Timote

de José Pablo Feinmann
(Buenos Aires, Planeta, 2009, 255 páginas)


Está basado en los hechos reales que condujeron al secuestro y muerte del general Aramburu. Pero no se trata de una novela histórica, sino de una propuesta más cercana al nuevo periodismo, al non-fiction del Truman Capote de A sangre fría (1966). Pero, como se dice en un diálogo, que “Nunca se va a saber lo que dijimos en esta habitación”, Feinmann recurre a la imaginación para sumergirse en los vericuetos interiores de Fernando Abal Medina y Pedro Eugenio Aramburu, porque “Es el instrumento más impecable que creó el hombre para expresar la complejidad de la existencia”. No obstante, hay abundantes datos y reflexiones sobre la historia argentina y, más precisamente, acerca de los protagonistas de ese período, cuyo presidente de facto era Onganía. La narración se apuntala, de esta forma, en un ciclópeo trabajo de investigación.

Timote — así se llama el pueblo donde murió Aramburu— es una novela apasionante, que estremece al evocar esos años de terror e intolerancia, pero también de ideales y sueños por parte de una juventud que creía que iba a fundar una patria feliz y progresista. Uno de los grandes logros es sumergirse en el mundo interior de Fernando Abal Medina, encargado de la ejecución, que a la vez era un fervoroso católico que recurría a menudo a la oración. Lo mismo pasa con Aramburu, que ni por asomo sospechaba que lo estaban por secuestrar, pues se hallaba inmerso en los planes políticos con los que suponía alcanzar la gloria. Los diálogos que mantienen los dos personajes son ricos y esclarecedores —vale la pena intentar una adaptación teatral—, y se tornan amargos y repulsivos cuando razonan sobre los fundamentos teóricos de la tortura.

El relato es objetivo y ambos bandos quedan malparados: Montoneros por una actitud fanática que lo llevó al ultrismo y a una conducta militarista, y Aramburu por su ideología retrógrada, que empleó para reprimir y gobernar autoritariamente (“Este país todavía no conoce la furia del Ejército Argentino”, le hace decir Feinmann).

Un halo trágico recorre las páginas de Timote: el autor —que escribe en presente adoptando una prosa nerviosa, urticante e incisiva, compuesta en su mayor parte con frases cortas— advierte que: “Contamos una tragedia. No una historia con buenos y con malos”.

Le vendrá bien al lector repasar esta época de nuestro pasado, tan cercana como difícil de entender. Comprobará una vez más una verdad desgarradora: la mayoría de los que están ubicados alrededor del poder cometen actos ignominiosos y tienen las manos ensangrentadas. Otro de los aciertos de Feinmann es no recurrir a la versión de Mario Firmenich, de quien dijo a Ñ (3.7.09): “Nadie le cree nada. Es un mal bicho (…) un tipo que mandó a morir gente inútilmente”.

Germán Cáceres