Vida póstuma de un miliciano

Un jovencito catalán de diecinueve años sale de la facultad con un amigo. Estamos en Gerona, año 1982. El amigo saluda en la calle a un tipo apenas unos años mayor, con acento latinoamericano y look de hippie sudaca, y le pregunta cómo va la novela que está escribiendo. Con una extraña mezcla de escepticismo y confianza, el sudaca contesta: “Va, va, no se sabe muy bien hacia dónde pero va”. Fogonazo en el plexo para el jovencito de diecinueve años, porque en su secreto interior fantasea desde siempre con la idea de ser escritor, pero no se anima a confesárselo ni a sí mismo. La naturalidad con que ese sudaca habló de literatura deja admirado al jovencito, que vuelve a su casa repitiéndose la frase en la cabeza.



Quince años después, el jovencito ha hecho realidad su deseo íntimo, y se ha decepcionado también. Logró publicar dos libros, el primero de cuentos, el segundo una novela (donde un personaje le pregunta a otro cómo va su tesis doctoral, y el otro contesta: “Va, va, no se sabe muy bien hacia dónde pero va”), pero no ha tenido suerte con sus libros y ha perdido la confianza. Ahora trabaja de periodista y, en una presentación de libros en Barcelona, se reencuentra con el sudaca. El sudaca es Roberto Bolaño, que acaba de entrar en su período iluminado luego de años y años de desgracia: Anagrama le ha publicado dos libros casi simultáneamente, la novela Estrella distante y los cuentos de Llamadas telefónicas. Bolaño no es un éxito todavía (según los ridículos parámetros editoriales españoles) pero su nombre ya circula con devoción de boca en boca entre los fanáticos de la literatura en España y Latinoamérica.

“Yo pasaba por entonces un mal momento. Había vuelto a vivir en Gerona, sentía que nunca sería un escritor de verdad. Y Bolaño publicó una columna en el diario local de mi ciudad en la que decía que yo había vuelto para escribir los grandes libros que llevaba adentro. En los tres años siguientes hablamos infinitas veces por teléfono y él se convirtió en una máquina de persuasión destinada a meterme en la cabeza que sólo escribiendo podría saber si era o no un escritor de verdad”, contó años después Javier Cercas. Así llegamos al episodio que es tema de conversación y de discusión desde hace veinte años en el gremio literario.

En los últimos meses de 1999,Cercas no sólo había vuelto a escribir sino que tenía en sus manos una formidable historia verídica sobre los últimos días de la Guerra Civil ocurrida en sus pagos cuando, de golpe, se trabó y sintió que el libro se le deshacía entre los dedos. Cercas quería contar la historia del fusilamiento fallido de Sánchez Mazas, uno de los fundadores de la Falange, que los republicanos habían hecho prisionero y que en la retirada de Barcelona habían decidido fusilar, junto a otros peces gordos franquistas, en los bosques del Colell. Sánchez Mazas sobrevive a las balas del pelotón, huye entre los árboles perseguido por un grupo de milicianos. Los milicianos no tienen tiempo que perder; deben seguir la retirada antes de que se acerquen los franquistas. En cierto momento uno de los milicianos se topa con Sánchez Mazas. El falangista queda paralizado de terror mientras el otro lo tiene en la mira. Se oyen voces: los compañeros le gritan al miliciano que hay que irse y si ve algo por ahí. El miliciano dice: “Nada” y deja huir a Sánchez Mazas, que sobrevivirá escondido en esos bosques, ayudado por una familia local a quienes promete proteger y ayudar cuando lleguen las tropas franquistas.

Cercas no quería hacer una novela: quería contar una historia real. Había logrado reconstruirla hablando con todos los participantes que seguían vivos (desde el hijo de Sánchez Mazas, el escritor Rafael Sánchez Ferlosio, hasta los “amigos del bosque”, que seguían viviendo en el Colell, ya viejos) pero no había conseguido nada sobre aquel miliciano anónimo y, sin eso, sentía que todo lo que tenía no servía de nada. Hasta que Bolaño le dio la pista que rescató al libro y que le dio confianza para terminarlo, como es de público conocimiento, porque Cercas así lo contó en Soldados de Salamina, que fue un bombazo editorial que dio fama, fortuna y prestigio a su autor.

Bolaño no sólo figura en él como personaje, sino que le da en bandeja a Cercas el mejor personaje del libro, el aliento épico y elegíaco que (en mi opinión, al menos) convierte a Soldados de Salamina en lo que es. A esa altura (el libro de Cercas salió en 2001), Bolaño ya había publicado Los detectives salvajes, era leído con veneración por muchos y era doblemente admirado porque, mientras esperaba un trasplante salvador de hígado, escribía contra reloj las más de mil páginas de su opus magnum, 2666, con el que esperaba salvar económicamente a su esposa y sus hijos cuando él ya no estuviera (el trasplante nunca llegó; Bolaño murió en 2003, no llegó a ver 2666 publicado ni alcanzó a disfrutar la fama póstuma, planetaria, que mereció desde entonces).

La gran paradoja es que Bolaño ya había usado como personaje a aquel miliciano clave en el libro de Cercas. Fue antes de entrar en su período iluminado, en uno de esos libros con los que intentaba en vano romper su desgracia literaria presentándose a todo concurso regional que ofreciera algún premio en metálico. Era un thriller lento, contado a tres voces, ambientado en un camping cerca del mar. Se llamó La pista de hielo, ganó en 1993 un premio regional en Alcalá de Henares y fue uno más de los desengaños de padeció Bolaño hasta que encontró su formidable registro literario en Estrella distante.

El personaje que aparecerá ocho años más tarde en Soldados de Salamina con el nombre de Miralles es el mismo que, en La pista de hielo, tiene apenas un apodo (“El Carajillo”) y desaparece pronto y sin gloria del libro. Se trata de un viejo soldado republicano que luego de la derrota huye a Francia, cae preso, es reclutado en la Legión Extranjera, pelea en la Segunda Guerra, salva la vida de milagro después del estallido de una mina, recibe una pensión de veterano, vive en Dijon y todos los veranos vuelve a Gerona a pasar unos días en un camping junto al mar.

Bolaño es el sereno del camping en ambos libros. Pero el Miralles de Soldados de Salamina es mucho mejor personaje que el de La pista de hielo. Y el Bolaño de Cercas es mucho mejor que el Bolaño de Bolaño. A veces ocurren esas magias raras. Bolaño estuvo iluminado en casi todos los libros de su última época (en grado sumo en Estrella distante, Los detectives salvajes y las últimas 300 páginas de 2666) pero en La pista de hielo no. Y yo he buscado en los otros libros de Cercas la magia de Soldados de Salamina pero no la he encontrado. Así que, con perdón de Cercas, su libro está en el sector Bolaño en mi biblioteca mental. Pero en un rincón especial de ese sector, porque tiene uno de mis Bolaños preferidos: el que enfrenta luchadores de sumo en sus sueños de hospital y se hace amigo en un camping de un viejo miliciano republicano, veterano de La Legión Extranjera, llamado Miralles.

Juan Forn
Diario Página/12, mayo de 2020

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