"Fahrenheit 451", resistir para defender las palabras de la tribu

La inversión que convierte a los bomberos en pirómanos que queman los libros hace de esta novela de Bradbury un libro revolucionario. A propósito del centenario del autor.

Oskar Werner y Julie Christie, protagonistas del film Fahrenheit 451

Tardé varios años en comprender el coraje de Guy Montag, el bombero que protagoniza Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury. En una época en la que los libros se quemaban, él se atrevió a esconderlos y a leerlos. Ese, si se quiere, es su valor literal. El profundo, el que hace a su ser, me llevó años conocerlo, probablemente porque los grandes personajes de la literatura maduran con nosotros.

Mientras jugaban a las cartas en el cuartel, Montag le dijo a sus compañeros: "Trataba de imaginar qué sensación producía ver que los bomberos quemaban nuestras casas y nuestros libros". Sí, yo demoré muchos años en pasar de atribuir esa pregunta a la mera curiosidad del bombero y encontrar en ella la raíz de la empatía. Un tiempo semejante al que tardé en descubrir que al preguntarle a su jefe, Beatty, si el mundo "siempre ha sido así", Montag señalaba que la desconfianza frente a lo dado es el motor de grandes cambios.

Nadie construye su verdad en soledad, si bien lo está cuando da el paso decisivo. Por eso los compañeros de ruta de Montag también son importantes. Aun Beatty, su jefe arrogante y seguro de todo, que se toma el trabajo de explicarle el sentido de su tarea. O Mildred, la esposa de Montag, sometida a los psicofármacos y a lo que sucede en las telepantallas (un anticipo de este presente colonizado por la Web). Mildred, como Beatty, se deja llevar, aunque sin convicción. El jefe de los bomberos, en cambio, es un soldado de la destrucción de libros.

El personaje decisivo en la vida de Montag es Clarisse McClellan, la joven vecina de "ojos oscuros tan fijos en el mundo que ningún movimiento se les escapaba". A partir de una pregunta sin respuesta posible, ella le muestra al bombero la endeble ficción en la que vive: "¿Es usted feliz?". Montag descubre que hasta había olvidado esa posibilidad: "¿Qué si soy qué?", le responde.

Las páginas finales de Fahrenheit 451 son sublimes. En las afueras de la ciudad, un grupo de fugitivos se reúne en torno al fuego. Cada uno de ellos sabe un libro de memoria. Huyen de la barbarie, se han exiliado para preservar la sabiduría que construyó la polis que los expulsa. Entre los que resisten está Montag: "Le esperaba una larga caminata hasta el mediodía y si los hombres guardaban silencio era porque había que pensar en todo, y mucho que recordar [?]. Sintió el leve cosquilleo de las palabras, su lenta ebullición. Y cuando le llegara el turno, ¿qué podría decir, qué podría ofrecer en un día como aquel, para hacer el viaje algo más sencillo? Hay un tiempo para todo. Sí. Una época para derrumbarse, una época para construir. Sí. Una hora para guardar silencio y otra para hablar".

Además de una novela absorbente, el libro es un manifiesto político: "Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión", plantea con brutalidad el jefe de Montag. Puede ser que nos conforme pensar que la frase remite a los regímenes totalitarios derrotados en 1945, o a la flamante Guerra Fría (Fahrenheit 451 se publicó en 1953). Pero es imposible no sentirse interpelados hoy por esa afirmación. Sabemos que no son necesarios ni un régimen autoritario ni una dictadura para que avance la barbarie y la simplificación del pensamiento. Basta un clima cultural. Bastan la indiferencia y el apuro.

Tardé años en descubrir la estatura de Guy Montag. Me llevó tiempo interpretar cabalmente su capacidad para pasar de la duda a la acción, en una actitud con la que se opone a su educación y su pasado de forma radical. Y reconocer que no fue un único gesto heroico, sino que el bombero dio pequeños e irreversibles pasos con convicción creciente. Cada uno de ellos lo alejaba un poco más de lo que había sido. Bradbury pinta esa conversión con imágenes bellas y poéticas. Por ejemplo, cuenta la impresión que le había causado al bombero, "en el último fuego, un libro de cuentos de hadas, del que casualmente leyó una línea".

Bradbury es un autor que se esconde en frases tan sencillas como esta: "El cierre de cremallera desplaza al botón y el hombre ya no dispone de todo ese tiempo para pensar mientras se viste, una hora filosófica y, por lo tanto, una hora de melancolía". Al igual que en Crónicas marcianas, en Fahrenheit (también reeditado recientemente por el sello Minotauro) el pasado es una formidable herramienta disruptiva. El genio de Bradbury probablemente radique en esa capacidad de transmitir esperanza desde la melancolía. No es una nostalgia decadentista. En la novela, la narración construye el puente entre los distintos tiempos que constituyen la experiencia humana. No es otra cosa esa reunión de derrotados, que fundan su esperanza en viejas palabras atesoradas. Llamamos a los bomberos para que enfrenten las llamas y nos salven la vida. Los llamamos ante una emergencia. La inversión radical que transforma a los bomberos en pirómanos que destruyen para salvar hace de Fahrenheit 451 un libro revolucionario.

El primero que Beatty debería haber ordenado quemar.

Federico Lorenz
Diario La Nación, 15 de agosto de 2020

El libro forma parte de nuestro catálogo. La película, dirigida por François Truffaut, fue exhibida por el Cineclub La Rosa en diciembre de 2009.