En busca de April

de Benjamin Black
(Alfaguara, Buenos Aires, 2011, 336 páginas)

Pertenece a la serie del patólogo Garret Quirke (es la tercera novela de la saga y en este sitio se comentó la segunda: El otro nombre de Laura). Está ubicada en el Dublín de los años cincuenta, y Benjamín Black (seudónimo de John Banville, Wexford, Irlanda, 1945, que recibió en mayo de 2011 el consagratorio Premio Franz Kafka) recrea admirablemente la ciudad acentuando sus aspectos agobiantes, como el frío, la llovizna, las nevadas, la intensa niebla, que tanto reflejan la trama sombría del texto.

La brillante traducción de Miguel Martínez-Lage permite saborear la bella prosa del autor, de encantadora cadencia y poéticas imágenes.

Los personajes son atormentados (“... nunca había experimentado que la vida pudiera ser algo tan carente de sabor”) y expresan continuamente agudas reflexiones, la mayoría cargadas de pesimismo: “Notó que algo se abría dentro de ella, que algo caía como una trampilla, rechinando las bisagras, y debajo de eso todo eran tinieblas e incertidumbre y miedo”.

En busca de April genera suspenso desde el comienzo porque el libro avanza dando escasos datos sobre el caso policial: hacia la mitad ya la intriga se hace insoportable y uno, apresado por la ansiedad, quiere terminarlo lo antes posible. El móvil del presunto crimen no es el dinero, sino las pasiones humanas, más precisamente las enfermizas relaciones familiares que soporta la víctima (“Es una historia terrible de oír”). Pero ese mismo tipo de padecimiento también lo sufren Quirke y su hija Phoebe.

Los personajes no son simples piezas cuyo fin es posibilitar que se plantee un enigma y se resuelva, sino que son seres humanos con debilidades y tremendas imperfecciones. Quirke es una víctima del alcoholismo y esta circunstancia impacta en el lector, que siente lástima por su implacable adicción.

Black no escatima recursos para potenciar la narración y utiliza el del “tercero excluido”, que fue tan explotado por Hitchcock en sus filmes. Por ejemplo, hay una escena en que Quirke y el inspector Hackett hablan sobre un misterioso individuo que no logran identificar, pero el lector ya lo conoce y siente la imperiosa necesidad de comunicárselo a los investigadores. Otro, es intercalar continuas sorpresas en esta historia de desarrollo moroso.

Para muchos críticos esta es la mejor novela de la serie, de manera que no puede dejarse de leer.

Germán Cáceres