Mi primer ratón

de Fernando Kofman
(Ediciones La Carta de Oliver, Buenos Aires, 2012, 48 páginas)


Estos doce poemas del libro, según el brillante y erudito prólogo de Santiago Espel, son apólogos de cuya figura se apropia el autor “para provocar un giro en el sentido y exponer la realidad desde otro punto de vista”. La frecuentación del ensayo por parte de Fernando Kofman influye en estos trabajos que, más allá de su calidad literaria, invitan a una reflexión nada convencional.

Una notable tapa con una ilustración de la célebre historieta Maus, de Art Spiegelman, en la cual los ratones son los judíos y los gatos los nazis, es el punto de partida del poema que da el título a la obra. Mientras el poeta está leyendo la historieta, un ratón se va comiendo paulatinamente los libros de su biblioteca hasta que el encargado del edificio lo mata; entonces aquél mira por la ventana y percibe que los letreros luminosos de objetos de consumo representan los símbolos que el poder utiliza para implantar la opresión.

“Francis Bacon” evoca al pintor del siglo XX que realizó cuarenta y cuatro versiones del retrato del Inocencio X, famoso cuadro de Diego Velásquez. La figura papal representa una máquina que “sólo emite sombras,/ y donde sus médicos sólo ven ríos de bilis,/ sofocaciones, alaridos,/penumbras”.

En “Novelas”, las citas literarias (Beckett, Hertha Müller y Robbe-Grillet) le sirven a Kofman para marcar la contradicción que anida en el ser humano, con su lado oscuro y su contrapartida luminosa.

“Discursos” no critica las religiones, sino que cuestiona sus pretendidos libros sagrados. “Una película italiana” transmite un sabor amargo ante la indiferencia política de las personas que sólo piensan en su bienestar pero “no/ les interesa de dónde/ fluye: si de la democracia/ o del partido único”.

Una paseante recorre las calles de Buenos Aires en “Plaza Italia” y en “El ángel de la historia”. En la primera objeta la obra de arte que se relaciona con el poder ( como ocurre con el actor del filme Mefisto, de István Szabó), y la segunda concluye con una afirmación que funciona como duda: “Que los maniquíes,/ como el ángel/ o algunos hombres,/ están enamorados/ de la eternidad”.

“Enemigos internos” refiere el tormento interior que sufren quienes optan por la intolerancia y se encuentran de esta manera agobiados por la neurosis de la sospecha. “El gran macabro” es un homenaje a ese genial pensador que fue Walter Benjamin.

“Una mina en San Luis” alude al hecho de que la violencia impera en el mundo cualquiera sea la ubicación geográfica y la época.

En “Los altares”, un paisaje de Chubut es utilizado para señalar los espejismos que asaltan al hombre, que cree estar pasando por su esplendor y, en cambio, está deslizándose hacia su declinación.

“Navidad Berlusconiana” alude a ciertos aspectos negativos de las sociedades contemporáneas, como el intolerable ruido que impera en las ciudades y el dominio de los medios sobre las opiniones: “Porque la muerte/ es ese ruido,/ y también es/ esa pantalla”.

Los agudos pensamientos del poemario Mi primer ratón están enmarcados por un lenguaje poético de alto vuelo.

Germán Cáceres