Operación dulce

de Ian McEwan
(Anagrama, Buenos Aires, 2013, 400 páginas)


No estaría mal calificarla como una novela de espionaje, aunque profundice en las psicologías y los conflictos de los personajes. Más aún, éstos están de alguna manera sumergidos en el mundo nada dulce de los servicios secretos.

Serena Frome, que narra en primera persona, se emplea en el M15, que pertenece al Servicio Secreto Interior del Reino Unido (de los asuntos exteriores se ocupa el M16). Conste que esa seguridad está destinada a combatir tanto a los comunistas como a los rebeldes irlandeses que luchaban por su independencia (aunque la acción transcurre en la década del setenta, ya se habla que el adversario del futuro será el terrorismo, al que identifica con cualquier cuestionamiento del imperio).

La sección en que trabaja Serena tiene como objeto promocionar, a través de fundaciones que en forma oculta responden a los servicios, a intelectuales que sostienen los valores occidentales o, en todo caso, impedir que expongan ideas pesimistas sobre el destino de las autodenominadas democracias. De allí hay un paso para que el lector piense que tal vez alguno de los escritores ingleses que admira esté subvencionado por estas instituciones.

Por lo que deja traslucir Ian McEwan a través de toda su obra, él se siente identificado con los principios que han hecho de su país un lugar próspero y culto. Sin embargo, al exponer los procedimientos utilizados para combatir a sus enemigos, no deja bien parado al ciudadano británico, que estará impregnado de una gran admiración por el sistema parlamentario, pero también por el militarismo y por un odioso prejuicio de supremacía racial. El M15 cuenta con un elevado presupuesto, cuyo manejo está a cargo de una burocracia ineficaz, que aplica a sus funcionarios un severo lavado de cerebro. Una de las asistentes a una conferencia de un prestigioso general de brigada comenta: ”¡Estos tarados quieren dar un golpe de Estado!”.

Pero, más allá de la encomiable información aportada, Operación Dulce expone una historia de amor y de ambiciones notablemente escrita. La prosa de McEwan se desplaza fresca y fluida como una corriente de un río y es precisa en sus conceptos y descripciones (por ejemplo de la iglesia normanda donde se crió Serena). La traducción de Jaime Zulaika es sólida y segura. También el autor demuestra talento para exhibir el accionar sinuoso de los personajes, que cambia con frecuencia y suele revelar facetas insospechadas, nada agradables y hasta crueles. Resulta que en el ámbito del espionaje se pierde el sentido del bien y del mal.

Serena y el escritor becado Tom Hailey se enamoran, y ella lee sus relatos de atmósfera opresiva y relaciones perversas. Son ficciones dentro de Operación Dulce, pero en su tramo al final –que desborda tensión y suspenso- transmite la duda de si no fue el propio personaje quien la escribió: como si la ficción se replegara sobre sí misma.

En los agradecimientos McIwan enumera una extensa lista de libros tanto de ensayo como de ficción, que fueron el soporte de muchas escenas de la novela, y uno no puede menos que corroborar la mezcla de géneros que exhibe la literatura contemporánea.

Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948) ha recibido las siguientes distinciones: Premio Somerset Maugham por Primer amor, último ritos; Premio Whitbread y Premio Fémina por Niños en el tiempo; Premio Booker por Amsterdam; Premios WH Smith Literary Award, People´s Booker y el Commonwelth Eurasia por Expiación; Premio James Tait Black por Sábado; y Premio Wodehouse por Solar.

Germán Cáceres

Este libro forma parte del catálogo de la Biblioteca. Siendo socio puede retirarlo para su lectura.