La mujer invisible

de Irma Verolín
(Moglia Ediciones, Corrientes, 2018, 232 páginas)


Desde el comienzo de la novela la escritora propone un tono sensible y melancólico. Para ello se vale de una prosa exquisita, de extraordinaria soltura, que opta por la morosidad (“El verano es esa estación del año que demuestra de una vez y para siempre que la vida se ha convertido en una quimera.”). Tiene capacidad para las descripciones y se nota que es una gran conocedora del idioma y una enamorada del lenguaje literario.

La protagonista –una profesora de Historia– narra en primera persona, y en sus introspecciones se percibe una soledad abrumadora así como la de todos aquellos porteños que se quedaron en Buenos Aires en ese verano caluroso de 1999. Da una idea del clima de hastío y chatura que impera en la ciudad, y trae a la memoria Los alimentos terrestres, de André Gide, donde se enuncia “Una existencia patética, Natanel, antes que la tranquilidad…”

Ella, cuyo nombre no se menciona, reflexiona continuamente y hace asociaciones insólitas y muy originales, pero siempre plenas de sagacidad: “…hoy por hoy el mundo es tan móvil, tan fluctuante y tan dócil que ninguno de nosotros está capacitado por el momento para retratarlo, se nos escapa como una burbuja, se destiñe, se despinta”.

Son apasionantes los paseos que realiza en bicicleta por las calles de la ciudad y trae a la memoria el primer episodio (“En mi Vespa”) del filme Caro Diario, de Nanni Moretti, en el cual éste recorre en moto Roma durante agosto. Para nuestra profesora “El calor llegaba hasta mi pubis y también lo deshacía: entonces yo era una mujer invisible por ese motivo, sólo por ese motivo”. Se considera imperceptible porque siente que está aislada, vacía y señala –con angustia– la opacidad de la existencia. Y llega a afirmar: “Sólo soy eso: la mujer de la bicicleta”.

Y aparece Carlos, un amigo que es internado por una enfermedad que los médicos no llegan a diagnosticar, y le empiezan a llegar cartas de Alicia, una ex amiga, docente como ella, y a la que describe con anchas caderas, usando un gastado tapado y con una tiza en la mano. Se crea, así, una expectativa, una veta de suspenso sobre el paradero de Alicia y la salud de Carlos. Y, en cierta forma, el texto gira hacia el epistolario que recibe la protagonista y que se limita a leer ya que no lo puede contestar, pues Alicia lo hace entregar anónimamente por personas extrañas que encuentra al azar en su dudoso viaje de vacaciones.

En cuanto al hospital donde está internado Carlos, la enumeración pormenorizada de múltiples objetos, pasillos kafkianos, olores, ruidos y luces evoca esas obras de la pintura flamenca en las cuales estaba reflejado un universo.

En esta suerte de monólogo interior logra encontrar un conmovedor diario íntimo de Alicia, en el cual su ex amiga revela su dependencia del alcohol, el cual “…hace que no soporte la calle con su trajín, sus bocinazos, sus luces estridentes. Llevo el alma a flor de piel”.

Y, casi al final de la novela, la protagonista proclama: "Supe también que Alicia, y no yo, había tenido el coraje de ser una auténtica mujer invisible.”

Irma Verolín nació en Buenos Aires y es autora de novelas, cuentos, poesías, ensayos y literatura infantil. Obtuvo las siguientes distinciones: Premio Nacional del Fondo Nacional de las Artes 1987, Premio Emecé 1993-1994, Primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Primer Premio Internacional Horacio Silvestre Quiroga, Primer Premio Internacional de Puerto Rico, Primer Premio Internacional de Novela Mercosur y el Primer Premio de la Fundación Victoria Ocampo. Fue traducida al inglés, alemán, ruso, portugués e italiano.

Germán Cáceres