Nueve de julio

9 de Julio es un tango escrito por el tucumano José Luis Padula. Fue estrenado al cumplirse el primer centenario de la independencia patria. Numerosas son sus versiones. En Wikipedia puede leerse una reseña sobre su historia y también sobre las letras que se le añadieron. En mi caso, siempre lo conocí exclusivamente instrumental.

 


En casa de mis padres se escuchaba la de Juan D’Arienzo. Alcancé a ver al Rey del Compás – así lo llamaban - y su orquesta típica a comienzos de los setenta en el auditorio de una lejana radio El Mundo, donde hoy tiene su sede Radio Nacional, Maipú 555, Capital Federal. Encorvado, eléctrico, de buen humor, con dotes de showman, solía pegar - haciendo coincidir la finta con la marca del compás - algún que otro simpático golpecito en el importante abdomen de uno de sus violinistas. 9 de Julio era uno de sus hits.

Mi papá siempre fue tanguero; no sólo me llevó a ver a D’Arienzo sino que lo recuerdo en la cocina o en su cuarto de trabajo siempre con el telón de fondo de tangos o milongas en la radio, victrola o tocadiscos.

Cuando se jubiló, una de las primeras asignaturas pendientes que acometió fue aprender a tocar el bandoneón. Al comienzo, un sufrimiento para mi mamá y para Poch, la querida perrita ratonera. Me salvé de esos escarceos porque ya vivía en Capital. Después, a fuerza de práctica, el sonido mejoró y fue un placer escucharlo.

Su maestro, don Salvador Bavastro, nombre que evoca los mejores recuerdos del bandoneón y del tango en Mercedes. Le daba clases a domicilio. Tengo presentes aquellos bailes en el Parque Municipal Independencia donde desde un escenario reluciente y de un blanco inmaculado que hoy es prácticamente una ruina. Bavastro y su orquesta compartían noches con conjuntos de rock, pop y también con grabaciones.

Mi mamá aprovechaba las clases del maestro para introducir comentarios del tipo: “Salvador, ¿se acuerda de tal tema?”. Inmediatamente comenzaba un pequeño concierto gratuito en la cocina o en el primer patio de la casa de calle 21.

9 de Julio era uno de los tangos preferidos de mi padre; lo practicó con método, con ganas. Pese a que sus interpretaciones terminaron siendo decorosas, no se comparaban a las de Bavastro, que parecía extraer belleza en estado puro del fuelle. Cuando murió en 2009 quedaron mudos sus dos bandoneones. Los guardé con veneración. Por más de diez años durmieron sin uso.

Mi hijo menor tiene diecinueve años. A los trece comenzó a tocar la guitarra. A los quince compró su primera guitarra eléctrica. Se desenvuelve con bastante decoro. Hace pocos días comenzó clases de bandoneón. En esta pandemia sacó de su descanso a los dos fuelles y, como estamos divorciados con la mamá, dejó uno en cada casa para practicar.

Cuál no sería mi sorpresa cuando semanas atrás puse 9 de Julio en You tube; inmediatamente lo reconoció y dijo que esa era la versión de D’Arienzo. Me emocionó. A los pocos días empezó a hilvanar algunos de sus acordes.

Una melodía escrita hace más de un siglo me permite hermanar los tiempos de quienes antecedieron a mi padre y se proyecta hasta el presente. Los que me siguen en la línea de la vida me alegran al permitir evocar y mantener vivos a quienes me antecedieron.

Pedro Acuña