Caribou Island

de David Vann
(Mondadori, Buenos Aires, 2012, 280 páginas)


La novela se desarrolla en Alaska, donde nació David Vann en 1966. En ese paisaje hostil y desolado, Irene y Gary arrastran un matrimonio mal avenido, y se proponen rehacer su relación construyendo una cabaña en Caribou Island, a la que irán a vivir. Se trata de una isla inhóspita y deshabitada que está separada de su casa actual por el lago Skilak. La situación empeora cuando Irene comienza a sufrir de insomnio y de terribles dolores de cabeza, cuyo origen los médicos no logran localizar. Ella se agrava y cae en una crisis patológica.

Más que conversar los esposos se disparan recriminaciones feroces que van subiendo de tono a medida que transcurre la historia. Pero también están sus hijos, Rhoda, que teme repetir la historia de su madre, y Mark, un tipo sin ninguna responsabilidad que prácticamente vive colocado.

El escritor crea un tenso suspenso al ir revelando de manera paulatina datos que anuncian la tragedia familiar que se avecina: los personajes terminan siendo crueles consigo mismos y con los demás.

Están descriptos con precisión y belleza tanto los bosques y los hielos de Alaska como los recovecos interiores de las almas. Es como si el autor fotografiara con palabras la naturaleza y los pensamientos. A medida que se acerca el invierno el clima se vuelve inclemente y el entorno siniestro refleja la tortura psíquica que padecen el matrimonio y Rhoda (“El propio bosque se le antojaba casi maligno pese a que lo conocía bien...”)

Pero la frustración, la desesperación y el desasosiego (“...el lapso de tiempo hasta la hora de acostarse se le antojaba interminable, una suerte de peligro, de vacío imposible de salvar.”) también alcanzan a personajes secundarios como Jim y su amante ocasional Monique. Ésta es una joven perversa que lo humilla sin contemplaciones. Tampoco Carl, otro secundario, se salva del sufrimiento. En general todos se arrepienten del rumbo que han dado a sus vidas y piensan que las cosas debían haber sido diferentes.

David Vann es un excelente narrador, intercala con seguro oficio diálogos, descripciones y conductas. Utiliza una prosa de agenda, con párrafos breves, como si fueran apuntes y notas tomados espontáneamente.

El libro desemboca en una visión escéptica y negativa del ser humano: “Como la vida no merecía la pena si uno solo sentía dolor, y puesto que el dolor parecía no tener fin, lo lógico era poner fin a la vida”.

La brillante la traducción de Luis Murillo Fort favorece la lectura de esta valiosa novela.

En la actualidad Vann es profesor universitario y reside en San Francisco. Ha sido traducido a dieciséis idiomas y fue galardonado con numerosos premios.

Germán Cáceres

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