Aprendiz de asesino

de Robin Hobb
(Random House Mondadori S.A., Buenos Aires, 2014, 392 páginas)


Es el Libro I de la “Trilogía del Asesino” (los otros dos son: Asesino real y La búsqueda del asesino), de Margaret Ogden (California, Estados Unidos, 1952), escrito bajo el seudónimo de Robin Hobb. Anteriormente (1983-1992), la autora utilizó el de Megam Lindholm para sus textos de ciencia ficción.

Aprendiz de asesino puede entenderse como una fantasía situada en una época remota, pero atemporal. Está escrita en la primera persona de Chico (también llamado Traspié o Nuevo), el hijo bastardo de un príncipe. Al inicio de cada capítulo hay un epígrafe en bastardilla que orienta sobre esta ficción que tiene rasgos de cosmogonía. En ella se rinde culto al herbario, pues su calidad y diversidad permite múltiples usos. El envenenamiento representa un trauma en este Reino de los Seis Ducados –se muestra su mapa en el comienzo- así como las intrigas y los asesinatos políticos. Precisamente, Chico se convirtió en un asesino profesional al servicio de la corona: su tarea era eliminar, sobre todo con venenos, a los nobles que entorpecían las decisiones del soberano (“Nunca creas que somos otra cosa de la que somos. Asesinos. No piadosos agentes de un rey sabio. Asesinos políticos que impartimos muerte para que nuestra monarquía avance.”

Chico posee un don llamado la Maña, que consiste en comunicarse con perros y caballos, pero no es capaz de adquirir la Habilidad, que radica en el poder de penetrar en el cerebro de los soldados para transmitir órdenes en las batallas o introducirse en las mentes de los enemigos de modo de intensificar sus miedos y así destruir sus personalidades.

A medida que transcurre la narración crece lo siniestro y la destrucción feroz. Por ejemplo, el legendario Hombre Picado, que contamina de pestes y enfermedades, y los Corsarios de la Vela Roja, que forjan a las mujeres y a los hombres, es decir los convierten en no humanos.

Una expedición a la ciudad de Jhaampe, en el Reino de las Montañas, remite a las bellas ilustraciones de los cuentos de hadas. En ella “el rey es el siervo del pueblo”. La amabilidad, la cortesía y la honestidad caracterizan a sus habitantes, quienes, no obstante, no vacilan en asesinar por una cuestión de estado. La novela no muestra escenas sexuales o eróticas en ninguno de los dos reinos, lo cual resulta una curiosidad.

Robin Hobb despliega una capacidad de fabulación apabullante. Sus descripciones de las fortalezas, de las vestimentas, de los personajes y de los paisajes inundados de magia son precisas y seguras. Su escritura es clara y elegante. Sin embargo, al narrar por amplificación extiende demasiado la acción.

La traducción de Manuel de los Reyes es excelente.

Germán Cáceres

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