Clarice Lispector, palabras que interpelan

Si afirmamos que fue una de las escritoras más importantes de la literatura latinoamericana del siglo XX este enunciado no alcanza para definir a esta mujer excepcional en diversos aspectos.

Nacida en Chechelnik, Ucarnia el 10 de diciembre de 1920 en el seno de una familia de origen judío como Chaya Pinjasovna Lispector, emigró con su familia en un periplo por Moldavia, Rumania llegando a Maceió, Alagoas, Brasil. El destino posterior sería Recife.

Desde su infancia Clarice comenzó a escribir cuentos infantiles es lo que se percibe la influencia del escritor brasileño Monteiro Lobato.

Siendo adolescente se trasladó a Río de Janeiro junto a su padre y una de sus hermanas, huérfana de madre desde los cinco años.

Instalada en la ciudad carioca leyó con fervor a autores como Machado de Assis, Rachel de Queiroz, Eça de Queiroz, Jorge Amado y Fédor Dostoievski.

En su primer viaje a Europa, a Nápoles en 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, dijo: “En realidad no sé escribir cartas de viajes, en realidad ni siquiera sé viajar”. Paradójica afirmación, ya que su vida fue un itinerario permanente.

Durante el conflicto, prestó auxilio en hospitales a soldados brasileños heridos. Cuando regresó a Brasil Clarice Lispector retomó su actividad periodística con el seudónimo de Tereza Quadros, siendo columnista de uno los periódicos locales.

Si algo caracteriza al estilo de C. Lispector es su originalidad, la suya es una escritura que mixtura el lirismo relacionado con complejos procesos emocionales y mentales. Las y los personajes de sus relatos exponen en sus soliloquios la angustia existencial provocada por el desarraigo geográfico y afectivo.

Poco tiempo después de publicada su última novela, La hora de la estrella, abatida por el cáncer a los 56 años, falleció en Río de Janeiro el 9 de diciembre de 1977.

Carlos A. Solero
Lunes 19 de Octubre de 2020

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