La mujer del mediodía

de Julia Franck
(Tusquets Editores, Buenos Aires, 2009, 432 páginas)

Es poco lo que Julia Franck, nacida en Berlín (Este) en 1970, aclara sobre el título de este libro ganador del premio Deutscher Buchpreis a la mejor novela en alemán de 2007. Una creencia popular sostiene que cuando se le aparece a alguien “lo único que debía hacer era hablarle a la mujer del mediodía durante toda una hora acerca de cómo trabajar el lino, nada más”. Osvaldo Gallote afirma, en la entrevista que le hace a la autora (Ñ del 8/5/09), que ésta “alude en verdad a una trama, a una textura, al hilo de Ariadna: a la narración”.

Y uno de los méritos principales de este texto es el oficio de la Franck, su capacidad de contar, que según las críticas ya había demostrado en Zona de tránsito, su primera novela. La mujer del mediodía es un extenso flash-back que transita entre un prólogo y un epílogo, en los cuales Helene abandona a su hijo Peter. Esa vuelta al pasado relata los hechos que llevaron a la madre a tomar esa tremenda decisión.

Helene pasó su niñez en Bautzen, durante la primera guerra mundial. Su padre regresa del conflicto tuerto y con una pierna amputada; su hermana, sólo unos años mayor que ella, siente inclinación por las drogas; y su madre, discriminada por la población por su origen judío, padece una locura que la aísla en su habitación. La situación es tétrica: Helene se cría en medio de un patético grand guignol. Pero, cuando las hermanas se mudan en los años veinte —los de las vanguardias artísticas— a la casa de una acaudalada tía en Berlín, se sumergen en una sociedad decadente, en donde prima el consumo de opio, las juergas, el alcohol y la falta de objetivos.

En un principio la autora elige la morosidad para relatar, y da rienda suelta a su exquisita prosa de bellas imágenes y creativos símiles. Después se acelera, como ocurre con los acontecimientos en Alemania y en la tortuosa vida de Helene (su primer noviazgo desembocó en tragedia, y su casamiento, en un maltrato constante). Asimismo, demuestra sagacidad al describir el trasfondo histórico a través de simples fogonazos, como una suerte de noticias que aluden brevemente a los episodios que lo jalonaron: la hiperinflación, las quiebras y los desocupados; la persecución a comunistas, a intelectuales y la quema de libros; el incendio del Reichstag; la ascensión del nacional socialismo; el plan de eutanasia para eliminar a las personas con malformaciones; la segunda guerra mundial, los campos de concentración y la violación de mujeres por parte de los vencedores. Helene se pregunta: “¿Y no es otra cosa más que hastío lo que acontece cuando la nada se expande ante nosotros, llenándonos de desazón?”

Esta enumeración de los males que padeció Helene, conducen al lector a recorrer su propia vida y, la vez, pensar que esas guerras mundiales también lo condicionaron. En suma, le exige reflexionar sobre la irracionalidad de ese accionar del hombre que lo condena a un destino de incomunicación y soledad. Como sentenció Julia Franck en la citada entrevista: “Hay, sin duda, una generación de posguerra a la que pertenezco. (…) se plantea preguntas, no justificaciones”.

Extraordinaria la traducción de Belén Santana, que logra verter al español todos los exquisitos matices estilísticos de la novela.

Germán Cáceres