dólares diarios.

Resulta paradójico, que mientras en el continente africano, persisten múltiples calamidades que afectan a miles de seres humanos y otro tanto en el Asiático ahora los ojos de las agencias informativas estén pendientes y expectantes de la zona del Canal de Suez.

Entre tanto, cuando perecen en el Mar Mediterráneo personas que huyen de guerras y hambrunas hacia Europa son tratadas con la máxima crueldad.

El devenir capitalista y sus acciones siempre predadoras.

Carlos A. Solero
Desde la Región Argentina

"Conversaciones con Carlos Penelas", de Gustavo Merino

La Fundación Industrias Culturales Argentinas publicará en abril Conversaciones con Carlos Penelas, un diálogo que mantuvo Gustavo Merino con el poeta -responsable del Taller Literario de la Biblioteca- durante un año. Adelantamos un fragmento del prólogo y la tapa del libro.


“Conocí a Carlos Penelas por recomendación de Juan José Sebreli. Deseaba iniciar un taller literario y Juan José –con quien realicé cursos de Introducción al Siglo XX– me sugirió que lo hiciera con él. Al poco tiempo de concurrir a las clases advertí que admirábamos a idénticos autores: Marco Denevi, Bernardo Kordon, Juan Carlos Onetti, Stefan Zweig, Julio Ramón Ribeyro, Francisco Umbral, Manuel Mujica Laínez (…) Amenazados por la pandemia y a través de un año fuimos desgranando su infancia, sus orígenes, la pasión por el fútbol, la educación y su relación con sus maestros, la poesía y su lírica, sus programas en radio, sus artículos en La Prensa, su ideología, su relación con René Favaloro, Luis Franco, Héctor Ciocchini y tantos otros y el tiempo que le ha tocado vivir.

Como si se tratara de una taberna de campo, quienes se adentren en estas conversaciones, se acerquen a la barra y se animen a beber, disfrutaran de un hombre refinado que habla sobre diversas temáticas vinculadas con el arte, el ocio creativo y las utopías irrealizadas”.

Gustavo Merino
La foto de Merino, que acompaña a la edición del libro, fue tomada por Emiliano Penelas en nuestra Biblioteca.

Taller Literario
Carlos Penelas es responsable del Taller Literario de nuestra Biblioteca desde 2010, y este año retomará la actividad los jueves, en el nuevo horario de las 17. El grupo es reducido, ajustado a los protocolos correspondientes. Puede inscribirse en Austria 2154, de lunes a viernes de 16 a 20 horas. Por teléfono, en los mismos horarios llamando al 4802-8211. Por correo electrónico a carlossanchezviamonte@yahoo.com.ar.

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La expresión, por Mario Benedetti


Milton Estomba había sido un niño prodigio. A los siete años ya tocaba la Sonata Nº 3 Op. 5, de Brahms, y a los once, el unánime aplauso de la crítica y del público acompañó su serie de conciertos en las principales capitales de América y Europa. Sin embargo, cuando cumplió los veinte años, pudo notarse en el joven pianista una evidente transformación. Había empezado a preocuparse desmesuradamente por el gesto ampuloso, por la afectación del rostro, por el ceño fruncido, por los ojos en éxtasis, y otros tantos efectos afines. Él llamaba a todo ello «su expresión». Poco a poco, Estomba se fue especializando en «expresiones». Tenía una para tocar la Patética, otra para Niñas en el jardín, otra para la Polonesa. Antes de cada concierto ensayaba frente al espejo, pero el público frenéticamente adicto tomaba esas expresiones por espontáneas y las acogía con ruidosos aplausos, bravos y pataleos. El primer síntoma inquietante apareció en un recital de sábado. El público advirtió que algo raro pasaba, y en su aplauso llegó a filtrarse un incipiente estupor. La verdad era que Estomba había tocado la Catedral Sumergida con la expresión de la Marcha Turca. Pero la catástrofe sobrevino seis meses más tarde y fue calificada por los médicos de amnesia lagunar. La laguna en cuestión correspondía a las partituras. En un lapso de veinticuatro horas, Milton Estomba se olvidó para siempre de todos los nocturnos, preludios y sonatas que habían figurado en su amplio repertorio. Lo asombroso, lo realmente asombroso, fue que no olvidara ninguno de los gestos ampulosos y afectados que acompañaban cada una de sus interpretaciones. Nunca más pudo dar un concierto de piano, pero hay algo que le sirve de consuelo. Todavía hoy, en las noches de los sábados, los amigos más fieles concurren a su casa para asistir a un mudo recital de sus «expresiones». Entre ellos es unánime la opinión de que su capolavoro es la Appasionata.