El terror como protagonista

La refundación del género en la literatura argentina gana adeptos y cosecha premios. Las obras de Mariana Enríquez, Marcelo Luján, Samanta Schweblin o Luciano Lamberti exploran caminos alejados de lo sobrenatural y próximos a la realidad cotidiana. Priman los formatos híbridos.


Los premios a Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez y La claridad, de Marcelo Luján, sumado a la reciente decisión del Fondo Nacional de las Artes de incluirlo como uno de los tres únicos géneros que se admitirán en la próxima edición de su certamen de letras, parecen otorgar al terror una centralidad inesperada en la literatura argentina, posición que venía tomando cuerpo a partir de tramas contemporáneas que captan la extrañeza de la vida cotidiana, insinúan las ambigüedades de la realidad y humanizan lo monstruoso.

La potencia actual del terror viene de la mano de otros elementos. Entre ellos, la renovación que habilita el maridaje con otros géneros como la ciencia ficción o la novela negra; el desplazamiento hacia nuevos escenarios que se apartan de los fantasmas, las casas embrujadas o los pueblos poseídos, y su apertura hacia temas que habitualmente capitalizaba el realismo.

Hay en la literatura argentina una discontinua tradición de relatos anclados en un género que tendió a ocupar un lugar de marginalidad. Esto pese a que lo retomaron episódicamente autores como Antonio Di Benedetto, Abelardo Castillo, Ana María Shua y Horacio Quiroga, que legó dos exponentes notables, como "El almohadón de plumas" -la historia de una mujer que languidece por un pequeño monstruo que habita en su almohada- o "La gallina degollada", relato de los hermanos con retraso madurativo que asesinan a la hermana lozana e inteligente.

A diferencia de esos hitos indudables, en los últimos tiempos el terror tomó envión en la escena literaria en torno a narradores que casi en simultáneo lo alojan en sus tramas. Esos ejemplos van desde lo siniestro cuidadosamente administrado en Distancia de rescate de Samanta Schweblin, hasta los abordajes más totalizantes de Diego Muzzio en Las esferas invisibles, de Luciano Lamberti en La masacre de Kruguer, o de Mariana Enríquez en Las que cosas que perdimos en el fuego y Los peligros de fumar en la cama.

El giro
Esta refundación del terror desde una imaginería más próxima al registro realista que al regodeo sobrenatural suma adeptos entre los lectores y capta el interés de los jurados de premios, que se inclinaron por dar el triunfo a obras que sobrevuelan este género: Nuestra parte de noche, de Enríquez, se quedó con el prestigioso Premio Herralde -al que se sumó hace unas semanas el Celsius, otorgado en el marco de la Semana Negra de Gijón-, mientras que el Premio Ribera del Duero recayó en el argentino Marcelo Luján por su volumen de relatos La claridad. Un par de años antes, Distancia de rescate resultó ganadora del Premio Tigre Juan y del Premio Shirley Jackson, pero además fue nominada al prestigioso Premio Man Booker.

"Los recursos del terror clásico son maravillosos para aplicarlos a cualquier historia de ficción. Pero el terror moderno tiene la particularidad de intentar modificar y revolverlos -explicó Luján a la agencia Télam-. Esto se está observando mucho en el audiovisual: desde el punto de vista narrativo, ¿qué diferencia hay entre los zombis de The Walking Dead y los zombis de esa serie francesa extraordinaria que es Les Revenants?".

"La diferencia es abismal, y no sólo por la apariencia física: porque a los segundos se los está humanizando por completo -distinguió-. Son renacidos que tienen problemas humanos. Entonces, a todos los efectos, son humanos. Y si son humanos el componente fantástico queda en un segundo plano y la lectura de la historia se instala, increíblemente, en el naturalismo. El muerto que vuelve a la vida y no tiene casa porque sus hijos la vendieron y ya se repartieron la herencia, es un problema del todo humano. Deberíamos empezar a diferenciar estas cuestiones, deberíamos saber leer estos conceptos del "antimonstruo" o del "antifantasma".

¿Habilita el terror experiencias infrecuentes para los que escriben ficción, inquietudes que el realismo tal vez restringe? "Todo eso -sostuvo Lamberti-. Aunque supongo que en mi caso escribo terror, fantástico o ciencia ficción (tengo cuentos que pueden pensarse en cada uno de esos géneros) porque también me da la posibilidad de experimentar algo que sucede solo en el ámbito de lo literario, que es una imitación artificial de lo real. Es una búsqueda casi religiosa".

"¿Por qué veo y leo y escribo terror? -inquirió- Supongo que frente a una realidad donde la experiencia se escatima cada vez más, donde vivimos flotando en el líquido amniótico de Internet, una experiencia fuerte, intensa, es un bien muy preciado. Además: es divertido", agregó el autor de La casa de los eucaliptos y La maestra rural.

El escritor y editor Ricardo Romero, que en su novela El conserje y la eternidad toma recursos del género para formular la historia de un personaje monstruoso que patrulla los corredores de un edificio en tres momentos cruciales de la historia argentina, indica que el terror, al igual que lo fantástico o la ciencia ficción, antes que nada le interesan "como lector, como espectador".

"Y eso hace que inevitablemente atraviesen de una u otra forma mi escritura. Si se quiere es una cuestión de cómo está calibrada mi sensibilidad, porque va más allá de los imaginarios y temas, que es una primera instancia, pero no necesariamente la única. Es una forma de relacionarme con el mundo, de experimentar el mundo", apuntó.

"El elemento fundamental, creo, sigue siendo lo desconocido -postuló-. Lovecraft en ese sentido es completamente contemporáneo: el terror cósmico, inasible, amorfo, que pone en perspectiva nuestra insignificancia. En ese sentido, El innombrable, de Beckett, es una extraordinaria novela si no de terror, al menos terrorífica. A veces eso desconocido se articula dentro de la temática, del argumento, pero muchas veces está en el clima, en la articulación poética, incluso en la sintaxis".

Muchos de los autores que transitan hoy el terror lo hacen a través de formatos híbridos que no necesariamente los inscriben de lleno como cultores del terror, pese a que apelan a algunos de sus arquetipos -vampiros, zombis, mutantes o payasos sinestros-, y al viejo tópico de que las cosas no son lo que parecen, renovado en historias donde lo inquietante está asociado a la depresión, el maltrato familiar, la violencia contra las mujeres o el abuso de drogas.

Lamberti advierte que el terror puede irrumpir en textos que a priori no fueron pensados bajo los protocolos del terror. "Hay ciertos climas de Saer, por ejemplo, que son terroríficos: su descripción de lo rural como de una zona llena de amenazas (pienso, por ejemplo, en novelas como El limonero real y Nadie nada nunca) generan atmósferas muy inquietantes y perturbadoras. El terror, como cualquier género, es amplio, y suele contagiar a escritores que no soñarían con escribir género".

Luján confía en el criterio de los lectores. "No sé qué elementos convierten a un texto de ficción en un cuento de terror porque eso me gusta que lo exprese y sienta el lector -confesó-. Evidentemente, si en la primera página de un cuento confirmamos la presencia de un fantasma, de un zombi, de un vampiro, el relato querrá escorarse hacia el terror. Pero no es excluyente. Y ahí entra en juego la humanización de ese ser, en principio, extraordinario".

Diario La Prensa
9 de agosto de 2020