El hombre que dijo adiós

de Anne Tyler
(Lumen, Buenos Aires, 2013, 224 páginas)


Está narrada en la primera persona de Aaron, dueño de una editorial de Baltimore, cuya esposa Dorothy falleció en un accidente ocurrido en la propia casa de este matrimonio sin hijos. Pero la imagen de ella se le presenta fugazmente, y el protagonista evoca los momentos felices que vivieron: “y desprendía una especie de calma, una calma que emanaba de su interior y que hacía que me sintiera en paz siempre que estaba con ella”. Estas visiones fantasmales de Dorothy no pueden menos que evocar el filme Ghost, la sombra de un amor (1990), de Jerry Zucker.

Tyler utiliza un estilo simple para contar una historia sencilla, sin ramificaciones, hecha de mínimos detalles, propios de la cotidianeidad. Hay ternura y calidez en su enfoque. El tratamiento trae a la memoria la película neorrealista Umberto D (1952), de Vittorio de Sica, que relata la triste y rutinaria existencia de un viejo jubilado.

Aaron y Dorothy son buenas personas y, por lo tanto, queribles. En principio parecen haber gozado de una felicidad cándida: “tu esposa es precisamente la persona con la que quieres comentarlo todo.” Pero Aaron comienza a reconocer que hubo cosas que no anduvieron bien y enumera los muchos malentendidos que sucedieron, hasta que por último admite que las discusiones se convirtieron en la forma de dialogar de ambos: “Lo que sí recuerdo es aquella sensación tan familiar, de agotamiento e impotencia., (…) en la que nos peleábamos obstinadamente, sin que ninguno de los dos venciera nunca.” Y la novela se torna triste y amarga, como si los pequeños pormenores de la vida diaria fueran portadores de infelicidad y frustración.

No obstante, surge un espacio para la esperanza: Aaron vuelve a casarse, cesan las apariciones de Dorothy y con su nueva esposa tiene una hija. Como si aportar descendientes al planeta fuera la posible solución de los conflictos de familia.

Uno de los tantos logros del libro es crear un suspenso acerca de cuál personaje femenino elegirá Aaron –si es que lo hace- entre la galería que surca El hombre que dijo adiós.

La perspicacia de Anne Tyler –como su incuestionable cuota de escepticismo- parecería indicar que los mejores momentos de una pareja se encuentran en los comienzos de la relación: “retroceder a la casilla número 1: simplemente ´estar´ juntos, al principio. Sentarnos y ya está. No hablar; no estropear las cosas. Sentarnos allí, codo con codo, y ver pasar el mundo.”

La traducción pertenece a Ana Mata Buil.

La autora nació en Minneapolis en 1941 y ha publicado diecinueve novelas. Obtuvo los siguientes premios: Pulitzer 1989 por Ejercicios respiratorios, National Book Critics Circle Award en 1986 por El turista accidental, PEN/Faulkner Award en 1983 por Reunión en el restaurante Nostalgia.

Germán Cáceres

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