El desierto y su semilla

de Jorge Barón Biza
(Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires, 2013, 224 páginas)


En su ilustrativo prólogo, Nora Avaro se pregunta: “¿qué pasó?, ¿por qué pasó? Y, sobre todo, ¿cómo ha podido pasar?”.

En la familia de Raúl Barón Biza se produjeron cuatro suicidios: él era un millonario bon vivant argentino, que se casó en Venecia con la actriz suiza Myriam Stefford. Cuando la pareja se radicó en la Argentina, ella se volcó apasionadamente a la aviación hasta que, en 1931, murió a los 26 años en un accidente al caer su avión en San Juan. El viudo en su honor construyó un mausoleo de 82 m de altura en la ruta provincial 5 de la Provincia de Córdoba.

Posteriormente, en 1935, Raúl contrajo matrimonio con Clotilde Sabattini, prestigiosa educadora –que escribió el primer Estatuto del Docente-, veinte años menor que él e hija del caudillo radical cordobés Amadeo Sabattini. Fue un matrimonio conflictivo y, en 1964, decidieron separarse y concurrieron con sus abogados al departamento que Barón Biza tenía en Buenos Aires, y, en forma inesperada, él arrojó un vaso con ácido a la cara de Clotilde, desfigurándola; luego fue hasta su dormitorio, tomó whisky y, por último, se disparó un tiro en la sien.

Y en este punto preciso, con los nombres cambiados, comienza la novela, es decir el relato de los esfuerzos que realizó Eligia (Clotide) para intentar recomponer sus facciones. Su hijo Mario (Jorge Barón Biza, 1942-2001) la acompañó tanto en su convalecencia en Buenos Aires como en su posterior traslado a una clínica de Milán. El tratamiento al que se sometió en la ciudad italiana fue escalofriante: “la piel del brazo que se empleó para reconstruir el párpado derecho se empleó incorrectamente. (…) Ahora los vellos están creciendo del lado interno del párpado (…) todo lo que hace falta es, cada diez o quince días, dar vuelta el párpado con la mano, y con una pinza arrancar los pelitos que empiezan a nacer”.

Jorge Barón Biza se demora en la descripción de un rostro desfigurado que se corrompía a medida que la herida del ácido continuaba con sus efectos devastadores (en el prólogo, Nora Avaro comenta que el autor escribió que “la novela es obviamente autobiográfica pero no es confesional”). Su apelación a colores y connotaciones pictóricas puede resultar morbosa, ya que parecía estar fascinado con la nueva imagen de su madre: “Como las zonas de color se escondían en las cavernas que abrían los médicos, estudiaba de cerca los abismos de la mejillas para observar su evolución y desear que de esas miradas rebrotase la armonía”. La suya es una meditación profunda (“la idea de que el mal no era un tema al alcance de la voluntad”), que se sumerge en los precipicios de la locura. Así, su sensibilidad se inclina hacia el horror, la desesperación y la certeza de su propio destino (se suicidó en la ciudad de Córdoba en 2001; Eligia, en 1978, se había tirado por una ventana del departamento del que fue su marido).

La de Jorge Barón Biza es una prosa magnífica, clara y segura, de exquisito equilibrio: poseía un don especial para la descripción precisa, que se muestra tanto cuando detalla las caras de los personajes –incluso los secundarios- como los paisajes. Su barroca y exuberante reseña de un cuadro, “El jurisconsulto”, de esa rareza renacentista de la pintura que fue Arcimboldi (1527-1593), es asombrosa. El cuerpo desnudo de Dina, su amiga prostituta de Milán, está descrito en todos sus matices, volúmenes, rasgos y tensiones de piel. Mario, que durante su estada en Italia cayó en la pasividad, la vagancia y un alcoholismo avanzado, había empezado a dar muestras de una crueldad similar a la de su padre.

Un meritorio emprendimiento de Eterna Cadencia Editores es este rescate de la única novela -se había editado en 1998- de Jorge Barón Biza, de quien póstumamente, en 2010, se publicó Por dentro todo está permitido, una colección de sus trabajos periodísticos.

Germán Cáceres