El espejo

Nuevo relato de Pedro Acuña, alumno del Taller Literario de Carlos Penelas en nuestra Biblioteca


Foto: André Kertesz

Hace un año que murió Elena. La casa quedó vacía. Antigua, habitaciones inmensas de techos altos. Dos patios; en el primero la parra bajo cuya sombra habíamos pasado primaveras y veranos. Los ruidos del mundo exterior se escuchan lejanos. El zaguán que comunica con la calle es otra pieza rectangular de al menos cinco metros de largo. Preside el living un imponente espejo con marco dorado y costosos biseles. Mi dormitorio, que fuera el nuestro, se sentía vacío. 

No tuvimos hijos pese a años de noviazgo y de matrimonio. 

Meses después de su muerte la encontré, sin mancha de decadencia, hermosa y sonriente, en el espejo biselado. Me sobresaltó descubrirla sentada en el sofá. Miré hacia allí, pero estaba vacío. Vuelta mi vista al espejo permanecía sentada, sonriente. Me hablaba, pero no podía escucharla. Movía sus labios. ¡Lástima no saber leerlos! Sus apariciones eran fugaces. Caso contrario, hubiera traído algún interprete que me ayudara a desentrañar qué quería decirme. 

En casa hay varios espejos. Supuse que mientras me bañaba aparecería en el del baño, pero me equivoqué. Otro tanto con el del dormitorio. Hubiera sido esperable encontrar su reflejo acostada en la cama matrimonial pero tampoco se presentaba allí. Sólo en el living, sentada, sonriente, a veces con sus labios cerrados. Otras, locuaz, pero siempre por breves intervalos. Sus vestidos cambiaban en cada aparición. Estaba más bonita. Se acostumbró a visitarme sin testigos. Al principio me molestó porque pensé que si lo comentaba a parientes o amigos y no daba prueba de mis dichos me iban a tener por loco. Tuve la prudencia de mantenerme en silencio. Tomé mis recaudos. Un día vino de visita Fernando, mi cuñado, su hermano. Se sentó en el sofá. En el reflejo del espejo pude verlos casi superpuestos. Le porfié que mirara algún detalle menor en el espejo: no encontró nada inusual. Tomé conciencia de que Elena se presentaba sólo para mí. 

Pasaron los meses y noté que su abdomen se dilataba. No podía ser. ¿Estaba embarazada? ¿De quién? En los años en que estuvimos casados nunca quedó encinta. ¿Lo lograba ahora como imagen en el cristal? Tantos tratamientos, tanta energía sin resultados. 

Hace una semana desapareció. Las dudas me obsesionaron. ¿Fueron reales sus visitas? El último día su embarazo estaba más que avanzado. 

Esta mañana me despertó un ruido indefinible. Intuí que venía desde la calle. Apenas un murmullo. Mi dormitorio está alejado de la puerta de entrada. A medida en que caminaba hacia allí tomaba conciencia de que el llanto de una criatura venía del zaguán. Dudaba sobre si lo que escuchaba era real o fruto de mi imaginación. Encontré un bebé envuelto en mantas. Se movía, lloraba. Lo habían dejado en el piso. Quienquiera lo hubiera dejado había tenido el cuidado de entornar la puerta de calle para perderse en la mañana. 

Instintivamente levanté al crio y lo mecí suavemente en mis brazos. Descubrí una nota entre las mantas que cayó al suelo. Protegiendo al pequeño con mi brazo izquierdo, me agaché y la tomé con mi mano derecha. Me senté en el sofá. No pude dejar de estremecerme por la letra y el texto. “Es lo que más amo. No puedo mantenerlo. Se llama Ernesto. Elena” 

Pedro Acuña

Sobre el autor
Pedro Acuña. Nació en 1962. Se crió en Mercedes, provincia de Buenos Aires y a los 17 años fue a vivir a la Capital Federal. Es abogado, docente y trabaja en un banco. Le gusta leer y en su adolescencia colaboró en un diario de su lugar de origen. Participa en el taller literario que dicta Carlos Penelas. Otros de sus cuentos publicados en nuestra página: