Las amantes son rubias

de Marita Rodríguez-Cazaux
(Editorial Dunken, Buenos Aires, 2015,104 páginas)





Una sensible voz femenina, acompañada por un tono melancólico, campea por los catorce cuentos de Las amantes son rubias. Así, en “El pájaro” se lee: “La tarde cerraba con garúa y ese aire húmedo que despeina recuerdos, días en que nadie puede, detrás de los cristales de niebla, escaparle al gesto de entrecerrar los ojos, como queriendo mirar adentro.” Por otra parte, este cuento, sutil y de resonancias literarias, es un homenaje a Antonio Di Benedetto. En “Ella era todas las mujeres”, el protagonista comenta: “Más tarde, regresaba a casa, leyendo en el subte, todavía envuelto en ese sentimiento de penumbra que contagia la poesía, esa sensación de ventana a medio cerrar, de mirilla por donde se espían pozos interiores”. Aquí aparece otra de las vertientes del libro: la ensoñación, la huida del tedio de esta chata realidad a través de la fantasía y el ideal. El citado personaje se enamora de su compañera de trabajo, pero no de la concreta, sino de la sublimada por él, etérea y evanescente (es también una manera de elegir la soledad).

Esa estilización la emprende Marita Rodríguez-Cazaux en “La Meiga”, en donde la atmósfera y las asociaciones de palabras y de imágenes crean un marco poético al narrar una frustrada historia de amor. Pero los personajes delineados por la autora tienen dificultades para concretar una pareja. Más aún, el matrimonio es un ámbito que termina por empobrecer los sentimientos y sólo es capaz de hundir a los esposos en el hastío. En “Página 23, quinto renglón” hay una frase de un texto de Claire Keegan que se repite como si poseyera vida propia y acosa a una mujer sumida en la rutina: “Cada vez que la mujer felizmente casada sale de su casa, se pregunta cómo sería dormir con otro hombre.” Un problema similar se expone en “La voz”, crudo retrato de un matrimonio insatisfecho, cuyo miembro masculino experimenta un alivio –una brisa de felicidad en medio del hartazgo- cuando mantiene una relación casual con una prostituta. “Menos”, que trata sobre una pareja que no funcionó, concluye con un original desenlace.

Rodríguez-Cazaux aplica con oficio la técnica del cuento. Su prosa es directa, sin filigranas, pero segura y funcional. Traza solventes y convincentes diálogos, que constituyen puntos de apoyo de su narrativa. En “Interposiciones” describe una situación, un momento en una confitería, como si la hubiese filmado, o más precisamente tomado una instantánea fotográfica. Lo mismo sucede en el citado “El pájaro”, en el cual un taller literario transcurre en un departamento y en un bar. Pero en “El ruido del mar”, la escritura no respeta los signos de puntuación ni el orden de la oración y recurre a diferentes tipografías con el fin de adoptar el fluir de las emociones de un personaje frente al mar.

Asimismo, la escritora está muy atenta al desarrollo de la trama. Por ejemplo, “Superstition” crea ansiedad y tensión por conocer el final, que se adivina frustrante; “Ajuste de cuentas” es pura sugerencia, todo se alude sin mencionarlo explícitamente. Pero donde sobresale su destreza narrativa es en “Universo paralelo”, que atrapa al lector porque encuentra numerosas sorpresas y evoca secuencias del filme francés La felicidad (1965), de Agnès Varda.

Un cuento singular e inesperado dentro de esta colección es “Flama”, que sucede en Polonia, durante la ocupación rusa, y que describe el clima agobiante que precede a una violación. Además, siempre surge una brisa romántica en la producción de la autora, que en “El amor trastorna todos los sentidos” se manifiesta al borde de lo surreal, y en ”El tapado de mezclilla” señala los caprichos del destino al enlazar y manipular objetos y personas: parecería que el azar rigiera la existencia.

Con este libro, Marita Rodríguez-Cazaux (De amores y desamores, cuentos, 2010; Del glamour a la ciénaga, cuentos, 2013; Poesía congregada, 2014) logra concretar una obra que merece ser leída y estudiada.

Germán Cáceres

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