Otra mirada sobre un Marechal precoz

La olvidada y hoy desconocida polémica de Leopoldo Marechal con Leopoldo Lugones sobre la rima, fue, aunque a primera vista no lo parezca, esencial y profundamente ideológica. Portador de una visión que, con los años, se había vuelto más y más conservadora, Lugones, antiguo cofundador o, en fin, inspirador del Partido Socialista, también frecuentador de pensares esotéricos y de ocultas ciencias, reprochaba ahora a los jóvenes vanguardistas nada menos que la vocación, el uso del verso libre. Lo sentía, lo vivía, lo pensaba, como no vacila en sostener implícita y explícitamente, una manifestación de los desbordes adolescentes que cuestionan, en toda época, el orden establecido.


Para entonces, Leopoldo Lugones era ya el poeta del sistema, respetado y temido, oficialmente consagrado. Desde Las montañas del oro (1897), libro muy elogiado por Rubén Darío, venía cimentando su fama con ensayos históricos, narraciones, cuentos fantásticos ciertamente notables (Las fuerzas extrañas, de 1906 y Cuentos fatales, de 1924) y, sobre todo, su esplendorosa poesía, discutida aunque magnífica para la lengua: Los crepúsculos del jardín (1905), Lunario sentimental (1909), Odas seculares (1910), El libro fiel (1912), El libro de los paisajes (1917), Las horas doradas (1922) y el reciente Romancero (1924). Había que atrevérsele a tamaña figura, exponente de un pensamiento novedosamente reaccionario, “intelectual del Estado” y defensor del arquetipo “nacional”, sustento, entre pocos otros, del Martín Fierro como el poema fundador de la argentinidad en sus conferencias del Teatro Astral. Ante el mismísimo poder, una de sus charlas se abría con el inesperado vocativo: “Señoras, señor general Roca, señores”. El otro, el contendiente, Leopoldo Marechal, con apenas veintitantos años, y uno o dos libritos de poemas (Los aguiluchos, de 1922; Días como flechas, de 1926), fue el único que se le animó.

Desde el prólogo a Lunario..., Lugones venía predicando que la rima era el elemento esencial de la poesía y que la falta de ella era “un recurso de impotencia”. En varios artículos, sobre todo de los años 20, sostenía que la rima es el modo natural de la expresión poética, y que el verso libre sin ella (porque él lo practicaba, pero con rima) la contradecía. Insistía en que la rima y el ritmo no son trabas para la verdadera poesía; por el contrario, según él, aquéllos forman parte de su naturaleza. Su ausencia pone al verso en el lugar de la prosa y, además, exhibe pereza, esterilidad, nihilismo. La crítica era literaria, estética y también moral: para Lugones (que sabía de escritura), los desajustes textuales y lingüísticos entrañaban otros apartamientos del orden, otras subversiones.

Leopoldo Marechal, justamente uno de aquellos jóvenes aludidos, y no el menos culto y brillante, le retruca (sic) en 1925 en Martín Fierro (nº 26), la revista de la que era uno de los númenes y colaboradores principales, en un irreverente “Retruque a Leopoldo Lugones”, donde ironiza al Maestro, pero con el elevado tono que era el suyo: “La métrica fue el pantalón corto de la poesía: ahora la poesía es adulta”, le dice. “El verso libre permite y exige la síntesis”, mientras la rima genera no pocas veces el ripio. Lugones, siempre en La Nación (17/1/1926), en “De la rima”, no tiene más remedio que explayarse y repetirse: “La prosa es instrumento de comunicar nociones, principalmente por medio del lenguaje lógico. La poesía es otro de comunicar, principalmente, emociones, por medio del lenguaje musical, que es el rítmico de la referencia”. Algo harto, el iracundo y sin embargo bien fundado Marechal, aparte de preguntarse, retórica (y un poco injusta y exageradamente), “¿Con qué derecho juzga de poesía un hombre que carece de sensibilidad poética?”, y de recordarle que después de tres décadas ha cambiado mucho en su manera de pensar, termina desafiando coquetamente, a la manera vanguardista, “a Lugones y a cualquier versificador”, a un duelo “en todo metro y forma conocidos”. La nota de Marechal se titula “Filípica a Lugones y otras especies de anteayer” y sale en Martín Fierro, nº 32.

Para ese momento, el proclamado respeto de Jorge Luis Borges por Lugones decae, al punto que, cuando aparece el Romancero, lo “saluda” así: “El Romancero es muy de su autor. Don Leopoldo se ha pasado los libros entregado a ejercicios de ventriloquia y puede afirmarse que ninguna tarea intelectual le es extraña, salvo la de inventar. /.../ Hoy, ya bien arrimado a la gloria y ya en descanso del tesonero ejercicio de ser un genio permanente, ha querido hablar con voz propia y se la hemos escuchado en el Romancero y nos ha dicho su nadería. ¡Qué vergüenza para sus fieles, qué humillación!” (revista Inicial, nº 9, enero de 1926). Además, Borges colabora con su compañero Marechal refutándole a Lugones los tres argumentos tradicionales a favor de la rima. Históricamente, sostiene, “literaturas enteras la han ignorado”. Desde el punto de vista del gusto, cita versos blancos “auditivamente perfectos de Garcilaso”, recuerda a Walt Whitman y afirma que la capacidad de “ligar las rimas, es actividad del ingenio, no del sentir”. Y en cuanto al argumento intelectual, sostiene que los que riman, al no aceptar “la correlación y la natural simpatía de las palabras, sino la contingencia del consonante”, se vuelven “parásitos del retruécano” (El tamaño de mi esperanza, 1926). En otro trabajo, Borges le critica lo que considera falta de originalidad (es uno de quienes “hacen bien lo que otros hicieron ya”), le achaca falta de profundidad y el uso de adjetivos rebuscados e imprecisos. Y a medida que se va haciendo él mismo más “criollista”, ve su extranjerismo y lo llama “forastero grecizante, verseador de vagos paisajes hechos a puro arbitrio de rimas y donde basta que sea azul el aire en un verso para que al subsiguiente le salga un abedul en la punta”.

Lugones, naturalmente, no se deja atropellar y en la nota introductoria a la Exposición de la actual poesía argentina, de Pedro Juan Vignale y César Tiempo, insiste: “Esta antigualla lamentable y antiestética (el verso libre) es el descubrimiento instrumental de la actual vanguardia poética, o nueva sensibilidad, o ultraísmo, como se denomina el grupo de prosistas jóvenes, para quienes resulta verso todo párrafo de prosa dispuesto en renglones verticales separados; /.../ Amontonar imágenes inconexas en parrafitos tropezados como la tos, y desde luego sin rima: he ahí toda la poesía y todo el arte”. Hasta tal punto será ideológica la postura de Lugones que, poco antes de su muerte por suicidio sostendrá todavía (en “La rima y el verso”, La Nación, 12/12/1937), con la más absoluta claridad: “Comunismo en la política, ateísmo en filosofía y prosaísmo en el arte, todo es el mismo círculo vicioso de los extremos que se tocan”. Más reconocedor, luego Borges se hará cargo de la autocrítica del grupo: “Yo afirmo que la obra de los poetas de Martín Fierro y Proa /.../ está prefigurada, absolutamente, en algunas páginas del Lunario”. Con el tiempo, irá rindiéndole homenajes a su obra, y en El hacedor asentará: “Un hombre que sabía todas las palabras miró con minucioso amor las plantas y los pájaros de esta tierra y los definió, tal vez para siempre, y escribió con metáforas de metales la vasta crónica de los tumultuosos ponientes y de las formas de la luna”.

Mario Goloboff
Diario Página 12, 29 de diciembre de 2018

25 noches de insomnia 2

de Marcelo di Marco
(Bärenhaus, Buenos Aires, 2018, 160 páginas)


Aunque son cuentos de terror con giros fantásticos y lunáticos, en varios de ellos no falta el humor, como por ejemplo en «Morderte la lengua». En cambio, «La última misión de Sean Connery» mezcla audazmente el erotismo con el humor negro.

Pero no se trata solamente de relatos. Hay un extenso apéndice denominado «Marginalia», en el que el autor explica el origen de los mismos, revela los detalles de su construcción, aportando así una lúcida coda. También puede entenderse como un deslumbrante y didáctico taller literario.

Hay algunos detalles sorprendentes que llegan a perturbar al lector. En la introducción de «Vuelta y vuelta», aclara que no lo escribió él, pero en el citado posfacio confiesa que fue un mentira, que “es parte del juego”, ya que el cuento tiende a promover la donación de órganos después de la muerte, y el espeluznante final logra hacer convincente el consejo.

Su amplio vocabulario y sus numerosas citas abarcan distintos campos, demostrando la magnitud de su cultura. Son ya proverbiales sus conocimientos cinematográficos y operísticos.

«La última función» es una narración muy emotiva y plena de remembranzas del gran Boris Vian, mientras que en «Homo humini lupus» se presenta al revés la mítica leyenda del hombre-lobo, que tantas veces fue llevada al cine: aquí, un lobo se convierte en hombre.

La escritura de Marcelo di Marco es precisa, bella y elegante. En «Resonancias» su prosa hace alardes acrobáticos para describir una situación claustrofóbica (la resonancia magnética), que es una pesadilla para los pacientes aunque dure quince minutos. También se luce en la composición de diálogos.

Sus cuentos se leen con gusto, pero también incomodan. Un costado poco grato del alma humana aparece retratado, como así también el espanto y el horror llevados al límite. El espíritu del mejor Lovecraft sobrevuela los textos que trasuntan tragedia y sutileza psicológica.

Otra especialidad del narrador son los finales inesperados, como puede apreciarse en «Un aplauso para el asador», «El álbum y la joven madre», «A cualquiera puede pasarle», «Monstruos», «El celo eterno». Un clima tenebroso preside «Su pobre angelito», que concluye con una revelación horripilante.

Marcelo di Marco (Buenos Aires, 1957) ha publicado seis libros de poesía, cinco de ensayo, y los siguientes títulos de terror fantástico: El fantasma del Reich (relatos, 1995), Victoria entre las sombras (novela, 2011), La mayor astucia del demonio (relatos, 2016) y 25 noches de insomnio (relatos, 2017). Conduce con su esposa Nomi Pendzik y sus hijas Florencia y Marina el «Taller de Corte y Corrección», y desde 2013 dirige el canal You Tube acerca de esta actividad. Fundó en 2005 el círculo de escritores de terror y fantasía La Abadía de Carfax.

Germán Cáceres

La voz de los vencidos

Juan Eduardo Zúñiga cumple 100 años el próximo 24 de enero. Excepcional cronista literario de la Guerra Civil, el autor de ‘Capital de la gloria’ es el gran maestro vivo del cuento español contemporáneo.


Comienza el siglo de Zúñiga. El escritor español que más tiempo e imaginación ha dedicado a la mayor cicatriz española del siglo XX, la Guerra Civil vista con Madrid como protagonista, cumplirá los 100 años el 24 de enero de 2019.

Durante años, ni en la conversación ni en las solapas de sus libros, la mayor parte de ellos relatos en los que reflejó la sangre y la incertidumbre causadas por la guerra en la ciudad donde nació, habló Juan Eduardo Zúñiga de su edad. Por pudor, aunque él también le concedió a la omisión cierta dosis de coquetería, este hombre que fue declarado inútil para la guerra por los médicos de entonces mantuvo un silencio fantasmal sobre sus años. Un silencio que, ahora, la edad y la salud parecen haber vuelto irreversible: ya no concede entrevistas.

Sin embargo, esta pasada primavera, a través de su esposa, la también escritora y editora Felicidad Orquín, mandó a decir en la Feria del Libro de Madrid que esa fecha, el 24 de enero de 2019, iba a ser, en efecto, la de su cumpleaños número 100. Orquín, privilegiada lectora de su marido, dijo de Zúñiga que él era un escritor que perseguía fantasmas… Los fantasmas, venía a decir Orquín, no tienen presente pero sí futuro. Acaso, pues, él quiso ser fantasma de sí mismo y ahora ya lleva algunos años viviendo en el futuro que buscaba su escritura que rompió sucesivamente con todos los convencionalismos literarios que le salieron al paso. Fue acosado por sus compañeros de generación, y de filas (fue, desde 1958 hasta 1964, militante del PCE), por no seguir a rajatabla los dictados del socialrrealismo, y se estrenó a la literatura de mayor difusión con El coral y las aguas (1962). Situado en la fila de atrás de todo, por su carácter y por su retraimiento, fue sin embargo el primero en romper con la disciplina del partido y también con la disciplina literaria, por lo que fue vilipendiado y asediado hasta el silencio.

Él quiso ser soldado republicano, pero los facultativos lo declararon inútil, y en 1951 dio a la imprenta, a su propio coste, un libro (Inútiles totales) en el que aparece como Cosme, un muchacho que no puede integrarse al frente de guerra. Ángeles Encinar, catedrática de Literatura en la universidad norteamericana de Saint Louis y estudiosa de la obra de Zúñiga, ve en ese joven inútil la figura alta y desgarbada, de lentes poderosos, que serían ya para siempre los rasgos del autor de Capital de la gloria. Luis Beltrán, catedrático de Literatura Comparada en la Universidad de Zaragoza, que con Encinar prepara la reedición (en la editorial Cátedra) de El coral y las aguas e Inútiles totales, ve al escritor Zúñiga, en efecto, “en la fila de atrás de todo”, pero avanzando sigilosamente hacia la vanguardia.

Y a ella llega en 1980, tras el silencio que le impuso seguramente la ruptura tácita con sus compañeros de letras y, en un tiempo, de ideas. La trilogía de la guerra civil, compuesta por ‘Largo noviembre de Madrid’ (1980), ‘La tierra será un paraíso’ (1989) y ‘Capital de la gloria’ (2003), sería la sobresaliente muestra de su modo de concebir la literatura y, sobre todo, la realidad que vivió él mismo en el Madrid de la guerra.

Beltrán cree que Zúñiga se sirvió en esos libros capitales de su propia experiencia personal, pero también de su manera de concebir la literatura. Heredero de Turguéniev y de Pushkin, a los que dedicó traducciones y libros, “filtró los recuerdos con su propio concepto del manejo de la imaginación” y abordó, “con un tamiz literario, su propia autobiografía”. Así es el Cosme de Inútiles totales, “como un niño que mira”, y es el que contempla la devastación, el barro herido en que se convierte su ciudad querida.

Esa alta literatura es una revancha, seguramente no propiamente impuesta, contra quienes lo habían condenado por El coral y las aguas, sugiere Encinar. “Le adjudicaron la fama de ser un escritor difícil, y él sobresalió muchos años después con un realismo metafórico que sirve de espejo a lo que sucedía en el frente de Madrid”. Era, por decirlo así, un realismo renovado en el que sobresale “el punto de vista de los vencidos”. Y no eran los grandes prototipos humanos, dicen tanto Encinar como Beltrán, los que le sirven para su metáfora sobre el barro y la furia de la guerra. Eran, como en sus queridos autores rusos, las mujeres fuertes, los hombres débiles o inútiles, las casas humildes, las madres, los vencidos los que le sirven de escenario para una literatura que, como advierte Felicidad Orquín, progresará más allá de la propia existencia de Zúñiga. Él hizo de Madrid, considera Encinar, “la ciudad protagonista de la guerra, como si la propia ciudad fuera un personaje”. Y eso, dicen ambos, también lo hereda de los rusos que hicieron de Moscú y San Petersburgo caracteres vivos de sus escrituras.

Zúñiga ha sido minucioso y lento, pero es que no estaba escribiendo sólo relatos o novelas; estaba haciendo un edificio literario cuyos habitantes, dice Beltrán, “eran las figuras, los arquetipos, como el hombre inútil popularizado por la filología eslava, que es el hombre moderno frente a la mujer, el elemento activo que hace que la sociedad avance o se rebele”.

En Capital de la gloria, sobre todo, están algunas de esas mujeres. Por ejemplo, Rosa de Madrid, una joven a la que, en medio de los detritus de la guerra, se le asoman los ademanes del deseo y los afronta como contrapunto dramático, o sensual, de las miserias de la propia contienda. Pudo haber sido, acepta Encinar, un texto para una película escrita por Rafael Azcona, aquel blanco y negro de la España que siguió rota durante la larga posguerra.

Con respecto a ese relato fundamental en la escritura de Zúñiga, un gran conocedor suyo y de su literatura, Manuel Longares, autor él mismo de Romanticismo, dice: “Rosa de Madrid es ante todo un chotis. Zúñiga ha escogido esa música popular para resaltar la diferencia que todos los contemporáneos de entonces y sus descendientes han de sufrir al contrastar la disipación marcada por el chotis y la otra de bombardeos, delaciones y asesinatos”. En este cuento, prosigue Longares, “Zúñiga coge todos los tópicos madrileñistas y los proyecta como idilio de un vivir lejano y machacado: la figura y leyenda de la modistilla sometida a la crudeza de la guerra despertando en ella el aullido correspondiente a haber convertido en una bestia a la que en los distantes años de paz era una rosa”.

Zúñiga es, subraya Longares, y en esa misma línea están los otros expertos en su obra, “el escritor de los vencidos, pero más que de los derrotados por una guerra y de los pertenecientes a una determinada adscripción política es el escritor de la ciudadanía frente a la militarización del espacio”. Madrid destrozada por la guerra, territorio militar que fue hogar y “hechizo rutinario”. Ese cuento, entre otros, representa el alma de la escritura de Zúñiga, fantasma extrañado de su propia ciudad, su casa rota ante sus ojos también heridos por la ­inútil carcasa de la contienda.

En el último acto que protagonizó Juan Eduardo Zúñiga en esta ciudad suya, en la última Feria del Libro del Retiro, cerca de donde vive, su amigo y lector Luis Mateo Díez dijo que esa trilogía “será un día la verdadera expresión literaria de la contienda civil española”. Como escritor que es, destacó el académico, lo que se toca en su escritura es al hombre que la contiene. “El hombre. Y sobre todo las mujeres”, añade Encinar ahora, pues las mujeres son las que manejan la fuerza de la vida en sus libros. “Lo descubrirán, lo redescubrirán. Descubrirán su sensualidad, la libertad de sus mujeres”. Y, dice Beltrán, “descubrirán su prosa, y verán que no es la que en su tiempo dijeron sus críticos. Descubrirán sus arquetipos, sus metáforas”. Y entonces Zúñiga vivirá, al menos, un siglo más, o más siglos, quién sabe. De momento, él, como aquel Cosme inútil total, mira al Retiro que es su paisaje, su fantasma y su futuro.



Casi centenario. Juan Eduardo Zúñiga nace en Madrid el 24 de enero de 1919. Su padre, farmacéutico, tuvo como ayudante a Ramón J. Sender.

Inútil ma non troppo. En 1939 es movilizado dentro de la llamada “quinta del 40”, formada por reclutas desechados para ir al frente por su incapacidad.

Traductor y ensayista. En 1944 traduce, junto a Teodoro Neicov, la novela del escritor búlgaro Iordan Iovkof El segador. El interés por las literaturas eslavas será una constante en su trabajo, que tendrá sus frutos en ensayos como Los imposibles afectos de Iván Turguéniev (1977) o El anillo de Pushkin (1983), reunidos en 2010 en el volumen Desde los bosques nevados.

Novelista (breve). En enero de 1949 publica su primer cuento en la revista Ínsula. Dos años más tarde, en febrero de 1951, se autoedita Inútiles totales, una novela corta —61 páginas en formato de bolsillo— surgida en el marco de la tertulia del Café Lisboa de la Puerta del Sol. Nunca la reeditó. La editorial Cátedra la rescatará en las próximas semanas junto a su segunda novela, El coral y las aguas, ambientada en la Grecia clásica y publicada originalmente en 1962.

Romántico y comprometido. Por encargo de la editorial Taurus, en 1967 publica una recopilación de los artículos sociales de Mariano José de Larra, autor al que considera un pionero de la literatura comprometido y al que en 1999 consagrará el libro de ficción Flores de plomo.

Cuentista total. Tras años de silencio creativo, 1980 es clave en su obra: Bruguera publica Largo noviembre de Madrid, un volumen de cuentos que, junto a La tierra será un paraíso (Alfaguara, 1989) y Capital de la gloria (Alfaguara, 2003), Zúñiga reunirá en 2011 en un volumen de Galaxia Gutenberg titulado La trilogía de la guerra civil.

Consagrado. Al Premio Nacional de Traducción de 1987 por su versión de la prosa de Antero de Quental se le sumó en 2004 el de la Crítica por Capital de la gloria. En 2016 recibió el Premio Nacional de las Letras al conjunto de su obra.

Juan Cruz
Diario El País de Madrid

Amertástica. América fantástica

de Miryam E. Gover de Nasatsky
(Enigma Ediciones, Buenos Aires, 2018, 128 páginas)


Según la autora: “Amertástica está situada en algún lugar de América fantástica, también llamada América del Sur”. Se trata de cuarenta cuentos breves que tratan sobre casos de corrupción, malos gobiernos, dictaduras, crisis económicas y caos sociales. Y nadie era capaz de explicar las causas ni el origen de esta disolución (“Así, el país, a pesar de la diversidad de cultivos y de sus generosos recursos naturales, no podía satisfacer la creciente demanda de alimentos.”) Pero también ocurren catástrofes naturales que terminan por obnubilar a todos los habitantes (”Se les fue atrofiando la vista por la persistente neblina pero, lo más relevante, fue el deterioro en la facultad de pensar, de discernir entre causas y efectos.”)

Los cuentos pueden pensarse como las crónicas que está escribiendo un lector a partir de una investigación que realiza en libros y diarios de Amertástica. En todos ellos la principal autoridad era un innominado Primer Magistrado.

La prosa de Myriam Gover es directa pero precisa, fluida y elegante. Siempre anida en sus relatos un humor ácido, que a veces se torna burlón y otras asume directamente el absurdo por las situaciones y actitudes disparatadas que describe. También es posible advertir detrás de este sarcasmo una visión pesimista de la realidad, ya que resulta imposible conocer la verdad. Asimismo, el conformismo de los ciudadanos es exasperante y terminan pensando todos igual: en definitiva, son intercambiables.
Por si no fuera suficiente también se cierran bibliotecas públicas, las falsas noticias (las hoy llamadas fake news) han cubierto la totalidad de la información, la justicia dicta sentencias irracionales, la burocracia resulta agobiante y la crisis del sector externo impide el pago de la deuda (“exaltando las grandes contradicciones de la locura que impera en el Poder”, comenta Graciela Licciardi en la contratapa). No quedan dudas de que lamentablemente la historia de Amertástica se parece demasiado a la de Argentina. Si quedaba alguna duda, ella queda despejada por dos cuentos («Un
estrecho corral» y «Postes petrificados»), en los cuales aparece el tema del corralito. Además, señala la connivencia entre el oficialismo y la oposición para mantener los privilegios de que goza la clase política. Y, sorpresivamente, ocurre una regresión temporal que culmina en el hombre de Neandertal («Regresión») o, ante la calamidad económica y social, todos los habitantes se exilian («Pánico bursátil»).

Se trata de un libro original desde su primer cuento, «Extraterrestres», en el cual se refiere un insólito descubrimiento de América.

Miram E. Gover de Nasatsky escribió en poesía: Persistentes vibraciones y Resonancias de Auschwitz; en novela: La pasión de un visionario-Theodor Herzl, Desde la cima. Reminiscencias de David Ben Gurión y Hacia la libertad; entre sus ensayos figuran: Bibliografía de Alberto Gerchunoff y Poesía Argentina del Siglo XX. Recibió del ILCH en 2014 el premio Ezequiel Martínez Estrada por su labor ensayística.

Germán Cáceres

Ida Vitale: “Antes los poetas hablaban de Hércules; ahora, de Batman”

Próxima a recibir el Premio Cervantes, en una entrevista de hace cuatro años la escritora uruguaya recordaba las enseñanzas de su maestro, José Bergamín, su obsesión por corregir y afirma que la poesía ha cambiado de referentes culturales.


Ida Vitale es, con 91 años, una de las grandes maestras de la literatura latinoamericana viva, pero disfruta, más que hablando de su obra, recordando a aquellos que, ilustres o anónimos, le enseñaron a leer y escribir. Entre los anónimos había, en el Montevideo de su infancia, una profesora que le hacía imitar el estilo de Azorín, de Gabriel Miró, de Ortega o de Rafael Barrett: “Cada mes, un autor distinto. Era una buena práctica: te obligaba a mirar de modo diferente”. Entre los ilustres estaba José Bergamín, verso suelto de la Generación del 27. “Fue un excelente maestro”, cuenta. “No sé si acá se tiene la imagen del Bergamín profesor a tiempo completo. Sabía mucho de literatura española, pero también del romanticismo alemán. Era de los que decían: ‘Tienen que leer este libro’, y te lo regalaba. Perdió su biblioteca al marchar al exilio tras la guerra y había resuelto que la solución era el desinterés completo”. La autora de Reducción del infinito (Tusquets) recuerda la soledad del escritor español en Uruguay hasta que llegaron sus hijos: “Decía que era el último orejón del tarro. No era muy halagador para nosotros, pero era verdad. Terminábamos cenando con él después de las clases. Era joven pero lo veíamos como un viejito”.

Su maestro en la poesía fue, sin embargo, un enemigo íntimo de Bergamín, Juan Ramón Jiménez, a quien también conoció cuando pasó por Montevideo. Con él comparte la obsesión por corregir: “De Juan Ramón me impresionó que le dieran un libro para que lo firmara y se dedicara a corregir los poemas. Decía que un poema hay que escribirlo y guardarlo hasta que a uno se le olvide. Yo lo he seguido en la medida de lo posible”.

Ida Vitale se marchó a México en 1974 con su marido, el poeta Enrique Fierro. La dictadura militar empezó persiguiendo a los tupamaros y luego a todos los que parecieran remotamente izquierdistas: "Nosotros no estábamos en eso, pero andábamos entre libros, algo que siempre inquieta a los militares”. Adiós a un Uruguay que, según la poeta, fue durante décadas “la democracia perfecta”: laico, con una gran educación pública gratuita, sin grandes desigualdades sociales y sin nacionalismo alguno. “¿Qué nacionalismo iba a haber si éramos la mitad italianos y la mitad españoles?”.

Cuestión de gustos
1. ¿En qué libro se quedaría a vivir? Las mil y una noches no estaría mal. Sin duda no la Divina comedia, aunque me la conozco muy bien, pero para vivir… Quizás en el Orlando furioso: tiene magia, viaje y paisaje.

2. ¿A qué escritor de todos los tiempos invitaría a cenar? A Borges. Lo hubiera querido tratar más.

3. ¿Cuál ha sido el mejor momento de su vida intelectual? Alguno de mi formación, esos momentos secretos en que uno logró entender algo.

4. ¿Qué encargo no aceptaría jamás? Dirigir un país.

5. ¿Qué libro no pudo terminar? En una época, muchos. Después resolví que tenía que terminarlos. Soy paciente no sé si por espíritu venenoso: para ver cómo se derrumba el libro cuando no me gusta.

6. ¿Qué está socialmente sobrevalorado? La comunicación, aunque decirle esto a un periodista… Me da la impresión de que la gente está dentro de casa y fuera del mundo.

7. ¿A quién daría el próximo Premio Cervantes? Ay, Dios…, ¡al mejor!

Desde 1989 vive en Austin (Texas) aunque viaja con regularidad a su país, a México —“fueron muy generosos con nosotros”—, e incluso a España. En Madrid formó parte del jurado que concedió el último Premio Loewe al chileno Óscar Hahn. “Había libros tremendos de gente que uno nota que tiene en la poesía la última esperanza”, cuenta sobre su experiencia en un jurado por el que ya pasó su amigo Octavio Paz. “Uno busca lo literario, pero a veces se pone en el alma de quien escribió esos versos y empieza a pensar en el ser humano, no en el escritor. Al final hay que ponerse de nuevo en el frío cargo de lector desinteresado”. Otra de las conclusiones de esa experiencia es que los referentes de la poesía están cambiando: “Las alusiones mitológicas se han ido perdiendo. Antes los poetas hablaban de Hércules; ahora, de Batman. No digo que eso dé una poesía inferior, pero marca una orientación distinta, sobre todo por los mundos que arrastran y lo que uno y otro te permiten entender”.

Más intensa que extensa, su poesía es, sin embargo, escasa en referencias. Las palabras son nómadas y los malos poemas las vuelven sedentarias, dicen unos versos suyos. ¿Cómo reconocer ese cambio de estado? “Instintivamente. En la medida en que son nómadas las sujetamos o seguimos su movimiento natural. ¿Por qué hay palabras que nos gustan y otras que no? No sé. A mí me choca profundamente constatar. Sin embargo, procrastinar me gusta”. Traductora de autores como Gaston Bachelard, Simone de Beauvoir o Luigi Pirandello, Ida Vitale cuenta que traducir le ha enseñado a mantener la atención aunque “la traducción conspira contra la poesía porque es un trabajo muy absorbente”. La poeta uruguaya publicó Mella y criba (Pre-Textos) en 2010 y ya tiene un libro nuevo. “Uno no, varios, y eso es lo peor”, aclara riendo. La prosa le divierte —la suya ha dado lugar a maravillas como Léxico de afinidades (El Cobre) y De plantas y animales (Paidós)—, pero sabe que la extrema esencialidad de sus versos podría terminar por llevarla al silencio, “la reducción total”. Con todo, huye de la metafísica —“estas cosas, cuando se sintetizan, quedan dramáticas”— para meterse en la cocina de la escritura: “A veces me sale un poema largo, más hablado de lo necesario, pero mi tendencia natural es abreviar. Aunque admiro profundamente a los que se dejan llevar por esa locura ingobernable, cada uno nace no con un guion sino con una escuadra a mano, y la mía es borrar y borrar. Corregir es como arreglar cajones: sacas lo que está de más".

Javier Rodríguez Marcos
Diario El País, España, 21 de enero de 2015

El otro lado

de Alfred Kubin
(La Bestia Equilátera, Buenos Aires, 2017, 280 páginas)


Kubin describe una comarca utópica situada en Asia Central y llamada el Reino Soñado: “Vida normal y mundo soñado son, quizá, opuestos, y es esta diferencia la que dificulta tanto la explicación.” El autor posee el arte de narrar, sobro todo cuando al principio articula una fábula a la manera de Tolkien, provocando que la lectura de El otro lado sea tan placentera y encantadora que puede entenderse como un cuento de hadas: “Hablé de bosques azules de nomeolvides, de millones de relucientes gotas de rocío sobre las que se asomaba el sol. Hablé del trino de los pájaros, del sonido festivo de trombones de plata”. La historia es narrada por un ilustrador que recorre el Reino. Precisamente, Kubin era grabador y dibujante: las bellas imágenes en blanco y negro del libro le pertenecen; sus trazos funcionan como si fueran apuntes para un posterior trabajo al óleo. Estéticamente se aproxima al expresionismo.

Pero la historia comienza a encaminarse hacia el absurdo. Por ejemplo, la actividad económica casi no existe porque no produce consecuencias: ni se gana ni se pierde dinero (“Es que aquí, simplemente, las fantasías eran realidad”). Sucede que los actos y razonamientos de los soñadores –así se denomina a los habitantes– carecen de sentido y sus diálogos solo exponen vaguedades. Su comportamiento remite a los Hermanos Marx y también a Franz Kafka: hay un palacio cuyas salan conforman un laberinto El narrador “No lograba entender absolutamente nada”. Tampoco falta el humor y el animismo que afecta tanto a la Naturaleza como a los objetos.

Hacia la mitad la novela cambia de tono y se encamina hacia el terror. Ahora se está más cerca de Lovecraft, y todo el Reino se transforma en una pesadilla opresiva en la que imperan la locura y el espanto.

Está muy lograda la descripción de la insólita somnolencia que padecen los pobladores mientras la región es invadida por toda clase de animales. Y finalmente ocurre el esperado caos total, el alucinante desmoronamiento de la comarca dentro de una ambientación fantástica y enrarecida que Kubin desarrolla de manera magistral.

La escritura de Kubin es elegante, exquisita, propia de un orfebre de las letras. Impecable la traducción de Gabriela Adamo, cuya calidad y profesionalismo permiten percibir el esplendor de esta visión onírica.

El otro lado fue publicado en 1908 y recibió elogios de Franz Kafka y de Herman Hesse. Además, Kubin ilustró obras de la Biblia, Hoffman, Poe, Balzac, Dostoievski y otras celebridades. Nació el 10/4/1877 en Leitmeritz, una ciudad de Bohemia que en ese entonces formaba parte del Imperio austrohúngaro, y falleció el 20/8/1959 en el castillo de Zwickledt. Recibió el Premio del Gran Estado Austríaco en 1951 y la Condecoración Austríaca de las Ciencias y las Artes en 1957. Es autor de Historias burlescas y grotescas, El gabinete de curiosidades y De mi vida: Desde la mesa del dibujante y otros escritos.

Germán Cáceres

El libro forma parte del catálogo de la BibliotecaSiendo socio puede retirarlo para su lectura.

Agatha Christie, la eterna fugitiva

Agatha Christie casi nunca ríe abiertamente en sus fotos: tenía malos dientes y ella siempre fue muy consciente de su apariencia. A decir verdad, le preocupaba la apariencia de todas las cosas: necesitaba que el mundo fuera un lugar sereno y exacto, amable y ordenado.


Pero la realidad es obcecada y tiende a desbaratarse por mucho que la intentemos someter a nuestros deseos; y así, a partir de los cuarenta años Agatha engordó muchísimo y se convirtió en una matrona majestuosa de grandes pechos y caderas opíparas.

Siempre había sido delgada (ella misma se encarga de repetirlo hasta la saciedad en todos sus escritos autobiográficos, como quien menciona un hecho de naturaleza casi milagrosa, un portento que resultará increíble para los demás, que tal vez no llegue a creerse ni ella), de modo que esta súbita y definitiva abundancia carnal, el pasarse la segunda mitad de su vida encerrada dentro de un cuerpo enorme, debió de aumentar su sentido íntimo de lo catastrófico. Y es que la existencia de Agatha Christie es una larga huida de la negrura, un combate secreto contra el caos.

Nació en 1890; pertenece, por tanto, a esa generación británica que hubo de superar la herencia victoriana y enfrentarse a las primeras ruinas del imperio.

El victorianismo había construido una visión del mundo tan firme y definida como un cubo de plomo: todo estaba en su lugar, todo tenía un porqué, la realidad era perfectamente comprensible, belleza y ley eran equiparables.

Este sueño de exactitud se hizo mil pedazos a finales del siglo XIX. Darwin explicó que la divina previsión no había creado a humanos y animalitos tal y como éramos, sino que nuestra evolución había estado marcada por saltos casuales y arbitrarios.

Se descubrieron los gérmenes, dañinas partículas invisibles de costumbres erráticas, de manera que las enfermedades dejaron de ser un castigo o una prueba de Dios para convertirse en una cuestión de mala suerte.

Y, para colmo, en medio de toda esta inseguridad y de tanta mudanza, Einstein lanzó en 1905 su teoría de la relatividad, proclamando que ni siquiera el tiempo y el espacio eran fiables.

Entraba arrolladoramente el siglo XX, con todo su horror, su desorden, sus guerras. La colosal estructura inmóvil del victorianismo se hundió con estertores marinos de Titanic.

Los herederos de la era victoriana se apresuraron a dar fe de este naufragio: los escritores del grupo Bloomsbury, por ejemplo (Virginia Woolf, Lytton Strachey, etcétera), construyeron sus obras aceptando el desorden y la fragmentación de la existencia, y entraron así literariamente en el siglo XX.

Agatha, en cambio, aun perteneciendo a la misma generación (era ocho años más joven que Virginia), se pasó toda la vida luchando contra el caos.

Quiso ignorarlo y recuperar ese mundo anterior de orden y de normas, el universo intacto de su infancia. Por eso sus obras policiacas (setenta y nueve novelas, diecinueve piezas de teatro) son mundos circulares perfectamente explicables, juegos matemáticos para alivio no sólo de la cabeza sino del corazón, universos previsibles en donde el bien y el mal ocupan lugares prefijados.

¿Y por qué ese afán en tapar las vías de agua, por qué esa incapacidad de soportar el menor atisbo de los abismos? Quién sabe lo que nos hace ser a cada uno lo que somos: herencias de carácter, peripecias tempranas.

Agatha fue la hija pequeña de un señorito bien encantador que dilapidó sus rentas tan alegremente que a su muerte, sucedida cuando Agatha sólo tenía once años, había dejado sin un duro a la familia.

Y así, a una edad muy temprana, la futura escritora se enfrentó a la orfandad, la ruina y el amor asfixiante de una madre posesiva y depresiva de la que tuvo que hacerse cargo desde entonces. Era el monstruo de la oscuridad asomando la garra.

Agatha conocía bien a ese monstruo interior, a ese perseguidor del que huyó durante toda su existencia. En su autobiografía cuenta con pulso certero un recuerdo espantoso de su infancia: unas vacaciones en Francia, un paseo en verano y un guía amabilísimo que, para hacerle un regalo a Agatha, por entonces de cinco o seis años de edad, atrapa una hermosa mariposa, la atraviesa con un alfiler y la clava, como adorno, en el sombrero de paja de la pequeña.

Durante horas, en ese tiempo elástico e interminable de la niñez, el grupo pasea por el campo mientras la mariposa aletea desesperadamente, agonizando en el ala de la pamela.

Agatha, paralizada por el horror, no es capaz de llorar o de decir nada: sólo sufre locamente con la locura del sufrimiento ajeno.

Esa mudez, esa imposibilidad de afrontar lo terrible, volverá a devorarla años más tarde en el episodio más famoso y emblemático de su vida: su desaparición.

Agatha se casó en mitad de la Primera Guerra Mundial con Archie Christie, un piloto de aviación atlético y seductor pero inmaduro y a lo que parece bastante estúpido.

Archie le dio el apellido (antes Agatha se llamaba Miller) y fue el padre de su única hija, Rosalind; vivieron, además, unos años juveniles y fogosos, porque Agatha tenía un temple aventurero y siempre estuvo dispuesta a dejar a su hijita en manos de la abuela para largarse un año con su marido a dar la vuelta al mundo, bañarse en las aguas sulfurosas de Canadá (era una estupenda nadadora) y hacer surf en Hawai sobre unas pesadas tablas de madera.

Su primera novela, El misterioso asunto en Styles, ya con Poirot, fue publicada en 1920 y obtuvo un considerable éxito. El mundo parecía un lugar perfecto.

Pero el perseguidor andaba cerca. La relación con Archie comenzó a estropearse: a él sólo le interesaba jugar al golf. Agatha, que siempre intentó ser la esposa ideal (y la hija ideal, y la vecina ideal: ya está dicho que para ella el mundo tenía que ser un lugar confortable y convencionalmente delicioso), aprendió también a jugar al golf para acompañarle, pero se aburría de una manera insoportable.

Con todo, ella jamás hubiera roto la relación: eso era algo que por entonces no se hacía, y menos aún lo hubiera hecho ella, tan dispuesta a cerrar los ojos frente a la oscuridad, tan preparada para suplir con su imaginación aquello que no le gustaba, tan acostumbrada a fingir frente a sí misma. Manteniendo la boca cerrada no se ven los dientes rotos, y si no se ven, no existen.

El desastre comenzó con la muerte de la madre de Agatha. Clara, la posesiva Clara, falleció de repente. La escritora, deprimidísima, se fue a la mansión familiar a poner orden: y allí, claro está, la atrapó el caos.

Era la casa de la infancia, pero ahora desierta, destrozada, con los techos cayéndose, las habitaciones clausuradas y los salones llenos de los trastos polvorientos que algún muerto usó.

El egoísta Archie, a quien desagradaban todo tipo problemas, se trasladó a vivir a su club de Londres, y sólo apareció, unos meses después, para decir que se había enamorado de una tal Nancy Neele, una señorita con la que jugaba al golf, y que se quería separar. Ése fue el golpe final.

Agatha desapareció la noche del 3 de diciembre de 1926. Salió de la vieja mansión familiar conduciendo su coche a eso de las once; el vehículo fue encontrado horas después en mitad de un terraplén, no muy lejos de casa, con las puertas abiertas y el abrigo y la maleta de Agatha.

Pero a ella parecía habérsela tragado la tierra. Por entonces ya era una escritora famosa; su desaparición dio lugar a todo tipo de especulaciones.

Unos dijeron que había muerto (o que había sido asesinada), otros que se había escapado con un hombre, muchos pensaron que se trataba de una maniobra publicitaria o de una extravagante broma de la escritora, que intentaba demostrar así, de manera práctica, la viabilidad de alguna de sus tramas novelísticas: el modo de desaparecer sin dejar huella.

La encontraron once días después, el 14 de diciembre, en el hotel Hydropathic de Harrogate, un balneario muy decente. Fue a la hora de cenar; cuando Agatha bajó de la habitación para ir al comedor, Archie, avisado por la policía, se acercó a ella.

La escritora le miró como quien no acaba de reconocer la cara del portero, pero le permitió graciosamente que le acompañara hasta la mesa.

Había perdido por completo la memoria (había huido, se había fugado de sí misma); llevaba diez días instalada en ese hotel, tomando los baños, jugando a las cartas con los otros huéspedes y comentando con ellos el extraño caso de la escritora desaparecida.

Se había registrado con el nombre patético de Teresa Neele (el mismo apellido de su rival golfista) y el día 11 de diciembre, preocupada al ver que no recibía ninguna correspondencia, insertó un anuncio en el diario The Times: «Amigos y parientes de Teresa Neele, pónganse en contacto con ella. Hydropathic Hotel, Harrogate». Naturalmente, no recibió ninguna respuesta.

En su gruesa autobiografía no aparece ninguna referencia a este episodio: le debía de asustar demasiado. Tampoco hay ninguna mención a Nancy Neele. De hecho, no llegó a hablar en público en toda su vida del extraño asunto de su amnesia.

Recibió ayuda psiquiátrica y, con el tiempo, fue reconstruyendo lo sucedido: pero al parecer nunca recuperó por completo la memoria de aquellos días.

En los libros de Christie jamás queda una pista por aclarar, un eslabón por engarzar, una pieza por encajar; pero pese a todos sus desvelos, pese a esos conjuros literarios con los que intentó protegerse de la fatalidad, en la vida real sí se produjo una ausencia, un borrón, una fisura.

Siempre tuvo que arrastrar dentro de sí esas horas sin recuerdo, ese agujero negro en donde anidaban su miedo y su locura, o lo que la gente llama locura, que tal vez consista en un agudo terror a no ser, en el desentendimiento del mundo y de uno mismo.

En los seis libros serios que Agatha escribió con el seudónimo de Mary Westmacott aparece insinuada esta inquietante intuición de que la realidad es discontinua.

Son unas novelas sentimentales sin trama policiaca y con un estilo llano y poco cuidado, pero la escritora consideraba que eran lo mejor de su producción.

Ausente en primavera, la obra preferida de Agatha, narra precisamente la crisis de una mujer convencional, burguesa y en apariencia feliz, que súbitamente comprende que su existencia no es lo que ella creía que era. O sea, que advierte de pronto las fisuras del mundo, esos desgarrones de la realidad que Agatha estaba tan empeñada en remendar.

Y en ocultar: porque Agatha Christie se pasó la vida ocultando cosas, disimulando defectos, alterando virtudes, construyendo de sí misma un conmovedor personaje imaginario. De hecho fue una gran farsante, una sutilísima impostora.

Fingía, por ejemplo, un aspecto de completo y sereno dominio sobre la existencia, incluso de frialdad y desapego, cuando en realidad era una mujer llena de fuego y de terrores.

Aparentaba no darle ninguna importancia a su literatura y considerarla un divertimento modestísimo, pero era una escritora de vocación intensa que luego defendía sus obras fieramente.

Falsificaba su sonrisa sin dientes y a partir de los sesenta y tres años intentó evitar que le hicieran más fotos: le desasosegaba verse como era, su imagen mudable y progresivamente envejecida, y no la pulcra y estática imagen de gran dama que cultivaba en sus retratos publicitarios.

Y todo el mundo la tenía por una señora muy decente y servicial, pero en realidad se pasó la vida inventando maneras de asesinar al prójimo: sus novelas se gestaban siempre así, imaginando primero una forma nueva de matar, un crimen perfecto.

Fue tan hábil y persistente Agatha en el cultivo de los diversos fingimientos que probablemente se engañó a sí misma y desde luego llegó a confundir a sus biógrafos.

Janet Morgan, por ejemplo, que escribió un buen libro sobre Christie, dice de ella que no era una persona intelectual (aunque con ochenta años Agatha aún leía y comentaba agudamente a gentes como Marcuse, Chomsky, Freud, Jung, Moore, Wittgenstein o Dunne) y que era una señora convencional y provinciana: dos adjetivos que parecen bastante inapropiados para definir a una mujer aventurera que amaba viajar y viajó mucho, capaz de vivir durante meses en una tienda de campaña en el desierto de Siria o de casarse en segundas nupcias con un hombre quince años más joven que ella.

Y todo esto en una época y un medio social en donde tal comportamiento tenía un elevado coste: por ejemplo, dada su situación irregular de divorciada y recasada, Agatha no pudo presentar a su hija en la corte.

La adolescente Rosalind tuvo que ser llevada a su primer baile de palacio por unos amigos más decentes, mientras Christie se quedaba en casa y se vengaba anotando ideas para una posible novela sobre unos bailes de debutantes «cuyas madres van muriendo en rauda sucesión».

En donde no hay ningún fingimiento es en el gusto por la vida que Agatha tenía, en su pasión, en su regocijante capacidad para ser feliz.

Basta con leer Ven y dime cómo vives, un delicioso librito autobiográfico, para apreciar la sustancial humanidad de la escritora, para ver cómo corre la sangre por sus venas y cómo la existencia cotidiana puede ser una gloria.

Christie escribió Ven… durante la Segunda Guerra Mundial, llena de nostalgia por la ausencia de su marido, y en sus páginas recrea las expediciones arqueológicas a Siria que hicieron ella y su esposo, Max Mallowan, en los años treinta.

El libro en realidad es una prueba de amor, de amor a la vida y a su Max, con quien se casó teniendo ella cuarenta años y él veinticinco, y de quien sólo le separó la muerte, cuarenta y cinco años más tarde.

Es probable que la imaginativa y siempre bien dispuesta Agatha adornara su convivencia con Max añadiéndole brillos inexistentes, pero aun rebajando cautelarmente la intensidad de la historia se diría que este matrimonio fue uno de los grandes logros de su vida, una relación llena de humor, de complicidad y de aventura.

Y tal vez el arqueólogo Mallowan mostrara su amor por ella envejeciendo, como lo hizo, muy deprisa, y deteriorándose físicamente de tal modo que apenas si sobrevivió un par de años a su mujer (aunque se volvió a casar en el entretanto).

La Agatha Christie que aparece reflejada en Ven y dime cómo vives es la que a mí más me gusta: extravagante, glotona y divertida, sentada en su bastón-silla en las excavaciones arqueológicas, sus abundantes carnes embutidas en un digno traje de seda y florecitas que resulta incongruente en mitad del desierto.

Es la misma insospechada Agatha que, para comprar una bañera, se metía con abrigo y sombrero dentro de la que había en el escaparate de la tienda, porque esas cosas había que probarlas previamente.

O la Agatha que, al igual que su alegre y vividor padre, derrochó su dinero hasta el punto de atravesar por complicados apuros económicos.

Es esa mujer, en fin, capaz de sentarse a las ocho de la mañana en una colina de minúsculas flores amarillas, en la frontera de Turquía, y embeberse en la contemplación de las azulosas montañas del horizonte: «Se trata de uno de esos momentos en los que da gusto estar vivo», escribiría quince años después recordando la escena.

Y es que Agatha pertenecía a ese tipo de personas que saben que la verdadera sustancia del vivir reside en instantes como ése.

Agatha Christie comenzó su extensa e interesante autobiografía en 1950, a los sesenta años, mientras acompañaba a su marido en las excavaciones de Nimrud (Irak), y la terminó en su casa de Wallingford quince años después.

En un emocionante epílogo dice que pone punto final a sus memorias «porque ahora, alcanzados los setenta y cinco años, parece el momento adecuado para detenerse. En lo que a la vida respecta, esto es todo lo que hay que decir».

Agatha, que había sufrido muy de cerca la vejez senil de sus abuelas, tenía miedo de un final semejante: «Probablemente viviré hasta los noventa y tres, volveré loco a todo el mundo con mi sordera […] me pelearé violentamente con alguna paciente enfermera y la acusaré de envenenarme […] y causaré molestias sin fin a mi desgraciada familia», dice en el epílogo.

En realidad vivió hasta los ochenta y cinco y su última novela la publicó un año y medio antes de morir, aunque tuvo que ser muy retocada por los editores. En esos meses finales cumplió su propia maldición y fue perdiendo progresivamente la cabeza.

Desbarraba y se cortaba desordenados mechones de sus cabellos, de los que había estado muy orgullosa. Se negó a aceptar una enfermera y el envejecido Max tuvo que instalarse en un sillón junto a ella de manera perpetua.

Ella, que siempre había luchado tanto por conservar el control, que siempre había huido del terror interior y de las tinieblas, fue atrapada al fin por el perseguidor.

Tal vez todos llevemos dentro a nuestro propio perseguidor; tal vez termine siempre por atraparnos; tal vez conocer esto, y no asustarse, sea el secreto mismo de la existencia.

Rosa Montero
Historias de mujeres (Alfaguara, disponible en nuestro catálogo)

Conozca los títulos de Agatha Christie disponibles en nuestro catálogo.

Lunes de lecturas

Desde este año, y tratando de ser constantes en la premisa, todos los lunes reproduciremos artículos sobre literatura y cultura en general que creemos vale la pena compartir.

Los sábados será el día en que sigamos publicando las críticas literarias por Germán Cáceres.

80 años del suicidio de Lisandro de la Torre

Figura clave de la política nacional, el rosarino tomó esa decisión en 1939, agobiado por las persecuciones que sufría tras denunciar un negociado en el Senado. Varios libros sobre su vida y pensamiento en nuestro catálogo.


Lisandro de la Torre, abogado, político y legislador de origen santafesino que fundó el Partido Demócrata Progresista, se quitaba la vida hace 80 años, el 5 de enero de 1939, agobiado por las persecuciones y el escarnio que padecía tras haber denunciado desde el Senado de la Nación el negociado de la exportación de carnes a Gran Bretaña.

De la Torre nació en Rosario en 1868 y, tras egresar del Colegio Nacional, se trasladó a Buenos Aires para cursar la carrera de Derecho, que terminó con apenas 20 años.

En 1890 se vinculó al grupo político de Leandro N. Alem y participó de la gestación de la Unión Cívica, que encabezó la fallida Revolución del Parque contra el gobierno de Miguel Juárez Celman. Ligado siempre a Alem, acompañó el surgimiento de la Unión Cívica Radical, que lideró desde Santa Fe, donde comandó las operaciones de la Revolución de 1893, un alzamiento contra el fraude electoral impuesto por el régimen conservador, que tampoco prosperó.

Tras el suicidio del líder del radicalismo, en 1896, De la Torre propuso una alianza con un sector que encabezaba Bartolomé Mitre, con la intención de evitar que Julio Argentino Roca llegara a la presidencia por segunda vez, algo que no pudo evitarse. Sus posturas aliancistas chocaron de plano con las posiciones del líder del radicalismo, Hipólito Yrigoyen, sobrino de Alem, con quien De la Torre llegó a batirse a duelo en un combate de esgrima tras un ríspido intercambio de acusaciones.

Tras alejarse de la UCR, vuelve en 1908 a Rosario donde crea el diario La República y, más tarde, propiciará la creación de la Liga del Sur, un partido que representaba a los departamentos más postergados de Santa Fe. En representación de esa fuerza política, será elegido diputado nacional en los comicios de 1912, que se producen en el marco de la denominada Ley Sáenz Peña, que habilitaba el voto universal, secreto y obligatorio para los hombres mayores de 18 años.

Cuatro años más tarde, De la Torre se postula como candidato a presidente por el Partido Demócrata Progresista, que nació como un espacio político que se proponía como alternativa entre los conservadores y el radicalismo. Sin embargo, alcanzará el tercer lugar en las elecciones en las que Yrigoyen se consagrará como presidente mediante el sufragio universal.

Tras cumplir varios mandatos como legislador, De la Torre se retira de la vida política en 1926, y será tentado años más tarde para acompañar la asonada golpista que el general José Félix Uriburu encabezará contra Yrigoyen, algo que rechaza de plano al considerar que el militar creía que “el pueblo debía ser excluido de las decisiones”.

Un año más tarde, decide presentarse en las elecciones presidenciales del 8 de noviembre de 1931, convocadas por el régimen golpista de Uriburu. De la Torre encabeza, junto al socialista Nicolás Repeto, la fórmula de la Alianza Demócrata Socialista, que se enfrentó al binomio oficialista que formaron el general Agustín P. Justo y Julio A. Roca hijo, en unos comicios que estuvieron signados por el denominado “fraude patriótico”.

La denuncia y el escarnio
Aceptó una banca en el Senado para representar a Santa Fe por el Partido Demócrata Progresista, y desde ese lugar se encargó de denunciar, en 1935, las irregularidades en la exportación de carnes al Reino Unido. De la Torre denunció la situación y acusó a los ministros Federico Pinedo (Hacienda) y Luis Duhau (Agricultura) de orquestar además una maniobra de evasión impositiva en favor del frigorífico Anglo, junto a otros negociados que favorecían a los intereses británicos en el país.

Los debates en la Cámara Alta generaban gran expectativa en la sociedad y la gente se agolpaba en el Congreso para conseguir lugares para presenciar las discusiones. Hasta que Ramón Valdez Cora, un ex comisario devenido en matón del Partido Conservador, asesinó en plena sesión al compañero de banca por Santa Fe de De la Torre, Enzo Bordabehere, un uruguayo nacionalizado argentino, quien se había interpuesto entre el agresor y el líder demoprogresista.

Pocos meses más tarde, el presidente Justo intervino Santa Fe, gobernada por el demócrata progresista Luciano Molinas, y esa situación contribuyó a minar el ánimo de De la Torre, quien decidió renunciar a su banca y refugiarse en su casa porteña de calle Esmeralda 22, de la que sólo salía para brindar alguna conferencia o participar en homenajes a viejos amigos de ideas.

A poco de cumplir los 70 años, y cuando su tristeza era ostensible, comenzó a despedirse de sus amigos, y el 5 de enero se quitó la vida al dispararse en el corazón.
Junto a su cadáver se encontró una carta dirigida a sus amigos: “Les ruego que se hagan cargo de la cremación de mi cadáver. Deseo que no haya acompañamiento público ni ceremonia laica ni religiosa alguna. Mucha gente buena me respeta y me quiere y sentirá mi muerte. Eso me basta como recompensa. No debe darse una importancia excesiva al desenlace final de una vida. Si ustedes no lo desaprueban, desearía que mis cenizas fueran arrojadas al viento. Me parece una forma excelente de volver a la nada, confundiéndose con todo lo que muere en el Universo. Me autoriza a darles este encargo el afecto invariable que nos ha unido. Adiós”

El Litoral / Telam

En el catálogo
Varios libros sobre la vida y obra de Lisandro de la Torre se encuentran en nuestro catálogo. Entre ellos, la biografía Lisandro de la Torre, de Raúl Larra, quien además escribió y tenemos en catálogo Lisandro de la Torre: vida y drama del solitario de Pinas y Obras de Lisandro de la Torre. También contamos con Lisandro de la Torre y los problemas de su época, de Pedro Siegler.

Actividades 2019

Febrero
Lunes 4
Comenzó el Taller de Elongación, por Cristina Bartolomé


Enero
La Biblioteca permaneció cerrada al público