Un mes después y otros cuentos aterradores

Varios autores.
(Amauta, Buenos Aires, 2009, 136 páginas)

En el prólogo de esta colección de catorce cuentos juveniles, Graciela Repún con acierto dice: “En una sociedad acostumbrada a la noción de peligro, el miedo funciona como sistema de alarma; advierte y pone en evidencia las amenazas y riesgos reales que nos rodean. Y también, los fantasmas y monstruos ocultos que acechan desde nuestro propio interior…”

En “Un mes después”, de Susana Accorsi, no hay explicación para ciertas misteriosas desapariciones: sólo la imaginación del lector puede intentar completar esta atrayente narración que bien puede ser disfrutada por un adulto.

Leo Batic (que también ilustró la atractiva tapa) entrega en “La vieja de la casona” un cuento poblado de metáforas e imágenes que con amenidad y suspenso trata acerca de fantasmas que alternan con los vivos.

Y las desapariciones no dan descanso: “El Progreso”, de Bruno Bazerque, con intensa sugestión refiere que una chica es extrañamente tragada en un parque de diversiones que sólo existió en el pasado de un pueblo.

La protagonista de “Las lápidas”, de Juan Chaves, cuando visita la tumba de su padre teme ser atacada por algún muerto, hasta que la esmerada composición de la trama revela que ella misma es una aparecida.

En cambio, “Despedida”, de Claudia Czerlowski, se centra en el espectro de un difunto que quiere despedirse de su amigo. La acción se desarrolla paralelamente en dos lugares de veraneo distintos, hábil recurso que acrecienta su interés.

Influido por el mejor cine de género, “Viernes a la noche”, de Carla Dulfano, entrelaza con soltura ficción y realidad e introduce sutilmente tanto la crueldad como la sorpresa.

“Las puertas” es un logrado cuento de Jorge Grubissich, en el que impera el misterio y asoma lo tenebroso como algo ineluctable. Sueño y realidad se unen para conformar una pesadilla temible y devastadora.

Olga Linares —responsable de los primorosos dibujos interiores— propone en “Lugares oscuros” un buen final abierto y no describe ningún monstruo pero insinúa que puede andar rondando por allí.

“Los niños de maicena”, de Julián Melantoni, es original y no le teme al horror ni a la crudeza en un relato con un sorpresivo final en el cual se apunta que unos niños serán las próximas víctimas.

“Atrapado”, de Mario Méndez, es circular, pues termina donde empieza, algo así como un eterno retorno en que deambulan Agustín, el cachorro y la bicicleta. Se respira un clima enrarecido y a la vez encantador.

En una tónica excelente y muy actual, los mensajes de texto de los celulares son la clave para provocar el horror en “2020”, de Melina Pogorelsky, ya que La Muerte anidaría en ellos.

“La música de fondo”, de Graciela Repún, va de sorpresa en sorpresa a través de un relato hablado en primera persona por distintas voces. Hay ritmo en el interior de una historia notablemente armada.

Una sostenida atención mantiene “El desafío”, de Marcela Silvestro, por la alusión a la aparente presencia del diablo en el ranchito en que vive un sospechoso y enigmático don Roldán.

“Soy yo”, de Andrés Sobico, plantea con destreza el tema del doble. Y cumple con su axioma de hierro: alguno de los dos debe esfumarse, y parecería que el indicado sería el mismo protagonista.

Este libro es una antología de cuentos de terror que no debe dejar de leerse, porque —como aclara Graciela Repún en el citado prólogo— en ellos su “única certeza es la deliciosa inquietud que puede provocar el miedo”.

Germán Cáceres