La Revolución de Mayo. Sus primeras celebraciones.

Adherimos a la celebración del Bicentenario de la Revolución de Mayo con este artículo de Leticia Maronese, escrito especialmente para la Biblioteca.

Foto: Emiliano Penelas

Los sucesos de mayo de 1810, aún con la máscara de Fernando VII, significaron una profunda ruptura del orden colonial. Basta repasar las medidas de los días subsiguientes para denotarlo: “Proclama de la junta a los habitantes de Buenos Aires y ‘de las provincias de su superior mando’, el 26 de mayo. Comunicación de las autoridades del todo el Virreinato el 27 de mayo. Reglamentación de la milicia y leva ‘rigurosa’ (de vagos y hombres sin ocupación), el 28 de mayo Ceremonial público de la junta y asunción por ella del Patronato ‘en los mismos términos que à los Sres. Virrees’, ese mismo día. Inicio de la Gazeta de Buenos Ayres, el 7 de junio. Reserva al reconocimiento del Consejo de Regencia (redactada en términos tan sibilinos que resulta casi incomprensible) el 9 de junio. Medidas ‘para la conservación del orden público’, el 11 de ese mes. Inspección de la frontera y política de tierras, cuatro días más tarde (…) Leva militar, etiquetas en las ceremonias, patronato eclesiástico, publicación de un periódico oficial, orden público, política de tierras. ¡Todo en veinte días! Estamos, sin lugar a dudas ante un proceso inédito de construcción de una experiencia de poder” (1).

El 21 de noviembre de 1810, el obispo Lué recibe la orden de remitir a los curas de su Diócesis para que en los días festivos, después de la misa, se lea la Gazeta de Buenos Aires a los feligreses.

El primer año de la Revolución de Mayo fue festejado e introdujo la novedad del emplazamiento del primer monumento público: la Pirámide de Mayo. Mucho más chica que la actual, sigue existiendo en su interior, ya que no fue demolida. Desde muy temprano el 25 de Mayo fue proclamado como la fiesta patria por excelencia, ya que además era la única que se festejaba con espontáneo júbilo por toda la ciudadanía porteña.

La Asamblea de 1813 declaró al 25 de Mayo como fiesta cívica, tomando el nombre de Fiestas Mayas, que mantuvo por décadas. Años después se incorporó la celebración del 9 de Julio, que dejó de ser un feriado simple recién el 11 de junio de 1835, cuando Rosas dispuso su celebración oficial como "festiva de ambos preceptos, del mismo modo que el 25 de Mayo".

Nadie como Silvia Sigal (2) ha estudiado a la Plaza de Mayo como el lugar significativo de expresión de la fiesta, la conmemoración y la protesta a lo largo de su historia. Lo hace a través de la difusión de los distintos eventos que se producen en el espacio, dado que sus fuentes son diarios y periódicos. Retoma la visión de Halperín Donghi al constatar la mezcla de lo nuevo con lo viejo en la celebración del primer año de la Revolución. Lo viejo en las diversiones y en el paseo del Pendón Real (que se realizaba en la festividad del San Martín de Tours).

Buenos Aires, como lo venía haciendo ya desde la conmemoración del triunfo sobre los ingleses no ahorró en gastos, dado que “Buenos Aires era la heroína de la fiesta, la dueña del 25 de mayo y el lazo con Sudamérica. Única patria de los porteños (…) la Revolución ofrecerá la Ciudadanía Americana y en el primer aniversario, por añadidura, se apropia, literalmente, del pasado indígena” Relata, tomado de Ignacio Núñez, una representación en la cual uno de los barrios de la Ciudad presenta ocho parejas, cuatro representando a españoles y cuatro a disfrazados de indios emplumados que poco tenían que ver con los pampas o los guaraníes. (3)

En efecto, para Halperín Donghi lo viejo y lo nuevo van mezclándose lentamente. Lo viejo en los arcos triunfales, en las luminarias, en los fuegos artificiales y descargas de baterías, en los repliques de campanas, en las máscaras, bailes y danzas que describe muy bien Juan Manuel Beruti en sus Memorias curiosas (4). Lo nuevo está en el control de la policía. Halperín transcribe una carta a Moreno de Guadalupe Cuenca, en la cual señala los controles, que se había obligado a los vecinos a contribuir por más iluminarias y que, además, hubo poco acompañamiento de la población en el festejo. Demás está decir que estas apreciaciones de Guadalupe son muy distintas a otras del mismo momento. Qué festeja la ciudad, se pregunta este historiador: “… la ciudad se festeja a sí misma; ebria de su propia gloria, la ‘inmortal’ Buenos Aires se presenta como libertadora de un mundo. En segundo término se celebra la libertad americana, luego de siglos de opresión española; frente a la antigua metrópoli, con la cual el lazo político, sin embargo, no se ha roto, el pasado indígena es reivindicado como herencia común de todos los americanos” . Disfraces de indios y el bautizar a los primeros morteros que se fabrican “Tupac Amaru” y “Mangoré”, son gestos ya por sí significativos. (5)

Al año siguiente, 1812, se festejan cuatro fiestas cívicas: el Día de San Fernando (por Fernando VII), la Reconquista, la Defensa y el 25 de Mayo, pero al mismo tiempo que se rendía el homenaje al Rey, se suprimía por primera vez el paseo del Real Estandarte.

Garavaglia, en su artículo en el cual señala las diferencias entre Buenos Aires y Salta con respecto a la conmemoración de la Revolución, rescata lo que denomina marcas de identidad: “La batalla de Suipacha (Tupiza), da pié a la creación de un primer símbolo patrio: la inscripción ‘La Patria a los vencedores de Tupiza’ será otorgada al regimiento triunfante para que oficiales y soldados la lleven cosida en su uniforme” Destaca otras marcas: disposiciones similares referidas a la actuación de algunos soldados; un Registro Cívico de Ciudadanos Beneméritos; una nueva noción de ciudadano americano opuesta a español; el destinar el acceso a empleo público a los ciudadanos de las provincias; determinar que los servicios militares son “la Santa causa de la libertad de la América”; que el adjetivo europeo casi pasa a ser un insulto (otras palabras que se utilizan para designar a los españoles son sarraceno, Pícaro godo, enemigo del sistema. (6)

Asistimos a un rápido proceso de sustitución o creación de símbolos. En febrero de 1812 se crea la escarapela de las tropas de la patria, a instancias de Manuel Belgrano. El Triunvirato la aprueba decretando que “Sea la escarapela nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, de color blanco y azul celeste...". Pensada para uso del uniforme militar, rápidamente también pasa a la población civil como signo de adhesión al nuevo sistema.

Una descripción de Emeric Essex Vidal sobre su grabado La Carrera de Caballos nos da cuenta del uso de la escarapela por parte de la población. Dice: “El grabado adjunto ilustra una carrera en el camino a la playa, al norte de la ciudad (…) A la izquierda puede verse un fraile; estos religiosos concurren constantemente a las carreras y son fuertes apostadores. El que está a su lado es un quintero, o granjero, con traje de fiesta. Como es un viejo español y no se aviene a usar la escarapela nacional, se le cobra un impuesto mensual de acuerdo con su hacienda (…) pues existen numerosos casos de trabajadores que conservan su lealtad a Fernando VII y pagan un fuerte impuesto de sus jornales mensuales, aunque podían evitarlo llevando la escarapela nacional”. (7)

En febrero de 1812 y en Rosario, Belgrano hace jurar a las tropas una nueva bandera inspirada en los colores de la escarapela. El Triunvirato no la acepta. Belgrano se hace cargo del Ejército del Norte de manera inmediata sin enterarse de ello. Pero esta es otra historia y merece un espacio específico.

Leticia Maronese

  1. Garavaglia, Juan Carlos, “Buenos Aires y Salta en rito Cívico: La Revolución y las Fiestas Mayas”, en Andes, Nº 013, Universidad Nacional de Salta, Salta, Argentina.
  2. Sigal, Silvia, La Plaza de Mayo: una crónica, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006.
  3. Sigal (citada) y Garavaglia, Juan Carlos, “A la nación por la fiesta: las Fiestas Mayas en el origen de la nación en El Plata”, Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”. Tercera serie, núm. 22, 2do semestre de 2000.
  4. Beruti, Juan Manuel, Memorias Curiosas, Buenos Aires, Emece, 2001.
  5. Halperín Donghi, Tulio, Revolución y Guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla, Argentina, Siglo XXI Argentina Editores S.A., 1972.
  6. Garavaglia, Juan Carlos, “Buenos Aires y Salta en rito Cívico: La Revolución y las Fiestas Mayas”, en Andes, Nº 013, Universidad Nacional de Salta, Salta, Argentina.
  7. Essex Vidal, Emeric, Buenos Aires y Montevideo, Buenos Aires, Emecé, 1999.