La primera vez que Kerouac se enamoró

Se publicó la versión íntegra de Maggie Cassidy, la historia de amor adolescente del autor de En la carretera.

Fotografía de Jack Kerouac escrita por Allen Ginsberg el otoño de 1953 en Manhattan

La primera vez que la vio, de pie, entre la multitud, al escritor, entonces poco más que un adolescente al que le gustaba copiar la pose de los grandes lobos de mar de las películas de Charles Bickford, le pareció "solitaria, insatisfecha, oscura, desagradablemente extraña". Medio a regañadientes, entre sus amigos les juntaron y les hicieron desfilar hasta la pista de baile. Para cuando llegan, Jacky, Jacky Duluoz, que es, a ratos, Zagg, Zaggy Duluoz, ya está perdidamente enamorado de la chica. La chica es Maggie Cassidy, "dulce, morena, suculenta como un melocotón - difusa para los sentidos como un gran sueño triste". Ella tiene 17 años, él, 16. Ella es algo neurótica, algo mezquina, demasiado celosa; él es, aún, "un bobo", el chico de las redacciones y el equipo de atletismo, el nerd que sólo había bailado antes una vez con una chica. Ella es Mary Carney, él es Jack Kerouac. El año es 1939. Quedan cerca de dos décadas para que se publique En la carretera y Jack ocupe el epicentro del terremoto beat.

Escrita en 1953 pero publicada por primera vez en 1959, Maggie Cassidy es una historia de amor adolescente, la historia que vivieron el futuro escritor y la chica esquiva y dolorosamente posesiva que jamás se creyó que no tenía a nadie con quien competir, que siguió pensando que Pauline, la única chica con la que Jack había bailado antes, era, en realidad, el verdadero amor del por entonces fanfarrón francocanadiense, y que lo seguía pensando incluso años más tarde. Cuando se publicó la novela, Mary la leyó "cientos de veces". La leía, escribió, cuando se deprimía, porque "me permitía recordar la maravillosa historia de amor que compartimos". Aunque ya no tenían contacto, Mary se compraba cada nueva novela de Kerouac, a espaldas de su marido, como si el mero hecho de comprarlas fuese una especie de traición, y en realidad, lo era, porque ella seguía compitiendo con aquella tal Pauline.

"Sé que era cosa de sus editores el que tuviera que cambiar los nombres, pero nunca acabé de entender por qué nos puso los que nos puso. Es decir, Maggie es diminutivo de Margaret, y Margaret era el verdadero nombre de Pauline. ¿Por qué lo hizo? Si estuviera vivo le daría un buen bofetón", confesó Mary, en una carta abierta al escritor. Y si hay conflicto con el nombre, también lo hay con el apellido. Cassidy era el apellido real del Dean Moriarty de En la carretera, el tipo del que, se ha dicho en cientos de ocasiones, Jack se enamoró perdidamente, al que vio como el hermano que nunca tuvo, y como todo lo que él mismo habría querido ser si no se hubiese limitado a observar, porque, después de todo, Jack fue el observador, relató lo que los demás hicieron porque eligió sentarse en el asiento trasero y dejar que fuese otro el que pisase el acelerador.

Mary Carney, el primer amor de Kerouac

Dean Moriarty, Neal Cassady, fue lo más parecido a una musa que tuvo el escritor de Lowell, por lo que la elección del apellido de su primer amor en la ficción tampoco tiene nada de casual, aunque eso a Mary Carney jamás le preocupó lo más mínimo. Su única preocupación fue siempre Pauline. ¿Y qué fue de Pauline? Pauline desapareció, sin más. Después de Mary, llegó el amor adulto y terrible, la Mardou de Los subterráneos, novela que, en ese sentido, que funciona casi como un espejo, sucio y a ratos palpitante pero también siempre a punto de romperse en mil pedazos de lo idílico de ese primer amor, que, como anticipa en la arrebatadoramente poética prosa, que tiene algo de la luminosa sobriedad de los haikus de Basho, no puede ser otra cosa que "amargo". "Maggie y Jack", escribe, "en el triste salón de baile de la vida, ya alicaídos, rabillos de la boca tirando la toalla, hombros aflojándose para colgar, ceños fruncidos, mentes prevenidas - el amor es amargo, la muerte es dulce".

A la historia debe sumársele el esplendor adolescente, el puñado de amigos lanzándose bolas de nieve en el frío invierno de Lowell, borrachos, jugando al béisbol, deambulando por las calles, en los días previos a su entrada en la universidad, asistiendo a su primer baile, contemplando, ante ellos, "su primer y último futuro".

Laura Fernández
Diario El Mundo, España