Los años de peregrinación del chico sin color

de Haruki Murakami
(Tusquets Editores, Buenos Aires, 2013, 320 páginas)


Tsukuru Tazaki es el único miembro de una autoproclamada pandilla de cinco adolescentes (dos mujeres y tres varones), cuyo apellido no significa ningún color. Esa circunstancia parece aludir a la personalidad vacía, sin relieves, que él mismo suele atribuirse.

Un misterioso y siniestro suceso daña la cohesión y el afecto que anidaban en el grupo, y curiosamente –como la célebre Rashomon, de Akutagawa- cada uno de los integrantes tiene una visión parcial y subjetiva del hecho, tanto que el protagonista llega a integrarlo a sus sueños y a confundir éstos con la misma realidad (“Una sensación peculiar que quizá sólo se experimenta en lugares oscuros, ocultos, en los que lo real y lo irreal se mezclan furtivamente”). De esta manera se plantean situaciones al borde de lo inverosímil que el arte del escritor logra hacer creíbles. Estos jóvenes evocan a las amistades tempranas que refieren El sentido de un final y Metrolandia, de Julian Barnes.

La novela respira cierta fatalidad, situaciones en las que abundan las despedidas definitivas porque los personajes no dudan de que jamás volverán a verse, ya que la vida transita por derroteros zigzagueantes, hasta laberínticos. Por ello el libro termina con un final abierto.

Murakami posee una suerte de imán: el lector no puede menos que devorar sus libros, cuya prosa fluye plácidamente, como si en vez de escribirla en japonés la hubiera realizado en español. Ello también es posible por la magistral traducción de Gabriel Álvarez Martínez.

Como en toda la obra de este narrador, la muerte y el suicidio permanecen omnipresentes a la manera de un leitmotiv. Uno de los personajes afirma: “Con franqueza, te diré que vivir es un fastidio. No me importa lo más mínimo morir”. Los años de peregrinación del chico sin color es también una novela sobre la soledad, la incomprensión entre los seres humanos, los desencuentros amorosos y la pérdida de la mayor parte de las ilusiones juveniles (“Que esa época tan asombrosa haya quedado atrás y ya nunca vaya a regresar. Que tantas posibilidades fabulosas hayan desaparecido, como si el tiempo se las hubiera tragado”).

Todos los personajes, aún los secundarios, resultan vívidos y convincentes a través de los precisos diálogos que reflejan sus perfiles psicológicos y de las insuperables descripciones de sus cuerpos y fisonomías.

Haruki Murakami (Kioto, 1949) –un frecuente candidato al Nobel- ha obtenido numerosos premios, entre ellos el Franz Kafka, el Tanizaki, el Noma, el Jerusalem Prize y el Internacional Catalunya 2011. Dentro de su extensa producción pueden citarse sus novelas Tokio blues; Al sur de la frontera, al oeste del sol; Sputnik, mi amor y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

Germán Cáceres

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