La fuerza de los nombres

Compartimos otro artículo del escritor chileno Edmundo Moure, amigo de nuestra Biblioteca.


“Lo que no tiene nombre, no existe”

En mi primer viaje a España, hace treinta y cinco años, me llamó la atención encontrar también los libros más conocidos de Pablo Neruda en las pequeñas librerías o kioscos de periódicos y revistas de las estaciones del ferrocarril. Ahí estaba, vivo y radiante, su nombre, mucho más que en las grises calles chilenas de los 80, época aciaga bajo la dictadura militar-empresarial que, entre muchas arbitrariedades, intentó proscribir al Poeta.

Era, sin duda, el nombre nuestro más pronunciado por bocas españolas; ni qué decir entre los republicanos, para quienes Neruda seguía siendo un paradigma de la lucha contra el franquismo y el héroe del Winnipeg, el barco de la esperanza previsto para traer a Chile a dos mil trescientos refugiados de la Guerra Civil, en agosto de 1939. Cabe mencionar que en los bares hispanos sonaban también otros nombres, como el de Pinochet, pronunciado indefectiblemente con sorna y picardía retranqueira (cualidad del humor gallego), para zaherir al forastero, asociando su nacionalidad con la del mayor asesino de nuestra violenta historia patria.

En esa breve semana de mayo de 1983 en Madrid, tuve el privilegio de compartir con mi amigo, poeta, ensayista, incansable gestor cultural, Sergio Macías, residente en la capital española. Por esos días, Sergio escribía ensayos, artículos y crónicas sobre la obra de Pablo Neruda, para algunas embajadas de países árabes. En ocasiones le acompañé a entregarlos. Luego, recorríamos la ciudad y él me señalaba los sitios preferidos en donde el hijo de Parral aprendió a querer esa embriagadora urbe que aparece en su poesía, a veces con el desgarramiento de la tragedia, otras, con el lúbrico ritmo de sus calles, plazas y mercados.

-“Neruda convirtió en poesía todo lo que vio en Madrid” –escribe Sergio Macías. Así lo refrenda y amplía en su vibrante libro testimonial, El Madrid de Pablo Neruda, del que éste escribiera:

“Yo vivía en un barrio de Madrid,/ con campanas, con relojes, con árboles./ Mi casa era llamada la casa de las flores, porque por todas partes estallaban geranios: era una bella casa con perros y chiquillos…

“Todo/ era grandes voces, sal de mercaderías/ aglomeraciones de pan palpitante,/ mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua como un tintero pálido entre las merluzas…”

El goce dionisiaco de las palabras, la fruición intemporal de los nombres, con su carga evocadora del locus amado, brotaban como un torrente de los labios del poeta.

En estos calurosos días del Santiago del Nuevo Extremo, se ha desatado una ácida disputa por la nueva denominación del aeropuerto de Pudahuel, llamado hasta ahora “Comodoro Arturo Merino Benítez”, en honor de quien fundara la aviación chilena, aunque muy pocos lo nombraban así, porque ha prevalecido la eufónica voz mapuche Pudahuel, cuya toponimia es “lugar o tierra de charcos”, aludiendo a su pasado de llano cenagoso. “Pablo Neruda”, su reciente nombre, resultará sin duda inolvidable y fácil de pronunciar.

Han aparecido numerosos detractores; los habituales “anti nerudianos” de la derecha ramplona e ignara de este país, que lo califican de comunista “aburguesado e inconsecuente”. Para esta caterva de expoliadores y sus borregos “aspiracionales”, resulta inconcebible que nuestro Premio Nobel de Literatura varón disfrutara de la buena mesa, del mejor vino y de otros placeres supuestamente reservados a los dueños del capital y a sus dilectos servidores. Y les parece el colmo que el aeropuerto principal de Chile ostente el ilustre nombre de Pablo, desplazando al de un comandante entorchado.

Esto ya lo preveíamos, pero lo que linda con lo grotesco, es el ataque desmesurado y rabioso de mujeres y grupos de feministas “en estado de guerra” que lanzan toda clase de epítetos y denuestos en contra del vate, acusándole –en palabras de la iracunda diputada Pamela Jiles- de “maltratador de mujeres” y “abandonador de su hija”, a las que se agregan calificaciones como “putero e infiel”; todo ello, resumido en ese adjetivo denigrante cuyo uso inmediato vale para desarmar cualquier posición “políticamente incorrecta”: “machista”.

Es decir, se juzga el comportamiento afectivo de Pablo Neruda, con el apoyo de un puñado de datos biográficos, sin otras consideraciones, como si estas féminas, enrarecidas por el odio de género, que viene siendo más intenso que el de clase, tuvieran la atribución de juzgar y condenar a todo macho más o menos connotado que se les ponga a tiro, con el distorsionado prisma de quien mira y juzga la historia de un siglo atrás con ojos del siglo XXI. ¿Qué quedaría para Chaucer, para Shakespeare o para Cervantes? También tendríamos que borrar sus epónimos.

En su notable libro El Canon Occidental, Harold Bloom consagra la memoria viva de veintiséis autores universales, partiendo por Dante Alighieri. Del mundo literario de Latinoamérica hay dos escritores escogidos: Jorge Luis Borges y Pablo Neruda.

De nuestro vate escribe: “Neruda puede ser considerado el centro canónico de toda la literatura latinoamericana… el más universal de todos los poetas”.

Por supuesto que no es necesario acudir al sagaz crítico estadounidense, para refrendar la valía de Neruda, pero quizá resulte apropiado, en este momento, traerlo a colación en la ruidosa pugna de epónimos nacionales, frente a la mezquindad de las críticas, a las que se han unido corifeos del autoritarismo militar con feministas a ultranza. (También se pueden juntar el aceite y el vinagre; todo depende de la ensalada).

Más allá de esta batalla algo farandulera, existe un singular fenómeno de pervivencia de los nombres, que supera sus adopciones oficiales. Así, casi todos los chilenos decimos “Pudahuel”, cuando nos referimos al aeropuerto construido encima de las otrora ciénagas infestadas de mosquitos. El prestigioso comodoro ha visto hundirse en la ceniza del inconsciente colectivo su largo nombre, que nunca pegó en la denominación forzosa.

Otro caso similar es el de la concurrida arteria José Pedro Alessandri, en la que se ha mantenido el “Macul” quechua, que significa “retoño”, denominación que permanece como raro vestigio vocal de una cultura desaparecida en manos del conquistador y olvidada de mutuo propio por el mestizo europeizante.

Los conquistadores hispanos bautizaron a la isla mayor de Chiloé como “Nueva Galicia”, nombre que duró lo que tarda el humo en un fogonazo. Se mantuvo la denominación huilliche o veliche (hay quienes la atribuyen a la lengua chono), el breve y rotundo Chilhué (lugar de pájaros estridentes).

Tal vez como un sarcasmo del proceso acelerado de aniquilación de las culturas originarias, en el que los chilenos llevamos una buena cuota de responsabilidad, perviven sobre nuestro territorio infinidad de nombres autóctonos, como si los topónimos se negaran a seguir la misma suerte de sus hablantes, incluso en comunas habitadas por la mal llamada “clase alta”, como Vitacura (piedra grande).

Si yo tuviese que elegir, en este caso del aeropuerto, me quedaría con el sustantivo mapudungun “Pudahuel”, aunque las autoridades mandantes se hayan inclinado por Pablo Neruda. En esto coincido con un destacado poeta sureño que rinde tributo en sus creaciones, siempre rebeldes y memoriosas, a los nombres de la cultura Mapuche; me refiero a Clemente Riedemann, autor de Karra Maw’n (karramawén, “el lugar de la lluvia”), poesía etno-cultural, como se la llama, que une vestigios de las etnias que se han cruzado en las regiones de los lagos y los ríos, en fusiones y conflictos que se manifiestan también en el lenguaje.

Hay otros ejemplos en muchos topónimos y tentado estuve de mencionar los de la vieja Galicia atlántica, pero lo dejaré para otra ocasión. Por ahora, concluyo esta crónica con el nombre que seguirá sonando en mi cotidiana memoria y en la de millares de chilenos: Pudahuel.

Edmundo Moure
Noviembre 2018