El espectáculo del tiempo

de Juan José Becerra
(Seix Barral, Buenos Aires, 2015, 480 páginas)

Juan José Becerra (Junín, 1965) es autor de numerosos ensayos, cuentos y novelas, y escribe para varios medios locales y del exterior.

El espectáculo del tiempo es una novela compuesta de capítulos encabezados por años –de 79 a 2007–, y en cada uno de ellos transmite un episodio distinto, pero el texto elude el relato convencional y ofrece un muestrario de fragmentos no correlativos. Es decir, no se concentra en una historia con ramificaciones y vericuetos, sino que éstos, o sea los hechos colaterales, se erigen en la historia misma. No puede menos que evocarse el Museo de la novela de la Eterna, de Macedonio Fernández, del que cita la frase: “Fluye el tiempo, que hace llorar”. Otra influencia notoria es la de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. En un capítulo, el último, cifrado en un futuro 2067, ocurre un cataclismo casi apocalíptico en la localidad de Junín.

Hay muchísimos datos jugosos (informes, apuntes, cartas, discursos), como la entrevista televisiva que le hizo el crítico e historiador del cine George Sadoul a Louis Lumière en 1948, la creación del cinematógrafo en 1895, la carrera Buenos Aires-Caracas de 1948, la invención del Código Morse en 1844, aspectos históricos de la comunidad amish, el comentario que realiza un personaje astronauta sobre su experiencia en el espacio (“es lo contrario de un lugar. Es el antilugar.”), y un verdadero hallazgo de solo cinco páginas, en el que se resume la historia del universo desde el año 0 hasta el año 26.828.308.254, en el que “el Todo dejó de expandirse (…) y regresó a la Nada del principio”. La novela en esencia es una meditación sobre el tiempo como problema metafísico. Becerra, además, demuestra poseer una amplia cultura y conocimientos de todo tipo, en especial de la naturaleza humana, a la que observa con un escepticismo no exento de un toque de fatalidad (“¿Y si los recuerdos ocurrían, igual que los hechos, una sola vez, mientras seguimos llamando recuerdo de los hechos a esas ruinas que alejan cada vez más de ellos, es decir a los recuerdos del recuerdo?”).

El escritor exhibe una prosa de lujo, impecable (“La mañana se abrió sobre una resistencia muy débil de niebla en las banquinas y encendió una luz de felicidad que duró todo el viaje”), que amplifica con extensas descripciones y enumeraciones exhaustivas de objetos. Inesperadamente, una frase construida con suma elegancia y sutileza introduce vulgares malas palabras. Esta antítesis forma parte de su estética. Es más, describe escenas sexuales explícitas y desprejuiciadas: en la tradición de Sade, asume la pornografía como legítima literatura.

Como señala Daniel Guebel en Ñ del 16/3/15, “El espectáculo del tiempo es un gran libro (…) una exigencia acerca de la perfección que debe dominar cada frase”.



Germán Cáceres

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