Bioy Casares, una vida hecha de literatura

En Bioygrafía, Silvia Renée Arias entrelaza los sucesos de la vida con las obras del escritor, y construye un retrato de sus obsesiones, sus miedos y su talento. El libro fue recientemente adquirido por la Biblioteca en la Feria del Libro.



Lejos de intentar una exhumación póstuma de grietas y estigmas; con la tranquilidad de que "los escándalos ya eran conocidos", Silvia Renée Arias se propuso la ardua tarea de construir la biografía definitiva de Adolfo Bioy Casares, uno de los escritores argentinos más importantes del siglo pasado. Tenía al menos dos desafíos. Por un lado, encarar el armado de un rompecabezas monumental cuyas piezas eran documentos, sus memorias publicadas y sus propios diarios, en los que registró cada encuentro que tuvo en cinco años de amistad con Adolfito y su familia. Y poner todo eso a dialogar con la obra del autor de La invención de Morel. La tentación permanente era desviarse por la tangente de los enormes personajes que lo rodearon en su más íntimo círculo, compuesto por su esposa Silvina Ocampo, su amigo Jorge Luis Borges, su cuñada Victoria Ocampo, su contrincante Ernesto Sabato.

Pero quizás el desafío más importante se presentaba en escribir la biografía de alguien querido y admirado sin caer en la complacencia y el cuidado extremo del personaje que hubiera borrado cualquier matiz. Sobre todo con una vida como la de Bioy, a la que no le faltaron condimentos de novela.

A 22 años de haberlo conocido, a 17 de su muerte, el resultado es Bioygrafía. Vida y obra de Adolfo Bioy Casares (Tusquets), en el que Arias recorre hechos y literatura. Aunque muchas veces no se distinguiera la frontera entre una y otra. Allí está el amor con la mexicana Elena Garro, entonces casada con Octavio Paz. El romance con la sobrina de su mujer, la joven Genca. Está su hija Martita, concebida con otra mujer y criada como propia por Silvina. Están las muertes y la oscuridad que rodearon a una vida de esplendor, abundancia y riqueza. Arias ya había publicado dos libros. Bioy en privado (Lázara Grupo Editor, 1988), y Los Bioy, en coautoría con Jovita Iglesias de Montes, ama de llaves del matrimonio de escritores (Tusquets).

A riesgo de repetirse en lo ya escrito, Bioygrafía tiene aporte originales. Rescata la figura de Fabián Bioy, el hijo durante años oculto de Adolfito. Y ciertas anécdotas de su vida privada que terminaron de alguna forma u otra en piezas magistrales de literatura. En sus páginas están los terrores de la infancia, la pasión por los caballos, los autos y los perros. La importancia de sus primeros textos y por supuesto su relación con Borges.

Como biógrafa tuvo que tomar decisiones, puesto que el personaje era su amigo. Una vez organizado el material, debía tomar distancia. Una distancia que a 17 años de la muerte de Bioy era justa y necesaria. "A pesar de que los sentimientos y el cariño que le tuve son inalterables, hay una distancia que impone ese tiempo y que juega mucho a favor de cierta objetividad. Necesitaba escribir el libro que yo quería leer. Y en ese sentido escribirlo con pasión, con amor, con respeto, pero con distancia. Me fascinó recrear al personaje que representa todo un siglo de historia argentina", dice. En otras palabras, logró verlo como un personaje. Entonces Arias lanza una máxima: "Toda biografía es ficción".

Un personaje de la mano
Bioy, su amigo, se convirtió en un personaje al que ella debía contarle su propia vida. "Me ayudó mucho la edición de Graciela Gliemmo, de Tusquets, que me decía: 'Tomalo a Bioy de la mano y no lo sueltes'. Porque el riesgo era irme fácilmente por las ramas. Porque estaba rodeado de célebres satélites. Sólo con Silvina y Borges tenía para escribir tres libros más", afirma.

El estigma de ser toda la vida "Adolfito" lo persiguió. "Es notable que sus personajes estén plagados de 'Adolfitos'. Por caso, el muchacho ingenuo protagonista de La aventura de un fotógrafo en La Plata. Incluso Emilio Gauna, el protagonista de El sueño de los héroes. O los personajes de sus cuentos, como 'Encuentro en Rauch', o 'El atajo'. Todos son hombres jóvenes, confiados, que se lanzan a la aventura y en el camino encuentran cosas que los desbordan, a las que tienen que hacerles frente. Y por momentos son cobardes, aunque en otros arremeten contra el destino. Creo que en esos personajes está el Bioy ciento por ciento. El mismo que seguía siendo a sus 80 años. Casi un adolescente que se había quedado en aquellos primeros años 30. Sus primeros libros -Prólogo, Caos-, los anteriores a La invención de Morel, escritos entre sus 15 y 18 años, tienen los mismos temas que luego desarrollaría en su obra. Están allí también al final de su vida", explica la autora.

Esos temas eran la huida, el bosque, el universo, el espacio, qué hay más allá de las estrellas. "En uno de sus últimos cuentos hay una pareja de periodistas lanzados al espacio. Esa necesidad de huir de Bioy tiene que ver con su infancia y su primera adolescencia." Pero ¿de qué huía Bioy? De las convenciones, de ciertos caminos predeterminados. Sin embargo, se animó con su mujer a una vida distinta. "No sólo él era un donjuán. Ella también se tomó sus libertades, sedujo a todo el mundo. Tuvo una relación con Alejandra Pizarnik. Si uno se pone a pensar, fueron unos adelantados cuando, de común acuerdo con la mujer que fue su madre biológica, tuvieron a Marta con la decisión de que la criarían ellos", explica la autora, que eligió no incluir ciertos biográficos.

"Dejé cosas afuera pero no por cuidarlo a él sino porque ofendían a otras personas. Por ejemplo, Bioy siempre hacía comentarios sobre libros o determinadas obras que a él no le gustaban. Y era lapidario." O los juicios por la sucesión. "Porque eso trata sobre la vida de otros familiares y él ya había muerto. Yo le tengo un agradecimiento especial a Florencio, su nieto mayor. Cuando Bioy estaba muriendo salió el médico y preguntó: '¿Quién va a pasar a despedirse?'. Yo me quedé llorando sentada en un banco. Florencio se acercó y me preguntó si quería pasar. Fue una muestra de lo que él sabía que su abuelo valoraba nuestra amistad. Fue a las cinco de la tarde. A las siete salió llorando, abrazó a Jovita y le dijo: 'Ya está Jova, ya está'. Se había ido", cuenta.

Arias encuentra la vinculación entre ciertos hechos y sus textos. Una vez Bioy tuvo un amorío con una mujer casada y el hecho figura en tres relatos distintos. "Es una mujer que él conoce en la calle, comienzan un romance. 'Empezamos a querernos', decía él. Éste es el tema que recuerda y recrea en 'El don supremo'. La historia real fue escrita en clave de ficción por primera vez en 'Esto es un monstruo, señores: yo', y la retomó en 'Trío'. Otra cosa que noté es que si Elena Garro es la Clara de El sueño de los héroes, Silvina es la Diana de Dormir al sol", dice Arias.

En Bioygrafía hay un protagonismo del hijo no reconocido sino hasta el final de la vida, Fabián Bioy. "Me había quedado con muchas ganas de escribir sobre Fabián, que también murió muy joven, a los 42 años. Porque también habla de Bioy la relación que tuvo con su hijo. En 'De la forma del mundo' hay un tal Fabián Correas. Correas era el apellido que utilizaban para llamar a la casa por teléfono, porque Marta no sabía que tenía un hermano. La historia de Fabián es muy triste. Yo vi alrededor de Bioy tristeza y desolación en mucha gente que lo padeció. En Genca -Silvia Angélica-, la sobrina amante que termina alcohólica. Elena Garro la describe muy bien en Testimonio sobre Mariana. Silvina, por su parte, parecía estar muy de acuerdo con las parejas abiertas. Pero estaba todo mal. Había sufrimiento."

La pregunta es si la biógrafa se pudo despedir de su amigo y personaje con este libro. "Sí, se cerró una etapa, un ciclo de 22 años. Siento que logré armonizar el material, mis sentimientos y mi visión sobre él. Éste es el libro que yo quería leer."

Natalia Páez
La Nación, sábado 30 de abril de 2016