Aquellos años de la gran aldea

Reproducimos el artículo de Leonel Contreras publicado ayer en La Nación. Hoy, el historiador sigue con su curso "Historia de la ciudad de Buenos Aires" y mañana comienza el taller "Misterios, mitos y leyendas de Buenos Aires".




Buenos Aires fue, desde su fundación, un enclave con valor estratégico para la corona española, aunque también una aldea periférica para el sistema comercial español. Los primeros arrabales de Buenos Aires iban surgiendo de las parroquias mismas y ya los primitivos porteños se identificaban diciendo "soy de San Nicolás", "soy de Monserrat", etcétera. Sin embargo, y aunque a mediados del siglo XIX ya alcanzaba los 100.000 habitantes, seguía siendo una aldea de aspecto colonial y vida pueblerina.

Tras la Batalla de Pavón, en 1861, el poder político se trasladó definitivamente a Buenos Aires, que a lo largo de los siguientes veinte años se iría consolidando como capital. La irrupción de los ferrocarriles, el masivo arribo de inmigrantes, la creación de nuevos paseos públicos y las mejoras en los servicios de iluminación parecían entonces empezar a hablar de una ciudad moderna y casi "europea". Sin embargo, la falta de un sistema de aguas corrientes, la inexistencia de un vaciadero municipal, las precarias instalaciones del puerto y una masa de casas bajas distaban mucho de aquel sueño y todavía hacían recordar a la ciudad hispánica.

Sería una epidemia de fiebre amarilla -la peor tragedia de la historia porteña- el hito que terminaría por liquidar los últimos vestigios de aquella ciudad que oscilaba entre dos mundos y que Lucio V. López inmortalizó en su obra La gran aldea.

En 1880, la llegada de Julio Roca a la presidencia marcó el final de una etapa y el comienzo de la consolidación del Estado centralizado. El propio Roca procuró encarar su mandato con la consigna de "paz y administración", y Buenos Aires se vio despojada de su histórico título de capital de la provincia de Buenos Aires para convertirse en la capital de la Nación. Pronto, también dejaría atrás los últimos vestigios coloniales hasta llegar a ser una verdadera ciudad moderna y "europea", cumpliendo así el sueño de la aristocracia porteña.

En 1887, se incorporaron a la Capital Federal los pueblos de San José de Flores y Belgrano. Con el crecimiento de la ciudad y el loteo de las antiguas quintas, surgieron nuevos barrios. La llegada del ferrocarril y el tranvía aportaron lo suyo y llevaron la prosperidad a zonas despobladas. A fines del siglo XIX, Buenos Aires ya era la ciudad más grande de América latina, y comenzaría a surgir el germen de la futura metrópolis.

Durante mucho tiempo los barrios siguieron teniendo una vida pueblerina. Incluso, la ciudad continuó con tradiciones que los porteños de hoy vemos como casi rurales, como volver del trabajo a almorzar a casa, aunque esto implicara un viaje en tranvía de media hora o 45 minutos. A mediados del siglo XX, los barrios se comenzaron a poblar de edificios que fueron reemplazando a las viejas casas chorizo y la vida pueblerina se fue perdiendo. De todas formas, en algunos de ellos siguen quedando todavía reductos que parecieran vírgenes, casi como revivals de aquella ciudad que alguna vez fue llamada "gran aldea".

Leonel Contreras
Diario La Nación, domingo 3 de agosto de 2014