"Cien años de soledad" y el viaje a Buenos Aires que hizo historia
El gran clásico del escritor colombiano se publicó por primera vez en la Argentina, en 1967; un actor clave rememora la visita al país que, para la ocasión, realizó el novelista junto con su mujer.
El 30 de mayo de 2007, Tomás Eloy Martínez publicó en La Nación la nota que aquí se reproduce para celebrar el cuadragésimo aniversario de Cien años de soledad
Agosto de 1967 fue el mes que cambió la vida de Gabriel García Márquez . Había cumplido 40 años el 6 de marzo de ese año, y en septiembre anterior había puesto punto final a Cien años de soledad, su novela de gloria. Todavía no tenía editor. Lo más probable era que terminara cediéndola a Era, el sello mexicano independiente que acababa de publicar El coronel no tiene quien le escriba.
En mayo, cuando la revista Mundo Nuevo adelantó en París el fragmento sobre el insomnio en Macondo, una ráfaga de deslumbramiento corrió entre los lectores hispanoamericanos. Se estaba ante la completa novedad de un lenguaje sin antecedente y de una osadía narrativa que sólo podía compararse con Rabelais, con Kafka y con los cronistas de Indias. Aun así, el autor seguía siendo casi un desconocido. En su casa de San Angel Inn, al sur de la infinita ciudad de México, seguía enredado en apuros económicos que le impedían pagar a tiempo el alquiler y obligaban a su mujer, Mercedes Barcha, a pedir que les fiaran sin término los alimentos en el mercado. Llevaban ya seis meses de insolvencia cuando el propietario de la casa llamó a la puerta y les preguntó si tenían idea de cuándo podrían saldar la deuda. García Márquez contó así el episodio en Cartagena:
"Mercedes hizo sus cuentas astrales y le dijo a su paciente casero, sin el mínimo temblor en la voz:
-Podemos pagarle todo junto dentro de seis meses.
-Perdone señora -le contestó el propietario-, ¿se da cuenta de que entonces será una suma enorme?
-Me doy cuenta -dijo Mercedes, impasible-, pero entonces lo tendremos todo resuelto, esté tranquilo."
A mediados de julio de 1967, los García Márquez fueron invitados por el gobierno venezolano a participar en un congreso de literatura al que también asistirían Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa y Arturo Uslar Pietri. Al final de las deliberaciones se iba a entregar por primera vez el premio Rómulo Gallegos, que ascendía entonces a cien mil bolívares, unos veinticinco mil dólares. Los candidatos eran Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante; El siglo de las luces , de Alejo Carpentier; Juntacadáveres, de Onetti, y La casa verde, de Vargas Llosa.
García Márquez y Mercedes llegaron a Caracas el 3 de agosto. En el aeropuerto los esperaban Soledad Mendoza, que era amiga de ambos desde 1958, y Mario Vargas Llosa, que sólo conocía algunas páginas de Cien años de soledad y se moría de ganas de abrazar al autor.
"Esa fue la primera vez que nos vimos las caras", escribiría después Vargas Llosa en Historia de un deicidio. "Recuerdo muy bien la suya, desencajada por el espanto reciente del avión, incómoda entre los fotógrafos y periodistas. Nos hicimos amigos y estuvimos juntos las dos semanas que duró el Congreso, en esa Caracas que con dignidad enterraba a sus muertos [los del terremoto que había destruido parte de la capital una semana antes]."
Vargas Llosa ganó el premio Rómulo Gallegos con La casa verde. La novela de García Márquez había sido publicada en Buenos Aires sólo un par de semanas antes y, por lo tanto, estaba fuera de concurso. Apenas terminó el Congreso, Mercedes y él volaron a Bogotá, donde confiaron a la familia el cuidado de Rodrigo y Gonzalo, sus dos hijos pequeños, y el 16 de agosto a la madrugada llegaron a Buenos Aires, invitados por la editorial Sudamericana y por el semanario Primera Plana, del que yo era jefe de redacción.
DÍAS DIFÍCILES
El vuelo de Avianca desde Bogotá, con una larga escala en Lima, aterrizó en Ezeiza a las 3.15. Los García Márquez soñaban con ver las cumbres de la cordillera de los Andes, pero no había luna esa noche y el cielo cubierto de nubes apagaba todos los paisajes.
-Vimos la Cordillera con su luz cuando regresamos a Bogotá con una escala en Santiago de Chile -contará Mercedes cuarenta años después.
-Eran las tres de la tarde. Las montañas estaban nevadas y el aire era transparente. Aquella visión nos cortó el aliento -dirá Gabriel.
Durante tres días, primero en la ciudad de México una tarde de noviembre de 2006, y luego durante dos noches de marzo de 2007 en Cartagena de Indias, los tres repasamos los detalles de aquel inolvidable viaje a Buenos Aires, que selló para siempre la gloria de García Márquez.
No sólo a mí me interesaba tener los hechos claros. También a él, porque la historia de Cien años de soledad abrirá el segundo volumen de las memorias que empezaron con Vivir para contarla. Parte de ese relato fue adelantada en el discurso que pronunció el 26 de marzo en el Centro de Convenciones de Cartagena. La prensa ha prestado especial atención a las declaraciones de humildad del autor -"ni en el más delirante de mis sueños, en los días en que escribía Cien años de soledad, llegué a imaginar que podría asistir a este acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares"-. Pero al resto del discurso se le concedió menos importancia, quizá porque los incidentes que contó García Márquez se daban como sabidos.
No es así. En las noches de Cartagena y de México cotejamos la versión autorizada por el autor con la que dio al llegar a Buenos Aires en 1967. Juntos corregimos los horarios y las estadísticas alteradas por el vértigo de los años y coincidimos en detalles que ahora transcribo puntualmente.
A los García Márquez no les alcanzaban los ahorros para completar los 58 pesos mexicanos que costaba enviar por correo el manuscrito de la novela -unas 590 carillas- y tuvieron que dividirlo en dos paquetes. Gabriel cree que los 500 dólares que la editorial Sudamericana iba a pagarles como adelanto por la publicación llegaron a tiempo para sacarlos de aprietos, pero en Buenos Aires, cuarenta años antes, habían contado que Mercedes debió empeñar en el Monte de Piedad la licuadora que Soledad Mendoza les regaló cuando se casaron. Así volvieron al correo con los veinte pesos que necesitaban y, cuando salieron de allí aliviados, Mercedes dijo:
-¡Ay, Gabito! Lo único que falta ahora es que la novela te haya salido mala.
Le había salido buenísima, y los dos lo sabían, pero no querían decirlo en voz alta porque son supersticiosos como todos los hijos del Caribe, y cantar victoria antes de tiempo hubiera atraído la mala suerte, la pava, como se llama ese estigma en la costa colombiana.
EL PRIMER AMANECER
Al aeropuerto de Ezeiza llegó Mercedes con un vestido de lanilla suelto, que acentuaba la elegancia de su porte y la esbeltez de su cuello, alto y airoso como el de la reina Nefertitis. Usaba entonces el pelo corto y se movía con la seguridad de quien jamás duda de su importancia en el mundo. García Márquez contó esa noche que en marzo de 1965, antes de sentarse a escribir la novela, le entregó a su mujer los mil quinientos dólares que había ganado en un trabajo para una agencia de publicidad y le dijo:
-Vas a tener que arreglarte con esto para los gastos de la casa, Meche. Yo tengo que encerrarme a escribir la novela.
-¿Cuánto te parece que vas a tardar, Gabito?
-Seis meses, cuanto mucho.
Fueron dieciocho, un año y medio. En ningún momento lo interrumpió Mercedes para confiarle las deudas en que se estaba comprometiendo y ni un solo día dejó García Márquez de cumplir con el trabajo de galeote que se había impuesto.
En Buenos Aires recordó que sólo una vez, apremiado por una feroz sed de alcohol, se puso a gritar:
-¡Carajo, en esta casa ni siquiera hay whisky!
Pero Mercedes diría en Cartagena que ella se las había arreglado siempre para que el whisky no faltara. Lo que sí escaseaba a veces era el papel de escribir, porque Gabriel, en vez de tachar cuando cometía un error, volvía a mecanografiar con dos dedos la página completa, y así los cestos se llenaban rápido de hojas maltratadas.
A Buenos Aires llegaron los dos con unas ganas irreprimibles de comer un bife de chorizo. Gabriel vestía la misma chaqueta caribe de colores eléctricos con la que Ernesto Schoo lo había fotografiado en México y que estaba reproducida en la tapa de la revista Primera Plana del 20 de junio.
Durante años se atribuyó por error a esa portada insólita -que introducía a un escritor desconocido con un título estruendoso: "García Márquez-La gran novela de América"- la fama instantánea que cayó sobre el autor en Buenos Aires y que se expandió con una fuerza evangélica por todos los meridianos de la lengua castellana. A Primera Plana , sin embargo, no le corresponde mérito alguno, excepto el de haber advertido a tiempo la grandeza de ese libro. La historia tal como fue es tan sencilla que cabe en pocas líneas.
En septiembre de 1966, alertado por Carlos Fuentes, el crítico chileno Luis Harss entrevistó a García Márquez en México, leyó fragmentos de la novela y decidió incorporar de inmediato al escritor al grupo de los diez más grandes narradores vivos de América latina. El libro se llamó Los nuestros e incluía entrevistas con Borges, Onetti, Miguel Angel Asturias, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, João Guimarães Rosa, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes.
Al regresar a Buenos Aires, Harss aconsejó a Francisco Porrúa -director editorial de Sudamericana- que comprara los derechos de la novela. Porrúa la leyó entusiasmado y me invitó a su casa de San Telmo una noche de lluvia para que compartiera el deslumbramiento. No había duda. Se trataba de una obra maestra y, además, reveladora de los poderes infinitos de una ficción bien contada. Porrúa y yo acordamos que la editorial y el semanario unirían esfuerzos para invitar al autor a Buenos Aires. Ramiro de Casasbellas, subdirector del semanario, opinó que el lanzamiento sería incompleto si no se entrevistaba al autor. Ernesto Schoo partió entonces a México y tuvo con García Márquez una conversación de antología.
En esos tiempos precarios, los autores no presentaban sus libros al público ni las editoriales los llevaban de viaje para promoverlos. Había que buscar, entonces, otro pretexto. Sudamericana y Primera Plana patrocinaban un premio de novela y ya estaban elegidos dos de los jurados: Leopoldo Marechal y Augusto Roa Bastos. Como hacía falta un tercero, García Márquez calzaba a la perfección.
El y Mercedes fueron alojados en un hotel modesto de la calle Arenales, del que jamás se quejaron. Durante los primeros días, García Márquez -famoso por su disciplina de monje- se aplicó a la lectura de los 57 manuscritos presentados al premio, y pasó revista de todos los textos que le pusieron por delante. Así celebró los cuentos de Juan José Hernández como "los mejores que se están escribiendo en este país de grandes cuentistas" y, una vez que decidió votar por El oscuro, de Daniel Moyano, en el concurso, pidió todos los libros anteriores de Moyano para leerlos en el avión de regreso.
Al principio, nadie lo reconocía. Me pidió prestado el automóvil que yo tenía en esa época para ir a besarse con Mercedes en los bosques de Villa Cariño, y una mañana de jueves, a eso de las diez, cuando estábamos desayunando en la esquina de Santa Fe y Suipacha, se levantó de pronto de la mesa, tomó a Mercedes de la mano y la llevó hacia la mitad de la avenida, interrumpiendo el tránsito. Allí la levantó en vilo, como a una novia, y la besó en la boca.
-Lo hizo porque yo era más delgada -dirá Mercedes en Cartagena, cuarenta años más tarde.
-No lo repitas -contestará Gabriel-, porque soy capaz de volver a hacerlo ahora mismo.
El viernes ya lo aplaudían en los teatros, lo abrazaban en las calles y el representante del café de Colombia en la Argentina le daba una gran fiesta en su casa de Acassuso. Allí vi a García Márquez ejercer sus entonces desconocidos poderes de mago, que ahora son famosos. Hacia la medianoche, Patricia Peralta Ramos estaba meditabunda en un rincón. Gabriel se le acercó y le dijo unas pocas palabras al oído. Ella quedó instantáneamente bañada en lágrimas y, cuando estuvo a punto de sollozar, salió al jardín.
-¿Por qué la hiciste llorar? -le dije-. ¿Qué le dijiste?
-Nada -respondió él-. Le pregunté por qué se sentía tan sola.
-¿Cómo supiste que estaba sola?
-¿Acaso has conocido a una mujer de veras que no se sienta sola?
Patricia se acordaba perfectamente de la historia cuando la encontré en Washington a mediados de 1983 y seguía emocionándose al evocarla.
El lunes 20 de agosto de hace cuarenta años, cuando llegué al hotel para llevar a García Márquez a la redacción de Primera Plana , donde lo esperaban cincuenta ejemplares de su novela para autografiar, noté que Mercedes estaba incómoda y le pregunté qué le pasaba.
-Nada -dijo-. Ya he usado toda la ropa que traje. Cuando vuelva a Bogotá tendré que comprarme algo.
-¿Por qué no compras acá? -le sugerí-. Es agosto y en todas partes hay liquidaciones de saldos.
-No creo que nos alcance el efectivo que trajimos.
Tanto ella como su marido son extremadamente pudorosos con el dinero. García Márquez no tenía un centavo para comer cuando vivía en París y estaba escribiendo La mala hora . Los amigos le ofrecían préstamos que él siempre rechazaba. Ese código familiar enaltece aún más los malabarismos que hizo Mercedes para mantener la casa sin acudir a nadie durante los dieciocho meses que duró la escritura de Cien años...
Pero aquella tarde del día lunes 20 la situación era distinta.
-La novela lleva vendidos ya once mil ejemplares -dije-. Al autor le corresponden unos setenta mil pesos. Podemos pedirle a la editorial que adelante parte de esa suma.
Era una cifra enorme, más de veinticinco mil dólares. Desde el vestíbulo del hotel hablé por teléfono con el presidente de Sudamericana, Antonio López Llausás, y le expliqué lo que pasaba.
-La novela sigue vendiéndose sin parar -me dijo-. Nunca hemos hecho antes un pago anticipado como éste. Dígale a García Márquez que mañana, apenas abran los bancos, le llevaré personalmente treinta mil pesos y dos o tres mil dólares.
Subí a contárselo a Gabriel. Lo hice con discreción, para no afrontar el enojo de Mercedes.
-Dile que me lo traiga en billetes pequeños -se obstinó el autor.
-¿Para qué pequeños?
-Nomás eso dile. Billetes de cien y de cincuenta pesos, dólares de veinte y de diez.
-Es un bulto enorme -observé-. López Llausás tendrá que pedir ayuda.
A la mañana siguiente, el presidente de Sudamericana y un asistente llegaron al hotel con dos maletines repletos.
-Hágame el favor, don Antonio -dijo García Márquez-. ¿Puede arrojar todos los billetes sobre la cama?
Se formó una parva alta de varios colores. Si alguien abría las ventanas, los papeles podían salir volando. El escritor tomó un puñado, seis a ocho mil pesos, lo puso sobre la bandeja del desayuno, retiró una rosa del florero y, con una reverencia, se lo ofreció a Mercedes.
-Para que te compres toda la ropa que quieras - dijo-. Si ves algo que te gusta y no puedes pagarlo, vuelve para decírmelo. Puedo escribir otra novela, y ésa va a ser mejor que Cien años de soledad .
EL PESO DEL MUNDO
Desde aquella fiesta de Acassuso, García Márquez y Mercedes se me perdieron de vista. Nos hablábamos todos los días por teléfono, nos encontrábamos fugazmente en el último piso del edificio del semanario mientras él discutía con Marechal y Roa Bastos sus lecturas de los manuscritos para el premio de novela, y a veces tomábamos un café de pie cerca de su hotel. Fundamos entonces una amistad honda que los años no han quebrado ni atenuado. En Barcelona, en México, en Nueva York, en Bogotá y en Cartagena emprendimos proyectos ambiciosos -algunos de los cuales siguen en pie, como la Fundación para un Nuevo Periodismo- y hasta le pedí consejo para algunas penas de amor. El ha respetado mis serios reparos al régimen de Castro; yo he respetado su amistad sincera con Fidel.
Cuando brindamos en Cartagena por sus 80 años, le dije:
-Brindemos por tus cien, pero en Buenos Aires.
-¿Por qué esperar hasta entonces? -me contestó-. ¿Por qué no vuelves a invitarme ahora, como en 1967?
-Te espero. Ya no necesitas que nadie te invite.
Me disculpé entonces, con cuarenta años de tardanza, por no haber ido al aeropuerto a despedirlo cuando se marchó de Buenos Aires. Porrúa y yo habíamos estado solos con nuestras almas en Ezeiza aquella madrugada gélida del 16 de agosto. La mañana en que se fue, había, sin embargo, una multitud de amigos nuevos. Me había llamado por teléfono ese día temprano, el sábado 26. Le pregunté si el viaje lo había hecho feliz.
-Me voy lleno de besos y abrazos -dijo-. Tu ciudad es maravillosa, pero no le descubro las mañas.
-¿Qué harás ahora, a la vuelta de tanta gloria?
-Desaparecer. Mercedes y yo vamos a buscar a los niños en Bogotá, y luego iremos a pasear por Asunción, Lima, Montevideo, no lo sé. Dentro de un mes nos instalaremos en Barcelona. Está a orillas del mar, es barata, y porque mientras no me llene de amigos tendré la paz debida para escribir otra novela. ¿Por qué no vienes con nosotros?
-Ahora no. Iré a visitarte cuando menos lo esperes. Ve a buscar a los niños y quédate en Buenos Aires. Cuando se acostumbren a verte por la calle dejarán de abrazarte. ¿No viste lo que le pasa a Borges? Camina por todas partes inadvertido.
-Ustedes son los que no saben dónde están. Buenos Aires queda en el confín del mundo. Cuando llegas a esta ciudad, ya no puedes ir a ninguna parte. Aquí se acaban todos los caminos. Si te pones a mirar los mapas, te asfixias. Sientes que el planeta te pesa en las espaldas y que te puede caer encima en cualquier momento.
-¿A qué horas es tu vuelo a Bogotá? -le pregunté.
-A la una, creo.
Salí de mi casa a las 12.30. Había un accidente en la Avenida del Trabajo, que entonces era el camino obligado al aeropuerto, y eso me dio el pretexto perfecto para llegar tarde. El día estaba encendido por una luz cegadora y en el cielo no había una sola nube. Desde el acceso al aeropuerto vi la silueta del avión colombiano que se elevaba con una osadía vertical y me quedé un rato allí, alzando tontamente una mano en señal de adiós. El avión entró en el círculo del sol, se convirtió en un punto diminuto, y al cabo de un rato se perdió en su luz de gloria.
Tomás Eloy Martínez
Diario La Nación
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García Márquez posa con un ejemplar de la primera edición de Cien años de soledad, en 1975. Foto: Corbis
El 30 de mayo de 2007, Tomás Eloy Martínez publicó en La Nación la nota que aquí se reproduce para celebrar el cuadragésimo aniversario de Cien años de soledad
Agosto de 1967 fue el mes que cambió la vida de Gabriel García Márquez . Había cumplido 40 años el 6 de marzo de ese año, y en septiembre anterior había puesto punto final a Cien años de soledad, su novela de gloria. Todavía no tenía editor. Lo más probable era que terminara cediéndola a Era, el sello mexicano independiente que acababa de publicar El coronel no tiene quien le escriba.
En mayo, cuando la revista Mundo Nuevo adelantó en París el fragmento sobre el insomnio en Macondo, una ráfaga de deslumbramiento corrió entre los lectores hispanoamericanos. Se estaba ante la completa novedad de un lenguaje sin antecedente y de una osadía narrativa que sólo podía compararse con Rabelais, con Kafka y con los cronistas de Indias. Aun así, el autor seguía siendo casi un desconocido. En su casa de San Angel Inn, al sur de la infinita ciudad de México, seguía enredado en apuros económicos que le impedían pagar a tiempo el alquiler y obligaban a su mujer, Mercedes Barcha, a pedir que les fiaran sin término los alimentos en el mercado. Llevaban ya seis meses de insolvencia cuando el propietario de la casa llamó a la puerta y les preguntó si tenían idea de cuándo podrían saldar la deuda. García Márquez contó así el episodio en Cartagena:
"Mercedes hizo sus cuentas astrales y le dijo a su paciente casero, sin el mínimo temblor en la voz:
-Podemos pagarle todo junto dentro de seis meses.
-Perdone señora -le contestó el propietario-, ¿se da cuenta de que entonces será una suma enorme?
-Me doy cuenta -dijo Mercedes, impasible-, pero entonces lo tendremos todo resuelto, esté tranquilo."
A mediados de julio de 1967, los García Márquez fueron invitados por el gobierno venezolano a participar en un congreso de literatura al que también asistirían Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa y Arturo Uslar Pietri. Al final de las deliberaciones se iba a entregar por primera vez el premio Rómulo Gallegos, que ascendía entonces a cien mil bolívares, unos veinticinco mil dólares. Los candidatos eran Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante; El siglo de las luces , de Alejo Carpentier; Juntacadáveres, de Onetti, y La casa verde, de Vargas Llosa.
García Márquez y Mercedes llegaron a Caracas el 3 de agosto. En el aeropuerto los esperaban Soledad Mendoza, que era amiga de ambos desde 1958, y Mario Vargas Llosa, que sólo conocía algunas páginas de Cien años de soledad y se moría de ganas de abrazar al autor.
"Esa fue la primera vez que nos vimos las caras", escribiría después Vargas Llosa en Historia de un deicidio. "Recuerdo muy bien la suya, desencajada por el espanto reciente del avión, incómoda entre los fotógrafos y periodistas. Nos hicimos amigos y estuvimos juntos las dos semanas que duró el Congreso, en esa Caracas que con dignidad enterraba a sus muertos [los del terremoto que había destruido parte de la capital una semana antes]."
Vargas Llosa ganó el premio Rómulo Gallegos con La casa verde. La novela de García Márquez había sido publicada en Buenos Aires sólo un par de semanas antes y, por lo tanto, estaba fuera de concurso. Apenas terminó el Congreso, Mercedes y él volaron a Bogotá, donde confiaron a la familia el cuidado de Rodrigo y Gonzalo, sus dos hijos pequeños, y el 16 de agosto a la madrugada llegaron a Buenos Aires, invitados por la editorial Sudamericana y por el semanario Primera Plana, del que yo era jefe de redacción.
DÍAS DIFÍCILES
El vuelo de Avianca desde Bogotá, con una larga escala en Lima, aterrizó en Ezeiza a las 3.15. Los García Márquez soñaban con ver las cumbres de la cordillera de los Andes, pero no había luna esa noche y el cielo cubierto de nubes apagaba todos los paisajes.
-Vimos la Cordillera con su luz cuando regresamos a Bogotá con una escala en Santiago de Chile -contará Mercedes cuarenta años después.
-Eran las tres de la tarde. Las montañas estaban nevadas y el aire era transparente. Aquella visión nos cortó el aliento -dirá Gabriel.
Durante tres días, primero en la ciudad de México una tarde de noviembre de 2006, y luego durante dos noches de marzo de 2007 en Cartagena de Indias, los tres repasamos los detalles de aquel inolvidable viaje a Buenos Aires, que selló para siempre la gloria de García Márquez.
No sólo a mí me interesaba tener los hechos claros. También a él, porque la historia de Cien años de soledad abrirá el segundo volumen de las memorias que empezaron con Vivir para contarla. Parte de ese relato fue adelantada en el discurso que pronunció el 26 de marzo en el Centro de Convenciones de Cartagena. La prensa ha prestado especial atención a las declaraciones de humildad del autor -"ni en el más delirante de mis sueños, en los días en que escribía Cien años de soledad, llegué a imaginar que podría asistir a este acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares"-. Pero al resto del discurso se le concedió menos importancia, quizá porque los incidentes que contó García Márquez se daban como sabidos.
No es así. En las noches de Cartagena y de México cotejamos la versión autorizada por el autor con la que dio al llegar a Buenos Aires en 1967. Juntos corregimos los horarios y las estadísticas alteradas por el vértigo de los años y coincidimos en detalles que ahora transcribo puntualmente.
A los García Márquez no les alcanzaban los ahorros para completar los 58 pesos mexicanos que costaba enviar por correo el manuscrito de la novela -unas 590 carillas- y tuvieron que dividirlo en dos paquetes. Gabriel cree que los 500 dólares que la editorial Sudamericana iba a pagarles como adelanto por la publicación llegaron a tiempo para sacarlos de aprietos, pero en Buenos Aires, cuarenta años antes, habían contado que Mercedes debió empeñar en el Monte de Piedad la licuadora que Soledad Mendoza les regaló cuando se casaron. Así volvieron al correo con los veinte pesos que necesitaban y, cuando salieron de allí aliviados, Mercedes dijo:
-¡Ay, Gabito! Lo único que falta ahora es que la novela te haya salido mala.
Le había salido buenísima, y los dos lo sabían, pero no querían decirlo en voz alta porque son supersticiosos como todos los hijos del Caribe, y cantar victoria antes de tiempo hubiera atraído la mala suerte, la pava, como se llama ese estigma en la costa colombiana.
EL PRIMER AMANECER
Al aeropuerto de Ezeiza llegó Mercedes con un vestido de lanilla suelto, que acentuaba la elegancia de su porte y la esbeltez de su cuello, alto y airoso como el de la reina Nefertitis. Usaba entonces el pelo corto y se movía con la seguridad de quien jamás duda de su importancia en el mundo. García Márquez contó esa noche que en marzo de 1965, antes de sentarse a escribir la novela, le entregó a su mujer los mil quinientos dólares que había ganado en un trabajo para una agencia de publicidad y le dijo:
-Vas a tener que arreglarte con esto para los gastos de la casa, Meche. Yo tengo que encerrarme a escribir la novela.
-¿Cuánto te parece que vas a tardar, Gabito?
-Seis meses, cuanto mucho.
Fueron dieciocho, un año y medio. En ningún momento lo interrumpió Mercedes para confiarle las deudas en que se estaba comprometiendo y ni un solo día dejó García Márquez de cumplir con el trabajo de galeote que se había impuesto.
En Buenos Aires recordó que sólo una vez, apremiado por una feroz sed de alcohol, se puso a gritar:
-¡Carajo, en esta casa ni siquiera hay whisky!
Pero Mercedes diría en Cartagena que ella se las había arreglado siempre para que el whisky no faltara. Lo que sí escaseaba a veces era el papel de escribir, porque Gabriel, en vez de tachar cuando cometía un error, volvía a mecanografiar con dos dedos la página completa, y así los cestos se llenaban rápido de hojas maltratadas.
A Buenos Aires llegaron los dos con unas ganas irreprimibles de comer un bife de chorizo. Gabriel vestía la misma chaqueta caribe de colores eléctricos con la que Ernesto Schoo lo había fotografiado en México y que estaba reproducida en la tapa de la revista Primera Plana del 20 de junio.
Durante años se atribuyó por error a esa portada insólita -que introducía a un escritor desconocido con un título estruendoso: "García Márquez-La gran novela de América"- la fama instantánea que cayó sobre el autor en Buenos Aires y que se expandió con una fuerza evangélica por todos los meridianos de la lengua castellana. A Primera Plana , sin embargo, no le corresponde mérito alguno, excepto el de haber advertido a tiempo la grandeza de ese libro. La historia tal como fue es tan sencilla que cabe en pocas líneas.
En septiembre de 1966, alertado por Carlos Fuentes, el crítico chileno Luis Harss entrevistó a García Márquez en México, leyó fragmentos de la novela y decidió incorporar de inmediato al escritor al grupo de los diez más grandes narradores vivos de América latina. El libro se llamó Los nuestros e incluía entrevistas con Borges, Onetti, Miguel Angel Asturias, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, João Guimarães Rosa, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes.
Al regresar a Buenos Aires, Harss aconsejó a Francisco Porrúa -director editorial de Sudamericana- que comprara los derechos de la novela. Porrúa la leyó entusiasmado y me invitó a su casa de San Telmo una noche de lluvia para que compartiera el deslumbramiento. No había duda. Se trataba de una obra maestra y, además, reveladora de los poderes infinitos de una ficción bien contada. Porrúa y yo acordamos que la editorial y el semanario unirían esfuerzos para invitar al autor a Buenos Aires. Ramiro de Casasbellas, subdirector del semanario, opinó que el lanzamiento sería incompleto si no se entrevistaba al autor. Ernesto Schoo partió entonces a México y tuvo con García Márquez una conversación de antología.
En esos tiempos precarios, los autores no presentaban sus libros al público ni las editoriales los llevaban de viaje para promoverlos. Había que buscar, entonces, otro pretexto. Sudamericana y Primera Plana patrocinaban un premio de novela y ya estaban elegidos dos de los jurados: Leopoldo Marechal y Augusto Roa Bastos. Como hacía falta un tercero, García Márquez calzaba a la perfección.
El y Mercedes fueron alojados en un hotel modesto de la calle Arenales, del que jamás se quejaron. Durante los primeros días, García Márquez -famoso por su disciplina de monje- se aplicó a la lectura de los 57 manuscritos presentados al premio, y pasó revista de todos los textos que le pusieron por delante. Así celebró los cuentos de Juan José Hernández como "los mejores que se están escribiendo en este país de grandes cuentistas" y, una vez que decidió votar por El oscuro, de Daniel Moyano, en el concurso, pidió todos los libros anteriores de Moyano para leerlos en el avión de regreso.
Al principio, nadie lo reconocía. Me pidió prestado el automóvil que yo tenía en esa época para ir a besarse con Mercedes en los bosques de Villa Cariño, y una mañana de jueves, a eso de las diez, cuando estábamos desayunando en la esquina de Santa Fe y Suipacha, se levantó de pronto de la mesa, tomó a Mercedes de la mano y la llevó hacia la mitad de la avenida, interrumpiendo el tránsito. Allí la levantó en vilo, como a una novia, y la besó en la boca.
-Lo hizo porque yo era más delgada -dirá Mercedes en Cartagena, cuarenta años más tarde.
-No lo repitas -contestará Gabriel-, porque soy capaz de volver a hacerlo ahora mismo.
El viernes ya lo aplaudían en los teatros, lo abrazaban en las calles y el representante del café de Colombia en la Argentina le daba una gran fiesta en su casa de Acassuso. Allí vi a García Márquez ejercer sus entonces desconocidos poderes de mago, que ahora son famosos. Hacia la medianoche, Patricia Peralta Ramos estaba meditabunda en un rincón. Gabriel se le acercó y le dijo unas pocas palabras al oído. Ella quedó instantáneamente bañada en lágrimas y, cuando estuvo a punto de sollozar, salió al jardín.
-¿Por qué la hiciste llorar? -le dije-. ¿Qué le dijiste?
-Nada -respondió él-. Le pregunté por qué se sentía tan sola.
-¿Cómo supiste que estaba sola?
-¿Acaso has conocido a una mujer de veras que no se sienta sola?
Patricia se acordaba perfectamente de la historia cuando la encontré en Washington a mediados de 1983 y seguía emocionándose al evocarla.
El lunes 20 de agosto de hace cuarenta años, cuando llegué al hotel para llevar a García Márquez a la redacción de Primera Plana , donde lo esperaban cincuenta ejemplares de su novela para autografiar, noté que Mercedes estaba incómoda y le pregunté qué le pasaba.
-Nada -dijo-. Ya he usado toda la ropa que traje. Cuando vuelva a Bogotá tendré que comprarme algo.
-¿Por qué no compras acá? -le sugerí-. Es agosto y en todas partes hay liquidaciones de saldos.
-No creo que nos alcance el efectivo que trajimos.
Tanto ella como su marido son extremadamente pudorosos con el dinero. García Márquez no tenía un centavo para comer cuando vivía en París y estaba escribiendo La mala hora . Los amigos le ofrecían préstamos que él siempre rechazaba. Ese código familiar enaltece aún más los malabarismos que hizo Mercedes para mantener la casa sin acudir a nadie durante los dieciocho meses que duró la escritura de Cien años...
Pero aquella tarde del día lunes 20 la situación era distinta.
-La novela lleva vendidos ya once mil ejemplares -dije-. Al autor le corresponden unos setenta mil pesos. Podemos pedirle a la editorial que adelante parte de esa suma.
Era una cifra enorme, más de veinticinco mil dólares. Desde el vestíbulo del hotel hablé por teléfono con el presidente de Sudamericana, Antonio López Llausás, y le expliqué lo que pasaba.
-La novela sigue vendiéndose sin parar -me dijo-. Nunca hemos hecho antes un pago anticipado como éste. Dígale a García Márquez que mañana, apenas abran los bancos, le llevaré personalmente treinta mil pesos y dos o tres mil dólares.
Subí a contárselo a Gabriel. Lo hice con discreción, para no afrontar el enojo de Mercedes.
-Dile que me lo traiga en billetes pequeños -se obstinó el autor.
-¿Para qué pequeños?
-Nomás eso dile. Billetes de cien y de cincuenta pesos, dólares de veinte y de diez.
-Es un bulto enorme -observé-. López Llausás tendrá que pedir ayuda.
A la mañana siguiente, el presidente de Sudamericana y un asistente llegaron al hotel con dos maletines repletos.
-Hágame el favor, don Antonio -dijo García Márquez-. ¿Puede arrojar todos los billetes sobre la cama?
Se formó una parva alta de varios colores. Si alguien abría las ventanas, los papeles podían salir volando. El escritor tomó un puñado, seis a ocho mil pesos, lo puso sobre la bandeja del desayuno, retiró una rosa del florero y, con una reverencia, se lo ofreció a Mercedes.
-Para que te compres toda la ropa que quieras - dijo-. Si ves algo que te gusta y no puedes pagarlo, vuelve para decírmelo. Puedo escribir otra novela, y ésa va a ser mejor que Cien años de soledad .
EL PESO DEL MUNDO
Desde aquella fiesta de Acassuso, García Márquez y Mercedes se me perdieron de vista. Nos hablábamos todos los días por teléfono, nos encontrábamos fugazmente en el último piso del edificio del semanario mientras él discutía con Marechal y Roa Bastos sus lecturas de los manuscritos para el premio de novela, y a veces tomábamos un café de pie cerca de su hotel. Fundamos entonces una amistad honda que los años no han quebrado ni atenuado. En Barcelona, en México, en Nueva York, en Bogotá y en Cartagena emprendimos proyectos ambiciosos -algunos de los cuales siguen en pie, como la Fundación para un Nuevo Periodismo- y hasta le pedí consejo para algunas penas de amor. El ha respetado mis serios reparos al régimen de Castro; yo he respetado su amistad sincera con Fidel.
Cuando brindamos en Cartagena por sus 80 años, le dije:
-Brindemos por tus cien, pero en Buenos Aires.
-¿Por qué esperar hasta entonces? -me contestó-. ¿Por qué no vuelves a invitarme ahora, como en 1967?
-Te espero. Ya no necesitas que nadie te invite.
Me disculpé entonces, con cuarenta años de tardanza, por no haber ido al aeropuerto a despedirlo cuando se marchó de Buenos Aires. Porrúa y yo habíamos estado solos con nuestras almas en Ezeiza aquella madrugada gélida del 16 de agosto. La mañana en que se fue, había, sin embargo, una multitud de amigos nuevos. Me había llamado por teléfono ese día temprano, el sábado 26. Le pregunté si el viaje lo había hecho feliz.
-Me voy lleno de besos y abrazos -dijo-. Tu ciudad es maravillosa, pero no le descubro las mañas.
-¿Qué harás ahora, a la vuelta de tanta gloria?
-Desaparecer. Mercedes y yo vamos a buscar a los niños en Bogotá, y luego iremos a pasear por Asunción, Lima, Montevideo, no lo sé. Dentro de un mes nos instalaremos en Barcelona. Está a orillas del mar, es barata, y porque mientras no me llene de amigos tendré la paz debida para escribir otra novela. ¿Por qué no vienes con nosotros?
-Ahora no. Iré a visitarte cuando menos lo esperes. Ve a buscar a los niños y quédate en Buenos Aires. Cuando se acostumbren a verte por la calle dejarán de abrazarte. ¿No viste lo que le pasa a Borges? Camina por todas partes inadvertido.
-Ustedes son los que no saben dónde están. Buenos Aires queda en el confín del mundo. Cuando llegas a esta ciudad, ya no puedes ir a ninguna parte. Aquí se acaban todos los caminos. Si te pones a mirar los mapas, te asfixias. Sientes que el planeta te pesa en las espaldas y que te puede caer encima en cualquier momento.
-¿A qué horas es tu vuelo a Bogotá? -le pregunté.
-A la una, creo.
Salí de mi casa a las 12.30. Había un accidente en la Avenida del Trabajo, que entonces era el camino obligado al aeropuerto, y eso me dio el pretexto perfecto para llegar tarde. El día estaba encendido por una luz cegadora y en el cielo no había una sola nube. Desde el acceso al aeropuerto vi la silueta del avión colombiano que se elevaba con una osadía vertical y me quedé un rato allí, alzando tontamente una mano en señal de adiós. El avión entró en el círculo del sol, se convirtió en un punto diminuto, y al cabo de un rato se perdió en su luz de gloria.
Tomás Eloy Martínez
Diario La Nación
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Los enlaces sobre los apellidos conducen a los títulos que de ellos hay en nuestro catálogo.
Adiós, Gabo
Hoy, en la ciudad de México, falleció el colombiano Gabriel García Márquez a los 87 años. Autor de obras clásicas como Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba y Crónica de una muerte anunciada, fue una de las grandes voces de la literatura latinoamericana. Había ganado el Nobel en 1982.
Bajo un aguacero extraviado, el 6 de marzo de 1927, nació Gabriel José García Márquez. Hoy, jueves 17 de abril de 2014, a la edad de 87 años, ha muerto en México DF el periodista colombiano y uno de los más grandes escritores de la literatura universal. Autor de obras clásicas como Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca y Crónica de una muerte anunciada, fue el creador de un territorio eterno y maravilloso llamado Macondo.
Nació en la caribeña Aracataca, un poblado colombiano, un domingo novelable a partir del cual el niño viviría una infancia a la que volvió muchas veces. Entró a la literatura en 1947 con su cuento La tercera resignación; la gloria le llegó en 1967 con Cien años de soledad, y su confirmación en 1982 con el Nobel de Literatura. Ahora, el ahijado más prodigioso de Melquiades se ha ido, para quedarse entre nosotros un hombre que creó una nueva forma de narrar; un escritor que con un universo y un lenguaje propios corrió los linderos de la literatura; un periodista que amaba su profesión pero odiaba las preguntas; una persona que adoraba los silencios, y con un encanto que cautivó a intelectuales y políticos, y hechizó a millones de lectores en todo el mundo.
Gabriel no iba a ser su nombre. Debió llamarse Olegario. Acababan de sonar las campanas dominicales de la misa de nueve de la mañana cuando los gritos de la tía Francisca se abrieron paso, entre el aguacero, por el corredor de las begonias: “¡Varón! ¡Varón! ¡Ron, que se ahoga!”. Y nuevos alaridos enmarañaron la casa. Una vez liberado del cordón umbilical enredado en el cuello, las mujeres corrieron a bautizar al niño con agua bendita. Lo primero que se les vino a la cabeza fue ponerle Gabriel, por el padre, y José, por ser el patrono de Aracataca. Nadie se acordó del santoral. De lo contrario, se habría llamado Olegario García Márquez.
Aquel domingo 6 de marzo de 1927, Aracataca celebró la llegada del primogénito de Luisa Santiaga y Gabriel Eligio. Fue el mayor de 11 hermanos, siete varones y cuatro mujeres. En realidad, para los cataqueros había nacido el nieto de Tranquilina Iguarán Cotes y el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, los abuelos maternos con quienes se crió hasta los diez años en una tierra de platanales bajo soles inmisericordes y vivencias fabulosas. Era un pelaíto en una casa-reino de mujeres, acorralado por el rosario de creencias de ultratumba de la abuela y los recuerdos de guerras del abuelo, el único hombre junto a él. ¡Ah! y un diccionario en el salón por el que entra y sale del mundo.
Diez años que le sirvieron para dar un gran fulgor a lo real maravilloso, al realismo mágico. Los cuentos fueron para él ese primer amor que nunca se olvida, el cine los amores desencontrados y las novelas el amor pleno y correspondido.De todos ellos, creía que la historia que no embolatará su nombre en el olvido es la de sus padres recreada en El amor en los tiempos del cólera.
Son las vísperas de su vida.
Donde todo empieza... Amor y amores deseados, esquivos y de toda estirpe en sus escritos.
García Márquez, que será conocido por sus amigos como Gabo, vive un segundo tiempo cuando a los 16 años, en 1944, sus padres lo envían a estudiar a la fría, helada, Zipaquirá, cerca de Bogotá. Descubre sus primeros escritores tutelares, Kafka, Woolf y Faulkner.
El zumbido de la literatura y el periodismo lo rondan.
Allí, en el frío del altiplano andino, lo sorprende el cambio de destino del país y el suyo. Estudia Derecho, cuando el 9 de abril de 1948 es asesinado el candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán. Un suceso conocido como El bogotazo. Fue el antepenúltimo germen de un rosario de conflictos políticos y sociales, conocido como La violencia que habrán de germinar en sus obras.
Después de El bogotazo volvió a sus tierras costeñas con una mala noticia para sus padres: deja la carrera de Derecho. A cambio empieza en el periodismo. Primero en el periódico El Heraldo, de Barranquilla, entre otras cosas como crítico de cine bajo el seudónimo de Séptimus; luego en El Universal, de Cartagena de Indias, hasta volver a Bogotá, en 1954, a El Espectador, el diario que en 1947 había publicado, un domingo, su primer cuento.
Además de crónicas y reportajes escribía para las páginas editoriales y la sección Día a Día, en la que se daba cuenta de los hechos más significativos de aquella Colombia donde la violencia corría en tropel. En 1955 escribe la serie sobre un suceso que terminará llamándose Relato de un náufrago.
Ryszard Kapuscinski aseguró que, aunque lo admiraba por sus novelas, consideraba que “la grandeza estriba en sus reportajes. Sus novelas provienen de sus textos periodísticos. Es un clásico del reportaje con dimensiones panorámicas que trata de mostrar y describir los grandes campos de la vida o los acontecimientos. Su gran mérito consiste en demostrar que el gran reportaje es también gran literatura”.
Ese mismo año aparece su primera novela, La hojarasca. Después viaja a Europa como corresponsal del diario bogotano y recorre el continente, e incluso los países de la “cortina de hierro”. En 1958 vuelve y se casa con Mercedes Barcha. Hasta que se instala en México DF, en 1961, donde hace vida con sus amigos, las parejas Álvaro Mutis-Carmen Miracle y Jomí García Ascot-María Luisa Elío (dos españoles exiliados de la guerra). Un día Mutis le da dos libros y le dice: “Léase esa vaina para que aprenda cómo se escribe”. Eran Pedro Páramo y El llano en llamas, de Juan Rulfo. Ese año publica El coronel no tiene quién le escriba.
—“¿Fue tu abuela la que te permitió descubrir que ibas a ser escritor?”, le preguntó en los años setenta su amigo y colega Plinio Apuleyo Mendoza.
—“No, fue Kafka, que, en alemán, contaba las cosas de la misma manera que mi abuela. Cuando yo leí a los 17 años La metamorfosis, descubrí que iba a ser escritor. Al ver que Gregorio Samsa podía despertarse una mañana convertido en un gigantesco escarabajo, me dije: ‘Yo no sabía que esto era posible hacerlo. Pero si es así, escribir me interesa”.
La escritura no le da para comer y trabaja en cine y publicidad. Llega 1965. Pronto terminarán cuatro años de sequía literaria. El embrión es La casa. Páginas que no terminan de coger forma. Hasta que un día, mientras viaja en un Opel blanco con su esposa Mercedes y sus dos hijos de vacaciones a Acapulco, ve clara la manera en que debe escribirla: sucedería en un pueblo remoto, y descubre el tono: el de su abuela que contaba cosas prodigiosas con cara de palo, y la llenaría de historias: las contadas por su abuelo en la Guerra de los Mil Días de Colombia. Y el comienzo de la novela: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
Ha sido el soplo divino de Kafka, Faulkner, Sherezada, Rulfo, Verne, Woolf, Hemingway, Homero… y sus abuelos Tranquilina y Nicolás.
Da media vuelta y regresa en el Opel blanco a su casa de San Ángel Inn, en México DF.
Una vez llega, coge sus ahorros, 5.000 dólares, y se los entrega a su esposa para el mantenimiento del hogar mientras se dedica a escribir. La Cueva de la Mafia es la habitación de su casa donde esa primavera se exilia con la enciclopedia británica, libros de toda índole, papel y una máquina Olivetti. Vive y disfruta ese rapto de inspiración al escribir hasta las ocho y media de la noche al ritmo de los Preludios de Debussy y Anochecer de un día agitado de los Beatles.
En otoño el dinero se acaba y las deudas acechan. García Márquez coge, entonces, el Opel y sube al Monte de Piedad a empeñarlo. Es una nueva tranquilidad para seguir escribiendo, aumentada por las visitas de sus amigos que les llevan mercaditos.
Al llegar el invierno de 1965-1966 pone un punto y aparte, y llora, llora como ni siquiera en sus novelas está escrito. Tenía 39 años Gabriel García Márquez cuando, esa mañana de 1966, salió de La Cueva de la Mafia, atravesó la casa y se derrumbó en lágrimas sobre la cama matrimonial como un niño huérfano. Su esposa, al verlo tan desamparado, supo de qué se trataba: el coronel Aureliano Buendía acababa de morir. Era el personaje inspirado en su abuelo Nicolás.
Muere orinando mientras trata de encontrar el recuerdo de un circo, después de una vida en la que se salvó de un pelotón de fusilamiento, participó en 32 guerras, tuvo 17 hijos con 17 mujeres y terminó sus días haciendo pescaditos de oro.
Un duelo perpetuo para el escritor que, el 5 de junio de 1967, ve recompensado al saber que esa historia comandada por el coronel, bajo el título de Cien años de soledad, inicia su universal parranda literaria en la editorial Sudamericana, de Francisco Porrúa, en Buenos Aires. Todos quieren conocer la saga de los Buendía.
La novela impulsa la universalización del boom de la literatura latinoamericana. “Verdaderamente fue a partir del triunfo escandalosamente sin precedentes de Cien años de soledad”, afirmaría José Donoso en Historia personal del boom.
En medio de la algarabía, García Márquez se va a vivir a Barcelona donde afianza su amistad con autores como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar. El éxito es rotundo y trasciende a otros idiomas. Luego empieza a escribir El otoño del patriarca (1975) como un ejercicio para quitarse de encima la sombra de su obra maestra. Para entonces ya es muy activo con la causa cubana y está más presente en Colombia. En 1981 publica Crónica de una muerte anunciada.
La noticia del Nobel lo sorprende en México en 1982. En la frontera del amanecer del 10 de octubre el teléfono lo despierta. Con 55 años se convierte en uno de los escritores más jóvenes en recibir el máximo galardón de la literatura. En diciembre rompe con la tradición al recibir el premio vestido con un liquiliqui, una manera de rendir homenaje a su tierra costeña y compartirlo con su abuelo Nicolás que usaba trajes así en el ejército. Una ausencia que acompañó al escritor desde los 10 años, cuando este murió, y convirtió en incompletas todas sus alegrías futuras, por el hecho de que el abuelo no las sabía, escribe Dasso Saldívar en la biografía Viaje a la semilla.
Tres años después culmina la historia de sus padres: El amor en los tiempos del cólera. Siguen El general en su laberinto (1989) y Del amor y otros demonios (1994).
Hace realidad uno de sus sueños, en Cartagena de Indias: la creación de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y se une a otros proyectos informativos. Son los años de su vuelta al periodismo. Al principio de todo.
En 1999 le detectan un cáncer linfático. Todo ello mientras termina de escribir sus memorias, Vivir para contarla, a las que cuando puso punto final se topó con la muerte de su madre, Luisa Santiaga Márquez Iguarán. Un domingo lo trajo ella al mundo; y un domingo lo dejó ella. Fue la noche del 9 de junio de 2002. Dos años más tarde escribe su última creación: Memoria de mis putas tristes.
Sus recuerdos empiezan su peregrinación.
Hasta que se han ido del todo al encuentro de los Buendía.
Y de no haber sido escritor, lo que realmente hubiera querido ser Gabriel García Márquez también tiene que ver con el amor, presente en todas sus obras. Lo supo hace muchos en Zúrich cuando una tormenta de nieve tolstiana lo llevó a refugiarse en un bar. Su hermano Eligio recordaría cómo él se lo contó:
—“Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba piano en la sombra, y los pocos clientes que había eran parejas de enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, hubiera querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara, solo para que los enamorados se quisieran más”.
Entre realidades, deseos, sueños, alegrías, agradecimientos, imaginaciones y, sobre todo, por el paraíso irrepetible de su lectura, Gabriel García Márquez está ahora en el mismo lugar donde él llevó a Esteban en su inolvidable cuento El ahogado más hermoso del mundo, después de que a la gente del pueblo “se le abrieran las primeras grietas de lágrimas en el corazón”… Porque una vez comprobado que había muerto “no tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás”… El rumor del mar trae la voz del capitán de aquel barco, que en 14 idiomas, dice señalando al mundo, por encima del promontorio de rosas amarillas en el horizonte del Caribe: “Miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas; allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia donde girar los girasoles; sí, allá, es el pueblo” de Gabriel García Márquez.
Winston Manrique Sabogal
Diario El País, España
Gabo en nuestro catálogo
García Márquez ha vendido más de 40 millones de ejemplares en más de 30 idiomas. En el catálogo de la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte podrá encontrar sus novelas: El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad, El otoño del patriarca, El amor en los tiempos del cólera, El general en su laberinto y Memorias de mis putas tristes.
Además, Breve Antologia de Cuentos, Textos costeños I y II, La bendita manía de contar y Cómo se cuenta un cuento.
Bajo un aguacero extraviado, el 6 de marzo de 1927, nació Gabriel José García Márquez. Hoy, jueves 17 de abril de 2014, a la edad de 87 años, ha muerto en México DF el periodista colombiano y uno de los más grandes escritores de la literatura universal. Autor de obras clásicas como Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca y Crónica de una muerte anunciada, fue el creador de un territorio eterno y maravilloso llamado Macondo.
Nació en la caribeña Aracataca, un poblado colombiano, un domingo novelable a partir del cual el niño viviría una infancia a la que volvió muchas veces. Entró a la literatura en 1947 con su cuento La tercera resignación; la gloria le llegó en 1967 con Cien años de soledad, y su confirmación en 1982 con el Nobel de Literatura. Ahora, el ahijado más prodigioso de Melquiades se ha ido, para quedarse entre nosotros un hombre que creó una nueva forma de narrar; un escritor que con un universo y un lenguaje propios corrió los linderos de la literatura; un periodista que amaba su profesión pero odiaba las preguntas; una persona que adoraba los silencios, y con un encanto que cautivó a intelectuales y políticos, y hechizó a millones de lectores en todo el mundo.
Gabriel no iba a ser su nombre. Debió llamarse Olegario. Acababan de sonar las campanas dominicales de la misa de nueve de la mañana cuando los gritos de la tía Francisca se abrieron paso, entre el aguacero, por el corredor de las begonias: “¡Varón! ¡Varón! ¡Ron, que se ahoga!”. Y nuevos alaridos enmarañaron la casa. Una vez liberado del cordón umbilical enredado en el cuello, las mujeres corrieron a bautizar al niño con agua bendita. Lo primero que se les vino a la cabeza fue ponerle Gabriel, por el padre, y José, por ser el patrono de Aracataca. Nadie se acordó del santoral. De lo contrario, se habría llamado Olegario García Márquez.
Aquel domingo 6 de marzo de 1927, Aracataca celebró la llegada del primogénito de Luisa Santiaga y Gabriel Eligio. Fue el mayor de 11 hermanos, siete varones y cuatro mujeres. En realidad, para los cataqueros había nacido el nieto de Tranquilina Iguarán Cotes y el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, los abuelos maternos con quienes se crió hasta los diez años en una tierra de platanales bajo soles inmisericordes y vivencias fabulosas. Era un pelaíto en una casa-reino de mujeres, acorralado por el rosario de creencias de ultratumba de la abuela y los recuerdos de guerras del abuelo, el único hombre junto a él. ¡Ah! y un diccionario en el salón por el que entra y sale del mundo.
Diez años que le sirvieron para dar un gran fulgor a lo real maravilloso, al realismo mágico. Los cuentos fueron para él ese primer amor que nunca se olvida, el cine los amores desencontrados y las novelas el amor pleno y correspondido.De todos ellos, creía que la historia que no embolatará su nombre en el olvido es la de sus padres recreada en El amor en los tiempos del cólera.
Son las vísperas de su vida.
Donde todo empieza... Amor y amores deseados, esquivos y de toda estirpe en sus escritos.
García Márquez, que será conocido por sus amigos como Gabo, vive un segundo tiempo cuando a los 16 años, en 1944, sus padres lo envían a estudiar a la fría, helada, Zipaquirá, cerca de Bogotá. Descubre sus primeros escritores tutelares, Kafka, Woolf y Faulkner.
El zumbido de la literatura y el periodismo lo rondan.
Allí, en el frío del altiplano andino, lo sorprende el cambio de destino del país y el suyo. Estudia Derecho, cuando el 9 de abril de 1948 es asesinado el candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán. Un suceso conocido como El bogotazo. Fue el antepenúltimo germen de un rosario de conflictos políticos y sociales, conocido como La violencia que habrán de germinar en sus obras.
Después de El bogotazo volvió a sus tierras costeñas con una mala noticia para sus padres: deja la carrera de Derecho. A cambio empieza en el periodismo. Primero en el periódico El Heraldo, de Barranquilla, entre otras cosas como crítico de cine bajo el seudónimo de Séptimus; luego en El Universal, de Cartagena de Indias, hasta volver a Bogotá, en 1954, a El Espectador, el diario que en 1947 había publicado, un domingo, su primer cuento.
Además de crónicas y reportajes escribía para las páginas editoriales y la sección Día a Día, en la que se daba cuenta de los hechos más significativos de aquella Colombia donde la violencia corría en tropel. En 1955 escribe la serie sobre un suceso que terminará llamándose Relato de un náufrago.
Ryszard Kapuscinski aseguró que, aunque lo admiraba por sus novelas, consideraba que “la grandeza estriba en sus reportajes. Sus novelas provienen de sus textos periodísticos. Es un clásico del reportaje con dimensiones panorámicas que trata de mostrar y describir los grandes campos de la vida o los acontecimientos. Su gran mérito consiste en demostrar que el gran reportaje es también gran literatura”.
Ese mismo año aparece su primera novela, La hojarasca. Después viaja a Europa como corresponsal del diario bogotano y recorre el continente, e incluso los países de la “cortina de hierro”. En 1958 vuelve y se casa con Mercedes Barcha. Hasta que se instala en México DF, en 1961, donde hace vida con sus amigos, las parejas Álvaro Mutis-Carmen Miracle y Jomí García Ascot-María Luisa Elío (dos españoles exiliados de la guerra). Un día Mutis le da dos libros y le dice: “Léase esa vaina para que aprenda cómo se escribe”. Eran Pedro Páramo y El llano en llamas, de Juan Rulfo. Ese año publica El coronel no tiene quién le escriba.
—“¿Fue tu abuela la que te permitió descubrir que ibas a ser escritor?”, le preguntó en los años setenta su amigo y colega Plinio Apuleyo Mendoza.
—“No, fue Kafka, que, en alemán, contaba las cosas de la misma manera que mi abuela. Cuando yo leí a los 17 años La metamorfosis, descubrí que iba a ser escritor. Al ver que Gregorio Samsa podía despertarse una mañana convertido en un gigantesco escarabajo, me dije: ‘Yo no sabía que esto era posible hacerlo. Pero si es así, escribir me interesa”.
La escritura no le da para comer y trabaja en cine y publicidad. Llega 1965. Pronto terminarán cuatro años de sequía literaria. El embrión es La casa. Páginas que no terminan de coger forma. Hasta que un día, mientras viaja en un Opel blanco con su esposa Mercedes y sus dos hijos de vacaciones a Acapulco, ve clara la manera en que debe escribirla: sucedería en un pueblo remoto, y descubre el tono: el de su abuela que contaba cosas prodigiosas con cara de palo, y la llenaría de historias: las contadas por su abuelo en la Guerra de los Mil Días de Colombia. Y el comienzo de la novela: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
Ha sido el soplo divino de Kafka, Faulkner, Sherezada, Rulfo, Verne, Woolf, Hemingway, Homero… y sus abuelos Tranquilina y Nicolás.
Da media vuelta y regresa en el Opel blanco a su casa de San Ángel Inn, en México DF.
Una vez llega, coge sus ahorros, 5.000 dólares, y se los entrega a su esposa para el mantenimiento del hogar mientras se dedica a escribir. La Cueva de la Mafia es la habitación de su casa donde esa primavera se exilia con la enciclopedia británica, libros de toda índole, papel y una máquina Olivetti. Vive y disfruta ese rapto de inspiración al escribir hasta las ocho y media de la noche al ritmo de los Preludios de Debussy y Anochecer de un día agitado de los Beatles.
En otoño el dinero se acaba y las deudas acechan. García Márquez coge, entonces, el Opel y sube al Monte de Piedad a empeñarlo. Es una nueva tranquilidad para seguir escribiendo, aumentada por las visitas de sus amigos que les llevan mercaditos.
Al llegar el invierno de 1965-1966 pone un punto y aparte, y llora, llora como ni siquiera en sus novelas está escrito. Tenía 39 años Gabriel García Márquez cuando, esa mañana de 1966, salió de La Cueva de la Mafia, atravesó la casa y se derrumbó en lágrimas sobre la cama matrimonial como un niño huérfano. Su esposa, al verlo tan desamparado, supo de qué se trataba: el coronel Aureliano Buendía acababa de morir. Era el personaje inspirado en su abuelo Nicolás.
Muere orinando mientras trata de encontrar el recuerdo de un circo, después de una vida en la que se salvó de un pelotón de fusilamiento, participó en 32 guerras, tuvo 17 hijos con 17 mujeres y terminó sus días haciendo pescaditos de oro.
Un duelo perpetuo para el escritor que, el 5 de junio de 1967, ve recompensado al saber que esa historia comandada por el coronel, bajo el título de Cien años de soledad, inicia su universal parranda literaria en la editorial Sudamericana, de Francisco Porrúa, en Buenos Aires. Todos quieren conocer la saga de los Buendía.
La novela impulsa la universalización del boom de la literatura latinoamericana. “Verdaderamente fue a partir del triunfo escandalosamente sin precedentes de Cien años de soledad”, afirmaría José Donoso en Historia personal del boom.
En medio de la algarabía, García Márquez se va a vivir a Barcelona donde afianza su amistad con autores como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar. El éxito es rotundo y trasciende a otros idiomas. Luego empieza a escribir El otoño del patriarca (1975) como un ejercicio para quitarse de encima la sombra de su obra maestra. Para entonces ya es muy activo con la causa cubana y está más presente en Colombia. En 1981 publica Crónica de una muerte anunciada.
La noticia del Nobel lo sorprende en México en 1982. En la frontera del amanecer del 10 de octubre el teléfono lo despierta. Con 55 años se convierte en uno de los escritores más jóvenes en recibir el máximo galardón de la literatura. En diciembre rompe con la tradición al recibir el premio vestido con un liquiliqui, una manera de rendir homenaje a su tierra costeña y compartirlo con su abuelo Nicolás que usaba trajes así en el ejército. Una ausencia que acompañó al escritor desde los 10 años, cuando este murió, y convirtió en incompletas todas sus alegrías futuras, por el hecho de que el abuelo no las sabía, escribe Dasso Saldívar en la biografía Viaje a la semilla.
Tres años después culmina la historia de sus padres: El amor en los tiempos del cólera. Siguen El general en su laberinto (1989) y Del amor y otros demonios (1994).
Hace realidad uno de sus sueños, en Cartagena de Indias: la creación de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y se une a otros proyectos informativos. Son los años de su vuelta al periodismo. Al principio de todo.
En 1999 le detectan un cáncer linfático. Todo ello mientras termina de escribir sus memorias, Vivir para contarla, a las que cuando puso punto final se topó con la muerte de su madre, Luisa Santiaga Márquez Iguarán. Un domingo lo trajo ella al mundo; y un domingo lo dejó ella. Fue la noche del 9 de junio de 2002. Dos años más tarde escribe su última creación: Memoria de mis putas tristes.
Sus recuerdos empiezan su peregrinación.
Hasta que se han ido del todo al encuentro de los Buendía.
Y de no haber sido escritor, lo que realmente hubiera querido ser Gabriel García Márquez también tiene que ver con el amor, presente en todas sus obras. Lo supo hace muchos en Zúrich cuando una tormenta de nieve tolstiana lo llevó a refugiarse en un bar. Su hermano Eligio recordaría cómo él se lo contó:
—“Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba piano en la sombra, y los pocos clientes que había eran parejas de enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, hubiera querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara, solo para que los enamorados se quisieran más”.
Entre realidades, deseos, sueños, alegrías, agradecimientos, imaginaciones y, sobre todo, por el paraíso irrepetible de su lectura, Gabriel García Márquez está ahora en el mismo lugar donde él llevó a Esteban en su inolvidable cuento El ahogado más hermoso del mundo, después de que a la gente del pueblo “se le abrieran las primeras grietas de lágrimas en el corazón”… Porque una vez comprobado que había muerto “no tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás”… El rumor del mar trae la voz del capitán de aquel barco, que en 14 idiomas, dice señalando al mundo, por encima del promontorio de rosas amarillas en el horizonte del Caribe: “Miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas; allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia donde girar los girasoles; sí, allá, es el pueblo” de Gabriel García Márquez.
Winston Manrique Sabogal
Diario El País, España
Gabo en nuestro catálogo
García Márquez ha vendido más de 40 millones de ejemplares en más de 30 idiomas. En el catálogo de la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte podrá encontrar sus novelas: El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad, El otoño del patriarca, El amor en los tiempos del cólera, El general en su laberinto y Memorias de mis putas tristes.
Además, Breve Antologia de Cuentos, Textos costeños I y II, La bendita manía de contar y Cómo se cuenta un cuento.
"El Sunset Limited" cierra el ciclo McCarthy
En el Cineclub La Rosa finaliza el primer ciclo del año dedicado al escritor Cormac McCarthy con una película no estrenada en la Argentina sobre su último libro publicado: El Sunset Limited, dirigida por Tommy Lee Jones. Será el miércoles 23 de abril a las 20 horas en Austria 2154. Como siempre, con entrada libre y colaboración voluntaria.
Miércoles 23 de abril - 20 horas
EL SUNSET LIMITED
(The Sunset Limited, Estados Unidos, 2011, color, 88 minutos)
Dirección: Tommy Lee Jones.
Guión: Cormac McCarthy.
Elenco: Samuel L. Jackson y Tommy Lee Jones.
Dos personajes sin nombre (en la versión impresa, «Blanco» y «Negro»). Uno salva al otro en el momento en que quería suicidarse lanzándose a las vías de un tren en movimiento, el Sunset Limited al que alude el título. Y todo transcurre en un departamento en el que debatirán sobre el significado del sufrimiento humano, la existencia de Dios y el derecho al suicidio.
Con una gran profundidad en los diálogos y las posturas de cada uno, el clima que va tomando el texto hace que el espectador también reflexione sobre los temas abordados por los personajes.
El Sunset Limited es la segunda obra teatral de McCarthy, estrenada originalmente por la Steppenwolf Theatre Company en Chicago, en mayo de 2006, y publicada luego con el subtítulo «Una novela en forma dramática». Es hasta el momento su último libro editado.
La película fue producida para la televisión y estrenada por HBO en febrero de 2011. No tuvo estreno comercial en nuestro país, y en España se la conoció como Al borde del suicidio. Nosotros preferimos el título original con que fue editada en la Argentina.
El libro, en la Biblioteca
En una reciente donación de la CONABIP hemos sumado a nuestro catálogo a El Sunset Limited, por lo que los tres títulos del ciclo Cormac McCarthy están disponibles para leer.
Miércoles 23 de abril - 20 horas
EL SUNSET LIMITED
(The Sunset Limited, Estados Unidos, 2011, color, 88 minutos)
Dirección: Tommy Lee Jones.
Guión: Cormac McCarthy.
Elenco: Samuel L. Jackson y Tommy Lee Jones.
Dos personajes sin nombre (en la versión impresa, «Blanco» y «Negro»). Uno salva al otro en el momento en que quería suicidarse lanzándose a las vías de un tren en movimiento, el Sunset Limited al que alude el título. Y todo transcurre en un departamento en el que debatirán sobre el significado del sufrimiento humano, la existencia de Dios y el derecho al suicidio.
Con una gran profundidad en los diálogos y las posturas de cada uno, el clima que va tomando el texto hace que el espectador también reflexione sobre los temas abordados por los personajes.
El Sunset Limited es la segunda obra teatral de McCarthy, estrenada originalmente por la Steppenwolf Theatre Company en Chicago, en mayo de 2006, y publicada luego con el subtítulo «Una novela en forma dramática». Es hasta el momento su último libro editado.
La película fue producida para la televisión y estrenada por HBO en febrero de 2011. No tuvo estreno comercial en nuestro país, y en España se la conoció como Al borde del suicidio. Nosotros preferimos el título original con que fue editada en la Argentina.
El libro, en la Biblioteca
En una reciente donación de la CONABIP hemos sumado a nuestro catálogo a El Sunset Limited, por lo que los tres títulos del ciclo Cormac McCarthy están disponibles para leer.
Disparatarte, recomendado
El taller de arte y expresión para niños "Disparatarte", que dicta Sofía Nikodem, fue destacado entre los recomendados de la agenda cultural del Diario La Razón.
Felices con la noticia, les recordamos que aún pueden inscribirse en los dos grupos: lunes a las 17:15 hs. (de 4 a 6 años) y miércoles a las 17:30 hs. (de 7 a 10 años).
Disparatarte: Taller de arte para niños. Espacio de expresión e integración artística, estimulando mediante actividades recreativas, teatrales, corporales, musicales y plásticas su creatividad e imaginación.
Felices con la noticia, les recordamos que aún pueden inscribirse en los dos grupos: lunes a las 17:15 hs. (de 4 a 6 años) y miércoles a las 17:30 hs. (de 7 a 10 años).
Disparatarte: Taller de arte para niños. Espacio de expresión e integración artística, estimulando mediante actividades recreativas, teatrales, corporales, musicales y plásticas su creatividad e imaginación.
Nuevo libro de Leonel Contreras
El responsable de los cursos de historia en la Biblioteca acaba de publicar Historia Cronológica de la Ciudad de Buenos Aires (1536-2014).
Se trata de una obra de 488 páginas con 6.000 hitos en la historia de la ciudad, que le llevó a su autor más de tres años de trabajo. No solo están todos los sucesos ordenados de manera cronológica, sino que entre otras cosas el libro aporta direcciones exactas de todos los lugares porteños donde han ocurrido episodios de relevancia y datos ilustrativos que año tras año he podido encontrar en planos, documentos escritos, diarios, revistas, etc.
Se trata de una obra de 488 páginas con 6.000 hitos en la historia de la ciudad, que le llevó a su autor más de tres años de trabajo. No solo están todos los sucesos ordenados de manera cronológica, sino que entre otras cosas el libro aporta direcciones exactas de todos los lugares porteños donde han ocurrido episodios de relevancia y datos ilustrativos que año tras año he podido encontrar en planos, documentos escritos, diarios, revistas, etc.
Los interesados en adquirir un ejemplar a precio promocional pueden escribir a carlossanchezviamonte@yahoo.com.ar.
Los lunes, historia
Les recordamos además que aún pueden inscribirse en el curso Historia de la ciudad de Buenos Aires, que el Lic. Contreras dicta en nuestra Biblioteca, Austria 2154, los lunes a las 19:30 horas. Para informes e inscripción llame al 4802-8211 (de lunes a viernes de 16 a 20) o escriba acarlossanchezviamonte@yahoo.com.ar
Cursos y talleres
Felices por el muy buen comienzo que tuvieron nuestros talleres, los invitamos a inscribirse y conocer todas las propuestas disponibles. Les recordamos que los cursos tienen aranceles especiales para socios de la Biblioteca. Si usted todavía no lo es, consulte aquí cómo asociarse. Para informes e inscripción llame al 4802-8211 (de lunes a viernes de 16 a 20) o escriba a carlossanchezviamonte@yahoo.com.ar
HISTORIA DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES
Por Leonel Contreras.
Lunes de 19 a 20:30 hs.
Desde Pedro de Mendoza hasta nuestros días, Leonel Contreras repasa la historia de nuestra ciudad en un taller dividido en unidades temáticas cronológicas.
Contreras es Licenciado en Historia de la Universidad del Salvador y trabaja en la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico-Cultural de la Ciudad de Buenos Aires. Ha publicado diversos libros sobre la historia y los personajes porteños.
YOGA
Prof. Santiago Bras Harriott.
Martes de 19.30 a 20.30 horas.
Jueves de 19.30 a 20.30 horas.
Renge Yoga: olvidar lo de afuera y reconocer lo interno.
Desentenderse de lo rutinario y entrar en el mar de las Asanas (posturas) jugando con el cuerpo y dejando que la mente vuele para dar lugar a la creatividad, finalizando las clases con meditación a través de un Mantra.
DISPARATARTE
Prof. Sofía Nikodem
Lunes 17:15 hs. (de 4 a 6 años)
Miércoles 17:30 hs. (de 7 a 10 años)
Taller de arte para niños. Espacio de expresión e integración artística, estimulando mediante actividades recreativas, teatrales, corporales, musicales y plásticas su creatividad e imaginación.
Certificados de asistencia y beneficio para socios
Jueves de 20 a 21:30 horas
Brindar una visión global de la poesía y la narrativa haciendo una referencia a géneros, autores (nacionales y extranjeros), las raíces, relaciones que se establecen en una literatura comparada y su vinculación con las demás artes.
Brindar una visión global de la poesía y la narrativa haciendo una referencia a géneros, autores (nacionales y extranjeros), las raíces, relaciones que se establecen en una literatura comparada y su vinculación con las demás artes.
El taller está pensado para que se obtenga una visión desde la breve historia de la Estética, el análisis de la lectura, el estudio de recursos expresivos, tanto en poesía como en narrativa e introducir al alumno en un ámbito de reflexión. En 2013 los alumnos publicarán nuevamente en El libro de los talleres de Editorial Dunken.
HISTORIA DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES
Por Leonel Contreras.
Lunes de 19 a 20:30 hs.
Desde Pedro de Mendoza hasta nuestros días, Leonel Contreras repasa la historia de nuestra ciudad en un taller dividido en unidades temáticas cronológicas.
Contreras es Licenciado en Historia de la Universidad del Salvador y trabaja en la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico-Cultural de la Ciudad de Buenos Aires. Ha publicado diversos libros sobre la historia y los personajes porteños.
Prof. Santiago Bras Harriott.
Martes de 19.30 a 20.30 horas.
Jueves de 19.30 a 20.30 horas.
Renge Yoga: olvidar lo de afuera y reconocer lo interno.
Desentenderse de lo rutinario y entrar en el mar de las Asanas (posturas) jugando con el cuerpo y dejando que la mente vuele para dar lugar a la creatividad, finalizando las clases con meditación a través de un Mantra.
DISPARATARTE
Prof. Sofía Nikodem
Lunes 17:15 hs. (de 4 a 6 años)
Miércoles 17:30 hs. (de 7 a 10 años)
Taller de arte para niños. Espacio de expresión e integración artística, estimulando mediante actividades recreativas, teatrales, corporales, musicales y plásticas su creatividad e imaginación.
Todos los cursos y talleres que se brindan en la Biblioteca otorgan certificado de asistencia y descuentos para socios.
Donación de Edhasa
Agradecemos la importante donación de la Editorial Edhasa. Los libros estarán catalogados próximamente.
"La carretera" en el Cineclub La Rosa
Segunda función del ciclo dedicado al escritor Cormac McCarthy, con la película basada en la novela que le valió el premio Pulitzer: La carretera, dirigida por John Hillcoat. Será el miércoles 9 de abril a las 20 horas en Austria 2154, con entrada libre y colaboración voluntaria.
Miércoles 9 de abril - 20 horas
LA CARRETERA
(The Road, Estados Unidos, 2009, color, 112 minutos)
Dirección: John Hillcoat.
Guión: Joe Penhall, sobre la novela homónima de Cormac McCarthy.
Elenco: Viggo Mortensen, Kodi Smit-McPhee, Charlize Theron, Robert Duvall, Guy Pearce, Molly Parker, Michael K. Williams y Garret Dillahunt.
Un padre y su hijo transitan una carretera con lo poco que pueden llevar a cuestas, en medio de un mundo desolado en un invierno crudo y permanente donde sólo tiene sentido intentar la supervivencia, quizás con la esperanza poco probable de que algo cambie.
Mientras buscan alimentos, vivienda y seguridad, el padre intenta inculcarle valores a su hijo, y enseñarle cómo sobrevivir y mantener la cordura. La esperanza parece estar en las costas del sur, pero deberán evitar constantemente a los bandidos y caníbales que ahora pueblan la tierra, donde se desvanecen los nexos sociales.
Extraordinaria adaptación de una novela impactante, que le valió el Pulitzer a McCarthy, quien dijo haberse inspirado en su relación de padre mayor con un hijo pequeño. Gran trabajo de Viggo Mortensen. Selección oficial del Festival de Venecia.
LA CARRETERA
(The Road, Estados Unidos, 2009, color, 112 minutos)
Dirección: John Hillcoat.
Guión: Joe Penhall, sobre la novela homónima de Cormac McCarthy.
Elenco: Viggo Mortensen, Kodi Smit-McPhee, Charlize Theron, Robert Duvall, Guy Pearce, Molly Parker, Michael K. Williams y Garret Dillahunt.
Un padre y su hijo transitan una carretera con lo poco que pueden llevar a cuestas, en medio de un mundo desolado en un invierno crudo y permanente donde sólo tiene sentido intentar la supervivencia, quizás con la esperanza poco probable de que algo cambie.
Mientras buscan alimentos, vivienda y seguridad, el padre intenta inculcarle valores a su hijo, y enseñarle cómo sobrevivir y mantener la cordura. La esperanza parece estar en las costas del sur, pero deberán evitar constantemente a los bandidos y caníbales que ahora pueblan la tierra, donde se desvanecen los nexos sociales.
Extraordinaria adaptación de una novela impactante, que le valió el Pulitzer a McCarthy, quien dijo haberse inspirado en su relación de padre mayor con un hijo pequeño. Gran trabajo de Viggo Mortensen. Selección oficial del Festival de Venecia.
Se presentó el libro de Leonel Contreras
El pasado lunes se realizó la presentación de la segunda edición de Buenos Aires fútbol, gran trabajo de Leonel Contreras recopilando la historia de los estadios porteños desde 1867 hasta el presente.
Participaron de la mesa, además del autor, el Secretario General de la Comisión para la Preservación del Patrimonio de la Ciudad de Buenos Aires, Ricardo Pinal Villanueva, y el periodista Ariel Scher.
Recordemos que el Lic. Leonel Contreras es el responsable de los talleres de historia en la Biblioteca, y que desde el lunes 7 de abril, de 19 a 20:30 horas, comenzará el ciclo 2014 del curso "Historia de la ciudad de Buenos Aires". Más información haciendo click acá.
Participaron de la mesa, además del autor, el Secretario General de la Comisión para la Preservación del Patrimonio de la Ciudad de Buenos Aires, Ricardo Pinal Villanueva, y el periodista Ariel Scher.
Recordemos que el Lic. Leonel Contreras es el responsable de los talleres de historia en la Biblioteca, y que desde el lunes 7 de abril, de 19 a 20:30 horas, comenzará el ciclo 2014 del curso "Historia de la ciudad de Buenos Aires". Más información haciendo click acá.
Taller literario 2014, por Carlos Penelas
El poeta y ensayista Carlos Penelas retoma el Taller Literario en nuestra Biblioteca. Comenzará el 3 de abril, y podrá cursarse los jueves de 20 a 21:30 horas. Para inscribirse, llame al 4802-8211 en los horarios de atención al público o escriba acarlossanchezviamonte@yahoo.com.ar. Los cupos son limitados, y los socios de la Biblioteca cuentan con aranceles especiales.
Carlos Penelas ha publicado más de 25 libros de poesía y 12 de prosa, en una extensa carrera que ya lleva más de cuarenta años desde la aparición de su primer poemario, recientemente celebrados con una gira por el interior de nuestro país, Italia, España, Chile y Uruguay, además de participar en las ferias del libro de Frankfurt, Barcelona y Guadalajara. Aquí, algunas de los lineamientos que seguirá el Taller, y una breve síntesis biográfica de Penelas.
Propósito
Brindar una visión global de la poesía y la narrativa haciendo una referencia a géneros, autores (nacionales y extranjeros), las raíces, relaciones que se establecen en una literatura comparada y su vinculación con las demás artes.
El taller está pensado para que se obtenga una visión desde la breve historia de la Estética, el análisis de la lectura, el estudio de recursos expresivos, tanto en poesía como en narrativa e introducir al alumno en un ámbito de reflexión.
Objetivos
Conocer elementos prácticos en el análisis literario, claves en el hecho literario, el proceso de creación y de escritura. El participante podrá obtener una mayor formación en la redacción de textos poéticos, narrativos, etc.
El misterio de la creación -autor y lector- irá develando una forma de bucear el alma humana. El taller se enriquecerá a partir de propuestas y lecturas paralelas, no sólo en el campo literario, si no también en una visión social.
Se trata de indagar caminos hacia la convergencia de pensamiento y la literatura. Se recorrerán senderos con una idea de la crítica textual que comprenda una diversidad de actitudes dentro del corpus clásico y contemporáneo.
Ejes temáticos
La sensibilidad creadora - El acto literario, la educación de la sensibilidad - El poder de la escritura - Las raíces en la creación - El intelectual y su medio - La estética y la ética en el proceso creador. Ejemplos en cine, en música, en pintura.
Alumnos publicados
Los talleristas que cursaron el año pasado, así como sucedió en 2010 y 2011, fueron convocados por la Editorial Dunken para publicar en las ediciones respectivas de El libro de los talleres.
Sobre Carlos Penelas
Cursó estudios en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta, donde siguió el profesorado en Letras. En la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires cursó Historia del Arte y Literatura. Como estudiante obtuvo en 1968 el Primer Premio de Poesía y Primer Premio de Ensayo en la Escuela Normal de Profesores.
En 1977 obtuvo el premio "Arturo Marasso" otorgado por el Mariano Acosta; en 1981 logra la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE); en 1986 el premio "Accésit" otorgado por la XII Exposición Feria Internacional de Buenos Aires "El libro (del autor al lector)" por la mejor cobertura como cronista de Radio Nacional; en 1988 el premio a la Mejor Cobertura como cronista de Radio Nacional otorgado por la XIV Feria Internacional del Libro; en 1988 el Primer Premio de Poesía "Alfonsina Storni" otorgado por Gente de Letras; en 1992 la Mención Especial de Poesía en el Concurso Latinoamericano "Carlos Sábat Ercasty", Montevideo, Uruguay.
Coordina talleres literarios desde 1984, cuando fue Director de los dictados en la SADE. Actualmente mantiene un taller particular en su domicilio.
Fue crítico literario desde 1983 hasta 1989 de LS1 Radio Municipal y LRA Radio Nacional, donde condujo distintos programas culturales. Colaboró durante años con el suplemento literario del diario La Prensa, y fue columnista de medios gráficos del país y el exterior.
Dictó conferencias en la Universidad de La Coruña, Cátedra de Literatura Latinoamericana y la Universidad Autónoma de Madrid. La Fundación Internacional Jorge Luis Borges lo hizo participar entre los diez poetas vivientes más importantes.
Más información en http://www.carlospenelas.com/
Informes e inscripción
Personalmente, en Austria 2154, de lunes a viernes de 16 a 20 horas. Por teléfono, en los mismos horarios llamando al 4802-8211. Por correo electrónico a carlossanchezviamonte@yahoo.com.ar.
El grupo es reducido, y se aplican descuentos para socios de la Biblioteca y quienes se inscriban a más de un taller.
Carlos Penelas ha publicado más de 25 libros de poesía y 12 de prosa, en una extensa carrera que ya lleva más de cuarenta años desde la aparición de su primer poemario, recientemente celebrados con una gira por el interior de nuestro país, Italia, España, Chile y Uruguay, además de participar en las ferias del libro de Frankfurt, Barcelona y Guadalajara. Aquí, algunas de los lineamientos que seguirá el Taller, y una breve síntesis biográfica de Penelas.
Propósito
Brindar una visión global de la poesía y la narrativa haciendo una referencia a géneros, autores (nacionales y extranjeros), las raíces, relaciones que se establecen en una literatura comparada y su vinculación con las demás artes.
El taller está pensado para que se obtenga una visión desde la breve historia de la Estética, el análisis de la lectura, el estudio de recursos expresivos, tanto en poesía como en narrativa e introducir al alumno en un ámbito de reflexión.
Objetivos
Conocer elementos prácticos en el análisis literario, claves en el hecho literario, el proceso de creación y de escritura. El participante podrá obtener una mayor formación en la redacción de textos poéticos, narrativos, etc.
El misterio de la creación -autor y lector- irá develando una forma de bucear el alma humana. El taller se enriquecerá a partir de propuestas y lecturas paralelas, no sólo en el campo literario, si no también en una visión social.
Se trata de indagar caminos hacia la convergencia de pensamiento y la literatura. Se recorrerán senderos con una idea de la crítica textual que comprenda una diversidad de actitudes dentro del corpus clásico y contemporáneo.
Ejes temáticos
La sensibilidad creadora - El acto literario, la educación de la sensibilidad - El poder de la escritura - Las raíces en la creación - El intelectual y su medio - La estética y la ética en el proceso creador. Ejemplos en cine, en música, en pintura.
Alumnos publicados
Los talleristas que cursaron el año pasado, así como sucedió en 2010 y 2011, fueron convocados por la Editorial Dunken para publicar en las ediciones respectivas de El libro de los talleres.
Sobre Carlos Penelas
Cursó estudios en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta, donde siguió el profesorado en Letras. En la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires cursó Historia del Arte y Literatura. Como estudiante obtuvo en 1968 el Primer Premio de Poesía y Primer Premio de Ensayo en la Escuela Normal de Profesores.
En 1977 obtuvo el premio "Arturo Marasso" otorgado por el Mariano Acosta; en 1981 logra la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE); en 1986 el premio "Accésit" otorgado por la XII Exposición Feria Internacional de Buenos Aires "El libro (del autor al lector)" por la mejor cobertura como cronista de Radio Nacional; en 1988 el premio a la Mejor Cobertura como cronista de Radio Nacional otorgado por la XIV Feria Internacional del Libro; en 1988 el Primer Premio de Poesía "Alfonsina Storni" otorgado por Gente de Letras; en 1992 la Mención Especial de Poesía en el Concurso Latinoamericano "Carlos Sábat Ercasty", Montevideo, Uruguay.
Coordina talleres literarios desde 1984, cuando fue Director de los dictados en la SADE. Actualmente mantiene un taller particular en su domicilio.
Fue crítico literario desde 1983 hasta 1989 de LS1 Radio Municipal y LRA Radio Nacional, donde condujo distintos programas culturales. Colaboró durante años con el suplemento literario del diario La Prensa, y fue columnista de medios gráficos del país y el exterior.
Dictó conferencias en la Universidad de La Coruña, Cátedra de Literatura Latinoamericana y la Universidad Autónoma de Madrid. La Fundación Internacional Jorge Luis Borges lo hizo participar entre los diez poetas vivientes más importantes.
Más información en http://www.carlospenelas.com/
Informes e inscripción
Personalmente, en Austria 2154, de lunes a viernes de 16 a 20 horas. Por teléfono, en los mismos horarios llamando al 4802-8211. Por correo electrónico a carlossanchezviamonte@yahoo.com.ar.
El grupo es reducido, y se aplican descuentos para socios de la Biblioteca y quienes se inscriban a más de un taller.
Horizontes de la traducción poética, por Alejandro Drewes
El lunes 7 de abril a las 10 horas se llevará a cabo el segundo encuentro del Centro de Estudios Poéticos "Alétheia" en la Biblioteca, Austria 2154. La lectura quedará a cargo de Alejandro Drewes y el tema será "Horizontes de la traducción poética: Análisis de problemas clásicos (contexto, rimas y otros) sobre poemas de Paul Celan, William Heinesen y Allen Tate en versiones propias".
Como es habitual, los encuentros del CEP se realizan el primer lunes de cada mes, de 10 a 13 horas, en nuestro salón de Austria 2154.
En mayo, en fecha a confirmar, nos visitará el catedrático español Jesús Moreno Sanz, quien estará visitando al país y a varias universidades para presentar un nuevo volumen de las Obras Completas de María Zambrano.
Además, el lunes 2 de junio Jorge Albertella disertará sobre "Introduccion a El origen de la tragedia, de Friedrich Nietzsche".
William Heinesen
Como es habitual, los encuentros del CEP se realizan el primer lunes de cada mes, de 10 a 13 horas, en nuestro salón de Austria 2154.
En mayo, en fecha a confirmar, nos visitará el catedrático español Jesús Moreno Sanz, quien estará visitando al país y a varias universidades para presentar un nuevo volumen de las Obras Completas de María Zambrano.
Además, el lunes 2 de junio Jorge Albertella disertará sobre "Introduccion a El origen de la tragedia, de Friedrich Nietzsche".
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Horarios de atención al público
Lunes a viernes de 16 a 20 hs.
Centro Cultural y Biblioteca Popular
Carlos Sánchez Viamonte
Austria 2154
(1425) Ciudad de Buenos Aires
Centro Cultural y Biblioteca Popular
Carlos Sánchez Viamonte
Austria 2154
(1425) Ciudad de Buenos Aires
Donación de libros
Una biblioteca está en permanente expansión gracias al aporte de sus lectores y visitantes. Por eso las donaciones de libros, siempre bien apreciadas, son un incentivo a continuar nuestra labor. Si usted desea contactarnos por este motivo escríbanos a nuestro correo electrónico.
Página oficial del Centro Cultural y Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte. Austria 2154/56, Buenos Aires, Argentina.
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