F La cantante y poeta Patti Smith, premio Princesa de Asturias de las Artes 2026 - Carlos Sánchez Viamonte

La cantante y poeta Patti Smith, premio Princesa de Asturias de las Artes 2026

Comprometida, creadora total y mito del rock, la creadora, de 79 años, no ha dejado de luchar contra las injusticias y siempre reivindicando el poder sanador del arte. Muchos de sus libros se encuentran en nuestro catálogo.



Tenemos reciente una imagen inolvidable de Patti Smith. Una estampa a recordar para siempre porque aquel concierto que ofreció en octubre de 2025 en el Teatro Real de Madrid fue primoroso y resume las cualidades de una creadora que este miércoles ha sido galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026. Salió al escenario vestida de Patti Smith: pantalón negro, botas, una camiseta blanca, chaqueta oscura y la melena orgullosamente encanecida. Celebraba los 50 años de su obra cumbre, Horses, y la interpretó al completo, pero al mismo tiempo pasaron muchas cosas aquella noche: un recital corajudo, reivindicativo, poético, bello. Y punk: llegó a escupir en la tarima (¡del Teatro Real!) en el fervor de People Have the Power, una de sus canciones más emblemáticas. Se vivió un compendio de lo mucho que representa Smith (Chicago, 79 años). Para cuando terminó el recital, los 1.600 espectadores que llenaron el recinto le habrían entregado el Princesa de Asturias, el Nobel y hasta las llaves de su casa.


El jurado del Princesa de Asturias ha destacado: “Intérprete de estilo vigoroso, ha plasmado la rebeldía del individuo en la sociedad en canciones palpitantes, algunas de las cuales ya son iconos de la música popular de nuestro tiempo. Como escritora, ha transmitido una visión poética de la vida, comprometida con ofrecer un mensaje de esperanza frente a las injusticias. Con una actitud inconformista y transgresora, ejemplo para muchas artistas, ha conmovido a oyentes y lectores de todo el mundo y sigue inspirando a las nuevas generaciones”. Entre los componentes de este jurado figuran la coreógrafa María Pagés, el actor y director teatral Josep Maria Flotats, la música Christina Rosenvinge o la fotógrafa Isabel Muñoz.

Quizá haya que recordar justo ahora que Patti Smith tomó una decisión insólita en el mundo de la música de la época, e incluso hoy poco habitual: después de cuatro discos, en 1979 se mudó de Nueva York a Detroit para formar una familia con su gran amor, Fred Sonic Smith, guitarrista de los obligatorios MC5. Estuvo casi 10 años atendiendo a su familia (dos hijos), alejada del foco público, aunque no dejó la poesía, el dibujo y la composición de canciones. Pero en privado, mientras veía a su familia crecer. En 1988 regresó con el disco Dream of Life.

Nunca fue una artista fácil de catalogar, y eso le honra en un entramado cultural tan monolítico. Se movió con fluidez entre los géneros de la música, la poesía, la fotografía o las artes visuales. Smith ha publicado una decena de libros y otros tantos álbumes, que han obtenido premios y reconocimientos. Cuenta, entre otros, con un National Book Award, una Medalla de la Orden de las Artes y las Letras de Francia o un honoris causa por la Universidad de Columbia. La autora es también célebre por su activismo, en contra de las guerras, a favor de Palestina o, entre otras causas, para que no se destruyeran los jardines de la calle Elizabeth de Nueva York. Publicó el año pasado en castellano Pan de ángeles, sus memorias definitivas.

“Escribir es solitario. Actuar es lo opuesto: es colectivo, es eléctrico, es comunión. Amo ambos, pero vienen de diferentes partes de mí misma. Cuando escribo, estoy construyendo algo en silencio; cuando actúo, estoy compartiendo lo que he construido. No podría vivir solo como intérprete. Escribir me mantiene con los pies en la tierra; es donde entiendo las cosas. Actuar es donde las celebro”, relataba a El País Semenal el pasado octubre.










Smith creció como la mayor de cuatro hermanos en una familia humilde. Su madre era camarera y su padre maquinista, pero ambos con inclinaciones artísticas. Fue educada como testigo de Jehová, empezó a trabajar a los 10 años, entre campos de cultivo o el cuidado de niños, y se mudó dos veces en su juventud con su familia: de su Chicago natal a Filadelfia y, luego, a Nueva Jersey. Descubrió la poesía a los 16 años, gracias Las iluminaciones, de Arthur Rimbaud, al que adora desde entonces. Se hizo fan de Bob Dylan cuando su madre vio en una tienda Another Side Of Bob Dylan (1964) y se lo regaló. Luego, Dylan se haría fan de ella.

A los 19 años se quedó embarazada por accidente, la echaron de la universidad y terminó dando a su bebé en adopción. Ante tantas dificultades, ha contado en alguna ocasión que tuvo la revelación de que sería artista, y las cosas se arreglarían. Así que se plantó en Nueva York, sin dinero ni certezas, y se lanzó a buscarse la vida: componía poemas, escribía reseñas musicales, sacaba fotografías, trabajaba de camarera. Era el Nueva York del punk. Y conoció al fotógrafo Robert Mapplethorpe, primero su amigo, luego su amante y siempre su compañero creativo. Entre los dos realizaron una sociedad artística sin restricciones. Todo valía con tal de que a los dos les emocionara. Si luego calaba entre el público ya era otro asunto que se escapaba a su proceder.

Se sabe que su primer concierto aconteció en 1971 en una iglesia. Ella y el guitarrista Lenny Kaye improvisaron sobre unos sonidos distorsionados y una poesía heredera de la generación beat. En aquella ocasión fue cuando recitó aquello de “Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos”, con los que abrió su disco de debut, Horses. Kaye, por cierto, sigue tocando con ella después de 55 años, en una de las sociedades más longevas y fructíferas del rock. Mapplethorpe fue el autor de la célebre portada de Horses, una imagen andrógina en blanco y negro de ella, con mirada desafiante y posando “a lo Sinatra” con la chaqueta al hombro. El disco se publicó en 1975, cuando el punk comenzó a despuntar, y a ella se le encuadró en ese movimiento. Su actitud retadora cuadraba perfectamente con el movimiento: Smith pegaba patadas a los amplificadores y escupía al público, pero su vuelo poético iba mucho más allá de los pogos que se organizaban en el CBGB, el local neoyorquino donde se curtió el movimiento.

Siguió publicando discos interesantes hasta su retiro con su familia. En 1994 murió su marido, a los 46 años, lo que le produjo una profunda depresión. Fue gracias a amigos como Michael Stipe, líder de R.E.M., como logró regresar a la música. Conviene revisar sus discos de los 2000, ensombrecidos, como casi toda su discografía, por la apabullante repercusión de Horses. Pero trabajos como Trampin’ (2004) o Banga (2012), el último, contienen esas piezas poéticas y rabiosas tan de su cosecha.

Hoy Patti Smith, viuda, madre y abuela, mito musical, artista total, vive mortificada por el mundo actual. No es lo que ella había pensado para el tramo final de su vida. En una visita hace unos años México, pidió perdón a los mexicanos por las políticas de su país en cuanto a migración y no se cansa de decir: “Trump refleja lo peor de nosotros como pueblo”. A ella no la va a callar nadie y canta siempre que se sube al escenario, y con más fuerza que nunca: “El pueblo tiene el poder”.

Carlos Marcos
Diario El País, España, 29 de abril de 2026

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