Los artífices del triunfo

Desde Chile, el escritor Edmundo Moure se refiere a la contundente aprobación que resultó del Plebiscito Constitucional hacia una nueva Constitución, que reemplazará a la heredada por la dictadura de Augusto Pinochet.



Son los jóvenes, los millennials, sobre todo, hijos del siglo XXI, que se atrevieron a desafiar a los poderes, fácticos e institucionales, que no tuvieron miedo ante el aparato represor del Estado Capitalista Salvaje, y se volcaron a las calles para exigir lo que no fueron capaces de entregar, luego de haberlo prometido hasta la saciedad, los políticos paniaguados, durante tres décadas de enriquecimiento, nepotismo y prevaricación. 

Ellos y ellas, de los (as) que poco esperaban los escépticos a la violeta y los ahítos, son los (as) que abrieron las anchas alamedas, como impetuosa bandada de gorriones que asustó a las águilas del poder, que sobresaltó a los buitres, alimentados de los detritos de la miseria prohijada por un sistema inicuo, que desveló a los gendarmes, confundiéndoles la traza del enemigo, para que inventaran guerrilleros foráneos o alienígenas implacables. 

Arriesgaron su vida, desprovistos del miedo mohoso, y más de medio centenar de ellos fueron abatidos por los perdigones aleves; muchos perdieron sus ojos por mirar a la cara a los mercenarios de La Moneda. Hoy permanecen detenidos varios centenares, acusados por el Delincuente Mayor de haber delinquido contra la sagrada propiedad. 

¿Haremos algo por liberarlos, nosotros los viejos y los envejecidos prematuros y los que nacieron ancianos de mente y espíritu? Está por verse, entre tanto asunto pendiente que nos espera tras la puerta entreabierta de un triunfo aún por concretar. 

Es el peso y la sombra latente de la rebelión lo que ha configurado la aplastante derrota de la reacción y sus representantes oficiales en las urnas, el fantasma de la revolución que ha estremecido los cimientos del largo pétalo de mar y vino y nieve... 

No han sido los acuerdos, entre cuatro paredes, de los sinvergüenzas, cobardes y corruptos, sino el pulso generoso de una juventud que hizo de la esperanza y del anhelo de justicia, una espada flamígera y un canto certero que se alzó desde la boca feminista de Las Tesis, que parecían apuntar con el dedo al Violador de las libertades. 

Las cuentas alegres y nauseabundas que sacan hoy los prevaricadores, arrogándose méritos y aciertos inexistentes en un proceso al que se opusieron tenazmente, apelando a todas las artimañas de la mentira y el descrédito, no pueden disfrazar ni menos neutralizar el auténtico logro de renovación social y la inminencia de los cambios estructurales. Por eso, es imperativo que estos jóvenes tengan representación mayoritaria en la escritura de la nueva Carta Fundamental, mujeres y hombres, por igual. 

De lo contrario, volveremos a caer en la trampa artera del Gatopardo: "cambiar para que nada cambie", desplegar pinceladas cosméticas sobre la agostada piel del modelo funesto. Es lo que están preparando, con el pretexto de fundar en Chile una suerte de “socialdemocracia”, imposible de funcionar en un país socialmente fracturado y empobrecido, tercermundista en salud, educación, asistencia social y acceso a la cultura, en donde la ficción de la “clase media” se traduce en un absurdo esperpéntico e irreal. Así lo muestra el mapa comunal de Santiago del Nuevo Extremo, con su cabeza de tres comunas que miran, hacia abajo, sin entenderlo, al “otro Chile”, al que siguen viendo, o como fuente de expoliación y servicio o como amenaza de sus prebendas y privilegios. 

Pero los jóvenes artífices de esta victoria tienen, por fortuna, otra lectura opuesta visión y voluntad irrenunciable de cambio. Han irrumpido, desde la revolución pingüina hasta la evasión de los torniquetes, para unirse, en un grito empuñado que remeció la sociedad entera, aterrando a los poderosos y despertando a los pusilánimes. Podemos confiar y esperar en estas nuevas generaciones y, también, en quienes se niegan (nos negamos) a llenar de telarañas el espíritu revolucionario. 

¡Que continúe siendo joven el amanecer, ciudadanos! 

Edmundo Moure 
Santiago,  26 de octubre 2020