Simone

de Eduardo Lalo
(Corregidor, Buenos Aires, 2013, 208 páginas)



La novela está escrita en la primera persona de un profesor que confiesa su frustración existencial y su consiguiente amargura:”Tantos hombres y mujeres han creído posible cambiar la historia cuando no han hecho más que padecerla; o mejor sería decir, soportar su barrio, su familia, su mujer, a sí mismos”.

Al principio su prosa magistral y directa parece impulsada a registrar las reflexiones amargas del protagonista mientras deambula por San Juan, capital de Puerto Rico. Son como notas, apuntes y pensamientos espontáneos escritos en una libreta -mientras recorre calles-, varios de ellos de enorme profundidad. Pinta a su país (aunque es cubano de nacimiento) como un lugar frustrado, que carece de alma y de dimensión histórica, de la que no es ajena su condición de Estado Libre Asociado a los EE. UU. Considera a esa ciudad como su razón de estar en el mundo, como su más entrañable pertenencia, pero, a la vez, como una llaga o una herida permanente que no deja de sangrar. El escepticismo y el desánimo presiden estas observaciones: insiste en que todos los días son iguales, que cumplen una rutina de tedio y de hastío.

De pronto, la novela cambia de sentido. El flậneur recibe mensajes anónimos y con citas literarias de alguien que firma Simone Weil, como la famosa filósofa francesa (1909-1943). Los pasos hacia el encuentro con esa misteriosa desconocida resultan estimulantes. Y entonces nace entre ambos (ella es una inmigrante china llamada Li) un amor avasallante, pero también imposible por tratarse de un placer no convencional (“La fuerza salía de las entrañas por conductos hinchados de gozo, en una oleada de furia y júbilo que conducía a la muerte momentánea y espasmódica en la que se iba la vida y, a la vez, se renacía”). Pero, además, el profesor no cree en el amor: “Las parejas se niegan a verlo, pero toda historia de amor tiene un final”.

Simone (Premio Rómulo Gallegos 2013) cuenta con un prólogo erudito y agudo de Elsa Noya, que señala “los procedimientos de construcción del texto como magma metafórico de escritura e imagen”.

Eduardo Lalo (1960) es narrador, ensayista, poeta, docente universitario, cineasta y artista plástico (escultura, pintura, instalación, fotografía y video). Ha escrito, entre otros títulos, La isla silente (2002), Los pies de San Juan (2002), La inutilidad (2004), donde (2005), Los países invisibles (2008) y El deseo del lápiz (2010).

Germán Cáceres

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