La reina en el palacio de las corrientes de aire

de Stieg Larsson
(Ediciones Destino, Buenos Aires, 2009, 866 páginas)

Es la tercera novela de la serie Millennium (las otras dos son Los hombres que no amaban a las mujeres y La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina), pero cada una de ellas puede leerse en forma independiente.

Uno de los recursos de que se vale Stieg Larsson (Suecia, 1954-2004) para atrapar al lector es acudir a personajes desmesurados, como Lisbeth Salander, que sufre de cierto grado de autismo, y Ronald Niedermann, el asesino que padece analgesia congénita, enfermedad que consiste en no sentir el dolor físico. También emplea el método tan exitosamente usado por Hitchcock de que el espectador (en este caso el lector), al conocer hechos que algunos personajes ignoran, se desespera y anhela intervenir en la narración para torcer su rumbo. Otra es la estructura literaria que está influida por las series televisivas norteamericanas y utiliza un montaje incisivo apelando a los relatos paralelos. La escena del juicio recuerda a las grandes películas y series sobre el tema: los diálogos son filosos, pletóricos en argumentaciones y réplicas.

Es una historia donde Lisbeth y Mikael Blomkvist tratan de combatir a una sección especial — secreta e ignorada por los directivos— de la Säpo (policía de seguridad que “tenía fichados a más de trescientos mil ciudadanos suecos, simpatizantes de inapropiadas ideas políticas”; además, muchos de sus funcionarios estaban convencidos “de que (Olof) Palme era un agente de influencia que trabajaba para la KGB rusa”). Esa sección se aprovecha de la información clasificada y de su posibilidad de recurrir al espionaje para cometer toda clase de actividades delictivas (un diálogo toca de cerca a nuestro Cono Sur: “¿Cómo pudisteis ser tan idiotas de empezar a liquidar a la gente, aquí, en Suecia, como si estuviésemos en el Chile de la dictadura de Pinochet?”). Estos asesinos no sólo pinchan teléfonos y ponen micrófonos en las viviendas, sino que acuden a matones de la mafia yugoslava. El autor teje subtramas que acopla a la intriga principal y urde un thriller emocionante demostrando que no en vano era un apasionado lector de novelas policiales. Larsson se nutre también de los mejores y fascinantes folletines de aventuras decimonónicos, y su inventiva hipnotiza al lector. La copiosa documentación que exhibe en todo momento, apuntala la verosimilitud del libro, aunque ese cúmulo de datos a veces transforma a la prosa en un informe periodístico.

Aunque al final los culpables reciben su merecido, el escritor es crítico del Reino de Suecia, en especial de un gran sector del mundo de los negocios que importa artículos baratos producidos en Vietnam por sociedades que figuran “en la lista de la ONU sobre las empresas que emplean mano de obra infantil”. También alude al sensacionalismo de los medios de comunicación de su país, ya que la búsqueda de la noticia insólita y escandalosa parece haberse convertido en su meta principal.

Pero el propósito primordial de Larsson es plantear la defensa de la mujer, y denunciar que la sociedad sueca —contrariamente a lo que se supone— ejerce violencia sobre ella. En las introducciones de las cuatro partes del libro refiere leyendas sobre guerreras, entre ellas las amazonas. Así, los personajes Lisbeth Salander, Monica Figuerola, Susanne Linder y Erika Berger son mujeres fuertes, valientes, dispuestas a la acción física como las heroínas citadas por el autor.

Magistral la cuidada traducción de Martin Lexell y Juan José Ortega Román.

Germán Cáceres

Lea la crítica de Germán Cáceres de Los hombres que no amaban a las mujeres haciendo click acá, y de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina click acá.