Al límite

De Thomas Pynchon
(Tusquets Editores, Buenos Aires, 2014, 496 páginas)


Thomas Ruggles Pynchon, Jr. (Nueva York, 1937) ha escrito siete novelas, además de la que se comenta, que son V (1963), La subasta del lote 49 (1966), El arco iris de la gravedad (1973), Vineland (1990), Mason y Dixon (1997), Contraluz (2006), Vicio propio (2009) y el libro de cuentos Lento aprendizaje (1984). Ganó el Nacional Book Award por El arco iris de la gravedad y es candidato permanente al Premio Nobel. El prestigioso crítico Harold Bloom lo sitúa entre los más grandes novelistas norteamericanos contemporáneos junto a Don DeLillo, Philip Roth y Cormac McCarthy. Su literatura ha influido en el citado DeLillo como también en David Foster Wallace. Además de unas pocas fotos de cuando era estudiante y recluta naval, poco más se sabe de él, porque como B. Traven y J. D. Salinger pertenece a esa raza de escritores que prefieren ocultarse en el anonimato.

Al límite es un libro muy complejo por su particular prosa y por su adhesión a la estética del maximalismo que, como se dice en Wikipedia, “a diferencia del minimalismo donde menos es más, en el maximalismo más es más (…) y representa el pensamiento expansivo del las artes de comienzos de este milenio”. Pynchon destruye las normas gramaticales, crea caprichosos neologismos, utiliza muchos modismos, recurre a una sintaxis personal y frecuenta la elipsis. También exhibe un vocabulario impresionante, que se propaga a todos los sectores de la experiencia. Su escritura hace evocar el cine de David Lynch y la célebre novela Finnegans Wake, de James Joyce, aunque cuando abandona el costado experimental aquella adquiere una sonoridad y una soltura magníficas. La estupenda traducción de Vicente Campos amerita que esta actividad recientemente haya sido declarada creativa.

La acción transcurre en los años de la debacle de las empresas punto com hasta el atentado del 11.9.2001 contra las Torres Gemelas. Describe –a veces con humor- una sociedad altamente perturbada y sin retorno (como la de Sillicon Alley, Manhattan), poblada por estafadores psicóticos y adictos a las computadoras. A través de éstas varios personajes perciben un mundo paralelo, tan real como el cotidiano. Internet tendría su propia entidad, la cual es muy poco accesible, aún para los técnicos (“Así que no dejo de preguntarme si, cuando pasas de este lado de la pantalla a la realidad virtual, es como morir y reencarnarse, no sé si me entiendes”). A esta altura es imposible no citar la película Matrix (1999), de Lana y Andy Wachowski. También Pynchon trata sobre los investigadores de fraudes informáticos y en el último tramo ironiza sobre las descabelladas interpretaciones que imaginaron los norteamericanos sobre el 11-S, que al parecer “ha infantilizado a este país”.

Pero en el fondo, esta ficción muestra al habitante de Nueva York hundido por la cuestión económica, el consumismo aberrante, la corrupción absoluta, el estrés y la imposibilidad de estrechar lazos auténticos (“…han visto cómo somos, en qué nos hemos convertido. Lo blandos, lo dejados, lo complacientes que nos hemos vuelto”).

Aunque a medida que transcurre la narración se agregan nuevos personajes, la historia sigue los pasos de Maxine Tarnow, una investigadora de delitos económicos. Y presenta una larga lista de gángsters, estafadores, adúlteros, drogadictos y alcohólicos. El autor sigue con distanciamiento esta monstruosidad caótica de vidas destrozadas que agobia a los Estados Unidos. En determinados tramos Al límite adquiere rasgos tanto de ciencia ficción como del género policial.

Para Rodrigo Fresán (“Cayendo en el viento”, Radar, 2.11.14) su obra, sin importar el tema, “está surcada por corrientes de entropía pop-paranoica y conjeturas sociocientíficas entrando y saliendo de personajes poseídos por su singular y muy reconocible visión de las cosas”.


Germán Cáceres

Este libro forma parte del catálogo de la BibliotecaSiendo socio puede retirarlo para su lectura.