Una luchadora que no merece ser olvidada

Quizá sea porque este año ya se cumplen otros aniversarios rutilantes, con Borges, Shakespeare, Cervantes y Maradona a la cabeza, o tal vez porque hace rato los argentinos no la tenemos tan presente como su ejemplar lucha merecería. Como fuere, poco se ha reparado en que este jueves se cumplirán 30 años de la muerte de una de las mujeres más importantes de nuestra historia: Alicia Moreau de Justo.

Cien años tenía ya cuando el 12 de mayo de 1986, mientras dormía, se apagó la vida de la primera feminista argentina, una humanista que a lo largo del siglo XX batalló por derechos postergados y promovió, antes que nadie, el acceso de la mujer al voto. Había nacido en Londres, en 1885, donde su padre, Armand Moreau, vivía exiliado tras haber participado de esa experiencia revolucionaria que fue la Comuna de París. Era un "libre pensador", según lo definía ella, y de él heredó tanto su espíritu rebelde como su cultura. Alicia llegó a la Argentina antes de aprender a caminar y desde muy chica acompañó a su padre a las reuniones de los socialistas que procuraban organizar al movimiento obrero. Así llegó a tomar contacto con la rama femenina del partido, que promovía la educación laica y la apertura de bibliotecas populares.

En una época en que no era bien visto que una mujer continuara sus estudios al terminar el secundario, fue en 1907 una de las seis primeras inscriptas que recibió la carrera de medicina de la Universidad de Buenos Aires. Mientras estudiaba fundó el Movimiento Feminista, y comenzó una larga lucha en favor de los derechos políticos de la mujer. Al mismo tiempo, y ya recibida de médica, instaló un consultorio ginecológico en la calle Esmeralda, donde atendía a prostitutas y a mujeres que por sus bajos recursos no podían consultar a especialistas.

"Estoy absolutamente convencida de que es posible hacer transformaciones revolucionarias pacíficamente. Pienso que las grandes revoluciones son las que se hacen a nivel intelectual", declaró cuando el socialismo adquiría en el mundo formas violentas o antidemocráticas. Por el contrario, buscó ampliar el acceso de toda la sociedad a la democracia, y así en 1932 presentó al Congreso un proyecto para sancionar el sufragio femenino, logro que se concretaría en 1947 cuando el peronismo, movimiento del que sería muy crítica, volviera a impulsarlo. Bajo su liderazgo las mujeres obtuvieron también otros triunfos, como la sanción de la ley 11.317, que reglamentó el trabajo femenino e infantil, y la ley de Derechos Civiles de la Mujer, que equiparó los derechos de hombres y mujeres. Jamás detuvo su compromiso moral con las víctimas de las injusticias, y en la década del 70, en el final de su vida, fue una de las fundadoras de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.
En tiempos en que urgentes problemáticas de género han ganado visibilidad, sorprende que no se tenga más presente a quien fue una abanderara del feminismo en sus luchas más trascendentales. Sirvan estas líneas como un modesto recuerdo de una trayectoria demasiado grande para ser olvidada.

Javier Navia
Diario La Nación