Cuentos glaciares

de Jacques Sternberg
(La Compañía, Buenos Aires, 2010, 218 páginas)

Estos cuentos breves (algunos sólo tienen dos renglones), que conciben la realidad como fantasmal e inasible, son ventanas a lo desconocido, a mágicos mundos paralelos que evocan al autor de ciencia-ficción Fredric Brown. Pero si bien el belga Sternberg (1923-2006) fue un especialista en el género para el cual concibió un guión (Je t`aime, je t`aime, 1968, de Alain Resnais), “no tiene inquietudes propias de Verne o de Wells; no le fascinan las máquinas ni la técnica en general”, como postula Hervé Le Tellier en el admirable posfacio.

Su inventiva es fascinante, ya que escribió mil quinientos cuentos, de los cuales doscientos setenta aparecen en este libro: “algunos (...) datan de 1948 y otros de 1973”, señala Sternberg en el prólogo.

Los Cuentos glaciales emanan angustia y desesperación, ya que los personajes respiran un malestar, perciben una presencia ominosa, corren dominados por el vértigo a través de caminos, pasillos y túneles sin fin, se pierden en laberintos colmados de espejos que multiplican imágenes, en pequeños universos cerrados y carentes de sentido en los que aguarda el vacío y, en consecuencia, la muerte, omnipresente a lo largo del libro. En su microrrelato “El punto final”, escribe: “Dios creó el mundo en seis días, como se ha dicho. Después, al séptimo día, descansó. /Esto le permitió reflexionar. Y, aterrado por el monstruo que había arrojado al espacio infinito, al día siguiente creó la muerte”. También sus atormentadas criaturas padecen pesadillas y alucinaciones, la persecución de dobles, premoniciones fatales y sucesos en los que la causa ocurre antes que el efecto, o el tiempo se trastoca (“Queriendo arreglar las agujas del reloj de una catedral, dio un mal paso y, desde el espacio, cayó en el tiempo.“)

Sternberg sufrió la persecución nazi, incluso estuvo prisionero en un campo de concentración y su padre murió en el de Majdanek, y estos horrores son aludidos en varios de sus relatos (por ejemplo, en “La cura” y “El tren”).

La clave fantástica del Cortázar de Bestiario (1951) impregna estos textos de Sternberg, sobre todo cuando intervienen peces, que remiten a “Axolotl”, de Final de juego (1956). Asimismo se puede rastrear a Kakfa, por ejemplo en “La bruma”, en el que describe el simple hotel de un pequeño pueblo costero, y en los inquietantes laberintos que recorren sus ficciones.

Jacques Sternberg cincela una prosa potente, de párrafos cortos, magníficamente construida. Su sensibilidad y su talento literario son tan desmesurados que da cabida al humor negro, a la atmósfera surrealista, al absurdo, a los finales inesperados, a la crueldad, al dato espeluznante, a la no linealidad de los acontecimientos, al giro siniestro.

Otro sentimiento que prevalece es su escepticismo respecto al ser humano. En “La conquista”, una invasión de extraterrestres ocupa con facilidad la Tierra dada su superioridad tecnológica, pero conocen a los terrícolas y los consideran tan subnormales que abandonan el planeta. Y en “La nada”, refiere que “ (...) Dios tras revisar su obra le había pedido a su secretaria personal que borrara un error que le molestaba/ La Tierra no era más que un error de tipeo”.

La calidad de este libro puede apreciarse en su totalidad gracias la proeza que realizó Eduardo Berti con su magistral traducción.

Hervé Le Tellier en el final de su posfacio declara que el autor detestaba: “las fábricas, el deber, el heroísmo, Dios, la virtud, la patria, el trabajo, la fe y el alma, la autoridad, el suelo natal, las armas y los uniformes, el deber, la voluntad, el combate y los enfrentamientos”. En esta breve enumeración, que desborda misantropía, puede rastrearse el espíritu que alienta estos superlativos Cuentos glaciales.

Germán Cáceres

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