El paseador

de Ernestina Mo
(Lilah Ediciones, Buenos Aires, 2012, 304 páginas)


Este libro –salvo por su costado humorístico- carece de puntos de contacto con el anterior de Ernestina Mo, Fuego Azul, que era una colección de cuentos eróticos. En cambio, El Paseador comprende cincuenta y siete relatos breves cuyos protagonistas son perros antropomórficos, por cuanto charlan entre sí y entienden el habla de sus dueños, mientras que éstos no saben interpretar sus conversaciones. Por ello, las mascotas no sólo reflexionan sobre sus propios problemas, sino también acerca de los de sus propietarios.

Este ámbito canino no puede menos que evocar Ciudad, de Clifford D. Simak, que describe un mundo en el cual los hombres han desaparecido y los perros se reúnen durante las noches para contar historias. También a obras de Jack London como Colmillo Blanco, El llamado de la selva y Jerry de las islas.

La autora revela conocer en todas sus facetas las diferentes razas de perros, así como de la asistencia que se les brinda en las veterinarias.

Un personaje importante es Joaquín, el paseador, encargado de vincular las narraciones. Se sabe que en vez de cursar estudios terciarios prefirió la singular profesión de “este nuevo ingrediente de las sociedades urbanas”, como lo define el Doctor Juan Enrique Romero en el prólogo. Además, siente nostalgia por su ex novia Ivonne, pero termina enamorándose de la débil Julieta. Paralelamente, se desarrollan simpáticos romances entre algunos perros. Sus imprevisibles amos, a medida que se suceden los relatos, van adquiriendo protagonismo y se relacionan entre ellos.

En este encantador libro se respira alegría y un canto a la vida, y Ernestina Mo no sólo exhibe amor por los perros sino por todos los animales. Además, a éstos curiosos protagonistas se les ocurren salidas como las siguientes: “Mi Dios –pensó al mirarlos-, qué especimenes tan raros son los seres humanos”/ “Ser perro era una cosa, pero tener el título de macota le confería vivir bajo un amparo sin igual”.

Y todo este mundo pleno de ternura y calidez está expuesto a través de una buena prosa, que se destaca por su concisión y fluidez.

Germán Cáceres