Viajero con una soledad

de Carlos Penelas
(Centro Betanzos Ediciones / Xunta de Galicia, Buenos Aires, 2009, 54 páginas)

El título, además de ser bello y sugerente, señala al lector que en el libro va a encontrar el canto a una soledad que se lleva a cuestas y amenaza con precipitarse en la desolación (“Entonces alcanzo a comprender que no nos salva el amor ni la esperanza”). No obstante, en ese triste desamparo en el que prima la melancolía, también está presente una sensualidad plena y exultante (“En la somnolencia del tacto arden tempestad y secreto”), que da paso a versos amorosos colmados de pasión, deseo y regocijo (“Bella desconocida, balanceas el cuerpo sonriente; húmeda de verano y muda ausencia”) (“Te incorporo desde el destierro y la embriaguez del lecho”).

Cierto hermetismo le permite a Carlos Penelas sumirse en imágenes tan elevadas como vigorosas (“Es así como el semen de oro resplandece en la aurora del poeta, el esplendor de una deidad insumisa: canto que hace girar el cosmos”), en las cuales la cadena de asociaciones conducen a la exaltación y el sueño febril y atormentado (“¡Qué penetrante, qué pureza feroz es esta fuga desmedida en la locura de mi alma!”).

Viajero con una soledad está escrito en su mayor parte en una prosa poética que traza un aluvión desbordante de epifanías. Y, como rindiendo un homenaje a la historia de la poesía, la obra se abre con un madrigal y se cierra con una casida.

El volumen —incluida la tapa— cuenta con dibujos del autor, cuya sutileza y síntesis extrema refuerzan la inspirada vena lírica de los poemas. En palabras del plástico Juan Manuel Sánchez: “Descubro en ellos el mismo sentido, la libertad que había visto en los dibujos de Lorca o de Alberti”. Viajero con una soledad es un texto indispensable para los que aman la poesía.

Germán Cáceres