Kokoro

de Natsume Soseki
(Editorial Gredos, SA, Madrid, 2009, 327 páginas)

Según la notable introducción de Carlos Rubio (un erudito análisis de la literatura japonesa de los siglos XIX y XX), kokoro quiere decir “corazón”, pero también “mente”, “interior”, “espíritu”, “alma”, “intención”, “concepción”, “voluntad”, “sensibilidad” y “sentimientos”. Y justamente la novela abarca con intensidad esa variada gama de emociones y conceptos que definen la compleja condición humana.

Kokoro se publicó por primera vez en 1914, pero fue escrita en pleno período Meiji (1868-1912), emperador que modernizó el Japón introduciendo la cultura occidental y dejando atrás una anacrónica monarquía militar. Precisamente su autor, Natsume Soseki (1867-1916), uno de los más grandes escritores de su país, gestó su educación y producción en esa etapa. De allí que la narración se encuentre tironeada tanto por el realismo, el naturalismo y el romanticismo, como por las tradiciones propias que aún hoy persisten en la vida japonesa.

Uno de los datos donde Kokoro da cuenta de su clima es la referencia al harakiri que practican el general Nogi (héroe de guerra) y su esposa después del fallecimiento del emperador. La muerte, la tristeza y la fragilidad del ser humano yacen agazapados tras una historia sencilla, de mínima acción, en la que un estudiante admira a un sensei (maestro) de vida solitaria, inactiva y aislada, que ha “aprendido, no sólo a odiarles a ellos, sino a odiar a toda la humanidad”. Las dos primeras partes están escritas en la primera persona del estudiante, cuyo relato va señalando el tono de la narración. Pero en la tercera, ya es la voz del sensei la que refiere una historia de amor y traiciones, en las cuales la culpa adquiere una dimensión significativa. La trama genera una fuerte intriga por saber las circunstancias que tuvo que atravesar el sensei para modelar una personalidad tan melancólica. Entre éste y su amigo K, que alquilan habitaciones en la casa de una señora viuda y su hija, se gesta un asfixiante e insoportable infierno de pasiones secretas. Cierto fatalismo inevitable pauta la novela, cuyo aliento trágico evoca a Sándor Márai (“De todos modos, enamorarse es un delito. Y también es algo divino”, afirma el sensei. Más adelante agrega: “A la vista del dinero cualquier sabio se convierte en malo”).

La prosa de Natsume Soseki es sencilla y diáfana. Evoca un curso suave y sereno de agua cristalina. Frases cortas y morosas dan cuenta de una concisión propia de un maestro de la literatura y de un estilo de noble lirismo.

Además de la ya alabada introducción, también merecen elogiarse la traducción y las setenta y cinco notas de Carlos Rubio, que acompañan esta importante obra no sólo de las letras japonesas sino también universales.

Germán Cáceres