La casa infernal

de Richard Matheson
(Minotauro Esenciales, Buenos Aires, 2020, 320 páginas)


Stephen King ha declarado: “De todas las novelas sobre casas encantadas, La casa infernal es la más aterradora que se ha escrito jamás”. Fue publicada en 1971.

Su autor (Nueva Jersey, 1926- California, 2013) ha abordado libros de ciencia ficción y de terror y se destacó como guionista. Creó memorables episodios televisivos de las series La dimensión desconocida, Viaje a las estrellas y Alfred Hitchcock presenta. En cine es responsable del guión de varios filmes dirigidos por Roger Corman basados en cuentos de Edgar Allan Poe. El primer trabajo cinematográfico de Steven Spielberg, Reto a muerte (1971), se basó en su cuento «Duel». Otras de sus obras llevadas a la pantalla fueron El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957) y El último escalón (David Koepp, 1999). Su obra cumbre es Soy leyenda (1954), novela apocalíptica renovadora del tema de vampiros, y su primer cuento publicado fue «Nacido de hombre y mujer» (1950). Ha obtenido los siguientes premios: el Word Fantasy, el Bram Stocker, el International Horror Guild Award, el Retro Hugo, el Locus, el Readercon y el British Fantasy.

La casa infernal toma como inspiración las clásicas novelas de Shirley Jackson El reloj de sol (1958) y, sobre todo, La maldición de Hill House (1959). Desde sus primeras páginas logra captar el interés del lector: los diálogos son excelentes, la escritura es serena, fluida y sin rastro de ampulosidad. La traducción de Isabel Merino Bodes resulta ejemplar.

Solo intervienen cuatro personajes, que visitan la maldita Casa Belasco –cuyo propietario ya falleció–, famosa porque en 1931 y 1940 se intentó investigarla y el desenlace fue fatal: “Ocho de las personas implicadas fueron asesinadas, se suicidaron o enloquecieron”. Sólo una de ellas se salvó, el médium físico Benjamin Franklin Fischer que en 1970 intenta descifrar su misterio bajo las órdenes del doctor Lionel Barrett, un reconocido parapsicólogo. Los acompañan Edith, esposa de Lionel, y la médium psíquica Florence Tanner. El doctor no cree en fantasmas ni en la supervivencia, sino en las facultades inmensas del ser humano que aún permanecen desconocidas. Para probar su existencia ha construido una máquina cuyo descomunal instrumental describe en un extenso párrafo seguido de una inagotable enumeración de los fenómenos paranormales: Adivinación; Apariciones; Catalepsia; Desmaterialización; Ectoplasma; etc., etc. Más adelante ensaya una aproximación a la parapsicología: “Al igual que la física y la química, es una ciencia de lo natural”. Y también del ectoplasma: “Una exteriorización orgánica del pensamiento. La mente reducida a materia, sujeta a observación, cálculos y análisis científicos”.

La novela comienza el 18 de diciembre de 1970 y concluye el 24 de diciembre de ese año. Los capítulos llevan por título esas fechas y se subdividen en datos horarios en los que se enumeran los hechos extraños que van sucediendo (p.e. sábanas, almohadas, fundas y colchas que empiezan a volar; o platos y vasos que se disparan a toda velocidad desde una mesa o de las manos de los personajes). El poltergeist es un fenómeno frecuente en la historia.

La casa, construida en 1919, en un principio fue dominada por la lujuria y el libertinaje sexual de Belasco y sus invitados, que en 1928 exploraron la mutilación, el asesinato, la necrofilia y el canibalismo. Ese rasgo aparece ahora en la figura de Edith, dominada por una posesión que la conduce a desear a Florence, que a su vez –también sometida por un espíritu– pretende tener relaciones con Benjamin. El texto aclara que Barrett es impotente.

Más allá de su calidad literaria, esta novela no es ajena a las convenciones que ofrecen las casas encantadas.

Germán Cáceres