En el café de la juventud perdida

de Patrick Modiano
(Anagrama, Buenos Aires, 2015, 136 páginas)



Un personaje medita: “A veces, nos acordamos de algunos episodios de nuestras vidas y necesitamos pruebas para tener la completa seguridad de que no lo hemos soñado”. En esta frase se cifra el sentido de la novela, en la cual puede decirse que rige el principio de incertidumbre de Heisenberg. Sucede aproximadamente en un otoño parisino de los años sesenta: todo es difuminado y brumoso. Así, Roland y Jacqueline Delanque (apodada Louki por los parroquianos del café Le Condé) llegan a confundir los días y las noches y los lugares que frecuentan, incluso sus propios domicilios. Los personajes son flaneurs envueltos por la nostalgia de un pasado perdido y la sensación de estar apresado por una ensoñación melancólica. Y desean fervientemente hacer borrón y cuenta nueva de sus vidas.

No se llega a captar la psicología de los protagonistas ni sus verdaderas conductas (“Y, luego, las personas desaparecen un buen día y te das cuenta de que no sabías nada de ellas, ni siquiera su auténtica identidad”). Despierta tanta intriga que puede considerarse que contiene un costado policial: hasta uno de los personajes aparentemente es un detective privado.

En el café de la juventud perdida es apasionante por la metralla de datos que ofrece sobre hechos que parecen no tener conexión y cuyo significado no se capta. En cierto modo la novela posee rasgos propios del objetivismo.

Se distinguen puntos fijos (un café, un edificio, una tabaquería) para orientarse en un laberinto de zonas neutras (“…no son sino un punto de partida y, antes o después, nos vamos de ellas.”) y están también los agujeres negros, esa materia oscura que parece tragarse todo, y el tema del eterno retorno, que Roland siente como una experiencia embriagadora.

La prosa de Modiano es sencilla, pero moderna, muy personal e invita a la lectura. La valiosa traducción de María Teresa Gallego Urrutia logra transmitir su encanto.

El autor nació en 1945, en Boulogne-Billancourt, Francia, y es reconocido internacionalmente como uno de los mejores escritores de la actualidad.

Recibió numerosas distinciones, como el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa (1972), el Premio Goncourt (1978), el Premio de la Fundación Pierre de Mónaco (1984) y el Premio Nobel de Literatura (2014). Entre sus libros se destacan, además del comentado, las novelas Trilogía de la ocupación, Primavera de perros / Flores de ruina y Un pedigrí.


Germán Cáceres

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