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Borges en el catálogo
Entre libros. La biblioteca como proyecto de vida
De la mano de Alberto Manguel, cuya obra La biblioteca de noche se reeditó recientemente, una inmersión en el universo de quienes, entre el profesionalismo y la pasión, creen que el único paraíso en la tierra es el que viene escrito, en papel y sobre estantes.
La de Babel, imaginada por Borges en un cuento; la de Alejandría, la de cada país, las quemadas, las olvidadas, las perdidas, las heredadas, las ordenadas hasta el TOC, las alborotadas, las públicas, las privadas? ¿Cuántas posibilidades habitan en la palabra biblioteca?
En 2007, cuando Alberto Manguel escribió La biblioteca de noche (reeditada el año pasado por Siglo XXI) no imaginaba que iba a ser director de la Biblioteca Nacional. Ni siquiera vislumbraba que volvería a vivir en la Argentina después de cincuenta años, luego de vivir en tantos países. Su constante era una: había pasado la vida entera entre bibliotecas. "Escribí hace unos veinticinco años Una historia de la lectura -dice en su despacho-. Parte de esa investigación se relacionaba con las bibliotecas porque lo que hace el lector es crear ese ambiente de libros donde trabaja. Cuando en el año 2000 pude por fin encontrar un lugar en Francia para albergar mis libros, decidí que iba a escribir sobre las bibliotecas y sobre las distintas percepciones simbólicas, como espacio, como orden, como identidad". Quince años después, cuando tuvo que desmontarla, Manguel empezó a escribir otro libro: Mientras embalo mi biblioteca (Alianza) como crónica de un duelo, como un réquiem. Dirá que esa que desarmó representa los años más felices de su vida.
Hace unos años, el director canadiense Robert Lepage trabajó con él en la realización de un proyecto que se llamó como el libro: "La biblioteca de noche" y recreó diez bibliotecas fascinantes. Desde la virtualidad, se podían mirar la del Parlamento de Canadá, la del Congreso en Washington, la del Nautilus (ideada por Julio Verne) y, entre ellas, estaba la del propio Manguel en Francia ¿Qué tenía esa biblioteca que la volvía tan espectacular? Eran treinta mil libros -hoy suman cuarenta mil- reunidos en un mismo lugar, en un antiguo establo de piedra que él hizo reconstruir en un pueblo de diez casas en Francia, en el Valle del Loira. Una biblioteca de madera oscura, con lámparas verdes, que imitaba la del Colegio Nacional de Buenos Aires, en el que Manguel había estudiado. Ordenó todos los libros él mismo. "Recuerdo la inmensa emoción de la primera noche en la que estaban en sus estantes -dice-. Esa primera noche, para sentir que la poseía, hice como un perro que mea en los rincones y dormí ahí. Esos quince años que me pasé allí fueron los más felices de mi vida: tenía mi biblioteca, mi jardín, mi perra, mi cocina, tenía el silencio de ese lugar? Eso es algo que no he recuperado nunca. Buenos Aires es una de las ciudades más ruidosas del mundo". Por razones burocráticas, según señala, él y su compañero tuvieron que vender la casa y empaquetar los libros, que hoy están en cajas, en el depósito de su editora canadiense. De ahí, se mudaron a Nueva York.
Su biografía y su producción literaria van enlazadas a los vaivenes de ese espacio. Mientras vaciaba los estantes, Manguel escribió su despedida. "Embalarlos era como enterrar un ejército de amigos queridos -dice-. Ahora están en sus tumbas esperando la resurrección. Siguen en cajas porque no tengo lugar donde ponerlos. En Buenos Aires tengo un departamento del tamaño de esta mesa. Espero la ocasión de volver a colocarlos en sus estantes". Reitera que cuando armó aquella biblioteca no fantaseaba con ser director de la Biblioteca Nacional: "Uno puede soñar con ir a la luna o ganar la lotería, pero este fue un sueño que nunca tuve. Nunca pensé que iba a volver a la Argentina después de cincuenta años. Nunca pensé que iba a trabajar en una biblioteca. De adolescente pensé que podía estudiar bibliotecología pero no tenía ni la paciencia, ni la disciplina."
La Argentina era, para él, pasado. Un territorio construido con la nostalgia de esa épica del Colegio Nacional. Cuando nació, su familia se mudó a Tel Aviv (su padre fue el primer embajador argentino en Israel). Los primeros libros de su biblioteca tuvieron la voz de la nodriza checa con la que pasaba las 24 horas del día: "Ella me enseñó el inglés y el alemán, que fueron mis primeras lenguas. Yo no hablé con mis padres hasta mis ocho años, porque ellos hablaban castellano. Cuando en el 55 cayó Perón, mi padre quiso ser fiel al gobierno que lo había nombrado, volvió y lo pusieron en prisión. Aprendí castellano en el 55 y ahí pude entablar una conversación con ellos", cuenta. De aquella época, Manguel recuerda cierta indignación por la división de la literatura para niños o para niñas. En Historia natural de la curiosidad escribe: "Las identidades impuestas alientan la desigualdad". Su nodriza, dice, tenía una idea muy de principios de siglo XX de la cultura. A través de ella, conoció los clásicos alemanes e ingleses. Luego, en la Argentina, se sumaron los libros de Constancio C. Vigil, la colección Robin Hood, Mujercitas. Los estantes no pararon de nutrirse.
Vivió en Inglaterra, Italia, Francia, Tahití, Canadá. En cada coordenada hubo una biblioteca que nunca dejó de crecer. En Tahití, donde trabajó para una editorial, la armó pese a los hongos que se formaban en los interiores: "Me mudé con mis libros. Teníamos una choza con tejado de hojas de palmera y ahí monté mi biblioteca. Eran tres paredes y el mar. Tahití es un lugar maravilloso para las vacaciones pero no es maravilloso para trabajar. Yo iba a la oficina temprano y volvía a la noche, los libros se cubrían de moho, me molestaba el calor húmedo? Recibía el suplemento literario del Times y pedía libros a Londres. Algo muy del siglo XIX".
"Siempre he vivido entre libros. Para mí, el mundo se presenta entre libros y después en la realidad", dice. En Francia logró la reunión, al menos por quince años. Cuando dejó esa casa y se fue a vivir a Nueva York, ya había reflexionado y escrito sobre lo que se aloja en una misma idea: la biblioteca como isla, como mito, como patria, como identidad. También como espacio público, claro. Sobre esto, asegura: "No puedo trabajar en una biblioteca pública. Me resulta difícil leer libros que no son míos, que no puedo anotar, que no puedo llevarme a la cama. Para mí, la biblioteca tiene que ser personal".
-¿Cuánto demoró en aceptar el cargo en la Biblioteca Nacional?
-Lo pensé mucho. Fíjese: cuando nos instalamos en Nueva York, pensé que había llegado al último capítulo de mi vida. Voy a cumplir setenta años en unos meses. No estaba para cambios. Había sufrido mucho con el abandono de esa biblioteca. Nunca imaginé que iba a volver a cambiar, volver a hacer una mudanza, y una tan grande como lo que significa volver al país natal. La Argentina que yo recordaba era una que había inventado a través de una nostalgia, la del Colegio Nacional de Buenos Aires.
-En el prólogo de La biblioteca de noche escribe que al llegar a la Argentina descubrió que el puesto de director era político
-Y me parece algo nefasto. No puede ser político en el sentido sectario de la palabra. Es una institución política porque es el corazón de la polis, pero no puede ser el lugar emblemático de cualquier política sectaria, sea del partido que está en el poder o del partido vencido. Decidí que este no iba a ser un puesto político y que yo iba a ser el administrador de la biblioteca.
En su oficina, hay unos pocos libros de lomo duro en unos estantes; un escritorio, una mesa de vidrio, unos sillones. En la entrada del personal, asomaban afiches con reclamos de los trabajadores. Aquí no se ven. En julio se cumplió un año de su llegada al puesto. Fueron meses en los que hubo despidos, reincorporaciones, discusiones y cambios. El puesto de Borges fue algo más que una distinción.
El edificio, creado por Clorindo Testa, no es de su agrado: "Esta torre monstruosa en la que estamos -dice-, donde el objetivo es crear la fealdad deliberada, dificulta la tarea. Es como la nueva Biblioteca Nacional de Francia, que tiene cuatro torres totalmente inútiles de vidrios que quemaban los libros". ¿Qué Biblioteca pública destaca, entonces? La Vasconcelos en México, responde. Cuenta entonces que en La biblioteca de noche le interesaba estudiar la idea de lo arquitectónico y los modos en los que influye en el trabajo. También, "la idea de la biblioteca como autoridad, con columnas que se mostraban como majestuosas y excluyentes, que al mismo tiempo daban sentido de la importancia del acto intelectual en el seno de una sociedad".
"Ahora esto ha cambiado bastante -agrega-. El símbolo de la biblioteca ha sido reemplazado por el símbolo del banco, que da valores a la sociedad."
-¿Cómo es su biblioteca privada ahora?
-La biblioteca se construye alrededor de mí. Aquí, en Buenos Aires, he acumulado tantos libros que he tenido que enviar unas veinte cajas a mi depósito. Buenos Aires es una ciudad de libros. Me encantan las librerías anticuarias y descubrí una de viejos fantástica en el sótano de la galería Florida.
-¿Qué cosas descubre?
- No busco nada en especial, pero descubro la edición que hizo Sur de Orlando, de Virginia Woolf, con una firma de Victoria Ocampo... Libros que compro por nostalgia, porque los tenía cuando iba al colegio... También la librería Guadalquivir es extraordinaria. Ellos traen libros que generalmente no se ven. Y recorro las librerías de la calle Corrientes. Siempre encuentro algo allí.
La biblioteca de noche se acompaña con ilustraciones de algunas bibliotecas míticas o históricas: La de Pérgamo, el boceto de Miguel Ángel para la Laurenziana. También hay una foto de unas cajas apiladas, maltrechas, semicerradas. Se trata de la biblioteca del Líbano. Manguel cuenta que hay voluntarios que se acercan para tratar de quitar los bichos, el polvo, y para catalogar lo que sirve de esa biblioteca que reunió nacionalidades, rarezas, joyas manuscritas y sobrevivió, aunque desplumada, a bombardeos y otros estragos de sucesivas guerras. Las fotos recuerdan a esos rescates de animales empetrolados. Animales que guardan en sí un mundo que tiene que ver con nosotros. Esa biblioteca, como todas, guarda identidades, utopías, heridas. Son asilo y a la vez oráculo para transitar el mundo.
Natalia Gelós
Diario La Nación, domingo 28 de enero de 2018
La de Babel, imaginada por Borges en un cuento; la de Alejandría, la de cada país, las quemadas, las olvidadas, las perdidas, las heredadas, las ordenadas hasta el TOC, las alborotadas, las públicas, las privadas? ¿Cuántas posibilidades habitan en la palabra biblioteca?
En 2007, cuando Alberto Manguel escribió La biblioteca de noche (reeditada el año pasado por Siglo XXI) no imaginaba que iba a ser director de la Biblioteca Nacional. Ni siquiera vislumbraba que volvería a vivir en la Argentina después de cincuenta años, luego de vivir en tantos países. Su constante era una: había pasado la vida entera entre bibliotecas. "Escribí hace unos veinticinco años Una historia de la lectura -dice en su despacho-. Parte de esa investigación se relacionaba con las bibliotecas porque lo que hace el lector es crear ese ambiente de libros donde trabaja. Cuando en el año 2000 pude por fin encontrar un lugar en Francia para albergar mis libros, decidí que iba a escribir sobre las bibliotecas y sobre las distintas percepciones simbólicas, como espacio, como orden, como identidad". Quince años después, cuando tuvo que desmontarla, Manguel empezó a escribir otro libro: Mientras embalo mi biblioteca (Alianza) como crónica de un duelo, como un réquiem. Dirá que esa que desarmó representa los años más felices de su vida.
Hace unos años, el director canadiense Robert Lepage trabajó con él en la realización de un proyecto que se llamó como el libro: "La biblioteca de noche" y recreó diez bibliotecas fascinantes. Desde la virtualidad, se podían mirar la del Parlamento de Canadá, la del Congreso en Washington, la del Nautilus (ideada por Julio Verne) y, entre ellas, estaba la del propio Manguel en Francia ¿Qué tenía esa biblioteca que la volvía tan espectacular? Eran treinta mil libros -hoy suman cuarenta mil- reunidos en un mismo lugar, en un antiguo establo de piedra que él hizo reconstruir en un pueblo de diez casas en Francia, en el Valle del Loira. Una biblioteca de madera oscura, con lámparas verdes, que imitaba la del Colegio Nacional de Buenos Aires, en el que Manguel había estudiado. Ordenó todos los libros él mismo. "Recuerdo la inmensa emoción de la primera noche en la que estaban en sus estantes -dice-. Esa primera noche, para sentir que la poseía, hice como un perro que mea en los rincones y dormí ahí. Esos quince años que me pasé allí fueron los más felices de mi vida: tenía mi biblioteca, mi jardín, mi perra, mi cocina, tenía el silencio de ese lugar? Eso es algo que no he recuperado nunca. Buenos Aires es una de las ciudades más ruidosas del mundo". Por razones burocráticas, según señala, él y su compañero tuvieron que vender la casa y empaquetar los libros, que hoy están en cajas, en el depósito de su editora canadiense. De ahí, se mudaron a Nueva York.
Así lucía la biblioteca que armó Manguel cuando vivía en Francia
Su biografía y su producción literaria van enlazadas a los vaivenes de ese espacio. Mientras vaciaba los estantes, Manguel escribió su despedida. "Embalarlos era como enterrar un ejército de amigos queridos -dice-. Ahora están en sus tumbas esperando la resurrección. Siguen en cajas porque no tengo lugar donde ponerlos. En Buenos Aires tengo un departamento del tamaño de esta mesa. Espero la ocasión de volver a colocarlos en sus estantes". Reitera que cuando armó aquella biblioteca no fantaseaba con ser director de la Biblioteca Nacional: "Uno puede soñar con ir a la luna o ganar la lotería, pero este fue un sueño que nunca tuve. Nunca pensé que iba a volver a la Argentina después de cincuenta años. Nunca pensé que iba a trabajar en una biblioteca. De adolescente pensé que podía estudiar bibliotecología pero no tenía ni la paciencia, ni la disciplina."
La Argentina era, para él, pasado. Un territorio construido con la nostalgia de esa épica del Colegio Nacional. Cuando nació, su familia se mudó a Tel Aviv (su padre fue el primer embajador argentino en Israel). Los primeros libros de su biblioteca tuvieron la voz de la nodriza checa con la que pasaba las 24 horas del día: "Ella me enseñó el inglés y el alemán, que fueron mis primeras lenguas. Yo no hablé con mis padres hasta mis ocho años, porque ellos hablaban castellano. Cuando en el 55 cayó Perón, mi padre quiso ser fiel al gobierno que lo había nombrado, volvió y lo pusieron en prisión. Aprendí castellano en el 55 y ahí pude entablar una conversación con ellos", cuenta. De aquella época, Manguel recuerda cierta indignación por la división de la literatura para niños o para niñas. En Historia natural de la curiosidad escribe: "Las identidades impuestas alientan la desigualdad". Su nodriza, dice, tenía una idea muy de principios de siglo XX de la cultura. A través de ella, conoció los clásicos alemanes e ingleses. Luego, en la Argentina, se sumaron los libros de Constancio C. Vigil, la colección Robin Hood, Mujercitas. Los estantes no pararon de nutrirse.
Vivió en Inglaterra, Italia, Francia, Tahití, Canadá. En cada coordenada hubo una biblioteca que nunca dejó de crecer. En Tahití, donde trabajó para una editorial, la armó pese a los hongos que se formaban en los interiores: "Me mudé con mis libros. Teníamos una choza con tejado de hojas de palmera y ahí monté mi biblioteca. Eran tres paredes y el mar. Tahití es un lugar maravilloso para las vacaciones pero no es maravilloso para trabajar. Yo iba a la oficina temprano y volvía a la noche, los libros se cubrían de moho, me molestaba el calor húmedo? Recibía el suplemento literario del Times y pedía libros a Londres. Algo muy del siglo XIX".
"Siempre he vivido entre libros. Para mí, el mundo se presenta entre libros y después en la realidad", dice. En Francia logró la reunión, al menos por quince años. Cuando dejó esa casa y se fue a vivir a Nueva York, ya había reflexionado y escrito sobre lo que se aloja en una misma idea: la biblioteca como isla, como mito, como patria, como identidad. También como espacio público, claro. Sobre esto, asegura: "No puedo trabajar en una biblioteca pública. Me resulta difícil leer libros que no son míos, que no puedo anotar, que no puedo llevarme a la cama. Para mí, la biblioteca tiene que ser personal".
-¿Cuánto demoró en aceptar el cargo en la Biblioteca Nacional?
-Lo pensé mucho. Fíjese: cuando nos instalamos en Nueva York, pensé que había llegado al último capítulo de mi vida. Voy a cumplir setenta años en unos meses. No estaba para cambios. Había sufrido mucho con el abandono de esa biblioteca. Nunca imaginé que iba a volver a cambiar, volver a hacer una mudanza, y una tan grande como lo que significa volver al país natal. La Argentina que yo recordaba era una que había inventado a través de una nostalgia, la del Colegio Nacional de Buenos Aires.
-En el prólogo de La biblioteca de noche escribe que al llegar a la Argentina descubrió que el puesto de director era político
-Y me parece algo nefasto. No puede ser político en el sentido sectario de la palabra. Es una institución política porque es el corazón de la polis, pero no puede ser el lugar emblemático de cualquier política sectaria, sea del partido que está en el poder o del partido vencido. Decidí que este no iba a ser un puesto político y que yo iba a ser el administrador de la biblioteca.
En su oficina, hay unos pocos libros de lomo duro en unos estantes; un escritorio, una mesa de vidrio, unos sillones. En la entrada del personal, asomaban afiches con reclamos de los trabajadores. Aquí no se ven. En julio se cumplió un año de su llegada al puesto. Fueron meses en los que hubo despidos, reincorporaciones, discusiones y cambios. El puesto de Borges fue algo más que una distinción.
El edificio, creado por Clorindo Testa, no es de su agrado: "Esta torre monstruosa en la que estamos -dice-, donde el objetivo es crear la fealdad deliberada, dificulta la tarea. Es como la nueva Biblioteca Nacional de Francia, que tiene cuatro torres totalmente inútiles de vidrios que quemaban los libros". ¿Qué Biblioteca pública destaca, entonces? La Vasconcelos en México, responde. Cuenta entonces que en La biblioteca de noche le interesaba estudiar la idea de lo arquitectónico y los modos en los que influye en el trabajo. También, "la idea de la biblioteca como autoridad, con columnas que se mostraban como majestuosas y excluyentes, que al mismo tiempo daban sentido de la importancia del acto intelectual en el seno de una sociedad".
"Ahora esto ha cambiado bastante -agrega-. El símbolo de la biblioteca ha sido reemplazado por el símbolo del banco, que da valores a la sociedad."
-¿Cómo es su biblioteca privada ahora?
-La biblioteca se construye alrededor de mí. Aquí, en Buenos Aires, he acumulado tantos libros que he tenido que enviar unas veinte cajas a mi depósito. Buenos Aires es una ciudad de libros. Me encantan las librerías anticuarias y descubrí una de viejos fantástica en el sótano de la galería Florida.
-¿Qué cosas descubre?
- No busco nada en especial, pero descubro la edición que hizo Sur de Orlando, de Virginia Woolf, con una firma de Victoria Ocampo... Libros que compro por nostalgia, porque los tenía cuando iba al colegio... También la librería Guadalquivir es extraordinaria. Ellos traen libros que generalmente no se ven. Y recorro las librerías de la calle Corrientes. Siempre encuentro algo allí.
La biblioteca de noche se acompaña con ilustraciones de algunas bibliotecas míticas o históricas: La de Pérgamo, el boceto de Miguel Ángel para la Laurenziana. También hay una foto de unas cajas apiladas, maltrechas, semicerradas. Se trata de la biblioteca del Líbano. Manguel cuenta que hay voluntarios que se acercan para tratar de quitar los bichos, el polvo, y para catalogar lo que sirve de esa biblioteca que reunió nacionalidades, rarezas, joyas manuscritas y sobrevivió, aunque desplumada, a bombardeos y otros estragos de sucesivas guerras. Las fotos recuerdan a esos rescates de animales empetrolados. Animales que guardan en sí un mundo que tiene que ver con nosotros. Esa biblioteca, como todas, guarda identidades, utopías, heridas. Son asilo y a la vez oráculo para transitar el mundo.
Natalia Gelós
Diario La Nación, domingo 28 de enero de 2018
Tesoro de libros: la biblioteca de Bioy Casares será pública
Los 17.000 ejemplares se suman al acervo de la Biblioteca Nacional.
Adolfo Bioy Casares señaló alguna vez que entre los mejores recuerdos de su vida estaban aquellas noches en las que, junto a Borges, anotaron las obras de sir Thomas Browne, admiraron la agudeza de Gracián o eligieron con Silvina Ocampo los textos que integrarían la célebre Antología de la literatura fantástica.

Los libros que contenían las huellas de esas intensas jornadas de trabajo intelectual estuvieron más de 15 años en 330 cajas, que terminaron en el subsuelo de un depósito de la calle Sarmiento, presas de una compleja trama sucesoria que ayer empezó a resolverse.
La Biblioteca Nacional, en la figura de su director, Alberto Manguel , y los investigadores Laura Rosato y Germán Álvarez, consiguió convencer a un grupo de particulares, empresas y fundaciones de que compraran, por 400.000 dólares, una de las bibliotecas privadas más importantes del país. Ya firmada la carta de intención y una vez concretada la operación, los 17.000 volúmenes del acervo serán donados a la institución para que ese material, de valor incalculable, no termine desperdigado por el mundo.

Una tasación inicial de la biblioteca personal de Bioy Casares la había hecho el librero de anticuario Alberto Casares antes de 2006. Pero nunca pudo terminar un inventario minucioso. Por eso, Rosato y Alvarez contaron con la colaboración del traductor y crítico Ernesto Montequin, albacea de los papeles de Silvina Ocampo y una de las personas que más conoce esta biblioteca -fue su administrador por decisión judicial durante una parte de la sucesión-. Montequin los condujo por ese laberinto de 17.000 libros que tapizaban cada una de las paredes del departamento de novecientos metros de la calle Posadas, donde vivieron Bioy Casares y Silvina durante toda su vida.
"La singularidad absoluta de esta biblioteca -explicó Montequin en la conferencia donde se dio la gran noticia- es que se trata de la biblioteca de dos enormes escritores argentinos pero también la de un tercero, que es Borges, ya que guardaba muy pocos libros en su casa." Fue la biblioteca de tres personas que tenían a la literatura como pasión dominante y que funciona, de algún modo, como un laboratorio: es una biblioteca de trabajo. Ni de bibliófilos ni de coleccionistas. Los ejemplares que la integran fueron leídos, usados, escritos, comentados. A partir de ella se puede aprender no sólo "qué" leyeron sino "cómo" leyeron estos autores. Allí radica el valor de estos libros. "Es una biblioteca viva", dijeron ayer.

Todos los implicados sabían que era fundamental que estos libros no se perdieran. La biblioteca es un microcosmos, y una vez que empieza a dispersarse no se puede reunir nunca más. En este caso, y para los investigadores en particular, el todo vale más que la suma de las partes. Esto entendieron Rosato y Álvarez, lo había entendido Horacio González, en la anterior gestión de la Biblioteca Nacional, pero nunca pudo conseguir los fondos, y esa deuda pendiente se propuso saldar Manguel: conseguir los 400 mil dólares que pretendían los herederos de Bioy Casares.
La complejidad de la trama en la herencia de Bioy, que incluye a Fabián Bioy Demaría -un hijo que el escritor tuvo en una relación extramatrimonial, reconocido tardíamente, pero que murió en 2006, antes de que finalizara el juicio sucesorio, y cuya herencia vuelve a la madre de Fabián, Sara Josefina Demaría, y a los tres nietos de Bioy que le dio su hija Marta- es el trasfondo y la razón por la que esa biblioteca permaneció en un depósito durante más de quince años.
En ella hay desde libros de cuentos infantiles, marcados por el trazo de una niña Silvina Ocampo, o la obra completa de sir Thomas Browne, no disponible para consulta pública en la Argentina, hasta las pruebas de imprenta de El jardín de senderos que se bifurcan, con el prólogo agregado en correcciones manuscritas de Borges. El autor de Ficciones tenía la costumbre de seguir corrigiendo sus cuentos una vez publicados en revistas como Sur. Así sucede con el cuento "El zahir", cuya corrección se encuentra en una de estas cajas sobre el soporte de un ejemplar de Los Anales de Buenos Aires. "Eso es de una riqueza crítico genética invaluable", comenta Alvarez. "Es un Borges todavía reescribiéndose."
No es lo único. Entre otras curiosidades, los investigadores podrán encontrarse, por ejemplo, con una primera edición del Finnegans Wake, de James Joyce. En la hoja de guarda, Borges y Bioy se dedican a inventar frases que empiecen con la fórmula "en menos que", como un juego que solían hacer. En tanto, Montequin recuerda toda una sección de libros de la colección del Séptimo círculo, dedicada a novelas policiales. Tanto Borges como Bioy, obsesivos como eran, hacían correcciones de estilo entre una edición y otra. El resultado es una pequeña pero magistral lección de traducción.
Además, el acervo permite reconstruir toda una red de escritores. A partir de las dedicatorias de los libros se ilumina la relación que mantuvieron. Montequin apunta que una de las más lindas de Borges se encuentra en un ejemplar de Discusión, regalado a Silvina, donde escribió: "A Silvina, claridad, dedico estas sombras".
Lo que viene
Las joyas que puedan surgir de la conjunción entre estos enormes escritores aparecerán después del trabajo de investigación que empezarán a desarrollar Rosato y Alvarez una vez concretada la compra-venta-donación por parte de empresas como Banco Galicia o Fundación Bunge y Born, entre otros. Será a fines de marzo.
Esta donación es el primer paso que impulsa la gestión de Manguel en la Biblioteca Nacional para rastrear, preservar y poner a disposición de investigadores y del público en general (a través de exposiciones) los tesoros patrimoniales de la cultura del país y evitar la fuga a universidades o institutos extranjeros.
Los testigos que alguna vez transitaron el departamento de Posadas dicen que en una de las pocas paredes del escritorio de Bioy Casares había una carta manuscrita de Sarmiento enmarcada. En abril de 1989, en una de las entradas de su diario, Bioy se entristecía por las goteras en aquel departamento. El metálico ruido del agua en los cacharros lo angustiaba como cuando era chico. Cabe imaginar la pena de Bioy si hubiera sabido que la mayoría de aquellos libros que engalanaban su biblioteca estarían durante más de quince años en un depósito de la calle Sarmiento. En esa coincidencia quizás se esconda una broma borgeana que recién ahora empieza a dar gracia.
El concepto y los números detrás de la adquisición
Alberto Manguel, director de la BNMM: "Es el primer paso para reunir este tipo de tesoros nacionales en la Nación. Una manera de detener la fuga y conservarlos para futuros lectores"
17.000 Ejemplares
Integran la biblioteca completa de Bioy y Ocampo que se incorpora al acervo de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno
330 Cajas con libros
Agrupados en 10 lotes, de 33 cajas cada uno, llevan más de 15 años embalados
400.000 Dólares
Es el valor total de las operaciones de compraventa de estos libros realizadas a los herederos por particulares, empresas y fundaciones, que los donarán a la BNMM
Cinco joyas de la donación
El jardín de senderos que se bifurcan - Jorge Luis Borges, 1941: Pruebas de imprenta con el prólogo agregado en correcciones manuscritas del propio Borges
Finnegans Wake - 1939, James Joyce: Primera edición con anotaciones de Borges y Bioy Casares en la hoja de guarda, con un juego de palabras que hacían
Fervor de Buenos Aires - Jorge Luis Borges, 1923: Primera edición dedicada
Guías Michelin: Las utilizó Bioy en sus viajes por Europa; ilumina una etapa poco conocida en su biografía
Colección de folletos surrealistas: Son manifiestos de la vanguardia que Silvina Ocampo había traído directamente desde Europa
Diego Erlan
Diario La Nación, sábado 18 de febrero de 2017
Adolfo Bioy Casares señaló alguna vez que entre los mejores recuerdos de su vida estaban aquellas noches en las que, junto a Borges, anotaron las obras de sir Thomas Browne, admiraron la agudeza de Gracián o eligieron con Silvina Ocampo los textos que integrarían la célebre Antología de la literatura fantástica.

Los libros que contenían las huellas de esas intensas jornadas de trabajo intelectual estuvieron más de 15 años en 330 cajas, que terminaron en el subsuelo de un depósito de la calle Sarmiento, presas de una compleja trama sucesoria que ayer empezó a resolverse.
La Biblioteca Nacional, en la figura de su director, Alberto Manguel , y los investigadores Laura Rosato y Germán Álvarez, consiguió convencer a un grupo de particulares, empresas y fundaciones de que compraran, por 400.000 dólares, una de las bibliotecas privadas más importantes del país. Ya firmada la carta de intención y una vez concretada la operación, los 17.000 volúmenes del acervo serán donados a la institución para que ese material, de valor incalculable, no termine desperdigado por el mundo.

Una tasación inicial de la biblioteca personal de Bioy Casares la había hecho el librero de anticuario Alberto Casares antes de 2006. Pero nunca pudo terminar un inventario minucioso. Por eso, Rosato y Alvarez contaron con la colaboración del traductor y crítico Ernesto Montequin, albacea de los papeles de Silvina Ocampo y una de las personas que más conoce esta biblioteca -fue su administrador por decisión judicial durante una parte de la sucesión-. Montequin los condujo por ese laberinto de 17.000 libros que tapizaban cada una de las paredes del departamento de novecientos metros de la calle Posadas, donde vivieron Bioy Casares y Silvina durante toda su vida.
"La singularidad absoluta de esta biblioteca -explicó Montequin en la conferencia donde se dio la gran noticia- es que se trata de la biblioteca de dos enormes escritores argentinos pero también la de un tercero, que es Borges, ya que guardaba muy pocos libros en su casa." Fue la biblioteca de tres personas que tenían a la literatura como pasión dominante y que funciona, de algún modo, como un laboratorio: es una biblioteca de trabajo. Ni de bibliófilos ni de coleccionistas. Los ejemplares que la integran fueron leídos, usados, escritos, comentados. A partir de ella se puede aprender no sólo "qué" leyeron sino "cómo" leyeron estos autores. Allí radica el valor de estos libros. "Es una biblioteca viva", dijeron ayer.

Todos los implicados sabían que era fundamental que estos libros no se perdieran. La biblioteca es un microcosmos, y una vez que empieza a dispersarse no se puede reunir nunca más. En este caso, y para los investigadores en particular, el todo vale más que la suma de las partes. Esto entendieron Rosato y Álvarez, lo había entendido Horacio González, en la anterior gestión de la Biblioteca Nacional, pero nunca pudo conseguir los fondos, y esa deuda pendiente se propuso saldar Manguel: conseguir los 400 mil dólares que pretendían los herederos de Bioy Casares.
La complejidad de la trama en la herencia de Bioy, que incluye a Fabián Bioy Demaría -un hijo que el escritor tuvo en una relación extramatrimonial, reconocido tardíamente, pero que murió en 2006, antes de que finalizara el juicio sucesorio, y cuya herencia vuelve a la madre de Fabián, Sara Josefina Demaría, y a los tres nietos de Bioy que le dio su hija Marta- es el trasfondo y la razón por la que esa biblioteca permaneció en un depósito durante más de quince años.
En ella hay desde libros de cuentos infantiles, marcados por el trazo de una niña Silvina Ocampo, o la obra completa de sir Thomas Browne, no disponible para consulta pública en la Argentina, hasta las pruebas de imprenta de El jardín de senderos que se bifurcan, con el prólogo agregado en correcciones manuscritas de Borges. El autor de Ficciones tenía la costumbre de seguir corrigiendo sus cuentos una vez publicados en revistas como Sur. Así sucede con el cuento "El zahir", cuya corrección se encuentra en una de estas cajas sobre el soporte de un ejemplar de Los Anales de Buenos Aires. "Eso es de una riqueza crítico genética invaluable", comenta Alvarez. "Es un Borges todavía reescribiéndose."
No es lo único. Entre otras curiosidades, los investigadores podrán encontrarse, por ejemplo, con una primera edición del Finnegans Wake, de James Joyce. En la hoja de guarda, Borges y Bioy se dedican a inventar frases que empiecen con la fórmula "en menos que", como un juego que solían hacer. En tanto, Montequin recuerda toda una sección de libros de la colección del Séptimo círculo, dedicada a novelas policiales. Tanto Borges como Bioy, obsesivos como eran, hacían correcciones de estilo entre una edición y otra. El resultado es una pequeña pero magistral lección de traducción.
Además, el acervo permite reconstruir toda una red de escritores. A partir de las dedicatorias de los libros se ilumina la relación que mantuvieron. Montequin apunta que una de las más lindas de Borges se encuentra en un ejemplar de Discusión, regalado a Silvina, donde escribió: "A Silvina, claridad, dedico estas sombras".
Lo que viene
Las joyas que puedan surgir de la conjunción entre estos enormes escritores aparecerán después del trabajo de investigación que empezarán a desarrollar Rosato y Alvarez una vez concretada la compra-venta-donación por parte de empresas como Banco Galicia o Fundación Bunge y Born, entre otros. Será a fines de marzo.
Esta donación es el primer paso que impulsa la gestión de Manguel en la Biblioteca Nacional para rastrear, preservar y poner a disposición de investigadores y del público en general (a través de exposiciones) los tesoros patrimoniales de la cultura del país y evitar la fuga a universidades o institutos extranjeros.
Los testigos que alguna vez transitaron el departamento de Posadas dicen que en una de las pocas paredes del escritorio de Bioy Casares había una carta manuscrita de Sarmiento enmarcada. En abril de 1989, en una de las entradas de su diario, Bioy se entristecía por las goteras en aquel departamento. El metálico ruido del agua en los cacharros lo angustiaba como cuando era chico. Cabe imaginar la pena de Bioy si hubiera sabido que la mayoría de aquellos libros que engalanaban su biblioteca estarían durante más de quince años en un depósito de la calle Sarmiento. En esa coincidencia quizás se esconda una broma borgeana que recién ahora empieza a dar gracia.
El concepto y los números detrás de la adquisición
Alberto Manguel, director de la BNMM: "Es el primer paso para reunir este tipo de tesoros nacionales en la Nación. Una manera de detener la fuga y conservarlos para futuros lectores"
17.000 Ejemplares
Integran la biblioteca completa de Bioy y Ocampo que se incorpora al acervo de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno
330 Cajas con libros
Agrupados en 10 lotes, de 33 cajas cada uno, llevan más de 15 años embalados
400.000 Dólares
Es el valor total de las operaciones de compraventa de estos libros realizadas a los herederos por particulares, empresas y fundaciones, que los donarán a la BNMM
Cinco joyas de la donación
El jardín de senderos que se bifurcan - Jorge Luis Borges, 1941: Pruebas de imprenta con el prólogo agregado en correcciones manuscritas del propio Borges
Finnegans Wake - 1939, James Joyce: Primera edición con anotaciones de Borges y Bioy Casares en la hoja de guarda, con un juego de palabras que hacían
Fervor de Buenos Aires - Jorge Luis Borges, 1923: Primera edición dedicada
Guías Michelin: Las utilizó Bioy en sus viajes por Europa; ilumina una etapa poco conocida en su biografía
Colección de folletos surrealistas: Son manifiestos de la vanguardia que Silvina Ocampo había traído directamente desde Europa
Diego Erlan
Diario La Nación, sábado 18 de febrero de 2017
El ensayo como exploración
Sobre Una historia natural de la curiosidad, de Alberto Manguel. Recientemente incorporado a nuestro catálogo.
En el prefacio de su nuevo libro de ensayos, Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) asegura tener curiosidad sobre la curiosidad. Luego cita más de una vez a Montaigne, describe la mención en 1566 del "punctus interrogativus" medieval en el manual de puntuación para tipógrafos de Manucio el Joven y elige el libro "actual" que le permita "la exploración de uno mismo y del mundo". Después de la Alicia de Lewis Carroll, las "ficciones" de Borges, el Quijote, Las mil y una noches o La montaña mágica, tratados en otros de sus libros, en Una historia natural de la curiosidad le toca el turno a la Divina comedia de Dante Alighieri.
Por eso cada uno de los diecisiete capítulos del libro comienza con una ilustración de su recorrido, bajo la guía de Virgilio. Sigue luego un tramo en itálica relacionado directamente con la propia vida del autor para, al final, entregar, si no la respuesta definitiva, un tratamiento del tema propuesto al inicio por un interrogante. Esas preguntas no pueden ser más variadas: de "¿qué es la curiosidad?" a "¿qué es verdadero?", desfilan temas como "¿qué es el lenguaje?", "¿en qué nos diferenciamos?" o "¿cómo podemos poner las cosas en orden?"
Manguel ha hecho de la compilación de antologías o la escritura de ensayos una zona central de su obra, más abundante que su narrativa. Ha compilado selecciones clave sobre el erotismo (Las puertas del paraíso) o la literatura fantástica (Aguas negras), y sobre todo ha mezclado datos de su vida itinerante con la erudición en títulos como Una historia de la lectura, Leer imágenes: una historia privada del arte, La biblioteca de noche, y el breve y muy disfrutable Diario de lecturas, donde elegía un libro clave (en su vida y su biblioteca) para cada mes del año.
La estructura tripartita de esta historia de la curiosidad tiene, según el capítulo, efectos dispares. A veces el autor adopta un tono pensativo, abstracto, o depende en mayor medida de las citas de Dante. Por otro lado, con frecuencia se inclina hacia lo crepuscular. La muerte, la insistencia de la experiencia humana en relacionarse con el ejercicio del poder o la violencia suman presencia.
Lo que rescata al libro una y otra vez de una posible saturación son los momentos en que se entrega a elaborar una red alrededor de un personaje, un hecho o un conjunto de elementos. Es lo que pasa, muy avanzado el libro, con los "gabinetes de curiosidades". O con los "quipus" de los incas, cadenas de nudos que volvían táctil la experiencia de la lectura. O con el extraordinario tramo dedicado a Venecia como centro editor importante, donde la forma en que se dispone el texto del Talmud y dos columnas de comentarios, en su extrañeza visual, copian de algún modo el mapa de la propia ciudad de Venecia. O con la figura de J. Robert Oppenheimer, y su capacidad práctica para convertir el conocimiento sobre el átomo en la bomba que cayó sobre Hiroshima.
En cada una de esas instancias la propia curiosidad del lector se resetea y sale renovada. Manguel, con buen olfato, ejecuta esos bienvenidos volantazos hacia temas "curiosos" -por su rareza, pero también por su posibilidad de generar relatos en vez de meditaciones- exactamente en el momento en que quien no comparte necesariamente sus obsesiones podría llegar a abandonar el libro.
Los textos en itálica, dedicados a su experiencia personal, también varían en extensión y tono. El que más impresiona es el dedicado al momento en que, mientras escribía, un derrame lo dejó desconectado de pronto de las palabras sin perder la conciencia. Como buen curioso, se pregunta: "¿Qué son esos pensamientos que aún no han alcanzado un estado de madurez mental?". Se contesta que en el proceso del paso al lenguaje, como en muchos otros procesos conscientes, "lo que nos impulsa es el deseo". Puesto contra la pared de la limitación de palabras, descubrió que lo que buscaba como atajos (sintetizar una larga frase explicativa en "tengo palabras", por ejemplo) solía empezar siempre en afirmaciones, a las que en ocasiones debía agregar la partícula "no" para decir lo que quería. Uno de los tantos caminos de la mente y la imaginación para manejarse en situaciones difíciles y seguir saciando, contra todo, su propia curiosidad.
Elvio E. Gandolfo
Diario La Nación, domingo 5 de junio de 2016
En el prefacio de su nuevo libro de ensayos, Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) asegura tener curiosidad sobre la curiosidad. Luego cita más de una vez a Montaigne, describe la mención en 1566 del "punctus interrogativus" medieval en el manual de puntuación para tipógrafos de Manucio el Joven y elige el libro "actual" que le permita "la exploración de uno mismo y del mundo". Después de la Alicia de Lewis Carroll, las "ficciones" de Borges, el Quijote, Las mil y una noches o La montaña mágica, tratados en otros de sus libros, en Una historia natural de la curiosidad le toca el turno a la Divina comedia de Dante Alighieri.
Por eso cada uno de los diecisiete capítulos del libro comienza con una ilustración de su recorrido, bajo la guía de Virgilio. Sigue luego un tramo en itálica relacionado directamente con la propia vida del autor para, al final, entregar, si no la respuesta definitiva, un tratamiento del tema propuesto al inicio por un interrogante. Esas preguntas no pueden ser más variadas: de "¿qué es la curiosidad?" a "¿qué es verdadero?", desfilan temas como "¿qué es el lenguaje?", "¿en qué nos diferenciamos?" o "¿cómo podemos poner las cosas en orden?"
Manguel ha hecho de la compilación de antologías o la escritura de ensayos una zona central de su obra, más abundante que su narrativa. Ha compilado selecciones clave sobre el erotismo (Las puertas del paraíso) o la literatura fantástica (Aguas negras), y sobre todo ha mezclado datos de su vida itinerante con la erudición en títulos como Una historia de la lectura, Leer imágenes: una historia privada del arte, La biblioteca de noche, y el breve y muy disfrutable Diario de lecturas, donde elegía un libro clave (en su vida y su biblioteca) para cada mes del año.
La estructura tripartita de esta historia de la curiosidad tiene, según el capítulo, efectos dispares. A veces el autor adopta un tono pensativo, abstracto, o depende en mayor medida de las citas de Dante. Por otro lado, con frecuencia se inclina hacia lo crepuscular. La muerte, la insistencia de la experiencia humana en relacionarse con el ejercicio del poder o la violencia suman presencia.
Lo que rescata al libro una y otra vez de una posible saturación son los momentos en que se entrega a elaborar una red alrededor de un personaje, un hecho o un conjunto de elementos. Es lo que pasa, muy avanzado el libro, con los "gabinetes de curiosidades". O con los "quipus" de los incas, cadenas de nudos que volvían táctil la experiencia de la lectura. O con el extraordinario tramo dedicado a Venecia como centro editor importante, donde la forma en que se dispone el texto del Talmud y dos columnas de comentarios, en su extrañeza visual, copian de algún modo el mapa de la propia ciudad de Venecia. O con la figura de J. Robert Oppenheimer, y su capacidad práctica para convertir el conocimiento sobre el átomo en la bomba que cayó sobre Hiroshima.
En cada una de esas instancias la propia curiosidad del lector se resetea y sale renovada. Manguel, con buen olfato, ejecuta esos bienvenidos volantazos hacia temas "curiosos" -por su rareza, pero también por su posibilidad de generar relatos en vez de meditaciones- exactamente en el momento en que quien no comparte necesariamente sus obsesiones podría llegar a abandonar el libro.
Los textos en itálica, dedicados a su experiencia personal, también varían en extensión y tono. El que más impresiona es el dedicado al momento en que, mientras escribía, un derrame lo dejó desconectado de pronto de las palabras sin perder la conciencia. Como buen curioso, se pregunta: "¿Qué son esos pensamientos que aún no han alcanzado un estado de madurez mental?". Se contesta que en el proceso del paso al lenguaje, como en muchos otros procesos conscientes, "lo que nos impulsa es el deseo". Puesto contra la pared de la limitación de palabras, descubrió que lo que buscaba como atajos (sintetizar una larga frase explicativa en "tengo palabras", por ejemplo) solía empezar siempre en afirmaciones, a las que en ocasiones debía agregar la partícula "no" para decir lo que quería. Uno de los tantos caminos de la mente y la imaginación para manejarse en situaciones difíciles y seguir saciando, contra todo, su propia curiosidad.
Elvio E. Gandolfo
Diario La Nación, domingo 5 de junio de 2016
42° Feria del Libro
La 42° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, la más concurrida en el mundo de habla hispana, se desarrollará del 21 de abril al 9 de mayo de 2016 en La Rural. Santiago de Compostela será la ciudad invitada de honor en esta edición. Las Bibliotecas Populares tendrán su encuentro el último fin de semana de abril.
Durante sus tres semanas más de un millón de lectores y más de doce mil profesionales del libro visitan la Feria del Libro porteña, todo un evento para nuestra ciudad, que reúne actividades destinadas a editores, distribuidores, libreros, ilustradores, bibliotecarios, educadores y otros profesionales del sector, entre ellos la "Jornada Libro%" que reúne a las Bibliotecas Populares de todo el país durante un fin de semana para la compra de libros.
El escritor Alberto Manguel, nombrado director de la Biblioteca Nacional, tendrá a su cargo las palabras de inauguración de la Feria. Además, ya confirmaron su presencia la escritora española Milena Busquets; el narrador italiano Paolo Giordano; el novelista estadounidense Rick Yancey; el periodista y escritor peruano Jaime Bayly; el escritor el nicaragüense Sergio Ramírez; la filóloga Gemma Lluch y los narradores colombianos Pablo Montoya (el último ganador del Premio Rómulo Gallegos) y Piedad Bonnet, entre otros.
En esta ocasión, Santiago de Compostela será la ciudad invitada de honor, con un stand de más de 200 m2 y la presencia de veinticinco autores de diferentes ámbitos, desde la poesía, a la narrativa, el teatro, el ensayo, la ilustración, la divulgación científica y la gastronomía. Hasta ahora han sido confirmados Manuel Rivas, Domingo Villar, Xavier Queipo, María Solar, Yolanda Castaño, Miguel Anxo Fernán-Vello, Miguel Anxo Murado, Pedro Feijoo, Ledicia Costas, Xaquín del Valle-Inclán, Diego Ameixeiras, Cesáreo Sánchez, Chus Pato, Xesús Alonso Montero, Víctor F. Freixanes, Ramón Villares, María Meijide, Xavier Alcalá, Luís G. Tosar, Elena Gallego, Clara Gayo, Antón Lopo, Benigno Campos, Ángel Carracedo y Jorge Mira.
Nuestro amigo, el Centro Betanzos de Buenos Aires, también tendrá su stand en la Feria, y participará de las actividades vinculantes a la Argentina y Galicia Carlos Penelas, responsable del Taller Literario en nuestra Biblioteca.
Durante sus tres semanas más de un millón de lectores y más de doce mil profesionales del libro visitan la Feria del Libro porteña, todo un evento para nuestra ciudad, que reúne actividades destinadas a editores, distribuidores, libreros, ilustradores, bibliotecarios, educadores y otros profesionales del sector, entre ellos la "Jornada Libro%" que reúne a las Bibliotecas Populares de todo el país durante un fin de semana para la compra de libros.
El escritor Alberto Manguel, nombrado director de la Biblioteca Nacional, tendrá a su cargo las palabras de inauguración de la Feria. Además, ya confirmaron su presencia la escritora española Milena Busquets; el narrador italiano Paolo Giordano; el novelista estadounidense Rick Yancey; el periodista y escritor peruano Jaime Bayly; el escritor el nicaragüense Sergio Ramírez; la filóloga Gemma Lluch y los narradores colombianos Pablo Montoya (el último ganador del Premio Rómulo Gallegos) y Piedad Bonnet, entre otros.
En esta ocasión, Santiago de Compostela será la ciudad invitada de honor, con un stand de más de 200 m2 y la presencia de veinticinco autores de diferentes ámbitos, desde la poesía, a la narrativa, el teatro, el ensayo, la ilustración, la divulgación científica y la gastronomía. Hasta ahora han sido confirmados Manuel Rivas, Domingo Villar, Xavier Queipo, María Solar, Yolanda Castaño, Miguel Anxo Fernán-Vello, Miguel Anxo Murado, Pedro Feijoo, Ledicia Costas, Xaquín del Valle-Inclán, Diego Ameixeiras, Cesáreo Sánchez, Chus Pato, Xesús Alonso Montero, Víctor F. Freixanes, Ramón Villares, María Meijide, Xavier Alcalá, Luís G. Tosar, Elena Gallego, Clara Gayo, Antón Lopo, Benigno Campos, Ángel Carracedo y Jorge Mira.
Nuestro amigo, el Centro Betanzos de Buenos Aires, también tendrá su stand en la Feria, y participará de las actividades vinculantes a la Argentina y Galicia Carlos Penelas, responsable del Taller Literario en nuestra Biblioteca.
Manguel y la lectura
Alberto Manguel y un exquisito libro, en el catálogo de la Biblioteca llegado de la Feria del Libro.
¡Asóciese a la Biblioteca!
Un mundo de libros lo espera. Puede retirar hasta dos ejemplares por vez, tenerlos durante quince días y renovar el préstamo si fuera necesario. Además, siendo socio podrá solicitar títulos de nuestra Videoteca y tendrá descuento en los cursos y talleres que se dictan, así como en las actividades especiales.
Para más información sobre cómo asociarse haga click acá o escriba a carlossanchezviamonte@yahoo.com.ar.
Consulte nuestro catálogo on line haciendo click acá.
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Un mundo de libros lo espera. Puede retirar hasta dos ejemplares por vez, tenerlos durante quince días y renovar el préstamo si fuera necesario. Además, siendo socio podrá solicitar títulos de nuestra Videoteca y tendrá descuento en los cursos y talleres que se dictan, así como en las actividades especiales.
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Lunes a viernes de 16 a 20 hs.
Centro Cultural y Biblioteca Popular
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Austria 2154
(1425) Ciudad de Buenos Aires
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