Violetas de marzo

de Philip Kerr
(RBA Libros, Barcelona, 2010, 384 páginas)

Philip Kerr (Edimburgo, 1955) es un escritor escocés que se consagró con la saga “Berlin Noir”, compuesta hasta la fecha por seis novelas: Violetas de marzo, Pálido criminal, Réquiem alemán, Unos por otros, Una llama misteriosa y Si los muertos no resucitan, esta última ganadora del III Premio Internacional de Novela Negra RBA.

El título alude a los advenedizos que se incorporaron tardíamente al Partido Nacional Socialista. Su protagonista es el detective privado Bernie Gunther, que antes fue policía. La acción transcurre en el Berlín de la Alemania de 1936, en donde se están celebrando los Juegos Olímpicos, con los cuales los nazis intentaban probar la supremacía aria, pero les salió el tiro por la culata porque el indiscutido héroe de esas jornadas fue el atleta de color Jesse Owens, que obtuvo cuatro medallas de oro. Kerr reconstruye con precisión el paisaje urbano, las costumbres de esa época y demuestra conocer a la perfección la terminología de los cargos militares de organizaciones como la Gestapo, las SS y las SA. Un acierto es hacer intervenir en la historia a figuras clave de la jerarquía nacionalsocialista como Hermann Goering y Reinhard Heydrich.

Violetas de marzo crea un clima mágico, retro, en el que los permanentes cambios de escena se nutren de la técnica del montaje cinematográfico, como si se tratara de una evocación de un filme de Fritz Lang.

“Eso era Berlín (...): una casa enorme y llena de fantasmas, con rincones oscuros, escaleras tétricas, sótanos siniestros, habitaciones cerradas y toda una buhardilla llena de poltergeists sueltos, arrojando libros...”, comenta el protagonista. El autor alude a la corrupción del régimen del Führer con sólo mencionar las pequeñas fallas de la vida cotidiana: “la limonada por la que ahora tienes que pagar y que en un tiempo te daban gratis no sabe ni la mitad de bien (...) Las mismas trampas que hacen en todo lo demás.” Los titulares de los diarios del período sirven como telón de fondo y se menciona la alarmante cantidad de delatores que pululaban en la población; por ejemplo, el método de la investigación de Bernie se basaba en la ayuda de soplones. Él, además, es cínico y muy irónico, y sus reflexiones otorgan al texto un sesgo humorístico: “cuando habló, su voz era fría y poco hospitalaria, como alguien con estreñimiento”/ ”Como digo siempre, ¿quién no es nacionalsocialista si lo apuntan con una pistola en la cabeza?”/ “y era dueño de una barriga que se proyectaba hacia delante como una caja registradora”. Asimismo, actúa como un perro de presa y acosa con una metralla de preguntas a los eventuales sospechosos, y si bien se muestra bravo y provocador, tiene su costado melancólico, una mezcla de los míticos detectives Lew Archer y Philip Marlowe.

A Philip Kerr le bastan pocas palabras para representar un paisaje o plantear una situación. Describe con minuciosidad sin dejar de mantener una concisión impecable, sobre todo en los contundentes diálogos. Aunque la novela responde a las claves de la serie negra, como la típica mujer fatal que provoca a Gunther y termina teniendo relaciones con él, el escritor es talentoso y original para armar tramas, intrigas, sorpresas y –esencialmente- una caso misterioso de difícil resolución.

Los amantes del género estarán de parabienes con la lectura de Violetas de marzo.

Germán Cáceres