Vampiros y limones

de Karen Russell
(Tusquets Editores, Buenos Aires, 2014, 280 páginas)


En 2012, la talentosa y joven escritora Karen Russell (Miami, 1981) recibió por esta colección de cuentos –tal vez sea más apropiado hablar de relatos – el National Magazine Award y fue finalista del Premio Pulitzer por la novela Tierra de caimanes. Ese mismo año ganó el Premio Young Lions Literary Fiction y al siguiente se adjudicó la beca MacArthur Fellows. Escribió, además, otro volumen de relatos, Lucy´s Home for Girls Raised by Wolves, que obtuvo en 2011 el Bard Fiction Prize.

En el cuento que da título al libro, en una escena de un humor muy original, el vampiro que se encarga de narrar concurre al cine a ver una película protagonizada por Drácula acompañado por su amada esposa (de la que comenta que “El firmamento es mercurio blanco comparado con el borrón de sus ojos”).

Un Taller Fantasma de trabajo esclavo («Devanando para el Imperio») agrupa a unas mujeres transformadas en gusanos de seda antropomorfizados: “Incesantemente, incluso durante el sueño, estamos generando hilo”. La imaginación de la autora es realmente febril, está habitada por un cosmos digno de Kafka, en el cual la angustia y la opresión giran hacia el género fantástico, tal como lo definieron Tzvetan Todorov, Rosemary Jackson e Irène Bessière (un hecho inexplicable se introduce en la realidad).

«La legión de gaviotas desciende sobre Strong Beach, 1979» puede entenderse como una versión libre de Los pájaros (1963), de Alfred Hitchcock. Es un relato divertido y cautivante (“…no había tenido valor para contarle su teoría de que la bandada foránea de gaviotas eran carroñeras cósmicas”), que remite a la novela El océano al final del camino (2013), de Neil Gaiman.

En «La Ventana de Hox River» lo irreal y lo fantástico van introduciéndose en un universo en el cual el tiempo y el espacio cambian continuamente de dirección y los hechos del pasado se mezclan con los del presente y los del futuro.

La prosa de Russell es potente, de inusual belleza y portadora de un rico vocabulario. La traducción de Victoria Alonso Blanco es superlativa, aunque por los términos empleados está dirigida al lector español.

En la solapa de la contratapa hay una cita de la revista Elle: “Oscuramente imaginativa, diabólicamente inspirada”. Se podría agregar desconcertante: ex presidentes de Estados Unidos se reencarnan en caballos en una región tan atemporal como inubicable («El Establo al final de nuestro mandato»).

La tónica de «Reglas para hinchas en la Antártica, según Dougbert Shackleton» linda con el teatro del absurdo. Describe los preparativos que necesitan realizar los hinchas de un equipo que compite bajo la Barrera de Hielo de Ross, en la Antártida (donde, según la autora, la temperatura suele llegar a sesenta y siete grados bajo cero). Los equipos están formado por los Krill (apoyados por los hinchas) y la Ballena, es decir se trata de crustáceos contra cetáceos.

Una masajista atiende a un ex combatiente de la guerra de Irak, cuya espalda está tatuada con un paisaje de Fedaliya, del distrito Nuevo Bagdad, y el hermoso panorama que representa –que por momentos se asemeja a una pintura de un maestro holandés –, se convierte en un trágico campo de batalla.

Por último, «El monigote insepulto de Eric Mutis» presenta a un espantapájaros que parece tener vida por su perfección imitativa de un adolescente. Se respira un clima de misterio y de soterrado horror, dentro del cual el sentimiento de culpa posee una fuerza incontenible.

Germán Cáceres

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