Ordeno y mando

de Amélie Nothomb
(Anagrama, Barcelona, 2010, 160 páginas)

En A pleno sol (1960), de René Clement, el personaje interpretado por Alain Delon asesina a su amigo, toma su personalidad y, de paso, a sus bienes y a su prometida.

Algo similar sucede en Ordeno y mando, pero con otro espíritu: mientras que el filme era un apasionante thriller basado en una novela de la Patricia Highsmith, en la que prevalecía la opresión y la angustia, en la de Amélie Nothomb —que nunca abandona un sesgo policial y su cuota de misterioso suspenso— todo se convierte en bella liviandad, en el equivalente de una de esas encantadoras piezas musicales de Eric Satie, o, por su impronta lunática, en un tratado de patafísica a la manera de Alfred Jarry.

El capítulo inicial, compuesto sólo por diálogos entre dos participantes de una velada, es revelador. No hay descripciones de ningún tipo ni acotaciones a esos parlamentos. Con una lucidez implacable, uno de los invitados explica al protagonista Baptiste Bordave que si alguien muere en su propia casa, no tiene que dar parte a la policía sino llevarlo de inmediato a un hospital, y sentencia: “Desde Kakfa, está demostrado: si no eres paranoico, eres culpable”. Este individuo continúa formulando pensamientos entre irónicos y escépticos: “…todas las personas aquí presentes, inteligentes y que experimentan cierta simpatía, incluso amistad entre sí, no tienen absolutamente nada que decirse. Escúchelos. Es inevitable: más allá de los veinticinco años, cualquier reunión de seres humanos es una repetición”.

Cuando en su propia casa muere un inesperado visitante, a Bordave no se le ocurre otra cosa que suplantarlo, y adhiere por esta vía a una suerte de frívola felicidad disfrutando de una vida ociosa en la que duerme casi todo el día y bebe exquisito champán (veuve-clicquot, dom-pérignon, krug, roederer) acompañado por la hermosa y sofisticada esposa del difunto.

En esta breve novela, Nothomb presta escasa atención al mundo exterior para adentrarse en los disparatados soliloquios de Bordave, y logra un originalísimo cuadro de humor negro que desemboca en el absurdo, con ocurrencias ácidas y corrosivas, como la de que en esta vida es conveniente hacerse pasar por muerto (“¿Acaso existen vacaciones más profundas que la que suponen descansar de uno mismo?”).

El libro se lee de un tirón por la prosa precisa y límpida de la autora, factor imprescindible para cincelar esta refinada obra, que a la vez exhibe tramos desopilantes.

La personalidad de Amélie Nothomb no carece de cierto exotismo: es belga, pero nació en 1967 en Kobe (Japón), se crió en el Extremo Oriente y escribe en francés. Entre sus libros, Estupor y temblores es el más famoso, y ganó importantes distinciones como el Gran Premio de la Academia Francesa, Premio Internet, Premio Cultural Leteo en León y el Grand Prix Jean Giono.

Encomiable la traducción de Sergi Pàmies.

Germán Cáceres

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